ESO ERA TODO

 

Se sintió más seguro. Claro, la bala dolía, empezaba a doler, ¡carajo! No era como la otra vez un chumbo veintidós, esta era una señora treinta y ocho, incrustada en el lomo. Debía estar perdiendo sangre como loco, pero la cosa era escapar de los milicos. Allá arriba, en el puente, les habían cerrado el paso. Dónde estaría el tuerto. Los pajonales eran terreno seguro, por ahora. Ellos andaban con linternas, en cualquier momento iban a aparecer los perros. Pero cruzar, cruzar el arroyo de aguas muertas, nadar despacio, en la oscuridad, ganar la otra orilla, qué frío hace. El Petiso tendrá un auto preparado, es una de salir, alejarse. El sabía bien dónde ir para que le sacaran el chumbo.

 

Todo salió mal. El tuerto es un comboy de cuarta. Calculó que el triste viejo iba a tantear un fierro, iba a cuetearlo, y ahí nomás lo quemó. Dos, tres, cuatro estampidos y el viejo giraba, giraba, caía, caía, a cuatro cuadras de la comisaría. Salieron rajando pero se les echaron encima. Tiraron el auto al agua y cada quien por su lado. Al final capaz que… porque en la carrera, después de vaciar el tambor, sintió otros tiros, pa, pa, secos, iguales, sin respuesta, los ecos, más lejos. Lo habrán boleteado al tuerto. Ahí nomás y el agua. Cada vez más cerca. Helada, pero nada de zambullirse como un gil, directamente debajo de los milicos. Todo muy despacio, medido, y ese cansancio. Una luz iluminando el agua, los gritos.

 

¿Esto era todo? Alcanzó a decirse mientras el agua sucia, oscura, barrosa, se iría tiñendo de un rojo indistinguible, en la oscuridad helada, llenando su nariz, ya nada importa, no.

 

Lagioia, veinte años recién cumplidos, se apoyó con ambas manos en la congelada baranda del puente. Náuseas, temblor de asco. Sí, el Pocholo estaba muy malherido y había sido este. Pero igual, igual se siente. Hasta ahora no… es algo que va más allá del sentido de lo correcto o incorrecto, es como una oscura náusea que va trepando por el cuerpo y nubla la mente. Pepe lo miró con cara de entenderlo y le palmeó el hombro.

 

Después bajaron. Aunque se acercó bastante, no quiso ver aquel cuerpo que le pareció todavía débilmente moviente.

 

 

 

 

TANGO

Aldo entró a la milonga.

Saludó amablemente a los porteros, sobre todo al Chiche, un gran muchacho, bah, muchacho, vos me entendés, recordando a aquel Chiche de otros tiempos, de jopo engominado, que le guiñaba el ojo para avisarle de la presencia de Laurita. El Hotel Imperial ocupaba un edificio antiguo, pero muy bien conservado: gran hall con espejo para sacar el peine del bolsillo interior del saco, repasar el peinado disimuladamente, antes, porque ahora… ni hacía falta. Pero igual, le había quedado el reflejo.

El Chiche le comentó no sé qué sobre Gregoria... le dio algo, tuvo que venir la Emergencia, pero no es nada, vino la hija, la llevaron por precaución, te digo que no es nada, el calor, la baja presión.

Al entrar a la sala de baile, justo en el momento en que Maidanita cantaba "Teléfono", sus ojos recorrieron el humo azulado, las luces, la gente, la barra: nervioso, impaciente, como si se acordase súbitamente, como si no hubiese huido de su pieza gris, de su radio gris, de su vida gris, anudando en su corbata gris de seda, pintitas blancas, el último chusmerío de esa noche de verano -Doña Chola en la vereda- la vieja indolencia de su gato, inmóvil en el murito, para encontrarse una vez más con ella.

Le avisó Gregoria. El teléfono sonó justamente cuando había vuelto a desempolvar el retrato de la difunta Laura -cada vez más joven en su silencioosa quietud, cada vez más joven porque él se hacía cada vez…- envuelta en una franela amarilla, penúltimo cajón de la cómoda, como debe ser, al lado de los recortes de Julio Sosa y el Mago.

