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CON BENEDETTI Y FAVERO 

Con Benedetti y  Favero
En vivo con Benedetti y Favero
CD: HISPAVOX 7243 8537762 4 (España-1996)

Presentación (Canciones de la oficina)
Sueldo
La balada del empleado nuevo
Amor de tarde
Yo soy la secretaria
Dactilógrafo
Cuando te jubiles
Guardería
Aquí no hay cielo
Presentación (Versos para cantar)
Tu quebranto
Vidalita, por las dudas
Vamos juntos
Oda a la pacificación
Oda a la mordaza
¿De qué se ríe?
Presentación (Canciones de amor y desamor)
Te quiero
A la izquierda del roble
Todavía
Hombre preso que mira a su hijo
El triunfo de los muchachos
Un padrenuestro latinoamericano




Presentación
Mario Benedetti


No piensen ustedes que estas letras de canciones que ahora se llaman “de la oficina” fueron originariamente escritas para ser cantadas. Nada de eso. En mil novecientos cincuenta y seis, cuando fueron escritas y publicadas por primera vez, formaban parte de los “Poemas de la oficina” que, aunque era mi séptimo libro, fue en realidad el primero que consiguió lectores. Hace veintidós años la rutina burocrática de mi país no era cantable. Todavía cuatro años después escribí que el Uruguay era la única oficina del mundo que había alcanzado la categoría de república. Con los años todo ha cambiado y, como ustedes seguramente lo saben, hoy hay en mi país ciertas cosas que son más importantes y más trágicas que las oficinas; estas canciones, de algún modo, recuerdan un país que ya no es. Quizá por eso podemos convertir aquellos triste poemas en canciones un poco menos ingenuas. El contorno humano y la historia reciente se han aliado para quitarles ingenuidad, aunque el texto siga siendo el mismo. Debo aclarar, sin embargo, que esto sólo lo entendí cuando, en mil novecientos setenta y dos, Alberto y Nacha me comunicaron su intención de transformar en canciones aquel antiguo pesimismo. Sólo entonces entendí que la gente joven, a partir de sus nuevas ansiedades, podría comprender y cantar aquella vieja ansiedad. Porque siempre que el dolor se instala entre nosotros ese mismo sufrimiento nos hace generosos. Y la generosidad, que es el único egoísmo legítimo, nos acerca al prójimo. Incluso a aquel oscuro y rutinario prójimo que, en mil novecientos cincuenta y seis, estaba tan solo, tan aislado, tan inmerso en sus frustraciones. Una sola de las canciones de la oficina no es de aquél año, sino de mil novecientos setenta y dos, me refiero a la que se titula “Yo soy la secretaria”, fue escrita especialmente para Nacha y pensando no sólo en su voz, sino también en su capacidad histriónica. Pero ese fue un hecho de todas maneras más reciente. Había sido en mil novecientos setenta y dos cuando escuché a Nacha cantar “Aquí no hay cielo” que comprendí que el antiguo pesimismo de mis poemas de mil novecientos cincuenta y seis podía generar, en las canciones de dieciséis años después, una nueva esperanza, a partir de un nuevo afecto hacia el hombre común, hacia el hombre de todos los días y todas las noches.



Sueldo
Mario Benedetti / ALberto Favero


Aquella esperanza que cabía en un dedal.
Aquel ir y venir del sueño.
Aquel horóscopo de un larguísimo viaje.
Aquella confianza desde no sé cuándo.
Aquel juramento hasta no sé dónde.
Ese alguien que yo hubiera podido ser
con otro ritmo y alguna lotería.
En fin, para decirlo de una vez por todas,
aquella esperanza que cabía en un dedal,
evidentemente, no cabe en este sobre
con sucios papeles de tantas manos sucias
que me pagan, es lógico, en cada veintinueve,
por tener los libros rubricados al día
y dejar que, simplemente, transcurra la vida.



