LA PELUQUERÍA DE DON ISAÍAS

Procuraré que quede claro en lo que escribo, que, aún no habiendo triunfado Mi Idea, el mundo es un lugar maravilloso.

                                                 Juan Luis Borges(*), Proclama del escritor desbandado.

El armenio, legítimo armenio, armaba un cigarro de acuerdo a la cantidad de pelo que portaba el sujeto. Peludo, cigarro grande. Pelado, cigarro chico. Mediano, mediano. Yo era chico, claro, uno siempre es chico cuando va con el padre a la peluquería del armenio. Y me entretenía en la maravilla extraña del relieve del posapiés del sillón, que se llamaba algo así como koken, y a veces veías las letras, y al rato no las veías, porque se perdían en la filigrana, y yo no sabía que tenía que ver con la forma-fondo y me preguntaba cada cuánto y por qué era que que cambiaba, así yo no me acuerdo si ya tenía el Fero reluciente, que veía brillar debajo de la manga de la túnica.

Igualmente no se me iba a dar por cronometrar aquel asunto, porque no es cosa de niño. Sólo el misterio. El armenio escuchaba la radio que escuchaban sólo los armenios, a esa hora, siempre era esa hora de la audición de ellos, y me contaba que en el país de él había desierto y camellos, y yo creía que era cuento, pero con el tiempo me vine a dar cuenta de que no, mire usté.

Pelito corto, jopito. Una empanada de carne en el bar de la esquina, me compraba papá, había bares en todas las esquinas y también a mitad de cuadra. Y había cachilas que, después de estar en marcha, funcionaban a querosene. Y motos inglesas, y motos con sidecar, quermeses con música de Los Beatles y Folklore, todo mezclado. Un imprentero que hacía volantes sin pie de imprenta y después tenía dificultades con la policía. Y una infinidad de perros. De las cruzas más cruzadas posibles.

El ruido de unas máquinas en la noche. Las sirenas de la mañana, los olores a sebo o a aceite o a todo eso que se llamaba la industria. La industria? te cuento cómo era. Eran unas fábricas todas de ladrillos, muy altas, oscuras, nunca bien iluminadas, con chimeneas, donde los muchachos iban a pedir laburo. Yo nunca entré allí, así que no te puedo contar cómo eran por dentro. Trabajo para otros. Se terminó, y me quedé sin saber.

Bombitas de filamentos mortecinos, por las restricciones, camiones vigilados cargados de carne. Ambiente de lío. Estaban los muchachos que no iban para ningún lado, salvo para el baile, o el boliche. Y después estaban los que tenían dirección determinada, los que surcaban el barrio de paso hacia lo bueno, los Practicantes, los Procuradores, los Estudiantes, que tenían Ideas y hablaban bien de lo mal que estaba todo y de que había que dar vuelta todo, y los que siempre estaban haciendo algún negocio.

Qué frío, por Dios, qué frío hacía en mi país de clima templado!! Qué gris todo!! Habrán visto otros con esa mirada , simple de toda simpleza, ese mundo? Verdad que sí? verdad que vos lo viste igual?

A la vuelta de un tiempo, reencontré esa mirada. Ya no estaba el armenio. Hubiera sido lindo decirte que como los muchachos se hicieron todos hippies, o se fueron al estilista de chicas monas y logos finos, y sus clientes por viejitos iban perdiendo el pelo, dejó de fumar y se jubiló. Pero no fue así.

Otro día te cuento.

(*) Claro, ese Borges, el hermano del otro Borges, te acordás? Seguro!! también escribía, de a ratos. No, no era tan consecuente ni tan sabio como su hermano, pero, ves, claro, sí fue feliz.

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