Porque claro, Gregoria tenía el teléfono de casi todos los compañeros y compañeras del baile, así podían pasarse las novedades. Quién le iba a negar el teléfono a Gregoria, la viejita, la infaltable.

"Che tanín, mirá que me dijo Delia que le dijo Panchita que probablemente... ella, aquella,  volviese al baile, el domingo, ¿sabés?

Aldo colocó de nuevo la franela sobre el retrato, como protegiendo a Laura de la contemplación de este presente, como si pudiera… celos… verlo… en fin, ella, allá, en el cielo, estará contenta. Me lo dijo, en la triste cama del Maciel: Tanín, no te quedes solo, vos sos muy bobo para estar solo, vas a andar siempre flaco, barbudo, mal combinado de colores y con todos los botones descosidos. Y él que no, que no digas eso, que en unos días estamos en casa…

Y sí. Claro que sí. Ella lo sabía mejor que nadie, no por leer las pausas forzosas, los súbitos silencios impuestos en las conversaciones circundantes, sino por razones de más adentro, por sentir el triste crepitar de aquel can… grejo infame, ajeno, colado, intruso en su hígado, en la vesícula, yo qué sé donde. Muy verde, muy trágicamente verde, se me había puesto. Pero está. Si fuera solo cosa de coser botones. Y esos sueños en los que estaba allí, esos mensajes o qué sé yo.

Ella se lo dijo, también, en el baile de fin de año. Aldo, vos no podés seguir agarrado así a los recuerdos. Si querés vivir, tenés que dejar que la pobre Laura descanse en paz. Tenés que olvidarte, Aldo. Permitite olvidar.

Esa vez, por primera vez, se permitió mirar a una mujer sin compararla, ni un segundo, con Laura. Ella tenía distinción, había algo que no era solamente su perfume, o el empeño en conservarse en línea, a pesar de cierta rotundez de sus formas. Tal vez fueran esos ojos para los que no parecía pasar el tiempo, esa cara que no necesitaba un maquillaje exagerado, esas manos delicadas, su forma de hablar, su forma de sentir las cosas. Era un poco más alta que él, pero a quién le importa eso hoy día. Cosas de viejo, prejuicios.

Después vino la desavenencia, el día que llegó un poco más tarde y lo encontró bailando con Amanda. El, por el rabillo del ojo, anticipó su gesto impaciente, nervioso, su presurosa retirada.

Salió lo más pronto que pudo. Ella caminaba muy rápido, aprontándose para abordar el taxi, le tocó el brazo, sosteniendo un poco la mano bien abierta, apoyada en su codo.

-Por favor, no lo tomes a mal. Estaba simplemente bailando un tango con Amanda, que es como mi hermana, vos sabés…
-No, dejá, no es por eso. Bailá trranquilo, nomás, seguí bailando con Amanda o con quien se te ocurra y dejame en paz.

No son celos, aquí pasó algo, se dijo… no fue por eso, ya venía mal.

Fue inútil insistir con Gregoria: ella no quería que él la llamase. Trató de averiguar, y por las evasivas de la Viejita, era obvio que algo había pasado.

-Pero decime, Viejita, qué pasó, no me hagas imaginar cosas horribles, capaz le pasó algo, está enferma, no me hagas imaginar más, por favor.

-Pero tranquilizate, Aldo, no te puedo decir, ella está bien, no está enferma, no te puedo decir lo que le pasa, y si lo llego a hacer, te puedo asegurar que me retira el saludo para siempre, tanito. No me pongas en una situación difícil a mí, ya van a mejorar las cosas.