La balada del empleado nuevo
Mario Benedetti / Alberto Favero


Viene contento el nuevo,
la sonrisa juntándole los labios.
El lápiz “Faber” virgen y agresivo.
El duro traje azul de los domingos.
Decente. Un muchachito.
Cada vez que se sienta piensa en las rodilleras.
Murmura “Sí, señor”.
Se olvida de sí mismo.
Agacha la cabeza.
Escribe sin borrones.
Escribe hasta las siete menos cinco.
Sólo entonces suspira
Y es un lindo suspiro
de modorra feliz,
de cansancio tranquilo.
Claro, uno ya lo sabe,
se agacha demasiado.
Dentro de veinte años,
quizá de veinticinco,
no podrá enderezarse
ni será el mismo.
Tendrá unos pantalones mugrientos y cilíndricos.
Y un dolor en la espalda, siempre en su sitio.
No dirá “Sí señor”.
Dirá “Viejo podrido”.
Rezará palabrotas despacito
y dos veces al año pensará convencido,
sin creer su nostalgia ni culpar al destino,
que todo, todo, ha sido demasiado sencillo.



Amor de tarde
Mario Benedetti / Alberto Favero


Es una lástima que no estés conmigo
cuando miro el reloj y son las cuatro
y acabo la planilla y pienso diez minutos
y estiro los brazos como todas las tardes
y hago así con los hombros para aflojar la espalda
y me doblo los dedos y les saco mentiras

Es una lástima que no estés conmigo
cuando miro el reloj y son las cinco,
Una lástima, aunque estés a diez metros,
mientras soy la manija que calcula intereses
o dos manos que saltan sobre cuarenta teclas
o alguien que hace cifras y les saca verdades.

Es una lástima que no estés conmigo
cuando miro el reloj y ya son las seis.
Podrías acercarte de sorpresa y decirme “¿Qué tal?”
Y quedaríamos, vos con la mancha roja de mis labios,
yo con el tizne azul de tu carbónico.

Es una lástima que no estés conmigo.



Yo soy la secretaria ideal
Mario Benedetti / ALberto Favero


Yo soy la secretaria ideal.
Mi jefe es elegante.
Mi jefe es tan discreto.
Es alto, es distinguido,
es un jefe completo.
Cuando viene y me encarga una copia textual
yo soy la secretaria ideal.

Mi jefe tiene esposa,
dos hijos y dos criadas.
La esposa, por lo menos,
no lo comprende nada.
Cuando viene y me dice “Somos tal para cual”
yo soy la secretaria ideal

Mi jefe tiene un Mustang
y algún departamento
donde vamos a veces
yo y su remordimiento.
Entonces lo conforto, es pecado venial.
Yo soy la secretaria ideal.

Mi jefe se comporta como un tipo maduro.
La panza disimula uando viste de oscuro.
Y si bosteza y dice “Hoy no, me siento mal”
yo soy la secretaria ideal.

Cuando se va mi jefe, mi jefe, ese hombre viejo,
yo me desarmo y quedo sola frente al espejo
y a mí misma me digo el cansado ritual
“Yo soy la secretaria ideal”




Dactilógrafo
Mario Benedetti / Alberto Favero


Montevideo 15 de noviembre de 1955
Montevideo era verde en mi infancia
absolutamente verde y con tranvías
muy señor nuestro por la presente
yo tuve un libro del que podía leer
veinticinco centímetros por noche
y después del libro la noche se espesaba
y yo quería pensar en como sería eso de no ser
de caer como piedra en un pozo
comunicamos a usted que en esta fecha
hemos efectuado por su cuenta
quién era ah sí mi madre se acercaba
y prendía la luz y no te asustes
y después la apagaba antes que me durmiera
el pago de trescientos doce pesos a la firma de Menéndez y Solares
y sólo veía sombras como caballos
y elefantes y monstruos casi hombres
y sin embargo aquello era mejor
que pensarme sin la sabia del miedo
desaparecido como se acostumbra
en un todo de acuerdo con sus ordenes de fecha siete del corriente
era tan diferente era verde
absolutamente verde y con tranvías
y qué optimismo tener la ventanilla
sentirse dueño de la calle que baja
jugar con los números de las puertas cerradas
y apostar consigo mismo en términos severos
rogámosle acusar recibo lo antes posible
si terminaba en cuatro o trece o diecisiete
era que iba a reír o a perder o a morime
de esta comunicación a fin de que podamos
y hacerme tan sólo una trampa por cuadra
registrarlo en su cuenta corriente
absolutamente verde y con tranvías
y el prado con caminos de hojas secas
y el olor a eucalitpus y a temprano
saludamos a usted atentamente
y desde allí los años y quién sabe




Cuando te jubiles
Mario Benedetti / ALberto Favero


El cielo de veras,
que no es este de ahora,
el cielo de cuando te jubiles,
durará todo el día,
todo el día caerá
como lluvia de sol
sobre tu calva.

