Yo tenía una papa y la quería.
La llevaba del brazo a todas partes.
Cuando me casé estaba conmigo.
Al divorciarme sólo a ella la llevé.
Cuando yo llegaba del trabajo
saludaba moviendo sus hojitas
y preguntábame, tímidamente,
si la dejaba tener una flor.
Fuimos juntas a votar por Frondizi.
Y juntitas lloramos nuestro error.
Y ahora que todo está cantado...
¡Coca-Cola refresca mejor!
Y después recorrimos medio mundo
volando bajito en un avión.
Ella era una planta de papa
y en el Vaticano tenía un familiar.
Se asomaba peligrosamente por la ventanilla.
Saludando una por una a todas las papas del mundo.
Agitando su echarpe de tierra.
Y en un mal momento se cayó en Saigón.
Yo tenía una papa y la quería...
Yo tenía una papa y la quería...
Yo tenía...
Una papa.
El colmillo
Ernesto Schóó / Roberto Rodriguez
Luna del suburbio pecosa y fulera,
juntito al baldío se pone a brillar
y a una sombra larga, que en la esquina espera,
atrás de la tapia se la oye cantar:
Yo nací entre tangos y copas.
En una familia de lustre bacán.
Mi santa viejita pasaba farlopa.
Mi viejo era chorro, mi hermano rufián.
Yo vivía regando malvones.
De lindo canario gustaba cuidar.
Y en mi cielo feliz de ilusiones
con un novio solía soñar.
Pero un día aquel taura maldito
por mi senda florida cruzó
y, encendiendo mi corazoncito,
para la milonga nomás me llevó.
Después del bailongo salimos afuera.
Vení mocosita, te voy a besar.
Me llevó de un brazo, abajo en la higuera,
y me hundió el colmillo en la yugular.
Siete novios, desde entonces, tuve.
A todos temblando besé en el zaguán.
No hay nada que hacerle. La sangre me sube.
Lo muerdo en el cuello y chau al galán.
Las vecinas al verme murmuran:
Su beso maldito a los siete enterró.
La culpa no es míaL Los novios no duran.
Es este colmillo que los reventó.
Buenas tardes muchos quimbos
Carlos del Peral / Roberto Rodriguez
Así son los huevos quimbos.
Así se hacen mi amor.
Muy dulces, muy explosivos,
como el beso que te doy.
Dieciocho yemas son necesarias.
Kilo de azúcar, dos tazas de agua.
Batir tres claras junto a las yemas.
Después de un rato quedan espesas.
Poner en molde enmantecado.
Bastará un cuarto de hora clavado.
Agua y azúcar, aparte almíbar
de medio punto y con vainilla.
Y si usted quiere más resultados
le aconsejamos que los complete
con gelinita y pólvora blanca,
con dinamita y buen fulminante.
Así son los huevos quimbos.
Así se hacen mi amor.
Muy dulces, muy explosivos,
Como el beso que te doy.
Cupido loco
Norman Briski
Cuando siento que Cupido loco
con agudas flechas,
con culito al aire,
me acertó.
Como borbotones,
como canelones,
mi sangre de monja
se derramó.
Mi corazón desnudo
sin pijama se quedó.
Y de amor se hincharon
hasta el dedo gordo,
hasta el dedo flaco,
todo se engordó.
Amo las pelusas,
amo el comedor,
amo los ojitos verdes,
percibares, turcos,
persas, moscovitas,
chinos, vietnamitas,
bizcos como vascos,
largos de damasco,
tuertos de pirata,
iris catarátas,
lentes de contacto,
guiños de chicato...
de mi amor.
Único!
No hay que robar zapatos
Carlos del Peral / Jorge Schussheim
Tenía un zapato roto.
Tenía un zapato sano.
Me acerqué despacio, despacio.
Mirando hacia todos lados.
No hay que robar zapatos
en los supermercados
No hay que robar zapatos
en los supermercados.
Tomé el zapato nuevo.
Metí adentro el pie.
Dejé el zapato viejo.
Yo no robé: cambié.
No hay que robar zapatos,
en ese momento pensé.
No hay que robar zapatos.
en ese momento pensé.
El guardián me dijo "Usted!
Se está llevando un zapato!"
Y yo empecé a correr.
Ya casi iba ganando.
No hay que robar zapatos,
gritó una voz de mando.
No hay que robar zapatos,
gritó una voz de mando.
Ahí empezó a tirar.
Erró como cinco tiros.
Después vino el bueno;
me perforó el intestino.
