Revista
La Maza
Buenos Aires - Argentina
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Una
mirada feminista
En las últimas tres décadas
hemos asistido a la feminización de la fuerza de trabajo. La incorporación de
la mujer al quehacer público le ha posibilitado ir tomando conciencia de su
discriminación social, al mismo tiempo que ha ido generando cambios dentro de
la familia que ponen en cuestión la estructura de poder jerárquica que
constituyen su base.
En
el capitalismo, la producción de mercancías se lleva a cabo fuera del hogar,
en empresas, donde los medios de producción son propiedad de los capitalistas,
lo que obliga a la mayoría de las personas a vender su fuerza de trabajo a
cambio de un salario. Con los salarios, la gente compra los productos que
necesita para sobrevivir, que son transformados en los hogares para la producción
y reproducción de las personas. El modelo de familia nuclear se sustenta en una
clara diferenciación entre los sexos, donde el hombre sería el proveedor económico
a partir de su inserción en la producción de bienes y servicios y la mujer se
encargaría de los aspectos reproductivos, concentrando su actividad en el
interior del hogar. La producción en el hogar implica no sólo la reproducción
biológica de las personas, sino también la formación de su género y su
mantenimiento, lo que se hace con el trabajo doméstico. Así el término
reproducción social que a veces se utiliza para designar el conjunto de
procesos que producen y reproducen los bienes de consumo y producción, las
relaciones sociales, las personas y la fuerza de trabajo, en este caso, es usado
en términos más restrictivos, para resaltar los procesos que quedan al margen
del mercado.
En
la economía capitalista una parte sustancial de la fuerza de trabajo no se
genera en el intercambio en el mercado, sino por medio de un sistema de
reproducción que no parece ser parte del sistema de producción. De todos modos
no debemos perder de vista que en el seno de toda formación social coexisten
una producción social de bienes y una producción social de seres humanos.
Estos dos términos son indisociables.
Si
la sociedad funcionara exclusivamente con la lógica del mercado, una parte
importante de la población -enfermos, discapacitados, menores, desempleados,
ancianos- morirían. Por ese motivo los trabajos de producción y reproducción
forman parte de un mismo proceso aunque la reproducción de las personas es la
condición primaria para que existan mercancías y un mercado donde éstas se
intercambian. De allí que sea falso considerar la reproducción social como un
proceso natural o un subproducto que deriva de otros procesos sin relación con
el mercado.
Si
consideramos el trabajo en el sentido de una actividad destinada a realizar la
supervivencia material veremos que gran parte de las actividades de cuidados
directos de personas que tienen lugar en el interior de la familia tienen esta
característica y que son indispensables para la estabilidad física y emocional
de sus miembros. De manera que el trabajo doméstico satisface necesidades
personales y sociales que no pueden ser sustituidas con la producción del
mercado y como requiere de tiempo no es posible negar su existencia.
A
pesar de lo dicho la economía se ha construido bajo el supuesto de que la
producción tiene prioridad sobre los procesos de reproducción humana. Creo que
esta perspectiva no es neutral y nos habla a las claras de que los hechos se
evalúan y se nos presentan según el esquema teórico que se utilice y los
modelos interpretan el mundo desde la perspectiva que se elija.
El
área del trabajo familiar doméstico no remunerado representa recursos de
supervivencia fundamentales que han sido dejados de lado en los análisis
tradicionales. Existe un gran número de relaciones que quedan fuera de la
corriente central del mercado y que son necesarias para la comprensión de la
economía cotidiana y de la existencia de la gente.
La
asignación de los hombres a la producción y de las mujeres a la reproducción
no es privativa del capitalismo que, no obstante, alteró las condiciones de
producción de bienes y seres humanos, convirtiendo a esta última en un terreno
de la lucha de clases y de sexos, a la vez que en asunto de Estado.
El
control social sobre la fuerza de trabajo de las mujeres, base material del
patriarcado, permite a los hombres beneficiarse del servicio personal y doméstico
de las mujeres. Entonces, la forma de familia que conocemos es expresión de la
dominación capitalista como así también del sistema patriarcal, sin olvidar
que también el Estado ha contribuido a definir las condiciones sociales de la
reproducción. Con esto queremos expresar que la reproducción de seres humanos
no está determinada únicamente por la lógica del capital. Las relaciones
sociales juegan un papel fundamental tanto en la producción material como de
seres humanos. La relación social antagónica entre hombres y mujeres que se
manifiesta tanto en la producción como en la reproducción, no se circunscribe
al ámbito familiar ya que las mujeres están doblemente explotadas: por el
capital y en sus hogares.
Combes
y Haicault tienden a desechar la idea de que "la reproducción sólo tendría
interés para la producción en la medida que se encarga de fabricar y mantener
la mercancía concreta que es la fuerza de trabajo", porque esto supondría
reducir el trabajo doméstico a la producción de valores de uso y no concebir a
la familia como un lugar y un objeto de la lucha de clases y de sexos, sino sólo
como el lugar de reproducción de la fuerza de trabajo.
