PRESAGIO

En aquella época, ya tenía un incipiente bigotito. Allá en la Plaza, saludaba a las muchachas, con una gentil inclinación de cabeza y un leve toque en el ala del sombrero, especialmente a Josefina, que había de ser mi esposa al cabo de los años. ¿Cómo está usted, señorita Josefina? Bien, respondía apenas, sonrojándose, y apretando el brazo de su prima Remedios, en la tarde otoñal, ya algo fría. 

El tiempo pasó raudo, ya éramos novios oficialmente. Yo trabajaba en el Colegio, donde llevaba la Contabilidad. A veces debía quedarme un poco fuera de hora, cuando ya se encendían las primeras luces, don Manuel revisaba las macizas puertas de roble, con sus pasadores y cerrojos a la usanza antigua y me preguntaba si me faltaba mucho para terminar. No, don Manuel, ya concluyo el trabajo.

Me decía en confianza que su mujer no estaba bien, que sufría de los nervios, qué crimen, qué pecado, lo buena que era, si usted la hubiese conocido… las cocineras decían que tenía poderes, contaban no sé qué misterios de sus videncias. En esas tardecitas invernales, me parecía sentir a veces ruidos extraños,  pero al levantar la vista de los libros solamente había muebles oscuros, cuadros de Vírgenes y Santos,  nada más. Pensaba en Doña Candelaria. La imaginaba muy baja, enjuta, de ojos tristes.

  A las seis y media vendría a buscarme José Antonio con unos amigos, en el Overland Whippet nuevo, recién importado, para pasear por la Avenida de punta a punta, y tal vez después ir a la casa  de sus tíos. Caía la tarde. La Oficina estaba en penumbras y no me di cuenta hasta que fue imposible ver los números. Entonces decidí ir yo mismo a la cocina, atravesando los largos corredores. Don Manuel ya estaba asegurando las puertas y me preguntó, de lejos, lo de siempre.  Me vienen a buscar, cuando sienta el ruido del motor ya sabe, seguramente son ellos. Dijo no sé qué sobre los automóviles, lo peligrosos que eran y un tío suyo que conocía a Ford, o se carteaba con él desde hacía años.

  De pronto, saliendo de un corredor lateral, apareció una mujer, enfilando a la cocina. Estaba justo delante de mí, pero no quise llamarla, preferí seguirla, creyendo que era Ramona, la cocinera… Al entrar  se dio vuelta, repentinamente. Esa mujer, no Ramona, Candelaria, porque era Candelaria, no podía ser ninguna otra, me miró como si me conociera. Paralizado, vi en sus ojos tristeza, miedo, reproche. La conocía, pero no sabía de dónde, ni por qué: repasando todo el inventario de miradas de mis recuerdos, nadie tenía esos ojos oscuros, tristes, visionarios, fijos, implacables, que venían a reclamarme en silencio vaya a saber qué arcanas tristezas sepultadas en el polvo de una memoria ajena.  Ya le preparo su té, Don Federico… de pronto, entre las ganas de huir de un recuerdo muy mal recordado, se me representaron en contraste los ojos húmedos y brillantes de Josefina el día en el que nos comprometimos…

-Doña Candelaria, cómo está usted. Su esposo me habló mucho de usted.

-Sí. Usted está … yo tengo que decirle algo. No es para su persona,  señor Federico. Es algo que va a sucederle a esa muchacha, una cosa muy brava…

El poder de la tristeza en su mirada me hacía bajar los ojos. Jamás había pensado que unos ojos sufrientes pudieran tener semejante fuerza. No producía compasión, no, ese sufrimiento era ajeno, intransferible, sin embargo algo,  algo,  algo…

