TURISMO

Al principio no lo hacían tan bien. Es lógico: un mundo entero, con todos sus detalles, donde el azul del cielo fuese realmente azul, o la sensación térmica efectivamente se sintiese como tal... pero claro, en aquel momento parecía lo máximo. Desde que los primeros lectores de libros de cuarzo líquido habían dado un nuevo sentido a la expresión "libro de bolsillo", todo avanzó más vertiginosamente aún. Papel. El nuevo papel, apto para la cocina, o el baño, o para servilletas, pero ya no para escribir. Casi nadie escribía en papel, salvo algunos exquisitos revolucionarios contraculturales, que en misteriosos círculos inicáticos de viernes por la noche escribían compulsivamente en rollos estampados o perfumados, según sus preferencias... Después vinieron los habitáculos portátiles, porque no había vivienda para todos, ni siquiera para permitir que solamente los más pobres quedaran a la intemperie. Claro, había que tener las fichas para ingresar a los subterráneos con el habitáculo portátil, pero eso era pura rutina. Una pastilla antes, y otra al despertarse, todo programado. También había revolucionarios que construían cabañas en el campo, pero se sabe que siempre hay disconformes, es parte de todo sistema.

 La primera vez que Harold Parkinson presentó la idea del turismo virtual, lo tildaron de loco. Le pasa a todo genio. Entonces Harold fue con su Laptop a la Empresa de la vereda de enfrente, en épocas en que todavía existían las veredas, porque después... y al anunciarse diciendo que venía de la Empresa de enfrente, donde no habían interpretado sus ideas, le recibieron con una sonrisa super plus, diciéndole que desde ya, que todo el mundo sabía que la Empresa precitada estaba conducida por un ebrio y su hijo, también ebrio pero además maniático sexual, o por lo menos más que su padre (en esa época todavía existían los ebrios, o por lo menos existían en forma sociológicamente distinguible de los sobrios). El tema era soberanamente sencillo: en los países más desarrollados, la vida se había prolongado considerablemente, el dinero también, no así las posibilidades de trabajo concreto. Es más, con tanta pantalla y tanta cosa virtual, ni siquiera se sabía qué parte de ese trabajo que permitía ganar tanto dinero era realmente concreto. Pero el dinero fluía. Y entonces teníamos jovencitos de setenta años, hartos de dar la vuelta al mundo, y era preciso crear otro mundo para darle vueltas.

 Eso es lo que Harold tenía en su laptop: mundos indecibles para darle vueltas infinitas. Mundos de cielos verdes o rosados y peligros y emociones intensas, a la distancia de un click. Los de Marketing abrazaron la idea enseguida, con cálido entusiasmo, tal cual los principios del Marketing  preconizaban por esos días, llegando a derramar alguna lágrima de emoción (los más preparados, vale). Los de Informática dijeron que iban a tomar la idea antes que Macrosoft se diese cuenta, porque nadie querría estar en un mundo donde el cielo se cuelgue y haya que resetearlo todo, quién sabe con qué efectos, o iniciar un amanecer a prueba de fallos, con un sol blanco sobre un cielo negro, o viceversa...

Y en poco tiempo (poco tiempo es un año y medio, no se interprete mal), la idea de Harold brillaba en lo más alto del cielo, y él se restregaba las manos pensando en su cinco por ciento, que parecía muy poco, pero había que ver cuál era el cien por ciento, según le habían explicado en Marketing, aunque una tía de Harold le decía que el Marketing era la ciencia de hacer ver más grande la tajadita del negocio que le dejan a uno, pero realmente su tía era un poco negativilla por demás...

La implementación no podía ser más sencilla. En una lujosa Clínica, los turistas (a los cuales se les exigía incluso toda la documentación corriente, vacunas, etc., para hacerlo más real) pasarían todo el día en un estado de agradable ensueño, en lujosas camas, controlados por eficiente personal médico y paramédico. Mientras tanto, Turistronic, un aparatillo no mucho más grande que un servidor común, conectado a todos los cerebros de los viajeros, produciría la gama de sensaciones correspondientes a un viaje, cargado con la imagen de todos y cada uno de los compañeros y los guías, los cuales por supuesto se veían obligados por contrato a realizar el mismo proceso viajero, para no confundir el color del lagarto asesino de Wanadú y salir diciendo que era violeta siendo en realidad anaranjado con manchitas blancas, o que le habían comido la oreja a la señora japonesa, cuando en realidad lo que le habían comido era una pierna entera. A veces los guías inventaban recursos para desconectarse del sistema e irse a la playa verdadera de la Clínica a jugar a las cartas verdaderas y tomar ron verdadero mientras monitoreaban los sobresaltos de los turistas en una pantallita lcd, pero esto estaba fuertemente penalizado, ya que producía ciertos desajustes en el sistema, como por ejemplo llamar a la guía para que explique cómo salir de las pavorosas cavernas Yono-yono  y sentir una voz desde adentro de uno mismo, como una voz de un ángel o de la conciencia, o acaso de un gnomo chico con acento finlandés,  que dice espéreme un segundo, señora, ya estoy con usted. A veces pasaba como una gracia, o como un plus del sistema, pero la mayoría de los clientes se quejaban enseguida, y sus quejas quedaban escritas en el cielo, digo, en el libro electrónico de quejas.

Pero es sabido que después del original vienen las copias, por decenas, y la principal fue Macrosoft, tan partidaria del paquete listo para llevar, y zas, programa y aparato no más grande que un libro de bolsillo, para que cada cual pudiese vivir el viaje que se le antojase, en su casa y en horas libres.

La Clínica fue comprada por unos románticos nostálgicos que querían hacer turismo a la antigua, y escribir largas colecciones de poemas a la luz de un sol de atardecer verdadero, sobre papel de cocina que ahora se vendía en formato especial para nostálgicos de la escritura artesanal. Pero claro, no faltaba alguno que, medio a hurtadillas, se encerrase un rato, so pretexto de dormir una siestecita, para cibervivir la encomiable aventura de los tigres- diente- de-sable del templo de Wanadú, con señoras japonesas de pierna comida, y, de cuando en vez, algún que otro amanecer que consume tanta, pero tanta memoria, que hay que resetearlo todo, porque se cuelga, y no hay caso.

Macrosoft es lo que tiene, viste.

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