INIKSIIN

NIISKINI

 

I.

El duende sin bosque

Había una vez un duende chiquito que se llamaba Iniksiin.

Apenas medía cinco centímetros cuando es sabido que los duendes miden no menos de diez, algunos hasta quince. Por eso, los más grandes, jugándole una broma pesada, lo dejaron sin bosque. Una mañana se despertó, y cuando fue a lavarse los dientes y la carita, se percató de que no se sentía el canto de los pájaros y el rumor de hojas. Se asomó a la ventana con forma de corazón y vio, muy sorprendido, que en lugar de bosque había una extensa pradera, verde muy verde pero sin árboles... y un Duende sin arbolitos, sin la penumbra fresca y densa del bosque, es un Duende triste. Le vinieron como unas ganas de llorar: seguramente aquellos pillos, con fuerza y con magia, habían trasladado su casa despacio, despacio, aprovechando su profundo sueño. Quién sabe cuántos kilómetros habrían recorrido en su marcha, a paso de Duende...

Se sentó en el banquillo de la cocina (el mismo que hacía de banquillo de dormitorio, de living, etc.), dispuesto a examinar atentamente las posibilidades. Qué podría hacer? Su magia no era tan fuerte como para mover la casita de nuevo a su sitio original- apenas si podía mover una flor, una pequeña vasija de cerámica que le regaló un gnomo, o un panecillo dulce y fragante de los que hacía el conejito panadero. Pero aquella vasta pradera no estaba tan mal, después de todo.

Finalmente, cansado de tanto pensar y pensar, salió afuera a recorrer la pradera verde verde. Se encontró con la mariposa, la hormiga, el colibrí, y un conejito muy parecido al conejito panadero, que de inmediato, al
saber su procedencia, se presentó como el primo del panadero, a quien, según él, había enseñado todos los secretos del rico pan y los bizcochos. Iniksiin encontró un poquitín presuntuoso al conejito, pero como al probar un panecillo vio que era riquísimo, fragante de miel y azahares, pensó que tal vez estuviera diciendo la pura y simple verdad.

Como los animalitos eran muy amables y cumplidos, hizo bien pronto Amistad con todos ellos, y los invitaba a la casita, donde a la luz de la Luna llena entonaban bellas canciones y hacían cuentos de fantasmas y serpientes. Sin embargo, la nostalgia por aquel viejo bosque, su penumbra, los misterios de la luz dibujándose en retacitos, donde lograba alcanzar el suelo, el zumbido del viento en las noches de tormenta, estaba escondida en el corazón del Duendecito.

Una noche se lo dijo a los otros animalitos: podríamos plantar un bosque.

Algunos de ellos decían: no, el bosque le va a quitar luminosidad a la Pradera, además hay que tomar solcito. Otros decían que con el bosque Vienen pájaros extraños, de idiomas y costumbres incomprensibles.

Pero el conejito panadero solucionó el problema de la siguiente forma:
Recuerden, amiguitos, les dijo, lo desamparados que estamos así, a cielo abierto, donde cualquier águila puede divisarnos desde lejos. Además, le dijo a la lechuza: a ti te está haciendo mal tanta luz, y al pájaro carpintero: tu piquito se está desafilando porque no tienes árboles para picotear... podríamos... podríamos plantar un gran bosque?

Después de mucho deliberar, resolvieron unánimemente plantar el bosque en la mitad de su pradera, y así aprovechar los beneficios del solcito y también la penumbra dulce para la siesta veraniega...

Claro, algunos conejitos y ratoncitos impacientes querían que creciera enseguida el bosque, y se desanimaban al ver los débiles arbolitos que ni siquiera hacían sombra. Sí, y se pasaron mucho y mucho tiempo protestando, hasta que lentamente los débiles arbolitos se transformaron en
árboles hechos y derechos...

Un día, cuando el bosque ya hacía una sombra bien sombra, el conejito y el duende dieron una gran fiesta de inauguración. Asistió a ella, entre muchos otros animalitos, el primo del conejito, mirando y remirando
todos los árboles, y diciendo: el bosque de donde vengo es pequeño en relación con este: ¡¡esto sí que es un bosque!! Y el Duende y el conejito ¡¡se sentían muy, pero muy, pero muy contentos!!

Quieres saber lo que pasó con los Duendes que le jugaron la broma a
Iniksiin? Luego te lo cuento...


II.

El reencuentro

Aquellos Duendes no eran malos, sólo unos bromistas incorregibles. En realidad, después de que se llevaron a Iniksiin, les dio mucha lástima, pero ¡no se acordaban de dónde lo habían llevado, porque la noche eramuy oscura! Y así esperaron mucho tiempo su regreso, mirando el sendero que llegaba al bosque, preguntándose si acaso habrían cruzado las lejanas colinas y llegado a una pradera que se decía había más allá.

Distraídos por otras cosas, tal como escudriñar los secretos de las estrellas, o fabricar pócimas mágicas con plantitas del bosque, se fueron olvidando poquito a poco de Iniksiin.

Un día, mucho pero mucho tiempo después, se sorprendieron al ver al Conejito panadero poniéndose una corbata y zapatitos de charol muy lustrados. Al preguntarles, este les dijo:

-Voy a una grandiosa fiesta que da un primo mío, que es la inauguración de un bosque muy inmenso de grande (era un poco exagerado, el conejito)- tan grande que éste cabría entero en una partecita, solamente, de aquel bosque grandísimo. Ese bosque lo plantó mi primo, a quien enseñé todos los secretos de la panadería (¿pero cómo? ¿No era al revés??) junto a un duende muy sabio, tanto y tan sabio que todo duende del bosque debería ir a tomar lecciones duenderiles con él. He dicho.

Los Duendes bromistas se quedaron muy intrigados. ¿Sería aquel el pequeño Iniksiin? Por eso, le recomendaron cuidadosamente al conejito Panadero que averiguase todo lo más posible.

Al llegar, muy de madrugada, les dijo:

_Estuve en esa fiesta que fue la más grande de que se haya tenido noticia.
Allí estaba mi primo, tan joven y bonito como yo, y ese Duende sabio que
Les dije, que se llama... que se llama... ques...e... llllllam.... estemm... Niiskini.

Los otros duendes comprendieron inmediatamente, porque es sabido que el Duende que planta un bosque, o el que descubre una nueva pócima mágica, tienen derecho a dar vuelta del revés sus nombres, con lo cual adquieren poderes mágicos mucho mayores.

Al día siguiente, marcharon presurosos, un poquito a pie y otro a magia, y llegaron al bosque. Grande fue la sorpresa y la alegría de Niiskini al recibirlos. Le pidieron perdón con grandes muestras de respeto y admiración, a lo que nuestro Duende les respondió que son cosas de chicos, y que no tenía la menor importancia. Y así, fueron todos muy amigos, y se reunían las noches de luna llena para hablar de las estrellas, y cantar bellas canciones. Mira...

.odanimret ah otneuc etse, odaroloc níroloc Y    

 

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