Fo se abría paso en la pradera, con los ojos fijos en un horizonte mágico.
Allá los soles que iluminan Fiio, uno atardeciendo, el otro todavía
a media altura en el cielo, pintaban las nubes en mil tonalidades rojizas...
a su paso, se levantaban oleadas de polen rojo, azul, verde, tornasolando el
aire espeso, que al calentarse hacía verse todo ondulado, el horizonte,
los árboles, las bandadas de Jier -algo vagamente semejante a las aves
de la Tierra, de cuerpecito exiguo y redondeado, cubierto de vellón rosado,
cuello largo y finísimo, como sus patas. Tenían la extraña
propiedad de permanecer inmóviles, días enteros, salvo cuando
tomaban un poco de agua o atrapaban algún animalillo, que en vano pugnaba
por salirse de su afilado pico. ¡Qué terrible! Fo sentía
florecer una primavera eterna, a su paso, en los treinta y cinco grados del
atardecer, en el aire conformado en un ochenta por ciento por oxígeno...
pero el polen era extremadamente ácido y solo el grueso plastitanio del
traje le preservaba de una irritación persistente en su piel... el plastitanio
se coloreaba de gris, rojo, malva, amarillo, de cuando en cuando mínimas
descargas rojizas lo atravesaban en trayectos sinuosos, para fulminar a los
insectos, algunos de los cuales hubiesen podido perforar el material, si tuviesen
el tiempo suficiente, para depositar su carga mortal... engañoso paraíso
saturado de venenos, alergenos, bacterias y virus peligrosos o letales... sin
embargo, Fo recordaba aquellos días en la tierra, en los que sí
podía correr, libre, por el bosque...
La cúpula gris lo devolvió a la realidad. Descontaminación, recambio de los purificadores descontaminadores del aire, examen clínico automático...
-Esos trajes ya están para reciclar- le dijo Fernandes, sin mirarlo, haciendo ondular su roja cabellera, concentrada en sus muestras de insectos y plantas... mira, Fo... es el equivalente de las luciérnagas terrestres, solo que su luz es suficiente para iluminar una habitación normal. El insecto destellaba rítmicamente y su luz rojiza realmente coloreaba la pared del Laboratorio. Fernandes apagó el panel ambiental para que pudiera apreciar mejor el fenómeno, y Fo miraba, con los ojos entrecerrados, el resplandor en aquellos ojos bellos e imaginaba una noche romántica con ella, a la luz de las luciérnagas de Fiio.
La voz áspera de Jal irrumpió de pronto, profiriendo maldiciones.
-Esta vez fue demasiado. Odio este infierno. Uno de los hombres cayó contra una roca filosa, el plastitanio se rasgó, y ahora está compartiendo la sala de los ... vegetales.
Jal llamaba así a los clones humanos, de capacidad intelectual inexistente. Eran utilizados por el Dr. Yeir para experimentar los efectos de infección por bacterias, virus, hongos, picaduras de insectos... y tratar de encontrar antídotos y antibióticos para todo, o para lo más posible, porque el proyecto era colonizar sin purificadores, sin trajes, y aprovechar las incalculables riquezas del planeta. Otra piratería del Consejo Supremo, decía Jal, amargamente, aunque de hecho seguía sus órdenes de trabajo meticulosamente.
Al caer la noche, el técnico abrió los micrófonos externos, para que pudiésemos escuchar el canto polifónico de los insectos, los seudorreptiles, y todo lo que fuera que estuviese allí afuera, chistando, silbando, ululando, en un concierto que tenía una extraña rítmica y un poder hipnótico.