Estarás algo sordo
para escuchar los árboles
pero, de todos modos,
recordarás que existen.
Tal vez un poco viejo
para andar en la arena,
pero el mar todavía
ye pondrá melancólico.

Estarás sin memoria.
Estarás sin dinero.
Con el tiempo en los brazos.
Como un recién nacido.
Y llorará contigo.
Y llorarás con él.
Estarás solitario
como una ostra.
Y podrás hablar
de tus fieles amigos
que, como siempre,
contarán desde Europa
sus más tímidos
contrabandos y becas.

Estarás en la orilla del mundo
contemplando desfiles para niños,
eclipses y regatas.
Te pondrás el sombrero
para mirar la luna.
Nadie pedirá informes,
ni balances, ni cifras.
Sólo tendrás horario
para tu muerte.

Pero el cielo de veras,
que no es este de ahora,
ese cielo de cuando te jubiles,
habrá llegado demasiado tarde.




Guardería
Mario Benedetti / Alberto Favero


Hoy vino el patrón
y nos dejó su niño
Casi tres horas
Nos dejó su niño.
Indefenso, sonriente y millonario,
Un angelito gordo y sin palabras.

Lo sentamos allí,
Frente a la máquina
Y él se puso a romper su patrimonio.
Como un experto desgarró la cinta
y le gustaron efes y comillas.

Nosotros, satisfechos como tías, dejamos que haga y que deshaga.
Por suerte ya la máquina está rota.
Después de todo, el niño es un encanto.
Sólo dice “Papá”.
En diciembre dirá “Está despedido, no sea idiota”




Aquí no hay cielo
Mario Benedetti / Alberto Favero


Quién me iba a decir que el destino era esto.
Ver la lluvie a través de letras invertidas
Esa pared con manchas que parecen ministros.
El techo de los ómnibus brillantes como peces
Y esa melancolía que impregna las bocinas

Aquí no hay cielo.
Aquí no hay horizonte.
Hay una mesa grande para todos los brazos.
Y una silla que gira cuando quiero escaparme.

Otro día se acaba y el destino era esto.
Es raro que uno tenga tiempo de verse triste.
Siempre suena una orden, un teléfono, un timbre.
Y, claro, está prohibido llorar sobre los libros.
Porque no queda bien que la tinta se corra.

Aquí no hay cielo.




Presentación
Mario Benedetti


Acaso alguien se pregunte cómo, en el oscuro presente que viven nuestros pueblos, nos quedan tiempo y ganas para cantar y para acompañar, aplaudir, o corear a quienes cantan. No siempre podemos decir lo que sentimos y, sobre todo, no podemos decirlo en nuestros países. No siempre podemos hacer referencias a hechos dramáticos y recientes pero ¿acaso los olvidamos? No es el olvido lo que nos congrega junto a las canciones. Sucede, simplemente, que el cantor dice con su canto su rabia o su alegría. Es un profesional, en el mejor sentido de la palabra, porque su arte se basa en una profesión de fe, en una apuesta hacia el futuro. De algún modo es un intérprete de nuestra indignación o de nuestra esperanza. Y, si pese a toda la amargura y toda la rabia, cantamos con él, es porque, ni él ni nosotros, apostamos a un mundo de ignominia y de crueldad, sino a otro de justicia y de alegría. Mientras tanto las canciones son ventanas abiertas, algunas veces hacia el pasado aleccionante y otras a un futuro que queremos ganar. Pero siempre que esas “ventanas-canciones” se abren, es como si circulara por el sórdido callejón una corriente sana, un aire puro, algo que, de algún modo, nos oxigena y nos ayuda a cumplir con dignidad y con valor esa dura tarea que es vivir, simplemente vivir.




Tu quebranto
Mario Benedetti / Alberto Favero


Tu voz no quiere cantar.
Tu voz se esconde en el llanto.
Si pregunto tu quebranto
es sólo por preguntar.

Desde que tu pena existe
como un ileso sentido
todo está triste y cumplido,
todo está cumplido y triste.
No tiene melancolía
el limpio dolor que tienes.
Ya no te quedan rehenes
para obtener la alegría.