A la una y treinta, exactamente, ingresó pisando firme, con cierto balanceo apenas perceptible y un amago de sonrisa en los labios, saco azul deportivo, pantalón vaquero, camisa desprendida hasta la mitad del tórax, cadena al cuello con medalla, pulsera en la mano derecha, acompañado de un joven oficial que parecía pretender imitar cada movimiento suyo, y a la vez que nadie se diera cuenta. Le quedaba poco en el barrio, se iba para arriba, pisando firme. Saludó especialmente al Chiche, que sonrió con deferencia, como obligado por tantas veces que Faustino Lagioia había hecho la vista gorda, cuando él tuvo que salir a los tiros de Colt treinta y ocho, a las seis de la madrugada, y pasar corriendo casi enfrente de la Comisaría. Quién sabe si después, cuando Lagioia se fuese y el Colorado Mingutti asumiese el cargo… yo qué sé, les tenía unas ganas el Colorado, por aquello de que aquí la mano dura la pongo yo, no ustedes… Lagioia es otra cosa, él sabe cuándo y cómo hacerse el otario.

Venía de pasada, nomás, Lagioia. El Cacho se propasó con una amiga de Adelina, una chica joven, treinta años, más no tenía. Hermosa chica. Borracho hasta la médula. Ni lo vio, solo supo que de pronto era menos dueño de sus movimientos, todavía. Era un susurro tanguero, o la voz de Lagioia, será posible que por culpa tuya no pueda tener un rato, aunque sea media hora de tranquilidad, dicho de madre rezongando pero fuerza de picapedrero en la mano que apretaba su brazo, bien pegado a la espalda. Gómez, quedate, enseguida vuelvo. Vos, Cacho, te venís conmigo donde ya conocés, tenés la camita pronta, medio durabel, pero peor es nada. Gómez, fijate si entra el que ya sabés, porque el Chiche me lo deja pasar, y así no se puede, se lo tengo dicho… todo eso mientras la orquesta de Capirozzi desgranaba los sentidos acordes de Hotel Victoria. Un "después hablo contigo, Chiche" y un basnoches a ella, recién entrada, nostálgico el aire, enamorado de su perfume. Todavía con el papelito amarillo completito en la mano, sin cortar, a mitad de camino entre la boletera y el Chiche. Se cruzaron y Lagioia puso el cuerpo de este lado, como para protegerla de algún manotón imprevisible del Cacho. Ella abrió los ojos bien grandes. No, no pasa nada, dijo el Chiche, dame que te corto, ostentando una media sonrisa, la otra media borrada por el persistente efecto despuéshablocontigo que venía siendo algo así como te dejo en manos del Colorado, y punto. Cosa fea, che.

La vio enseguida. Se le acercó. Un hola cuidadoso, medido, interrogativo, modesto… respondido por un hola te tengo que contar algo.

La mesita redonda, de mantel blanco largo, servilletero metálico, algo para picar, una cerveza casi helada, dos jarros.

Ella desgranando la historia reciente de su hija, ida para siempre, para siempre, tanito -lágrimas- se fue con el esposo, yo les dije que esperaran un poco, pero Italia, viste, vos sabés cómo es la cosa, qué te voy a explicar. La soledad total, Tanito. Dicen que vienen para las vacaciones, pero qué van a venir. Cada vez menos, y yo no resisto si me voy, aquí están mis recuerdos, mis cosas. Y el padre viste como es, me echó las culpas a mí. Que si yo no le hubiera llenado la cabeza, y que ahora me aguante como pueda. Siempre el mismo. Gracias a Dios que ahora no tengo que verlo casi nunca.

Midió las palabras, las barajó.

(En la puerta, Lagioia reingresaba, golpeando al Chiche en el hombro, en son de broma, dando por finiquitado el temible efecto Colorado, después igual vendrá, él se irá, pero es verano, estamos en carnaval, capaz que lo dejo a Mingo solo y me doy una escapadita adentro, total hoy Fontes no viene… y hace tanto calor…)

Oro y diamantes. Maidanita, de nuevo.

Aquella palabra nueva, nunca antes dicha a una mujer… pugnando por salir.

-Princesa, de alguna forma te… nos vamos a arreglar.

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