EXTORSIÓN
(Un cuento acerca de un cuento)

-Si tuviera ese revólver...
Herrán se detuvo un momento frente a la vidriera de la
armería, en la calle Piedras. El arma en cuestión era un
Smith y Wesson 38, de precio elevado para sus pobres
ingresos.

Hace frío- pensó- y, mecánicamente, alzó
las solapas de su viejo saco marrón.
-Si yo tuviese ese revólver...
Se imaginó confiado, seguro, entrando al edificio de la
calle Colonia. Cuestas lo espera, gordísimo y sobrador,
pero esta vez no logrará un solo peso. Su historia, su
horrible y sucia historia paradójica, irreal.
-Cuestas, ya te avisé que no te la ibas a llevar de arriba.
El asunto del muerto está cerrado para siempre, ta?
Entonces el gordo teme por primera vez, se disculpa,
se hace un ovillo en el suelo, se arrepiente, reza.
Después de todo yo no tuve nada que ver. El tipo estaba
muerto cuando llegué. Cuestas me vio por casualidad.
Ah, no! Este no me chantajea nunca más.
Camina, habla solo. Alguien lo mira con curiosidad...¿habrá
escuchado algo... habré hablado fuerte? Saluda al diariero
de la esquina. Dobla por Colonia. En el viejo edificio, sube
la escalera de mármol gastado, llega al apartamento de
Cuestas. Toca timbre, aparece la señora.
-¿Está su esposo?
-Sí, pase. ¿Cómo anda?
-Bien, venía a traerle unos papeles a su marido, por el corretaje,
como siempre.
Aparece el gordo, sonriente. La mujer sale, la sonrisa se borra.
_Y? cómo va el asunto? pudiste juntar?
-Te lo dije: no más guita. No tengo nada, soy pobre, no puedo
más. No hay más.
-Entonces vas muerto. Pruebas no me faltan.
-A vos te parece que después de este tiempo te van a dar
bolilla?
-Querés apostar? Mirá, en algún lado tengo esos papeles que
firmaste con el finado.
-Igual. Me retiro. No pago, no hay vuelta.
-Entonces, llamo. Y punto.
Roberto deja el cuento para escuchar la radio: habla el Ministro
de que el entramado social, la crisis, los partidos, la
coyuntura... recuerda a Román Greco. Lo escuchaba de noche.
El primer sueño, se llamaba, y pasaba la música del Sueño de una
Noche de Verano. Hablaba de Filosofía, de cosas eternas y claras.
Antes lo escuchaba su padre, de muy chico: "no me crea, oyente,
oiga, discurra, y vea si tengo razón". Esas palabras le quedaron grabadas. 

Roberto piensa si Herrán o Cuestas escucharían a Greco.


Herrán sigue su camino sin detenerse. Va por las calles, espera
un ómnibus. Viaja incómodo, escuchando inconexas conversaciones
sobre gente que no era lo que parecía, susurradas.
-Voy a comprar ese revólver. Le paarece que lo dijo fuerte. Pero
no, no debe ser, siguen hablando de quien es cada vez menos
lo que parecía ser.
No puede dormir. Escucha de nuevo el croar de las ranas. En
el sueño, está mirando el partido por la tele. El juez es Cuestas,
y le habla, lo amenaza. Despierta sudando.

Al otro día va a la armería.


Unos cuantos días después, el revólver es suyo, en su caja especial,
con carga de repuesto, perfecto, mortífero. No quiere esperar más.
Busca un lugar seguro donde desenvolverlo y cargarlo. Llega hasta
la Rambla. Es un día frío y gris. Camina junto al muro, mira alrededor.
Baja por la escalera y se sienta en una pequeña explanada, cerca del
agua. Con cuidado, toma el arma entre sus manos, la esconde parcial-
mente bajo el saco, le pone las balas como puede, lo pone en la cintura,
se abotona el saco.

Llega frente a esa puerta. Toca timbre. No funciona. Golpea.

Van a saberlo, piensa Herrán. Van a saberlo enseguida, y no me importa.