Tu voz no quiere cantar.
Tu voz se esconde en el llanto.
Si pregunto tu quebranto
es sólo por preguntar.

Tu pena no es tu tortura.
Tu pena es tu peregrina.
Quién sabe cómo termina
si termina la aventura.

Tu pena es un cautiverio
sin mar sin cielo y sin rosas.
Por sobre todas las cosas
tu pena es como misterio.

Tu voz no quiere cantar.
Tu voz se esconde en el llanto.
Si pregunto tu quebranto
es sólo por preguntar.

Tu voz se calla por sabia
y ese silencio es mejor.
Si tu dolor no es dolor
es que tu dolor es rabia.

Tu dolor es una espada
que hiere o corta o libera.
Tu pena es una manera
de vencer la madrugada.

Tu voz no quiere cantar.
Tu voz se esconde en el llanto.
Si pregunto tu quebranto
no me vas a contestar.




Vidalita, por las dudas
Mario Benedetti / Alberto Favero


Las voces de abajo, vidalita
están casi mudas
Pero los gendarmes, vidalita
matan por las dudas.

No saben en dónde, vidalita
se enredo el enredo
Por las dudas llevan, vidalita
chalecos de miedo.

Dudan los dudosos, vidalita.
Duda poca gente
Dudan los esbirros, vidalita.
Duda el presidente.

Pero si supieran, vidalita
lo que el pueblo sabe
ya no dudarían, vidalita
que duda te cabe.

Conseguir lo justo, vidalita
cuesta dios y ayuda.
Pero se consigue, vidalita
no te quepa duda.

Yo tan sólo dudo, vidalita
cuando es más barato.
Si para mañana, vidalita
o dentro de un rato.




Vamos juntos
Mario Benedetti / Alberto Favero


Compañero, te desvela la misma suerte que a mí.
Prometiste y prometí encender esta candela.
Prometiste y prometí encender esta candela.
Con tu puedo y con mi quiero vamos juntos compañero.
Con tu puedo y con mi quiero vamos juntos compañero.

La muerte mata y escucha, la vida viene después.
La unidad que sirve es la que nos une en la lucha.
La unidad que sirve es la que nos une en la lucha.

La historia tañe, sonora, su lección como campana.
Para gozar el mañana hay que pelear el ahora.
Para gozar el mañana hay que pelear el ahora.
Con tu puedo y con mi quiero vamos juntos compañero.
Con tu puedo y con mi quiero vamos juntos compañero.

Ya no somos inocentes, ni el la mala ni en la buena.
Cada cual en su faena, porque en esto no hay suplentes.
Cada cual en su faena, porque en esto no hay suplentes.

Algunos cantan victorias porque el pueblo paga vidas.
Pero esas muertes queridas van escribiendo la historia.
Pero esas muertes queridas van escribiendo la historia.
Con tu puedo y con mi quiero vamos juntos compañero.
Con tu puedo y con mi quiero vamos juntos compañero.




Oda a la pacificación
Mario Benedetti / Alberto Favero


No sé hasta dónde irán los pacificadores con su ruido metálico de paz
pero hay ciertos corredores de seguros
que ya colocan pólizas contra la pacificación
y hay quienes reclaman la pena del garrote
para los que no quieren ser pacificados
cuando los pacificadores apuntan
por supuesto tiran a pacificar
y a veces hasta pacifican dos pájaros de un tiro
es claro que siempre hay algún necio
que ser resiste a ser pacificado por la espalda
o algún estúpido que resiste
la pacificación a fuego lento
en realidad somos un país tan peculiar
que quien pacifique a los pacificadores
un buen pacificador será




Oda a la mordaza
Mario Benedetti / Alberto Favero


No sé hasta dónde irán los pacificadores con su ruido metálico de paz
pero hay ciertos corredores de seguros
que ya colocan pólizas contra la pacificación
y hay quienes reclaman la pena del garrote
para los que no quieren ser pacificados
cuando los pacificadores apuntan
por supuesto tiran a pacificar
y a veces hasta pacifican dos pájaros de un tiro
es claro que siempre hay algún necio
que ser resiste a ser pacificado por la espalda
o algún estúpido que resiste
la pacificación a fuego lento
en realidad somos un país tan peculiar
que quien pacifique a los pacificadores
un buen pacificador será




¡De qué se ríe?
Mario Benedetti / Alberto Favero


En una exacta foto del diario,
señor ministro del imposible,
Vi en plena risa y en plena euforia
y en pleno gozo su rostro simple.
Seré curiosa, señor ministro,
¿De qué se ríe?
¿De qué se ríe?