Fernandes debía estar allí, estudiando
las peculiares conductas de las luciérnagas, que iluminaban el extenso
prado de violeta amoroso. "Ellas" azules, "ellos" rojos,
buscándose en la noche repleta de estrellas, en una danza milenaria que
recién hacía un mes habíamos venido a interrumpir con nuestros
aparatos... le pregunté por ella a Jal. Está bien, está
en el campo florido, me dijo. Mientras no se convierta en una lechuga, como
ellos... con un gesto de desprecio que yo sabía encubría un secreto
miedo a los clones, porque una vez, hacía mucho tiempo, habían
muerto sus padres en una rebelión... a mí tampoco me gustaba verlos
así, todos parecidos aunque representando distintas edades, siempre moribundos
de diez enfermedades desconocidas, a veces creía ver dolor en el fondo
de sus ojos, aunque me dijeran una y mil veces que sus procesos conscientes
simplemente no existían. Esa mañana los había visto, hinchados,
monstruosamente deformes. Al parecer, las bacterias y virus autóctonos
de Fiio eran mucho más poderosas y resistentes que las de otros lugares,
por lo cual la aclimatación de la especie humana iba a resultar más
difícil y demorada de lo previsto. No se podía, además,
exterminar a todos los microorganismos, había que encontrar las vacunas
y otros medicamentos aptos para preservar la vida. Yeir decía que, de
todos modos, los futuros colonos por mucho tiempo iban a estar perpetuamente
resfriados, afiebrados y tosiendo, porque el arsenal de virus y bacterias que
se especializaban en atacar las vías respiratorias era innumerable y
endiabladamente complejo. No son bacterias terrestres, decía, estas son
poderosas, mucho mejor adaptables a distintos ambientes... aunque en nuestro
planeta... podrían vivir perfectamente, a sus anchas...
Los asesores del Consejo Supremo habían sugerido utilizar clones de capacidad
conciente rudimentaria para prepoblar el planeta. Nosotros replicamos solicitando
que se hiciese con robots polifuncionales, pero llegó la orden del Consejo,
y hubo que acatarla.
Los primeros doce clones llegaron en una nave automática. Yeir los examinó meticulosamente y luego sacó su pantalla del ancho bolsillo del traje, para analizar datos de archivo.
-Esto es algo muy raro, decía en voz baja, apenas audible.
Nadie le preguntó nada. Pero a partir de ese momento, se le veía cabizbajo y serio, dejando de lado su chispeante humor habitual. Esperaba algún tipo de comunicación de la Colonia Principal, que, dadas las distancias, debía retrasarse aún un par de días.
Se avecinaba una peligrosa tormenta: el cielo se puso oscuro, soplaba un viento que en la Tierra sería huracán, el cielo se iluminaba de intensos resplandores blanquecinos. Salí al corredor y me dirigí, casi sin pensarlo, a la habitación de los clones. Allí estaba el Doc, observándolos. Cuando me vio, me hizo señal de guardar silencio. No me pareció ver nada anormal, dormían apaciblemente, pero el Doc los miraba, al resplandor de los relámpagos que se colaba por la ventana de vitriplast reforzado. Con su pantalla, registraba algo de ellos, no llegué a saber qué, tal vez el ritmo de su respiración... tienen microrreacciones, movimientos oculares apenas insinuados, residuos de actividad psíquica propiamente dicha. No es propio de los clones, por lo menos hasta ahora, Fo.
Yeir seguía el mapeo de actividad cerebral. Las áreas superiores parecían estar totalmente desconectadas, pero surgía aisladamente un destello, un residuo, algo más. Había detectado marcas, a nivel casi microscópico, en el rostro, producidas indudablemente por un laser serial de cirugía estética, cuyas huellas son reconocibles al análisis experto. Sin embargo, era imposible despertar esos potenciales... ¿simples residuos de una compleja operación?
Cuando recibió los archivos fotográficos solicitados, Yeir estuvo totalmente seguro. Pero, dada la magnitud de lo que sabía, prefirió callar, esperar, hablar personalmente con su gente de confianza. Comenzar los ensayos de infección esta vez fue muy difícil, aunque inevitable. Diez sujetos fueron inoculados con virus gripales prácticamente letales. Dos quedaron en observación, los que habían manifestado más registros de actividad aislados... por si era posible...
-Parece algo interesante, Yeir.
Era simplemente tierra negra. Tierra negra, semejante a la habitual en el planeta, pero totalmente seca. La caverna de donde Jal la había extraído abundaba en formas de vida adaptadas a la falta de luz. Había encontrado las muestras en unos extraños huecos en la pared tapados muy ajustadamente con botones circulares labrados de la misma roca, primera huella de vida inteligente, huecos, nichos, eternamente protegidos. El lugar estaba a veinte grados, según las mediciones efectuadas. Sin mayores variaciones. El microscopio no podía mentir: entre los gránulos minerales, había esporas bacteriales normales, aunque de variedades menos evolucionadas, casi todas semejantes a una variedad no letal que producía una fuerte gripe. Las esporas bacterianas, sin embargo, ocultaban algo más.