No hay que robar zapatos
aunque no sean finos
No hay que robar zapatos
aunque no sean finos.
Pegué un salto en el aire
con mi zapato nuevo,
con mi zapato viejo
Y en el cuerpo un agujero.
No hay que robar zapatos
sin saber correr primero.
No hay que robar zapatos
sin saber correr primero.
Hay zapatos que te matan.
Zapatos como el mío.
Zapatos calibre nueve
y botas cuarenta y cinco.
No hay que robar zapatos.
Hay qué?
Pontón Recalada
Carlos del Peral
Hice el amor en un barco.
Hice el amor en avión,
También en un submarino,
Pero nunca en el pontón.
Al pontón, pontón Recalada
le dedico esta canción.
Yo no sé nada de nada.
Tampoco sé qué es un pontón.
Llevé a mi novio al pontón
Y, a causa de la humedad,
ya no sé quien era yo.
Poca visibilidad.
Al pontón, pontón Recalada
le dedico esta canción.
Yo no sé nada de nada.
Tampoco sé qué es un pontón.
El corrector de las tablas
de marea fue inexacto.
Porque mi novio querido
volvió del pontón intacto.
Al pontón, pontón Recalada
le dedico esta canción.
Yo no sé nada de nada.
Tampoco sé qué es un pontón.
En el pontón Recalada
un fuerte viento sopló.
Él era tan delicado
que el viento se lo llevó.
Al pontón, pontón Recalada
le dedico esta canción.
Yo no sé nada de nada.
Tampoco sé qué es un pontón.
Julieta infiel, ingrata
Georges Brassens
Cuando vino Romeo a cantarme un valsecito
yo, bella, infiel, ingrata, había salido hacia el Colón
Y él con su valsecito qué pajarón, papito.
Y él con su valsecito qué pajarón.
Cuando vino Romeo y me trajo una sandía
yo, bella, infiel, ingrata, terminaba de cenar
Y él con la sandía en la mano qué pajarón, papito.
Y él con la sandía en la mano qué pajarón.
Cuando vino Romeo y me regaló un triciclo
yo, bella, infiel, ingrata, ya era dueña de un Peugeot.
Y él sobre su triciclo qué pajarón, papito.
Y él sobre su triciclo qué pajarón.
Cuando vino Romeo a zambullirse en mis bracitos,
en ese mismo instante yo estaba con Julián.
Y él con su excitación ¡ay! qué pajarón, papito.
Y él con su excitación ¡ay! qué pajarón.
Cuando vino a volarme la tapa de los sesos
yo había fallecido de un catarro pertinaz.
Y él con su carabina qué pajarón, papito.
Y él con su carabina qué pajarón.
Cuando Romeo, de luto, hasta mi tumba vino,
yo había resucitado y estaba con Julián.
Y él con su coronita qué pajarón, papito.
Y él con su coronita qué pajarón.
Y él con su coronita qué pajarón, papito.
Y él con su coronita qué pajarón.
Proximidad
Jorge de la Vega
Estar cerca, aproximarse,
acercarse, estrecharse y abrazarse,
rozarse, bordearse y confundirse,
ceñirse y apretarse,
apiñarse, agavillarse,
allegarse, adjuntarse e incluirse,
hacinarse, apropincuarse, anudarse
y reanudarse, avecindarse y convivirse.
Compañero, acompañante,
consecuente, inseparable, connivente,
confuso, aproximado y convergente,
yuxtapuesto y adyacente,
fronterizo e inherente,
incluso, incluido y subsiguiente.
Mirá cuánto se podría decir la gente
si el diccionario fuera menos imponente.
Estemos cerca, aproximémonos,
acerquémonos, estrechémonos y abrazémonos,
rocémonos, bordeémonos y confundámonos
y ciñámonos y apretémonos,
apiñémonos, agavillémonos,
hacinémonos, adjuntémonos y anudémonos.
Ay, las cosas que podría hacer la gente...
Mazúrquica modérnica
Violeta Parra
Me han preguntádico varias persónicas
si peligrósicas para las másicas
son las canciónicas agitadóricas.
¡Ay! que pregúntica más infantílica.
Le he contestádico yo al preguntónico:
cuando la páncica pide comídica
pone al cristiánico firme y guerrérico
por sus poróticos y sus cebóllicas.
No hay regimiéntico que los deténguica
si tienen hámbrica los populáricos.
Preguntadónicos, partidirísticos,
disimuládicos y muy malúlicos,
son peligrósicos más que los vérsicos,
más que las huélguicas y los desfílicos.