De su ventana se ve la plaza
Villamiseria no está visible.
Tienen sus hijos ojos de mando
pero otros tienen mirada triste.
Aquí en la calle suceden cosas
que ni siquiera pueden decirse
Los estudiantes y los obreros
ponen los puntos sobre las íes
Por eso digo, señor ministro,
¿De qué se ríe?
¿De qué se ríe?

Usted conoce mejor que nadie
la ley amarga de estos países.
Ustedes, duros con nuestra gente,
por qué con otros son tan serviles.
Cómo traicionan el patrimonio
mientras el gringo nos cobra el triple.
Cómo traicionan, usted y los otros,
los adulones y los serviles.
Por eso digo, señor ministro,
¿De qué se ríe?
¿De qué se ríe?

Aquí en la calle sus guardias matan
y los que mueren son gente humilde.
Y los que mueren son gente humilde
y los que quedan, llorando rabia,
seguro piensan en el desquite.
Allá en la selva sus hombres hacen
sufrir al hombre y eso no sirve.
Después de todo usted es el palo mayor
de un barco que se va a pique.
Por eso digo, señor ministo,
¿De qué se ríe?
¿De qué se ríe?

Seré curiosa, señor ministro,
¿De qué se ríe?




Presentación
Mario Benedetti


Las poemas y canciones que siguen forman parte en su mayoría del libro: “Poemas de otros”. Confieso que son poemas de una técnica casi narrativa, ya que han sido escritos a partir del punto de vista de personajes inventados. Todos los yoes de estos poemas son, por lo tanto, de personajes, aunque, por supuesto, a través de ellos, en alguna proporción, también soy yo mismo. En cierto sentido los otros que invento son confidencias sobre aquello que, desgraciadamente, no me ocurre. Y también, los otros que invento dicen en ocasiones cosas que yo no hubiera dicho ni aunque fuera otro. Algunos, no muchos, de estos “Poemas de otros”, son textos políticos, pero a través de situaciones humanas muy concretas, sin embargo casi todos, aún los poemas políticos, terminan siendo poemas de amor, enfocando a veces una imagen de muchacha que también es muchas y es una sóla. Y no creo que haya en esto una contradicción, porque la política es también una forma del amor, pero no viceversa. Por algo en el amor es mucho más fácil tener el corazón caliente que la cabeza fría. Una parte del libro se llama, precisamente, “Canciones de amor y desamor” y, en base a ella, hemos iniciado un nuevo ciclo con Alberto y Nacha. A lo mejor a ustedes les extraña, pero varias de esas canciones son canciones de amor y sólo eso. Y no pensamos avergonzarnos de semejante realismo. Hay que aventar cierta mentirosa imagen que suele presentar al luchador político, al joven militante, como un ser tan riguroso en su disciplina, tan sectario en sus sentimientos, que es incapaz de amar como cualquier hijo de vecina e, incluso, a la hija del vecino, sobre todo si está bien de piernas e ideología El amor no es un artículo suntuario, sino una necesidad vital del ser humano. Es claro que no siempre uno es capaz de colmar esa necesidad pero, aún en ese caso, la soledad es también un homenaje al prójimo y, en el cincuenta por ciento de los casos, a la prójima.




Te quiero
Mario Benedetti / Alberto Favero


Si te quiero es porque sos
mi amor, mi cómplice y todo.
Y en la calle, codo a codo,
somos mucho más que dos,
somos mucho más que dos.
Tus manos son mi caricia,
mis acordes cotidianos.
Te quiero porque tus manos
trabajan por la justicia.

Si te quiero es porque sos
mi amor, mi cómplice y todo.
Y en la calle, codo a codo,
somos mucho más que dos,
somos mucho más que dos.
Tus ojos son mi conjuro
contra la mala jornada.
Te quiero por tu mirada
que mira y siembra futuro.
Tu boca, que es tuya y mía,
tu boca no se equivoca.
Te quiero porque tu boca
sabe gritar rebeldía.