Aparece la mujer, demacrada, confusa.
-Ah, mire, no, mi esposo no está, es que está internado, en el
Maciel. Justo yo salgo para allí.
-Qué le pasó?
-Todavía no se sabe. Le dio como un ataque.
-En qué sala está, señora?

Roberto vuelve a dejar el texto, se acomoda en su silla plegable.
La vida es bella, a pesar de todo. Tenemos la capacidad de
imaginar y realizar el futuro. Ajustar las cuentas del pasado, acla-
rarlo definitivamente, es un deber. Sin embargo, es necesario
pensar en el futuro: es lo único que puede salvarnos. El pasado
ya dio lo que podía dar y se quedó allí. El futuro es un ser
aún sin rostro.
Se pregunta si Greco habrá leído alguna vez, en su programa,
estas frases de Juan Luis Borges. Greco estaba distanciado
de Juan Luis Borges, por asuntos filosóficos o tal vez más mun-
danos. No hablaba bien de él. Decía que mucho mejor escri-
bía su hermano. El hermano de Borges, el famoso.

Herrán está en Plaza Zabala. Alguien se acerca ¿se notará
que llevo el arma? A primera vista parecería Cuestas, pero no
todo gordo es Cuestas, se dice. Alivio. Es Gonzalito.
-Flaco!! cómo andás?
-¿Qué tal, che?¿Sigue igual la cossa?
-Todavía. Esta noche tenemos asambblea, a las ocho. Se va
a tratar el tema del paro, y de la situación de Pérez y el gordo.
-Qué Gordo?
-El Gordo, el Gordo Alberto, que llo hicieron cargar con el muerto,
pobre. El Gordo quiere volver, aparte está mal, viste, pero Pérez
no tiene mucha esperanza de reintegrarse. Yo creo que Pérez
está desahuciado, aparte está la denuncia del encargado, por
aquello del lío. Insiste en que Pérez lo agredió. pero Pérez no
hizo eso. El tipo se le puso adelante y medio que lo empujó y
el reaccionó empujándolo también. Fue así, yo lo vi. Medio
me quiso chantajear, pero yo le dije, al encargado, que había
empezado él.

Herrán siguió su camino. Esas pocas cuadras se le hicieron largas.
Gonzalito parecía aludir a eso, pero era imposible. En el almacén
pidió una botella de agua mineral. Entró al hospital.
Donde debía estar Cuestas, había un viejo flaco, muy flaco.
_Dígame: ¿un señor Cuestas?
-Ah, mire, este... bueno, el señor falleció. Lo siento mucho...
era algo de él?
-Eramos compañeros de trabajo.
Empieza a sentirse sereno. Vuelve a su casa, se saca el revólver
de la cintura, le saca las balas y lo guarda en su caja.

Roberto deja su cuaderno en la silla, va a la cocina, vuelve a
recoger el cuaderno, entra en una salita. Todos se han ido,
es tarde. Se prepara a escribir el final de su cuento.

Esa noche, Herrán se siente satisfecho. Aquella horrible noche
en el balneario empieza a ser, de verdad, un recuerdo.
Se duerme y sueña. Es de noche espesa, neblinosa y fría.
Se encuentra de golpe con el muerto, echado sobre el muro.
Se acerca y lo mira. El muerto se incorpora bruscamente, le
habla. No puede entenderlo. Le tocan el hombro, se da
vuelta: es Cuestas. Le habla en una lengua incomprensible,
absurda. Quiere escapar, correr. No puede moverse. Los dos
se le acercan amenazantes. Se desespera. Entonces ambos
desaparecen gradualmente, en la niebla, como niebla.

Roberto no halla aún el final adecuado para su cuento; no,
además, no sabe si finalizarlo o dejarlo así, simplemente,
en manos del tiempo o el olvido.

Y así, me dio estos textos para que hoy, reencontrándolos
después de tantos años, los pase de la vieja letra de la Smith
Corona a esta página. Siempre pensé que, de alguna u otra
forma, Roberto estaba involucrado en este asunto. Pero es
mejor, tal vez, no preguntar.

Todos los personajes de este cuento, salvo Román Greco, y- acaso-
Juan Luis Borges y yo mismo, son ficticios.
Montevideo, 1982. Montevideo, Julio de 2000.

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