No dije más nada. Le agradecí su comentario con un gesto, como si fuese cosa de agradecer, y traté de olvidar lo que me había dicho, pero no me fue posible. Seguía pensando en ello en la mesa del Café,  mereciendo una broma de José Antonio y un joven Procurador amigo suyo, metido en la política, a quien nuestro amigo me había presentado, dejando caer al pasar que pronto formaríamos una gran empresa de importación de ciertos artículos modernos para la comodidad del hogar, según había visto el Procurador en una Exposición Universal realizada en los Estados Unidos. Unas amistades suyas de Nueva York  aseguraban la solidez del negocio. Este Procurador aseguraba ser amigo íntimo de Carlitos Gardel y decía que el cantor iba a poner una fuerte suma de dinero en la Empresa. A mí, a pesar de que dudaba  de la veracidad de esa amistad, me agradaba sobremanera pensar en el trato de tan popular personaje.

Lo demás, prefiero olvidarlo. De cómo vino el Procurador a conocer a Josefina, en una fiesta a la que asistimos todos, el día en que me enteré de la terrible noticia, los esfuerzos de Juan Antonio por disuadirme de ir a buscar al miserable… la aberrante escapatoria del canalla con la que habría sido mi amor eterno, después… el accidente en Buenos Aires, el fallecimiento instantáneo de ambos, a los dos días de la muerte de Gardel...

Pasó un tiempo horrible en el que todo me parecía gris, amenazante. Tanto tiempo después, creo que lo he olvidado, o por lo menos no lo recuerdo tanto.

María Julia me ha ayudado mucho  a  lograrlo… hoy las cosas pasaron así, hermano. Nunca más vi a esa mujer. No volvió, al poco tiempo me fui del Colegio para entrar al Banco, como te conté tantas veces. Pero hoy no tuve más remedio que ir. Ni quise mirar al … a  Don Manuel, pero no tuve más remedio que ir a saludarla. El estómago se me retorcía de nervios, y te juro que eran los mismos ojos, la misma tristeza, la misma sensación, como si no hubiese mediado tiempo alguno, viejo, entre aquella vez y esta. Me miró, y como si todo lo demás no existiese, me dijo en un susurro que para mí fue grito… esta vez, don Federico,  no es una mujer. Esta vez es hombre, don Federico. Y es alguien que se asusta de mí.

  Me fui, juro que me fui corriendo como un loco, Fernando. Y ves, ves por qué te digo que no me engañes, que vos, por lo menos, no lo hagas, como  María Julia, que me dice vas a ponerte mejorcito aunque yo sé, yo sé, demasiado bien sé que no.

 

Era un hombre bueno, tal vez el mejor que he conocido, tal vez mejor que José Antonio. Siempre creí que el tiempo se conduele de la muerte de un hombre bueno. Hoy parece ser así. Llueve terriblemente, estoy empapado, los recuerdos me abruman. Siento esa extraña sensación en el estómago, en la boca del estómago, que no es solo de tristeza: es que allá, en el otro sendero, inconmovible bajo la lluvia, está ella, la vidente.

Entonces puedo recordar, por fin, es raro, es como si ahora soltara un peso que siempre retuve,  como soltar una carga. Yo era un niño,  tirando piedras a pasar el murallón,  los guardiaciviles que venían a corrernos al galope,  salir disparando para el lado de los conventillos,  escondernos allí, entre las casas medio ruinosas, amenazadas de demolición inminente… y esa mujer, pero joven, con la mirada tan rara,  el gallego de sonrisa escondida bajo el mostacho, don Manuel de los cuentos, cómo pude olvidarlo y sobre todo, cómo pude birlarle a la memoria el recuerdo de ella, durante tanto tiempo, mientras Fernando,  paz descanse,  temblaba de miedo, mirando al suelo. Tantas veces le conté estas cosas a  don Manuel... sin embargo, nunca dijo nada.

 Nos despedimos con un gesto, en silencio,  a lo lejos.

María Julia me esperaba. Cuando,  caminando lentamente, llegué a su lado, dijo:  vamos a casa,  todavía no estás repuesto, fue una locura haber  venido.

Había parado de llover.

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