Si te quiero es porque sos
mi amor, mi cómplice y todo.
Y en la calle, codo a codo,
somos mucho más que dos,
somos mucho más que dos.
Y por tu rostro sincero
y tu paso vagabundo
y tu llanto por el mundo.
Porque sos pueblo te quiero.
Y porque amor no es aureola,
ni cándida moraleja.
Y porque somos pareja
que sabe que no está sola.
Te quiero en mi paraíso,
es decir, que en mi país
la gente viva feliz
aunque no tenga permiso.

Si te quiero es porque sos
mi amor, mi cómplice y todo.
Y en la calle, codo a codo,
somos mucho más que dos.
Y en la calle, codo a codo,
somos mucho más que dos.



A la izquierda del roble
Mario Benedetti / Alberto Favero


No sé si alguna vez les ha pasado a ustedes
pero el jardín botánico es un parque dormido
en el que uno puede sentirse árbol o prójimo
siempre y cuando se cumpla un requisito previo
que la ciudad exista tranquilamente lejos
el secreto está en apoyarse digamos en un tronco
y oír a través del aire que admite ruidos muertos
como en Millán y Reyes galopan los tranvías
no sé si alguna vez les ha pasado a ustedes
pero el jardín botánico siempre ha tenido
una agradable propensión a los sueños
a que los insectos suban por las piernas
y la melancolía baje por los brazos
hasta que uno cierra los puños y la atrapa
después de todo el secreto está en mirar hacia arriba
y ver cómo las nubes se disputan las copas
y ver como los nidos se disputan los pájaros
no sé si alguna vez les ha pasado a ustedes
ah pero las parejas que huyen al botánico
ya desciendan de un taxi o bajen de una nube
hablan por lo común de temas importantes
y se miran frenéticamente a los ojos
como si el amor fuera un brevísimo túnel
y ellos se contemplaran por dentro de ese amor
aquellos dos por ejemplo a la izquierda del roble
hablan y por lo visto las palabras
se quedan conmovidas a mirarlos
ya que a mí no me llegan ni siquiera los ecos
no sé si alguna vez les ha pasado a ustedes
pero puede ocurrir que de pronto uno advierta
que en realidad se trata de algo desolado
uno de esos amores de tántalo y azahar
que dios no admite porque tiene celos
fíjense que él acusa con ternura
y ella se apoya contra la corteza
fíjense que él va tildando recuerdos
y ella se consterna misteriosamente
para mí que ella está diciendo
lo que se dice a veces en el jardín botánico
- - - - - - - - - - - - - - - - - -
Vos lo dijiste,
nuestro amor
fue desde siempre un niño muerto.
Solo de a ratos parecía
que iba a vivir,
que iba a vencernos.
Pero los dos fuimos tan fuertes
que lo dejamos sin su sangre,
sin su futuro, sin su cielo.
Un niño muerto, solo eso.
Maravilloso y condenado.

Tal vez tuviera una sonrisa
como la tuya,
dulce y honda.
Tal vez tuviera un alma triste
como mi alma,
poca cosa.
Tal vez aprendiera con el tiempo
a desplegarse,
a usar el mundo.
Pero los niños que así vienen,
muertos de amor,
muertos de miedo,
tienen tan grande el corazón
que se destruyen sin saberlo

Vos lo dijiste,
nuestro amor
fue desde siempre un niño muerto.
Y qué verdad
dura y sin sombra.
Qué verdad
fácil y que pena.
Yo imaginaba que era un niño
y era tan solo un niño muerto.
Ahora qué queda.
Solo queda venir la fe.
Que recordemos
lo que pudimos haber sido para él,
que no pudo ser nuestro.
Qué más.
Acaso cuando llegue
un 23 de abril y abismo
vos donde estés
llevale flores
que yo también iré contigo.
- - - - - - - - - - - - - - - - - -
no sé si alguna vez les ha pasado a ustedes
pero el jardín botánico es un parque dormido
que sólo se despierta con la lluvia
ahora la última nube ha resuelto quedarse
y nos está mojando como a alegres mendigos
el secreto está en correr con precauciones
a fin de no matar ningún escarabajo
y no pisar los hongos que aprovechan
para nacer desesperadamente
sin prevenciones me doy vuelta
y siguen aquellos dos a la izquierda del roble
eternos y escondidos en la lluvia
diciéndose quién sabe qué silencios
no sé si alguna vez les ha pasado a ustedes
pero cuando la lluvia cae sobre el botánico
aquí se quedan sólo los fantasmas
ustedes pueden irse
yo me quedo