Yeir analizó con sumo detalle los resultados. No se había equivocado. La información contenida en el material genético de los virus bacterianos centuplicaba a la que porta la célula humana. El mapeo completo arrojaba un mundo de interrogantes: toda nuestra información encajaba íntegra en ese material, aunque en él todos los genes del envejecimiento estaban modificados. ¿En él?
Solo había una forma de probarlo. Habría que sacrificar a los dos, aunque eran... igualmente. Después verían. Los canales de comunicación habituales mostraban un estado normal. La clonación estaba siendo, nuevamente, fuertemente discutida por sus implicancias éticas. Durante la Gran Revuelta, los principales clonadores habían sido retirados de sus actividades y prácticamente encarcelados, pero el proceso había seguido, a nivel de colonización espacial básicamente, aunque... se comentaba offline que los clones estaban siendo utilizados con muy diversos fines, a todo nivel, y que alguna reacción cabría esperar. En este momento, a Yeir le constaba que todo era lo más anormal posible. La historia de la civilización terrestre había mostrado un poder creciente para lograr la paz y la armonía... y también para romperlas. Cada vez más sofisticadamente.
Los clones, frágiles, delgados, sin un solo
pelo en el cuerpo, tuvieron todos los síntomas de la gripe B- Fiio, sudoración
intensa, fiebre, palpitaciones, enrojecimiento de las mucosas... se hubieran
quejado de un terrible dolor de cabeza, si hubieran podido. Los síntomas
desaparecieron a los dos días.
Entonces aparecieron otros. Más preocupantes. Al ver ciertos movimientos
no previstos en uno de los clones, Yeir trajo rápidamente los sensores
neurológicos: había una intensa actividad en esos cerebros. Extraída
la muestra, los resultados fueron concluyentes: recambio de material genético
en las neuronas, que habían sido artificialmente desactivadas por los
técnicos clonadores. Duplicación del material genético
contenido en los virus, en cada neurona... Los movimientos se hicieron progresivamente
más perceptibles, en esos ojos... había algo más. Pronto
se levantaron, se movieron, nos siguieron, movieron las manos, intentaron comunicarse...
cada uno de esos cerebros bullía de actividad, demostrando un patrón
electromagnético totalmente impropio de la mente humana: ondas lentas,
de muy baja frecuencia, dominaban la vigilia, para aplanarse casi totalmente
durante el sueño. Dormían doce horas y doce estaban en actividad,
siguiéndonos, explorando los aparatos. Con el correr de los días,
la duración del sueño se acortaba progresivamente, como si fuesen
niños en crecimiento. Dominar totalmente el lenguaje les llevó
un mes, otro mes, la matemática y los fundamentos de todas las ciencias.
Después... ya no pudimos seguir el rastro de sus elaboraciones. Se reunían
en una de las salas de conferencia para analizar los archivos de información
no confidencial, o estudiar atentamente los canales de comunicación.
Y un día, nos reunieron a todos.
En forma clara, aunque con un acento tan lejanamente inconfundible como el recuerdo de un sueño muy importante y muy olvidado, nos hablaron. Mientras lo hacían, volvía a mi mente el recuerdo vívido de las noches de verano de mi infancia, cuando desde las estrellas y desde los grillos clamaba el misterio de la vida.
Entonces todo se unió a todo, y todo adquirió de nuevo sentido.
Ya no importa que hayamos averiguado que los supuestos clones habían sido anteriormente miembros del Consejo, depuestos por una nueva revolución, y que estemos todos en peligro porque el grupo ganador se opone a nuestras actividades científicas, y quiere borrar todo rastro de ellas.
En ese puñado de tierra estaba oculto el designio superior de los que recrearon la vida, dejando aquí y allá impreso su conocimiento en la piedra ciclópea. Nunca habíamos podido encontrarlos.
Ahora cualquiera de nosotros, el que quede, el que llegue, dirá la verdad, ya no importarán las revoluciones, ni los bandos.
Solo un puñado de tierra negra, que se vuelve luz.
Eso es todo.