THAILANDIA ¡ Y por fin llegamos a Chiang Rai! El camino desde Bangkok hasta el norte de Tailandia, es un peregrinar de bellos templos, llamados wat en tai, como los de: Lopburi, Phitsanulok, Lampang, Chiang Mai, y de ruinas de antiguas ciudades: Ayuttaya, Sujotai y Si Satchanalai. Testigos de las fuertes y arraigadas creencias budistas, que los tailandeses muestran alegremente, y que nosotros, los ... turistas, despreciamos con nuestra ignorancia. Yo esperaba con creciente anhelo, la subida por el río Kok, en una de esas pequeñas barcas motoras, y entre una omnipresente vegetación, llegar a uno de los poblados de los Karen, Yao o Akha., y poder sentir, lo poco de autentico que les pudiera quedar. Hace algunos años, proveían de adormidera, de la que se extrae el opio, a las bandas que comerciaban en el mítico Triángulo de Oro (zona que comprende a Myanmar, Laos, Tailandia y al impresionante río Mekong), pero el gobierno tailandés, las hizo cambiar por los cultivos alternativos de tabaco, legumbres, manzanas y lychees. Las mujeres son la base de la economía familiar. Mientras ellas llevan el peso de la familia, los hombres, en el mejor de los casos, estarán trabajando la tierra o recolectando, y en el peor, estarán fumando opio, costumbre que esta muy arraigada, sobre todo entre la gente mayor. A los hombres les cuidan mucho sus mujeres, ya que, mientras los primeros pueden casarse varias veces, a las segundas, solo se las permite hacerlo una sola vez. Así que, una lluviosa tarde llegamos hasta el poblado Akha (que significa "los mas sucios" ya que, según nos contaron, solo se lavan una vez al año). Deseaba ver uno de esos raros perros negros, que son la moneda de cambio, en las grandes celebraciones. Y que ellos se comen con gran deleite. Mientras llegábamos nos comentaron que era importante, que para entrar en el poblado, lo hiciéramos traspasando una especie de puerta, echa con troncos de árboles y custodiada por numerosos muñecos fálicos, que evitaría que los malos espíritus que pudiéramos llevar con nosotros, llegasen hasta ellos. Mi sorpresa fue mayúscula, cuando después de atravesar esa mágica puerta, vi a la primera mujer nativa, tras el primer tenderete de recuerdos supuestamente autóctonos. Me di cuenta de que no había descubierto ninguna tierra incógnita, pero de todas formas valió la pena ver otra cultura tan diferente a la mía, aunque estén ya, un tanto contaminadas por lo que el turismo representa.