Todavía
Mario Benedetti / Alberto Favero


No lo creo todavía,
estás llegando a mi lado
y la noche es un puñado
de estrellas y de alegría.
Algo gusto, escucho y veo.
Tu rostro, tu paso largo, tus manos
y, sin embargo,
todavía no lo creo.
Tu regreso tiene tanto que ver
contigo y conmigo
que por cábala lo digo
y por las dudas lo canto.
Nadie nunca te reemplaza
y las cosas más triviales
se vuelven fundamentales
porque estas llegando a casa.
Sin embargo todavía
no puedo creer mi suerte,
porque el cielo de tenerte
me parece fantasía.
Pero venís y es seguro.
Y venís con tu mirada.
Y por eso tu llegada
hace mágico el futuro.
Y aunque no siempre he entendido
mis culpas y mis fracasos,
en cambio sé que en tus brazos
el mundo tiene sentido.
Y si beso la osadía
y el misterio de tus labios
no habrá dudas ni resabios,
te querré más todavía




Hombre preso que mira a su hijo
Mario Benedetti / Alberto Favero


Cuando era como vos me enseñaron los viejos
y también las maestras bondadosas y miopes
que libertad o muerte era una redundancia
a quién se le ocurría en un país
sonde los presidentes andaban sin capangas
que la patria o la tumba era otro pleonasmo
ya que la patria funcionaba bien
en las canchas y en los pastoreos

realmente botija no sabían un corno
pobrecitos creían que libertad
era tan sólo una palabra aguda
que muerte era tan solo grave o llana
y cárceles por suerte una palabra esdrújula

olvidaban poner el acento en el hombre
la culpa no era exactamente de ellos
sino de otros más duros y siniestros
y estos sí
cómo nos ensartaron
en la limpia república verbal
cómo idealizaron
la vidurria de vacas y estancieros

y cómo nos vendieron un ejército
que tomaba su mate en los cuarteles

uno no siempre hace lo que quiere
uno no siempre puede
por eso estoy aquí
mirándote y echándote de menos

por eso es que no puedo despeinarte el jopo
ni ayudarte con la tabla del nueve
ni acribillarte a pelotazos

vos ya sabés que tuve que elegir otros jeugos
y que los jugué en serio

y jugué por ejemplo a los ladrones
y los ladrones eran policías
y jugué por ejemplo a la escondida
y si te descubrían te mataban
y jugué a la mancha
y era de sangre

botija aunque tengas pocos años
creo que hay que decirte la verdad
para que no la olvides
por eso no te oculto que me dieron picana
que casi me revientan los riñones

todas estas llagas hinchazones y heridas
que tus ojos redondos
miran hipnotizados
son durísimos golpes
son botas en la cara
demasiado dolor para que te lo oculte
demasiado suplicio para que se me borre

pero también es bueno que conozcas
que tu viejo calló
o puteó como un loco
que es una linda forma de callar
que tu viejo olvidó todos los números
(por eso no podría ayudarte en las tablas)
y por lo tanto todos los teléfonos

y las calles y el color de los ojos
y los cabellos y las cicatrices
en qué bar
qué parada
qué casa

y acordarse de vos
de tu carita
lo ayudaba a callar

por eso ahora
me podés preguntar
y sobre todo
puedo yo responder

uno no siempre hace lo que quiere
pero tiene el derecho de no hacer
lo que no quiere

llorá no más botija
son macanas que los hombres no lloran
aquí lloramos todos

gritamos berreamos moqueamos chillamos maldecimos
porque es mejor llorar que traicionar
porque es mejor llorar que traicionarse

llorá
pero no olvides




El triunfo de los muchachos
Mario Benedetti / Alberto Favero


Están cambiando los tiempos
para bien o para mal.
Para mal o para bien
nada va a quedar igual.
Cielito cielo que sí.
Con muchachos donde quieran.
Mientras no haya libertad
se aplaza la primavera.
Mientras no haya libertad
se aplaza la primavera.

Se posterga para cuando
lleguen los años brutales
y del podrido poder
Se bajen los carcamales.
Cielito, cielo, cielito,
cielito a la descubierta.
Las botas del miedo pasan
por una calle desierta.
Las botas del miedo pasan
por una calle desierta.

