DE QUÉ VA REALMENTE LA GUERRA CONTRA IRAK
Por Caroline Emcke, Erick Follath y Bernhard Zand (El Semanal)
Cuando en enero de 2000 el presidente Bush presentó a su gabinete de gobierno, una cosa quedó clara: a este equipo nadie tenía que explicarle la importancia del oro negro. El propio George Bush trabajó en el equipo directivo de la empresa de prospecciones Harken. El vicepresidente, Richard Cheney, dirigió entre 1995 y 2000 la proveedora de petróleo Halliburton, de Texas (durante ese tiempo vendió equipos petrolíferos a Irak).
Que la voracidad del consumo energético en EE.UU., donde el gasto de petróleo ha vuelto a aumentar un 20 por ciento en la última década - mientras que en Europa, gracias a las medidas de ahorro y al éxito de nuevas energías, crece a la mitad de ese ritmo-, no puede sobrevivir sin importaciones por todo lo alto, es algo que los expertos tienen claro. La mayoría de los campos de Texas y Alaska hace tiempo que no rinden al máximo. La producción total de EE.UU. se encuentra hoy al mismo nivel que en los años 40. Y las necesidades actuales tampoco se pueden cubrir con proveedores como Canada, Mexico o Venezuela, que han dejado de ser "seguros", como los del golfo Pérsico.
Durante décadas, el comercio de petróleo barato a cambio de armamento por valor de miles de millones, con Arabía Saudí, ha fluido sin problemas. Pero ahora se ve a la monarquía del desierto bajo una nueva luz: el reino saudí ya no es el país con el que se pueden hacer tratos. De puertas afuera, el Gobierno de EE.UU. mantiene la amistad con Riad, pero entre bastidores ni siquiera Bush sigue pensando que los saudíes sean de fiar. De modo que en Washington ha empezado una febril búsqueda de proveedores alternativos. Emisarios estadounidenses han acudido en tropel a Rusia, el mar Caspio, Africa occidental. Todos ellos jugadores de reserva; pero el gran trofeo, el premio gordo, sigue siendo Irak.
Y es que no hay otro sitio fuera de Arabia Saudí donde haya tanto petróleo a tan poca profundidad, tan fácil de extraer y que resulte tan barato llevarlo al mercado, y adémas de esa calidad. Una guerra rápida podría reactivar la economía y hacer descender el paro en EE.UU., dicen los economistas. Sólo ponen reparos a una guerra demasiado larga, por la amenaza de una recesión. Que la guerra probablemente costaría miles de vidas humanas, eso ni se menciona.
Ya el principal consejero económico de la Casa Blanca, Laurence Lindsey, habló claramente en noviembre: "Si hay un cambio de Gobierno en Irak, cada día saldrán al mercado entre tres y cinco millones de barriles adicionales. Si la guerra se gestiona bien, será beneficiosa para la economía".
Por mucho que Bush esté empeñado en la caída de Sadam y sus pozos, hasta un imperio que gasta más en sus recursos militares que los siete países siguientes juntos, tiene que tener en cuenta a las otras potencias. El presidente ha de prepararse para el peor de los casos: que Sadam, viéndose en un callejón sin salida, desencadene una catástrofe con sus últimas armas, precisamente lo que supuestamente se pretende evitar con la guerra.
Henry Kissinger, ex ministro de Asuntos Exteriores americano, dijo una vez: "El petróleo es demasiado importante para dejárselo a los árabes". Seguro que George Bush piensa lo mismo.
Reservas reconocidas de petróleo en millones de barriles:
- Arabia Saudí: 262.000 millones,
- Irak: 113.000 millones (reservas estimadas 250.000 millones),
- Emiratos Árabes Unidos: 98.000 millones,
- Kuwait: 97.000 millones,
- Iran: 90.000 millones,
- Rusia: 49.000 millones,
- Libia: 30.000 millones,
- Qatar: 15.000 millones,
- Kazajistán: 8.000 millones.