LA PANADERÍA

Mis primos vivían en esa época allá, por el Barrio de los Judíos. En la calle Domingo Aramburú.

Estaban en dos piezas de una casa grande, antigua, que un familiar lejano del tío Pancho les subarrendaba. Vivían apretados, mal. En aquellas noches de verano, tío nos llevaba para afuera a sentarnos en el cordón de la vereda, y mientras se tomaban una cervecita con mi viejo, despacio, le contaba sus problemas con aquel familiar y con la tía, en voz baja y tratando de disimular ante mí, pero era obvio. Mi vieja rara vez quería ir a esa casa, porque decía que mi tío estaba sufriendo por culpa de esa ingrata que solo pensaba en el dinero, y que lo trataba mal.

Entrar en esa casa, para mí, era un misterio. El bendito familiar lejano no estaba casi nunca, porque era viajante y estaba mucho tiempo en la Argentina o el Brasil.

En aquellas nochecitas de verano hablaban de muchas cosas, mientras se tomaban la cervecita. El tío le contaba a papá su proyecto de instalar un negocio, y aunque no tenían un peso, hablaban como si lo... yo cerraba los ojos y me imaginaba viajando a Disneylandia con mis padres, mis tíos y mis primos, pasando la gran vida y yendo a un colegio donde no pusieran deberes para los fines de semana.

Tenían una faceta alegre, se reían mucho. Había que verlos a los dos en aquellas reunioncitas familiares de los cumpleaños o de las Navidades: hacían imitaciones, contaban chistes verdes y los chicos tendríamos que salir, aunque, por supuesto, siempre nos quedábamos por ahí, por ahí, como zonceando.

Un día llegó la infausta noticia de que el familiar lejano había muerto en Buenos Aires, y como no tenía descendencia, simplemente el tío tomó posesión de toda la casa. Esa época fue buena, muy buena. Con asombro entramos en el dormitorio del viejo Horacio, vimos sus cuadros viejos, sus viejos muebles. El tío hablaba por lo bajo de dinero, mucho dinero, muchísimo dinero, y a papá le brillaban los ojos. Nos vamos para arriba, cuñado, le decía. Esta vez, si la sabemos hacer bien, con moderación, nos paramos para toda la vida. Los primos soñábamos, soñábamos y soñábamos a gritos con Disneylandia, con regalos maravillosos, con salidas al cine y al Parque Rodó y a Disneylandia.

Andaba con los radares prendidos, en esos días. Parece que el viejo guardaba plata por todos lados y nunca se gastaba un peso, decía mamá. Libras esterlinas y dólares. Y nos obligaban a todos, so pena de terribles penitencias, a no andar diciendo por allí que el viejo Horacio tenía más plata que los ladrones.

Es increíble, decía el tío. Hablé con el Contador y el viejo no tenía nada más que este dinero guardado. Todo lo que hizo en la vida fue guardar dinero, no invirtió, no gastó. De los negocios, corretajes que hacía, comprando acá, vendiendo allá, guardó todo, todo lo tenía enterrado en ese cuarto. Claro, un tipo solo -las mujeres que tuvo se le iban enseguida, cansadas de su mal carácter- sin hijos.

Igual, yo que sé, estaba, realmente estaba un poco loco. Mi tía decía que el viejo, en algún momento de su vida, había sido alegre, tenía una novia, estaba por casarse, pero ella se murió, y él quedó mal, muy mal. Nunca volvió a ser el de antes.

Los chiquilines estábamos cada día más impacientes, preguntando y preguntando a ver cuándo venía el viaje, los regalos, las novedades, pero surgió un problema. El tío Pancho quería comprarse una casa más amplia, y poner en alquiler la que habia sido de Horacio. Por varios días, esa inesperada propuesta sembró una sombra en nuestro ánimo. Se esfumaba el viaje a Disney. Por más que mi padre y mi madre me explicaban que el tío estaba en su derecho, yo estaba ofendido con él. Lo consideraba injusto y malo, y no quería ir a visitarlo.

Mi madre habló mucho con él, insistiéndole en la conveniencia de invertir en un negocio que les reportara a ambos buenas ganancias, más que un alquiler compartido.

Una noche gris y fría, apareció mi tío en casa, inesperadamente. a conversar con mi madre. Hablaban en voz baja. La expresión radiante en sus rostros indicaba cosas buenas, muy buenas. Mi madre me lo dijo, después. Había surgido una oportunidad de comprar una panadería muy bien ubicada. Ninguno de los dos conocía el negocio, pero existía la posibilidad de mantener al maestro panadero, que venía a ser el alma del negocio, y era empleado. Los otros muchachos habían manifestado claramente su voluntad de cambiar de trabajo, por otras posibilidades que tenían.

El día siguiente era crucial, absolutamente. El maestro tenía la firme propuesta del actual propietario del negocio de viajar con él a Francia, junto a sus respectivas familias, para continuar en el rubro. Y el hombre estaba casi decidido a irse.

Me acuerdo como si fuese hoy. Fuimos todos a hablar con él: mis tíos, mis padres, mis primos y yo. Mi tío le habló de un aumento, de que efectivamente iba a quedar encargado de la panadería, pero el hombre, ya con una decisión que le había costado mucho tomar, dudaba. Los chiquilines hablábamos bien despacito: ya veíamos perdido nuestro viaje a Disney. Entonces mi primita Zully, desde sus cinco añitos de ojos grandes y brillantes, se acercó al hombre, le tiró de la manga, y cuando él la miró, sorprendido y sonriente, espetó de un golpe esta frase:

"Dale, dale, quedate con papá, porque si no no podemos ir a Disney"

Largó la carcajada. Un rato largo estuvo riéndose, y secándose las lágrimas que yo creía eran de tanto reírse.

Está bien, dijo. Lo voy a pensar.

Cuando mis tíos llegaron el lunes, a primera hora, a la panadería, lo encontraron. Estaba allí, como siempre. Pronto para trabajar. Al saludarlos, les dijo: díganle a la nena que va a tener Disney. Bien pronto.

Y así fue.

 

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