LOS PÁJAROS EMPIEZAN A CANTAR ANTES DE QUE NAZCA EL DÍA

Los pájaros empiezan a cantar antes de que nazca el día. Muchas veces los he escuchado, sorprendido, cuando su canto es casi el único sonido que rasga suavemente la ciudad dormida. Cuando, a mi criterio, aún es noche cerrada. Pero claro, qué les puede importar a ellos mi criterio.

Cuando niño creía que veían salir antes el sol porque estaban siempre más alto, en los árboles, en las cornisas...

Una vez, hace tiempo, en el frío de la madrugada, caminaba por Tristán Narvaja. Me paré un instante a observar, en la vidriera de una librería, un volumen cuyo título me llamó la atención. Por un momento me olvidé del frío y de los pájaros que anticipaban la mañana desde los plátanos deshojados. Tenía sueño, estaba cansado.

El título del libro era: Cambie su vida en cinco minutos.

Qué fácil, decía yo.

De pronto me llamó la atención el ruido de un motor. Era un auto que venía a gran velocidad por Tristán Narvaja. Al llegar a Paysandú empezó a zigzaguear. En un instante estaba a pocos metros, subiendo a la vereda. Salté, puse los brazos delante de la cara, sentí un impacto terrible y nada más.

Cuando abrí los ojos de nuevo, unas señoras me decían: no se mueva, no se mueva. Yo balbuceaba "no tengo nada", pero al intentar incorporarme, sentí todo tipo de dolores y me desmayé.

Cuando abrí los ojos otra vez, estaba en la cama de un Sanatorio. Unos familiares me miraban. Estás bien? me preguntó alguien a quien enseguida reconocí como mi hermano.

No sé, le dije. No sé. Me duele todo.

Estás enyesado, por eso. Tuviste fracturas, pero vas a caminar y hacer una vida normal. Suspiré aliviado, si a eso se le podía llamar suspiro, y hasta logré sonreír.

Trajeron tus cosas. Ah, sí. Cuando llegué estabas inconsciente y con el brazo así, mal puesto. Creí que era mucho más grave, pero por suerte gracias a Dios... Reboredo dice que le podés sacar y le vas a sacar unos cuantos miles de dólares al tipo ese. Por la forma en que se incrustó en la vidriera, debería haber muerto. Estaba con una mamúa tísica, el loco. Y no le pasó nada. Hay gente que es para escribir un libro, te digo.

Parece que el loco ya escrachó varios autos y la abuela responde por él. Aprontate para una buena, porque tiene mucha plata. Pero mucha. Además vos sabés mejor que yo cómo es Reboredo. Una luz. Un libro abierto. A propósito, te dejé en la mesa de luz el libro que tenías en la mano cuando te encontré. Te digo porque me llamó la atención.

Haciendo un esfuerzo sobrehumano, logré girar la cabeza. Y lo vi otra vez.

Demoré en salir del Sanatorio. Cuando empecé a sentirme un poco mejor, los días se me hacían tediosos y las noches insoportables, hasta que me dieron el alta y de nuevo me sentí libre.

Reboredo hizo su trabajo sin prisa y con pausa, como solía. Por lo cual se tardó una eternidad la definición de la demanda.

Hacía como dos semanas que no tenía novedades suyas, cuando por fin me llamó. Era de noche, tarde. Yo estaba casi dormido y al principio no le entendí.

"Está pronto, hicieron el depósito. Ahora solamente es cosa de pensar lo que vas a hacer con el dinero".

Estaba contento. Como si todo ese dinero fuese suyo.

Después de pensarlo largamente, llegué a la única conclusión posible.

Así fue como Raúl Rojas salió de la Automotora después de comprar el auto de sus sueños. Un Gol rojo fuego, gasolero, cero kilómetro, reluciente, cómodo, seguro, económico, impecable.

Sí, es verdad, fue muy criticado por invertir de esa forma su dinero. No pensó en nada ni en nadie, solamente en sí mismo y en su propio capricho, decían algunos parientes y amigos. Vio la muerte tan de cerca que merece una compensación, pobre muchacho, decían otros.

Le sobraron doscientos cincuenta pesos.

Después de dejar el auto en el garaje, a dos cuadras y media de su casa, Raúl Rojas caminó lentamente, aspirando el aire fresco y suave de la mañana. En la esquina, se encontró frente a frente con el chiquilín que levantaba la basura día por medio, acompañado de su hermano y el carrito tirado por un matungo con aspecto de no resistir un solo día más. Lo miró, lo saludó, el chiquilín quedó expectante, como esperando que le dijese que tenía una silla vieja o algo especial para llevar, o que se había olvidado de la propina el otro día y tenía unas mone- das para él, pero no. Le alcanzó un sobre grande sin decir una palabra. Lo miró por un instante a los ojos castaños, vivaces pero con un dejo de melancolía o cansancio. Vio, quizá por primera vez, su pelo lacio, castaño oscuro, y el de su hermanito, mucho más claro y enrulado. El chiquilín se quedó serio, con cara de yo-no-fui. En un instante pareció congelarse todo: el botija al lado del carro, el hermano sentado, los cartones y trastos viejos desbordando, medio cayéndose, las ruedas de goma gastadas, la cola del matungo moviéndose, el temblor en sus patas.

