frío invernal: te cuento que no es cuento

Fue hace tiempo.

Era una tarde fría de pleno invierno, muy fría, demasiado. Venía- mos por un sendero polvoriento, en un barrio suburbano. En la orilla del sendero había un ranchito de chapas rojizas por el óxido. Pequeño, diminuto. Esos ranchitos de un solo ambiente, de piso de tierra, que nadie quiere ver, pero existen. Soñábamos que algún día no existirían más, pero ya ves, siguen existiendo, los veo hoy, los he visto ayer mismo. La gente busca terrenos fiscales y edifica como puede, muchas veces en zonas inundables, y también se trae el trabajo a casa, o sea los residuos para reciclar. Como siempre, la pobreza supera a las explicaciones sobre la pobreza, lo digo en nombre de lo que ven mis ojos, nada más.

Nadie se ofenda.

Entonces pensé: qué frío, qué frío más terrible deben pasar allí adentro. Y me caló una sensación de frío hondo, hondo. Al fin y al cabo, yo tenía la posibilidad de entrar en calor con una estufa a querosene, o de leña. Aunque no estuviese demasiado lejos- la mayoría estamos, en estas pequeñas grandes ciudades, muy cerca de la pobreza- podía cerrar la puerta y encontrar el abrigo. Sería tan fácil estar más lejos de la pobreza, mucho más lejos ¿no será más una cuestión de mentalidad general de todos? ¿no es demasiado fácil echarle la culpa al otro?

Ese ranchito tenía algo parecido a una puerta. Pero no. El frío era su convidado de piedra.

 

 

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