|
CAPÍTULO I
Fue Herminia, la sirvienta, quien encontró el cadáver.
Como todos los días, llegó a la casa alrededor
de las once de la mañana. Ventiló el salón, sacudió
las alfombras en la ventana, barrió el suelo y abrillantó
la vieja tarima arrastrando con los pies dos pequeñas bayetas de
gamuza. Ya en la cocina, lavó la taza manchada de té que
había en el fregadero y tiró al cubo de los desperdicios
el frasco de vidrio vacío que reposaba sobre la encimera. Puso a
hervir el cazo del agua, molió el café y tostó sobre
el hierro del fogón dos rebanadas de pan blanco, dejándolas
dorar apenas el tiempo necesario para que la mantequilla se deshiciera
empapando la miga y los bordes cobraran un tizne marrón. Luego,
colocó el desayuno sobre la bandeja de bronce, la sostuvo en vilo,
como si quisiera cerciorarse de que no había olvidado nada, y cruzó
la puerta. Avanzó despacio por el estrecho pasillo, cuidando de
no tropezar con la hilera de columnas que, adosadas a las paredes, sostenían
aquella sucesión de arquerías de estilo árabe que
para Herminia tomaban en la oscuridad la apariencia de una gigante tráquea
animal. Llamó a la puerta de la habitación con sus dedos
de nudillos blandos y, arrastrando sobre el suelo de madera las zapatillas
de felpa, atravesó el dormitorio en penumbra. Invisible -negra como
el carbón y vestida de luto-, paseó en el vacío su
dentadura de incisivos blanquísimos y sus córneas veteadas
de venas azules y posó a tientas la bandeja del desayuno sobre la
mesilla de noche. Descorrió las cortinas de cretona que cegaban
el sol de junio y ya entonces notó un sabor espeso y dulzón
flotando en el aire.
“Era raro cómo olía la habitación”,
recordaría después, “como a hierro oxidado”. Tardó
aún unos instantes en descubrir el cuerpo. Hubo de esperar a que
sus ojos se acostumbraran al golpe de luz que acababa de invadir la estancia
y para entonces, inclinada sobre la bandeja del desayuno, con el asa de
la jarra en la mano, servía el café.
“Ya son más de las doce, doña Leonor”, debió
decir, y por un instante el aroma del café pareció corregir
aquel olor pegajoso y hondo que inundaba el cuarto. “¿Bajará
esta mañana a la sastra?”. Echó el azúcar -apenas
una punta, una costumbre con la que la señora guardaba la espléndida
concisión de su figura- y revolvió despacio el líquido
con la cucharilla, sin advertir aún que aquella pregunta quedaría
para siempre sin contestación.
De hecho, no le sorprendió en principio no encontrar
respuesta. El ama era, sabía Herminia, una mujer de despertares
lentos, con una especie de pereza infantil que acostumbraba a remolonear
entre las sábanas para apurar el rescoldo del calor tibio y sudado
de la noche, y la vieja sirvienta no tenía todavía indicio
alguno de la desgracia. Nada indicaba la más ligera alteración
-aunque tampoco ninguna semejanza- en el caaprichoso desorden en el que
los objetos habían aparecido cada mañana durante los últimos
dos años. Frente al ventanal podía verse el escritorio desordenado,
con el tintero abierto, el secante vuelto panza arriba, la pluma con la
punta del plumín manchada aún de tinta, de acuerdo a aquella
afición de la señora de escribir hasta bien entrada la madrugada;
en el centro del cuarto, una enagua de gasa blanca, arrugada, reposaba
en el suelo; más allá, en la cama, se delineaba el perfil
del cuerpo, siempre de espaldas al ventanal, como si huyera de la luz,
cubierto por la sábana hasta la cintura, con la colcha a los pies
descolgándose sobre la tarima. Todo estaba tal y como lo había
hallado en otras ocasiones, cumpliendo una rutina de centenares de mediodías
anteriores, una repetición enmendada sólo por la disposición
concreta y singular en la que el cansancio o el sueño hacen abandonar
cada uno de los objetos sobre la mesa, la forma -desorden o azar- que adopta
una tela arrojada con descuido al suelo.
La criada alzó el mentón olisqueando la
vieja arca de ébano cuyo aroma le traía el recuerdo
haitiano de sus orígenes, pero el aire le devolvió esta vez
un olor de carne quemada. De pronto, algo no corpóreo en el interior
de la vieja Herminia pareció romperse; un remoto resorte de aquel
alma isleña, imbuida aún de rituales santeros, hubo de quebrarse.
Fue como si se sintiera caer desamarrada, suelta; como si se hubiera roto
o desanudado repentinamente uno de los cabos de cuerda tendida que atan
la vida al mundo. Levantó su cara oscura, sostuvo un momento la
jarra del café, mantenida también por un hilo frágil
que la uniera a sus dedos, y advirtió la extraña inmovilidad
del cuerpo de la baronesa, que se le antojó ya la quietud callada
de la muerte.
No recordaba la criada haber gritado, de tal modo que
el ruido de la loza al estrellarse contra la tarima y saltar en pedazos
debió ser lo único que rompió el silencio. Herminia
retrocedió hasta notar a su espalda la cal fría del muro
aplastando sus nalgas mientras retorcía en sus manos el mandil,
sin que pueda decirse si aquel ademán constituía un gesto
-mitad espanto y resignación en partte- que se le escapa ante la
contrariedad o se debía más bien a los orines que de forma
inconsciente le escurrían también ante las desgracias. Tampoco
supo el tiempo que permaneció allí, quieta, pisando en el
suelo la mancha líquida de sus aguas menores; inmóvil y en
silencio, sin poder apartar sus ojos saltones de la cama, contemplando
el cuerpo desvaído por la trama de un aire grumoso compuesto por
partículas de polvo que agitaban la luz flotando en el aire. Fue
largo rato después cuando, avivada por la humedad pegajosa que empapaba
sus muslos negros, se atrevió a mirar. Allí estaba el cuerpo,
descubierto hasta la cintura, de costado, con el rostro vuelto hacia el
fondo de la estancia, el pelo cayendo a los lados sobre los hombros, la
piel de la espalda extrañamente blanca, con un brillo de cera pegado
a la carne. El escozor de la meadura que empapaba sus partes pudendas aguijoneó
el entendimiento de la criada y hubo de reconocer ya que el alma impulsiva
y generosa de Leonor Cienfuegos había abandonado su envoltura mortal.
Se persignó siete veces repitiendo aquel exorcismo aprendido en
su niñez caribeña que, practicado sobre cuerpos aún
tibios, eximía de tres cuartas partes de las penas del Purgatorio
y, a largo plazo, aseguraba la salvación eterna. Sólo entonces
llevó la mano al hombro del cadáver. Posó apenas los
dedos con ese temor antiguo al contagio que produce la muerte e hizo girar
el cuerpo, que, rígido ya, quedó tal como estaba, de lado
y aovillado, pero cara ahora al ventanal y al rostro espantado de Herminia
Duvalier. Tenía el ama el brazo derecho cruzado sobre el torso,
proyectando sobre el regazo una sombra donde se entreveía el brillo
metálico del revólver que empuñaba en la mano: el
reflejo del cañón que, entre los senos descubiertos, parecía
dibujar un filo frío que le abriera los pechos. Más a la
izquierda, justo a la altura del corazón, podía apreciarse
una herida de bala y un hilo de sangre que, seca ya, le había escurrido
por el costado.
-Estaba así -corroboraría después
la vieja Herminia-, acurrucada como un recién nacido y todita en
cueros, como si Dios hubiera decidido llevársela tal como vino al
mundo.
|