(CUENTO SEMINOLA)
Una tarde de muchísimo calor, un hombre que caminaba por el bosque decidió descansar en las ramas de un gran árbol. Trepó a él, se acomodó en una gran rama y rápidamente se quedó dormido. Mientras dormía, se hizo de noche y una banda de ladrones acampó bajo el árbol. Encendieron una hoguera, asaron carne, comieron y se echaron también a dormir.
El hombre que estaba en la rama se despertó con el ruido de sus ronquidos, por lo que bajó de allí para echar un vistazo. Una vez en tierra calentó sus manos en el fuego que habían hecho los ladrones y, sin hacer el menor ruido, probó un poco de la carne que habían dejado. Como le gustó, decidió comer un trozo más, y otro, y así hasta que la carne se acabó.
Luego miró a su alrededor para ver que encontraba, y rápidamente descubrió un arca de madera que los ladrones habían robado. Al abrirla vio hermosas ropas, hechas con el más fino algodón y bordadas con los más llamativos colores.
El hombre se probó prenda tras prenda, contoneándose a la luz de la hoguera con los brazos extendidos para mejor admirar los colores, acariciando contra su cara aquellos finos tejidos. Los ladrones, mientras tanto, seguían roncando alrededor del fuego.
En el fondo del arca encontró una hermosa capa roja, que puso primorosamente sobre sus hombros. Y en ese instante sucedió un hecho prodigioso: sus pies empezaron a moverse por sí solos, ejecutando delicados pasos de baile que él, hasta entonces, ignoraba.
Su danza se hizo cada vez mas frenética, mas veloz, mas salvaje y descontrolada; se agachaba y brincaba, gritando, saltando y dando coces con los dos pies al mismo tiempo.
Perturbado por el ruido, uno de los ladrones abrió los ojos y volvió a cerrarlos de inmediato.
-¡Que sueño tan horrible! -se dijo, y continuo pensando-. ¿De veras será un sueño? Un hombre vestido de rojo, resplandeciente, bailando como un loco junto a la hoguera...
El ladrón abrió un ojo, para no sufrir una impresión mayor. Allí estaba otra vez aquel hombre salvaje, bailando junto al fuego y vestido con una deslumbrante capa roja que brillaba mas que la hoguera.
El ladrón dejó escapar un grito escalofriante, que despertó de inmediato a sus compañeros.
-¡Es el espíritu de las montañas! -se dijeron unos a otros-. ¡Ha venido a devorarnos!
Sin pensarlo dos veces, movidos por el pánico, los ladrones echaron a correr y se perdieron en el bosque.
El hombre que danzaba no se enteró de nada; siguió bailando, alejandose del fuego por entre los árboles, hasta llegar al borde de un precipicio que parecía separar el cielo de la tierra. Sin mostrar vacilación alguna, bailó sobre el filo del precipicio, hasta que cayó, al fin, en una oscuridad infinita.
Sin embargo, en lugar de desaparecer en el abismo, la figura danzante pareció flotar en el espacio durante algunos momentos y luego, con la capa revoloteando sobre sus hombros, comenzó a remontarse por los aires.
Voló tan alto y tan alto, que no parecía un hombre con una capa roja, sino un círculo rojo en la inmensidad del firmamento. Continuó su ascenso mas y mas, para irradiar, en su vuelo, un brillo que daba calidez al aire. El bailarín se había convertido en sol...
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