El chiquilín dijo una especie de gracias y se hizo el desentendido con el sobre, pero ni bien Raúl entró a su casa corrió al carrito y fue a abrirlo delante de su hermano.

Plata. Mucha plata. Más que una propina. Más que muchas propinas. Plata como para no mostrarle a su padrastro ni a su madre, lo que venía a ser lo mismo, en ese momento. Plata para guardarse enterita para él y su hermanito.

Y un libro.

¡Claro que sabía leer, yo! se dijo Julito. No muy bien, no, porque muchas veces faltaba a la Escuela, como cuando hacía una trastada y tenía que andar medio escondido para que el padrastro no lo matara a palos. Pero leía los titulares del diario y unas revistas de chistes.

El libro, en la tapa, decía algo interesante. Algo que a Julito le sonaba lejanamente fascinante, como de otros países.

Apenas pueda lo miro, se dijo en voz baja.

Raúl entró a su casa pensando "pucha, para qué le puede servir el libro a ese botija, pobre. Aunque pudiera leerlo y entenderlo, ¿de qué le serviría? Es así la cosa. Está todo muy bravo. Yo tuve una suerte loca, lo mío fue un golpe de fortuna, como sacarse un cinco de oro. Pero él, más que un golpe de fortuna, ha recibido palos en el lomo toda la vida. ¿Podrá resarcirse algún día de tanto dolor y escasez?"

Julito acariciaba el libro y pensaba en sus sueños de moneditas que al despertar se le escurrían de las manos. De chico, cuando todavía vivía su padre y le había dicho que se iban a ir al Brasil a trabajar, ganar bien y pasarla mejor, había inventado un sistema para traerse las moneditas del sueño y que no se le escaparan más, que era dormir con una bolsita de plástico en la mano derecha, pero después del invento, nunca más volvió a soñar con moneditas. Soñaba que se peleaba con el Rober y le ganaba, o le regalaban una globa número cinco, pero con las moneditas, nunca más.

Se paró cinco minutos en la esquina. Cinco minutos, mientras acariciaba el libro y tanteaba el bolsillo para estar seguro de que la plata no se le escapaba por algún agujero. Algo extraño pasaba adentro suyo, como unas ganas de llorar. Julito no tenía más voluntad de andar escondido dos por tres para evitar ser apaleado. Se estaba haciendo grande. No podía dejar de pensar en su padre, bien distinto a ese hombre que estaba con su madre. Su padre le decía siempre que estaban ahí provisorio, que pronto iban a andar mejor y se iban a ir todos juntos.

Reanudó la marcha, obligando al matungo. Un hombre le alcanzó una caja grande de cartón con unas botellas de plástico. La acomodó lo mejor que pudo, en ese equilibrio insensato que amenazaba deshacerse en cualquier momento.

Siguieron su ruta. El carro estaba muy pesado, el caballo no daba más. Tal vez para otro animal hubiese sido fácil, pero este ya no estaba en sus días mejores, precisamente. Julito lo sabía; como le tenía cariño, lo dejaba ir lento. Salieron del barrio, tomaron por una calle de tierra. Llegaron al rancho, se apresuró a descargar los cartones y todo lo demás. Ese día hizo otro viaje repleto de bolsas, cartones, pedazos de madera, latas; no fue a la Escuela.

Esa noche pasó soñando con monedas y que encontraba en el libro la forma de no pasar más frío, ni hambre, ni bronca, y vivir como un rey.

Lo despertó, muy temprano, el vocinglerío de los gorriones en los árboles de la quinta cercana.

Su hermanito ya estaba despierto. Le dijo algo sobre los pájaros. Habría soñado algo, quién sabe.

Julito sonrió y le contestó: ¿Ves, botija? Este libro que me dieron es mágico. Tiene magia, nos va a traer suerte. Lo vamos a llevar siempre en el carro y capaz que hasta te lo leo algún día. O capaz que vos aprendés mejor que yo y me lo leés vos a mí, bien temprano, cuando los gorriones despiertan al sol, porque lo despiertan, sabés? Vos sabías que los pájaros llaman a la mañana cantando? Yo me di cuenta de eso hace pila, cuando era como vos. Los pájaros empiezan a cantar antes de que nazca el día.

 

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