Bajito cuérdica firman papélicos,
lavan sus mánicos como Piláticos,
caballeríticos, almidonádicos,
almibarádicos, ninininíni,
le echan carbónico al inocéntico,
y, arrellanádicos en los sillónicos,
cuentan los muérticos de los encuéntricos
como frivólicos y bataclánicos.
Varias matáncicas tiene la histórica
en sus pagínicas bien enfrentádicas.
Para montárlicas hicieron fáltica
las resbalósicas revoluciónicas.
Ni los obréricos, ni los paquíticos,
tienen la cúlpica señor fiscálico.
Lo que yo cántico es una respuéstica
a una pregúntica de unos graciósicos.
Y más no cántico porque no quiérico.
Tengo perécica en los zapáticos,
En los cabéllicos, en el vestídico,
En los riñónicos y en el corpíñico.
Me quería
C. Fernandez Moreno / F. Leynaud
Me quería mucho
bajo los árboles de la calle Ayacucho.
Me quería mejor
sentada en el cordón de la calle Ecuador.
Y donde más me quería
era detrás de la penitenciaría.
Era detrás de la penitenciaría.
Me quería acostada en el pasto.
Los ojitos mirando a lo alto.
Me quería doblemente
cuando un tren pasaba por el puente.
Y donde más me quería
era detrás de la penitenciaría
Era detrás de la penitenciaría.
Me quería, me adoraba,
cuando mi pelo se desataba.
Me quería mucho más
cuando lo juntaba todo atrás
¡Ay!, donde más me quería
era detrás de la penitenciaría.
Era detrás de la penitenciaría.
Me quería, me adoraba,
cuando mi pelo se desataba.
Me quería mucho más
cuando lo juntaba todo atrás.
Ay, donde más me quería
Era detrás de la penitenciaría.
Ay, donde más me quería
era detrás de la penitenciaría.
La Doble Cero
Ernesto Schóó / Roberto Rodriguez
Cortate el pelo, muchacho,
o es que acaso te pensás
que en este país se puede
ser distinto a los demás.
¿Qué es eso del pelo largo,
la polera y el blue jeans?.
¿Qué es eso de ir al DiTella,
al sarao y al happening?
La Doble Cero
rechina los dientes.
¿Dónde está el valiente
que la enfrentará?
Con el pelo bien cortito
y el pilchao de confección
no tengas miedo de ir preso
si el robo es tu ocasión.
Aprende de aquellos hombres,
del revés y del derecho,
que al pelo se lo peinaban
con raya al medio en el pecho.
Que, si presos los llevaban,
era por ser bien varones,
cuchilleros o malevos
pero nunca maricones.
La Doble Cero
rechina los dientes.
¿Dónde está el valiente
que la enfrentará?
Con el pelo bien cortito
del ladrón tenés licencia.
Pues no importa ser honrado,
sino guardar la apariencia.
No me vengas con la historia
del retrato de abuelito
con la barba y las patillas,
la melena y el jopito.
Córtate a la americana.
Terminá con tu insolencia.
¿No sabes que el pelo corto
garantiza la decencia, eh?
La Doble Cero
rechina los dientes.
¿Dónde está el valiente
que la enfrentará?
Cortate el pelo, muchacho,
o es que acaso te pensás
que en este país se puede
ser distinto a los demás.
Lamento indio
Carlos del Peral / C. Cutaia
Vinieron muchos barcos
trayendo los collares
y se iban tan cargados
que se hundían en el mar.
Y entre otras muchas cosas
que de aquí se llevaban
estaban las bananas.
Estaban las bananas.
¡Ay, Colón! ¿Qué nos hiciste?
¡Ay, Colón! ¿Por qué nos descubriste?
¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué?
Una indiecita corre
descalza por la playa.
Les damos el maíz,
grita desesperada.
Les damos chocolate.
Les damos Potosí.
Les damos el petróleo.
Mas las bananas no.
Las bananas no.
Las bananas no.
¡Quedan aquí!
Las bananas no.
Las bananas no.
¡Quedan aquí!
¿Usted sabe qué es esto?
decía el descubridor
mostrando la banana
y el rey decía que no.
La reina se reía
detrás de la banana
y los gorilas de Asia
vinieron a mirar.
¡Ay, Colón! ¿Qué nos hiciste?
¡Ay, Colón! ¿Por qué nos descubriste?
¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué?
Entonces en Europa
empezó el Renacimiento.
Gracias a las bananas
todo empezó a cambiar.
Y las estatuas griegas
perdieron la vergüenza
y las hojas de parra
se echaron a volar.