Los HUBLUS
Me aproximaba a sus gigantescas torres blindadas de metal plomizo, cuyo extremo se perdía entre las nubes verdosas. Esperaba largo rato que bajaran el descensor, pensando con qué nueva excusa rechazarían ahora el protocolo de comercio establecido por el Reino. Si decían que no, tal vez comenzara una nueva era de pulsos de energía disparados violentamente contra naves de comercio, lo que había que evitar a toda costa. Los hublus eran capaces de eso y mucho más, infiltrándose en los sistemas de comunicaciones y hasta en los pensamientos. Un sudor frío me recorría. Se aproximaba un kimmil, mirándome con ojos de acero helado, implacable. Tanteé levemente el tubo lanzador. ¿Alcanzaría su carga para penetrar la dura coraza? Esta vez, mi vida estaba asegurada. Se desinteresó de mí, pasando a mi lado sin verme, y bufando despreciativo al mirar atrás, unos metros más adelante. ¿Habrán sido los hublus? Todos sabíamos que ellos jamás eran atacados por los kimmil.
Bajó el descensor, emitiendo un leve zumbido. Subí, me envolvió una luz de reconocimiento y sentí una fuerte sensación en el estómago. Enseguida estaba en la sala de recepción. Extraño. El hublu se había puesto lo que ellos llaman perfume, que repletaba mis fosas nasales hasta volverse vomitivo (un olor rancio, indefinible, que atraviesa los mejores filtros), ¿señal de cierta cordialidad de su parte? ¿Simple ritual?
-Muéstrame el disco, descascarado.
El hublu lo retuvo ante sí, adherido a una de las ventosas de sus manos. Lo introdujo en una máquina llena de ranuras y orificios, y aguardó una señal. Ya está, dijo de pronto. Esta vez fue sin trampas, descascarado.
Entonces lo deslizó bruscamente en otro aparato, y leyó o fingió leer rápidamente los términos del acuerdo, súbitamente iluminados, signo a signo, en la pared cristalina.
-El Reino piensa que hublu es tonto- dijo, cambiando de color súbitamente- el Reino cree que abriendo dos vectores galácticos protegidos, vamos a poder solucionar el problema del comercio de ikmis.
Se volvía cada vez más rojizo. Temí por mi vida. Tres metros treinta y cinco, unos ochocientos kilos, la fuerza suficiente para levantar diez veces su peso.. no había oportunidad alguna.
-... sin embargo, hay una oportunidad. Hublu es magnámino y su espíritu no conoce fronteras, por lo cual ha creado una propuesta alternativa, que es la que el Reino tendrá que aceptar.
Me extendió un paquete cuidadosamente sellado, envuelto en un plástico muy brillante y liso.
Si no se respeta esta propuesta, hublu no continúa negociando. El Reino sabe lo que le conviene, descascarado.
Tomé el paquete y me fui rápidamente, sin omitir los tres saltos como señal de respetuoso saludo. A la salida del descensor, me esperaban dos kimmils, abriendo sus fauces y mostrando sus triples hileras de dientes afiladísimos. Descargué todo el tubo, apenas logré atontarlos, y cerrar la nave emisaria sintiendo los feroces golpes que los animales (¿animales?) daban contra la puerta. Uno llegó a adherirse al flanco de la nave, quedando instantáneamente carbonizado al atravesar la atmósfera, sin tiempo a soltarse.
Le di la mano al Presidente. Estaba muy preocupado, porque una de las naves principales de comercio había sido inutilizada por pulsos hublus.
-Son cada vez más peligrosos, Embajador. Ahora detectan naves en cualquier rango de frecuencia dimensional, y simplemente les disparan. Y no podemos artillarlas, ni acompañarlas de escolta, porque en tal caso hublu nos declara la guerra unilateralmente, y eso, en este momento, sería nuestra ruina.
Examinó cuidadosamente el paquete, lo abrió. Los sellos bipearon suavemente al abrirse, emitiendo un código hublu. Tomó el disco delicadamente con sus manos flacas y afiladas. Lo examinó allí mismo, en su escritorio.
-Esto no me gusta, Embajador. Proponen prácticamente adueñarse de los dos corredores libres de comercio extragaláctico, por lo cual más del ochenta por ciento de las transacciones pasarán por sus manos. Y para peor, al final agregan un ultimátum. Esta es la idea hublu de las relaciones humanas, si puede así decirse. Malditos monstruos, por qué no hervirán en su propia tinta.
El Presidente me pidió unos días para reunirse con el Consejo Real y llegar a una solución. Pude descansar al resplandor de las lunas de Ariano, bañándome en las tibias aguas de las playas, en la paradisíaca Casiopea... pero las noticias eran turbadoras. Los hublus se aproximaban a las principales rutas de comercio, con naves que daban espanto. Las pantallas azuladas, tan neutrales, se iluminaban de rojo mostrando los gigantescos globos erizados de rayos vectores. Otras veces habían hecho eso, pero nunca se había llegado a una guerra total, siempre había habido un pacto, un compromiso de última hora... pero ellos se las ingeniaban para burlar todos los pactos.
Hublu daba vueltas, incesantemente, por la sala. Pensaba en los descascarados, en sus tretas absurdas, en su disposición a quedarse con todo el comercio... si tan solo pudiese decretar una guerra sin cuartel... pero no. Aún siendo inferiores en tecnología, dominaban los secretos de los pulsos, y sus feroces naves de combate eran capaces de penetrar las defensas de los globos hublu. Una guerra total requeriría muchas muertes, y hublu quería la vida de su gente, de su dulce gente perfumada y amable, viviendo en confortables apartamentos y criando sus mascotas en paz y alegría, saliendo a jugar iknos o vvakei en el verde atardecer... pero ante los minúsculos descascarados, no se podía demostrar sentimiento alguno. Ni diplomática cordialidad, nada. Ellos se aprovechaban astutamente de las emociones ajenas, tal vez por ser incontrolables para su atrasada especie. No para un hublu.
Las noticias eran turbadoras. Los descascarados enviaban naves de combate mimetizadas, que respondían duramente a los rayos. Pronto, bien pronto, se desató una guerra no proclamada. Hubo duros combates, un bien planeado ataque a Ariano que fue detectado por espías hishis al servicio de los descascarados, terribles incursiones nocturnas contra Ghublu y sus diez satélites. Con mucho sufrimiento, hublu logró sobreponerse, quemó en silencio a sus muertos y redobló los combates, llegando a bloquear Ariano.
Esa noche, los blancos y pulposos enemigos lo miraban con sus ojillos diminutos. Insignificantes y terribles, pensó Hublu. Habían venido a capitular. Ya nada podían hacer, diezmadas sus fuerzas. Hublu los contempló, viendo como la falta de calor en sus rostros los volvía aún más blancos y pulposos.
Y de pronto habló como nunca habla un hublu a su enemigo. Les habló de serenidad, de paz, de los pequeños hublus jugando en azules praderas con los mansísimos kimmils, de sus apartamentos y sus sueños, de las nubes, de la importancia de hacer tratos justos, mitad y mitad, pero sobre todo de las nubes verdes, de los atardeceres, de eternidades y de ritos sagrados.
Hilos de un líquido transparente salían de los ojillos diminutos. Clara señal, se dijo Hublu, de que están comprendiendo.
Así son los descascarados.