MUCHOLIFE

 

No era un domingo cualquiera. Uruguay se jugaba al todo o nada (matemáticamente tenemos chance) y los pocos  que andaban por la calle, o huían hacia el televisor más cercano, o eran turistas.

 

Salvo nosotros, los que habíamos sido convocados especialmente para una entrevista de trabajo. Hotel céntrico, foyer, tevé con inicios de partido (ah, están jugando bien, ¿no?).

 

Sala de conferencias,  no demasiado grande. Mesita adelante, con mantel prolijo y retroproyector. Mesita accesoria a la derecha, con un montón de frascos, frasquitos y frascotes de plástico, todos con una marca que no debía ser, pero tampoco podía ser otra cosa que Mucholife, la competencia de la conocidísima Midway. Tú sabes, chica. La vista no me daba para intentar ver otra cosa que Mucholife, repetido incansablemente.

 

Chica con aspecto de promotora un poquito pasada de edad. Iniciando nuevas actividades, digamos.

 

Venían dos personas de Buenos Aires.

 

(El joven ocurrente inventor de Mucholife, dizque apareció muerto frente a su espléndida mansión, frente al mar, frente a todo lo demás eso es un detalle. Nadie jamás dijo que había muerto de tanto abusar del famoso polvo dietético de Mucholife, ni que lo mató la mafia rusa, Dioslibreyguarde, o vaya a saber qué. Un infarto le puede dar a cualquiera).

 

Justamente, el encargado de presentar la oportunidad más tradicional de ser ejecutivo de ventas (vendedor a secas, pero con motete moderno pa que se sienta mejor de actitud) o supervisor, léase jefe, estaba retenido por problemas con el avión (no, fue antes de la horrible cosa esa de las Torres Gemelas, horrible como todo atentado, sea donde sea, carajo, que uno quiere la paz sin subterfugios, no la paz según pa quién) por lo cual, la presentación la haría quien se especializaba en presentar una oportunidad de negocio independiente. Qué cosa, no, y a qué horas vendrá el otro señor. No se sabe. Ah.

 

Varios se retiraron, acusando cortésmente a la promotora de ser terrible tramposa. Me quedé para ver lo que tenía que decir el señor Quevenía.

 

Uno tendría el derecho, digo yo, de no ver aparecer, en casos así, a un sujeto relativamente joven, alto, con aspecto de abogado, aunque sin serlo, traje impecable, zapatos con poritos pa respirar los pieses, corbata, bienhablante y casi sin tonito que es tan parecido al nuestro, aunque ellos no dicen mojca, ajco, cajco y terminan las frases pa arriba, no pa abajo, engominado con gomina dietética.

 

El sujeto explicó que esto no era para todos, sino para gente dispuesta a trabajar en forma independiente con criterio empresarial. La señora Dora Dorenstein, de lentes, interesada y gran tomadora de apuntes, manifestaba estar afín a la propuesta, vijte. Tal vez había salido tan escamada de lo de Midway que iba por la revancha, algo estaba mal en ella, la idea en sí era buena, según la empresa que la aplicase, los de Midway son unos asaltantes de corbata roja, no todo va a ser así, hay que probar, aquello era una secta, una escuela dominical, un lavado de cerebro, una libación oculta de jabones sobrantes al compás de la lectura de infinitos libros que en realidad, a decir verdad, rara vez, muy rara vez recomiendan meterse con Midway, salvo que sean escritos por los popes de Midway, digo que.

 

El sujeto mostró antiguas fotos suyas, en las que se le veía flaco, orejoso, ojeroso, triste y preocupado. Ahora no parecía especialmente alegre, o por lo menos lo disimulaba, pero estaba más rellenito, con cara de pucherear mejor, vio.

 

El caso es que había una caja de cien dólares, que contenía una literatura formativa y un pote grande de polvo dietético para agregarle a las comidas y bebidas, y de premio una entrada graterola a una fermosa convención en el Hotel Bonayre, de cinco estrellas, donde cualquiera que estuviese dispuesto a hacer un grandísimo negocio en serio, debía concurrir, tengan presente que si no llevan la caja ahora, después les va a salir cincuenta dólares la entrada al evento.

El retroproyector era solamente para mostrar unos cheques, por cinco y siete mil dólares, emitidos por X-Banco, a nombre de otra persona que era justamente su señora esposa (de él).

 

Qué le parece, amado lector. Mire si usted, por no hacer esto, se pierde un cheque mensual  de cinco o siete mil dólares, a nombre de su señora esposa… (no, no sea así, cómo va a decir eso… a nombre suyo?  Porque … se lo patina en dos días, la susodicha…  ¡qué tipo machista, vó!)… sería una ca… tástrofe, ¿verdad?

 

Juro que esperé en vano que la señora Dora dijera:

 

Pibe, haceme el favor. Vamos a hacerla corta. Aquí tenés, dame dos cajas, quedate con el vuelto y nos vemos en el Bonayre.

 

Pero me parece que no. Más bien estaba pensando cómo decirle a Sarita  y a Ana María, que esto no tenía nada que ver con Midway, aunque se le pareciese bastante, sin que ellas le arrojaran súbitamente el servicio por la cabeza. Al servicio del té, me refiero.

 

(Este relato que parece verdadero, fue escrito en Montevideo, a los veintisiete días del mes de octubre de 2001).

 

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