JUGUETES (Un mínimo cuento de fina nostalgia)

Romero trabaja en una oficina. Es uno de los empleados más antiguos, sus compañeros lo aprecian. Reservado, callado, ha dado siempre muestras de ser un hombre derecho. No se sabe mucho sobre su pasado.

Vive en una vieja casona en Luis Alberto de Herrera, con su mujer y su hermana.

Tiene una cachila bien conservada, la saca a veces, los sábados o domingos, para ir a pasear, y un perro lanudo, achacoso, de ladrido ronco y débil.

Esa casa perteneció a sus abuelos, y después a su madre. En las tardes de verano se lo suele ver, sentado en un banco de hormigón, mateando a la sombra de un pino. Pocas veces se altera su rutina: en Navidad, o algún cumpleaños, llegan dos o tres, de visita.

No ha habido cambios en la casona, excepto por una antena de televi sión y la pintura, siempre discreta, en colores casi grises... las luces se apagan a las nueve y media o diez, a más tardar.

En su juventud, Romero tocaba el bandoneón, bastante bien. De vez en cuando se oyen los acordes del instrumento. Su hermana Julia da clases de piano y solfeo. A él le gusta, cuando llega del trabajo, entrar con cualquier excusa en la "Sala de Música":

_HolaJulia. ¿Te acordás dónde puede estar el álbum de fotos? Lo busqué en el altillo, pero no está (mira de soslayo al gordito que, con dedos inseguros, ensaya una escala en el Steinway).

_Tiene que estar allí. Buscá en el baúl grande.

_Bueno, gracias.

Sube al altillo, obligado por su pretexto. En el baúl hay una colección de reliquias: libros, cuadernos, un cuadro pintado por su abuela y despintado por el tiempo, y, en el fondo, el álbum de tapas negras. Con un esfuerzo de equilibrio, se sienta en una silla medio desvencijada, para reencontrarse con viejos tiempos. Le invade un sentimiento de melancolía.

Cree que lo mejor de su vida quedó atrás ¡qué intrascendente sucesión de pequeñas vivencias! Sin embargo, cuánto valor encierra cada recuerdo! Si pudiese volver a vivir...

Añora sus sueños de juventud, desvanecidos. No fue ni la décima parte de lo que hubiese deseado. El peligro del hubiese. El regodeo polvoriento del hubiese. La vida le jugó una mala pasada, acostumbrándolo al hastío, a la mediocridad.

Si hubiese tenido hijos, ahora sería distinto. Pero no pudo ser. Hace tiempo, su hermano Francisco y él querían ser famosos. Aquel, cantor, él, bandoneonista de primera. Su gloria se redujo a un puñado de ac- tuaciones en clubes de barrio, que les dejaron buenos amigos y fotos amarillentas. Nada más.

Cuando se encuentran, hablan incansablemente de estas cosas. Parece entonces que el tiempo no ha pasado con su carga de olvido, y aún son jóvenes, como en el vals, como si en cualquier momento pudiera aparecer su madre, llamándolos a cenar.

Los hijos de Francisco han sido en alguna medida sus propios hijos. Sebastián, emprendedor, emigró a España en busca de horizontes. Marcela estudia fuerte, se está por recibir de doctora. Qué orgullo, verdad, Pancho? Para mí también, hermano. Francisco teme que finalmente siga el mismo camino que Sebastián.

-Antes era otra cosa, Carlos- le dice -por ejemplo mirá el primo Wilson, era como nosotros, o más pobre todavía. Después se recibió y miralo ahora, echado para atrás. El otro día le fui a hablar por la nena, prometió hacer algo, pero ves, ella dice: "son promesas, puras promesas sin fundamento. Después se olvida." Vamos a ver qué pasa ahora con el Concurso. Pero yo confío en Wilson. Siempre fue un loco de la guerra, pero en este sentido está muy dispuesto a dar una mano. ¡Ah! preguntó por vos, dice que vayas, que te espera, que hace mil años que no te ve.

_Voy a ir un día de estos. Debe estar avejentado, no? El es mayor que nosotros.

_No, no creas, ahora se cuida mucho.

_Cuánto tiene?

_Como sesenta.

Julia se define como "una profesora que se complace en poner sobresalientes en exámenes de piano" Algún alumno ha llegado lejos: guarda orgullosamente alguna carta de agradecimiento recibida de París. Ella los acusa de ser unos viejos carcamanes que sólo gustan de hablar del pasado, pero los comprende.

Carlos se desenvuelve de los recuerdos; lentamente, saliendo de un sueño, guarda el álbum y cierra el baúl.

En la cocina está su mujer, que acaba de llegar.

_Hola, Silvia. ¿Cómo estás?

-Me siento un poco mejor ahora.

-No debiste ir. ¡Mirá si te viene la recaída! ¡Eso es bravo!

