Quienes han estado en Irak en los últimos meses han vuelto hablando de un país doblemente arrasado. Primero fue la guerra, cuyas secuelas pueden observarse aún como gigantescos bocados en algunas construcciones. Pero luego vino el embargo, la muerte lenta que está impidiendo al país levantar cabeza. Los bombardeos fueron intensos, se vio en la tele, pero al menos duraron poco tiempo. La persistencia del embargo económico está destruyendo gota a gota la cohesión social de un país que hace 13 años era el más avanzado y moderno del arco islámico.
El capitulo sanitario del embargo es el que más escuece. Los informes de la ONU reconocen que el bloqueo se ha llevado la vida de un millón de personas desde 1991 a causa de enfermedades que antes de la guerra eran tratables. La mayoría son niños, pero no han muerto de ántrax, sino de diarreas y gastroenteritis. Más datos-bomba: Unicef advierte de que cada 10 minutos muere un menor de edad iraquí por malnutrición crónica o debido a las condiciones de insalubridad en que malviven.
El Consejo de Seguridad de Naciones Unidas en Nueva York, reconoce que el embargo ha tirado por tierra el sistema económico del país. Hace 12 años un dinar iraquí valía 3 dólares. Hoy un dólar cuesta casi 2.000 dinares. Un funcionario que antes ganaba 1.500 dólares, hoy ha de llegar a fin de mes con 5, que es lo que cuesta un kilo de carne en el mercado central de Bagdad. Comer cáscara de cereales hecha puré es el último grito en gastronomía doméstica en el país que es el segundo más rico del mundo en reservas de petróleo.
En Irak la gente se queda ciega porque al material de los centros sanitarios les faltan válvulas y tornillos. Hacer de guía para esa generación de invidentes, se ha convertido en el oficio de miles de niños que deambulan por la calle sin más horizonte que le pillaje. Y si nacen bebés prematuros, que conozcan pronto los rigores de la vida, porque no hay incubadoras. Las pocas que pudieron importar cuando entró en funcionamiento el programa Petróleo Por Alimentos, en 1995, llegaron con los sistemas informáticos arrancados bajo la excusa de que podían ser utilizados para fabricar bombas.
El escritor Carlo Frabetti que colaboro en el envío de un millón de lápices a las escuelas de Irak, tuvo que batallar con el comité responsable del embargo para convencerles de que el grafito de aquellos portaminas no iba a ser utilizado para construir bombas atómicas. El sinsentido de los lápices es la metáfora que mejor define el destino actual de Irak.