Viejos están y qué solos,
qué ministros y qué viejos.
Tienen los pesos aquí
pero los dólares lejos.
Cielito, cielo, no importa,
tienen miedo y es bastante.
Conocen que ya hace mucho
la historia sigue adelante.
Conocen que ya hace mucho
la historia sigue adelante.

Los tiempos están cambiando.
Están cambiando qué bueno.
Aiempre el mundo será ancho
pero ya no será ajeno.
Cielito, cielo, qué joven
está el cielo en rebeldía.
Qué verde viene la lluvia
qué joven la puntería.
Qué verde viene la lluvia
qué joven la puntería.

Se pone joven el tiempo
y acepta del tiempo el reto.
Qué suerte que el tiempo joven
le falte al tiempo el respeto.
Cielito del ganapán,
cielito del ganavino,
cielito del cierrapuños,
cielo del abrecaminos.
Cielito del cierrapuños
cielo del abrecaminos.

Están cambiando los tiempos
para bien o para mal.
Para mal o para bien
nada va a quedar igual.
Nada va a quedar igual
cielito pero qué suerte.
Déjennos la pobre vida
guárdense la rica muerte.
Déjennos la pobre vida
guárdense la rica muerte.




Un padrenuestro latinoamericano
Mario Benedetti / Aberto Favero


Padre nuestro que estás en los cielos,
con las golondrinas y con los misiles,
quiero que vuelvas antes de que olvides
cómo se llega al sur de Río Grande.

Padre nuestro que estás en el exilio,
casi nunca te acuerdas de los míos,
de todos modos, dondequiera que estés,
santificado sea tu nombre
no quienes santifican en tu nombre
cerrando un ojo para no ver las uñas sucias de la miseria.

En junio de mil nueve setenta y cinco
ya no sirve pedirte venga a nos el tu reino,
porque tu reino también está aquí abajo,
metido en los rencores y en el miedo,
en las vacilaciones y en la mugre,
en la desilusión y en la modorra,
en este ansia de verte pese a todo.

Cuando hablaste del rico, la aguja y el camello
y te votamos todos, por unanimidad, para la gloria,
también alzó la mano el indio silencioso
que te respetaba pero se resistía a pensar hágase tu voluntad.
Sin embargo una vez cada tanto
tu vountad se mezcla con la mía,
la domina, la enciende ,la duplica,
más arduo es conocer cuál es mi voluntad
cuando creo de veras lo que digo creer,
así en tu omnipresencia como en mi soledad,
así en la tierra como en el cielo,
siempre estaré más segura de la tierra que piso
que del cielo intratable que me ignora.

Pero, quién sabe, no voy a decidir
que tu poder se haga o se deshaga.
Tu voluntad igual se está haciendo en el viento,
en el Ande de nieve,
en el pájaro que fecunda a su pájara,
en los cancilleres que murmuran "Yes sir",
en cada mano que se convierte en puño.

Claro, no estoy segura si me gusta el estilo
que tu voluntad elige para hacerse;
lo digo con irreverencia y gratitud,
dos emblemas que pronto serán la misma cosa.
Lo digo, sobre todo, pensando en el pan nuestro de cada día
y de cada pedacito de día.
Ayer nos lo quitaste, dánosle hoy.
O al menos el derecho de darnos nuestro pan,
no sólo el que era símbolo de algo,
sino el de miga y cáscara,
el pan nuestro.

Y ya que nos quedan pocas esperanzas y deudas
perdónanos, si puedes, nuestras deudas,
pero no nos perdones la esperanza;
no nos perdones nunca nuestros créditos.
A más tardar mañana saldremos a cobrar a los fallutos,
tangibles y sonrientes forajidos.
A los que tienen garras para el arpa.
Poco importa que nuestros acreedores perdonen
así como nosotros, una vez, por error,
perdonamos a nuestros deudores.
Todavía nos deben como un siglo de insomnios y garrote,
como tres mil kilómetros de injurias,
como veinte medallas a Somoza,
como una sola Guatemala muerta.

Y no nos dejes caer en la tentación
de olvidar o vender este pasado,
o arrendar una sola hectárea de su olvido,
ahora que es la hora de saber quiénes somos
y han de curzar el río el dolar y su amor contra-reembolso
arráncanos el alma el último mendigo
y líbranos de todo mal de conciencia.

Amén.





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