-Eh, no exageres. Me aburre estar aquí acostada como una inválida. además estoy con gripe, no tengo tisis, o algo por el estilo.

Se acerca la noche. Carlos, Silvia y Julia miran el informativo. "Algo le pasa a Carlos" piensa Silvia "está cada vez más callado, más hosco" Encuentra la mirada de Julia, parece estar pensando lo mismo.

El simula prestar atención a las noticias. Una como tristeza se refleja en su rostro. Se levanta del sillón.

-Voy al sótano. Tengo que terminar un trabajito.

En el sótano ha seleccionado un rincón, lo aisló con unas mamparas y le puso una puertita cuya llave trae siempre consigo. Nadie le preguntó qué había allí, no se animaron, tal vez. Es su lugar, donde se siente a gusto más que en ningún otro lado. Su "máquina del tiempo". Así lo llama. Abre la puerta con cuidado. Mira el paquete que hay en la mesita.

-Eso debería gustarle- dice en un susurro.

Fabián tiene veintiséis años. Es compañero de trabajo de Carlos. Es viernes. Todos están deseando que llegue la hora. Hoy vino uno de los socios y es difícil que el Gerente deje salir un ratito antes. Fabián se acerca al escritorio de Carlos.

-Che, después vamos a festejar al bar de la esquina. ¿Venís?

-¿Qué se festeja? -¿Cómo, no te dijeron? ¡¡Se casa el Colorado!!

-Sí, sí, creo que sí, pero no sabía que fuese tan pronto... me dijeron... dejá, no te preocupes, es que ando medio distraído. Ya salgo, esperame.

Ha hablado un poco más que de costumbre. Está seguro de que sus compañeros lo han notado. La despedida le trajo recuerdos de su propio casamiento. Al llegar, va casi corriendo al sótano. Entra en su reducto. Contra la pared hay una hilera de estantes en los que se ven muchos juguetes, unos relucientes, otros descoloridos. Al lado, una cunita de madera lustrada. Carlos desenvuelve el paquete.

Se sobresalta. Siente un ruido, en un instante se da cuenta de que dejó la puerta abierta. Se da vuelta. Allí, mirándolo con tristeza, está Silvia.

-Qué susto me pegaste, Carlos... qué es esto- dice con voz apagada. Pregunta por preguntar, sabe bien de qué se trata.

Carlos, vencido, siente que su Máquina ha dejado de funcionar. Tiene ganas de llorar, o de reír, o todo a la vez.

-Carlos, eso ya pasó, pasó hace mucho tiempo.

_No para mí. Fue mi culpa. Fue por mi culpa.

_Hablaste con tu primo y te aclaró bien todo para que no te sintieras culpable.

-Ya sé, me explicó unas cosas, pero igual. Si hubiese sentido algo, si hubiese estado más alerta, si...

_Era inexplicable, Carlos. Yo también me acuerdo y me pongo triste, pero pensaba que te habías resignado. Nunca más hablamos de él. Veo que estuvimos mal. Pero podemos hacer lo siguiente: dejamos abierta la puerta, todo como está.

-¿Y?

-Después, de a poco, vamos sacando los juguetes y se los damos a algún niño del barrio. Por ejemplo, los hijos de Matilde.

_¿Te parece que ese auto le gustará al gordito?

_¿A qué gordito?

_Al que viene a la clase de piano.

-¿Rodrigo? Sí, creo que sí.

Pasaron dos años. Sebastián aprovecha unas vacaciones para visitar a sus familiares. Algunas cosas cambiaron en esa calle: no está el almacén de la esquina, en su lugar hay una casa nueva: ¿estará igual la casona?

Lo está. Un poco más vieja y más gris, pero resiste. A la sombra del pino está su tío, mateando, con un perrito negro echado a sus pies. El bicho ni se molesta en ladrar. Carlos se levanta y corre hacia él.

_¡¡¡Sebastián!!! ¡¡Cómo te va, mijo, que alegría!!

Lo hace pasar. Encuentra a sus tías, que largan las lágrimas.

-Che, lástima, no trajiste a tu señora y a la nena- le dice Carlos.

-Te prometo que el domingo venimos todos. Recién llegamos, estamos acomodando las cosas ¿che, tío, y ese oso? Carlos guarda silencio un momento.

-¿Este? mirá, lo ganó Julia en una quermese, el otro día. Si querés llevalo para la nena, le decís que es una osita. Silvia le pone una cinta rosada.

-Gracias, sabés que María Pía extraña bastante, y con esto se va a sentir mejor. Tiene muchas amigas allá. -Llevalo. Es un buen juguete. Así puedo desarmar la mampara.

-¿Lo qué, tío?

-Nada, unos trabajos que estoy haciendo en el sótano.

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