La
idea de que los hogares actúan con intereses unificados se da porque aunque los
miembros de una familia tengan intereses diferenciados que surgen de sus
relaciones con la producción y la reproducción, esas mismas relaciones
aseguran su dependencia mutua. A esta idea ha contribuido la teoría neoclásica
que considera que el hogar decide como una unidad la participación de sus
miembros en el mercado de trabajo y la responsabilidad sobre las tareas domésticas
en la búsqueda de maximizar la utilidad conjunta. Desde este punto de vista, la
división tradicional por género del trabajo dentro del hogar se considera una
respuesta racional. Esta perspectiva supone que el comportamiento de los
individuos difiere en la esfera privada y en la pública, de forma tal que son
altruistas en el seno del hogar y se rigen por sus intereses individuales en los
mercados.
Esta
idea no tiene en cuenta que la familia, a la vez que expresa relaciones de
producción y reproducción, las enmascara, porque la familia también es un
lugar de lucha. Dentro de los grupos domésticos se dan diferentes relaciones de
producción y dominación. El acceso a los medios de producción no es el mismo
ni tampoco su control. Tampoco es homogéneo el acceso al consumo y todo esto
porque entre sus miembros existen relaciones de poder.
Una
visión armónica de la economía familiar enturbia el análisis de las
relaciones de producción dentro del grupo doméstico.
Las
relaciones sociales de sexo y de clases operan tanto en el ámbito de la
producción como en el de la reproducción. Partir de esta afirmación supone la
crítica a la idea que sitúa exclusivamente las relaciones de clase en el ámbito
de la producción y las relaciones de sexo en el de la reproducción.
Aunque
hombres y mujeres se encuentran en una relación antagónica por su pertenencia
al sexo opresor u oprimido, mantienen simultáneamente una relación de alianza
desigual siempre que pertenezcan a la misma clase. Sin embargo, el capital
aprovecha las divisiones sexuales apoyándose en el patriarcado e intensifica la
explotación de las mujeres en la producción con el consentimiento tácito de
la mano de obra masculina.
Retomando
lo afirmado al comienzo de nuestro trabajo, la feminización de la fuerza de
trabajo se ha dado al mismo tiempo que han aumentado las formas de trabajo a
tiempo parcial, de trabajo informal y autónomo. Si bien podemos analizar la
descualificación como una estrategia económica del capitalismo, también es
evidente que no es neutral desde el punto de vista del género que reserva los
criterios de cualificación para las tareas que realizan los hombres.
La
cualificación/descualificación tiene como parámetro la perspectiva de la
clase obrera cualificada masculina empleada en la industria manufacturera y no sólo
depende de competencias técnicas sino también de construcciones ideológicas y
de poder. Además, el mercado laboral no es socialmente neutro porque las
relaciones de género están insertas en la organización misma de la producción
que se articula con otras instituciones como la familia, el sistema educativo y
el Estado, que sustentan la desigualdad de género.
El
género opera en la esfera de la producción interviniendo en las definiciones
de cualificación y en la distinción entre trabajo cualificado y no
cualificado, en la definición de ciertos puestos de trabajo, en la división
entre trabajo a jornada completa y a tiempo parcial, sobre las formas de
autoridad y supervisión, sobre la participación activa en los sindicatos, etc.
De manera tal que podríamos afirmar junto con Beechey que el género es una
categoría relacional asimétrica que forma parte de la experiencia personal
vivida en el lugar de trabajo y que interviene en la construcción de
subjetividades. También está relacionado con el poder en el sentido de
dominación de los hombres y la subordinación de las mujeres que se reproducen
en el proceso de trabajo pero también en otros ámbitos. De allí, que la
diferencia y jerarquía de géneros se crean tanto en el lugar de trabajo como
en el hogar. Esto no hace más que demostrarnos la complejidad de la articulación
entre relaciones de sexo y de clase en la producción que podríamos verificar
también en el ámbito de la reproducción y de la familia.
Producción
y economía aparecen como sinónimos dejando al trabajo doméstico fuera del análisis,
de allí la necesidad de ampliar el concepto de economía trascendiendo la
división entre esfera pública y privada.
La
esfera de la reproducción debe considerarse parte integrante de la economía.
La opresión de las mujeres se localiza tanto en la familia como en la
organización de la producción.
Como
sostiene Scott, el status secundario y dependiente dentro de la familia, que
asigna a las mujeres la responsabilidad primaria en la reproducción cotidiana y
generacional, se trasladan a la organización de la producción.
La
expansión del sector servicios ha supuesto el incremento de mano de obra a bajo
costo salarial que se nutre de una fuerza de trabajo compuesta por trabajadoras
a tiempo parcial, con alta inestabilidad laboral, es decir, con características
marginales.
La
situación social que caracteriza a la vida de las mujeres como trabajadoras no
asalariadas fundamentan el presupuesto que las considera una fuerza de trabajo más
barata y menos dependiente de sus salarios que los hombres.
Por
un lado vemos una determinada construcción social del género que marginaliza a
las mujeres y, por otro, una determinada relación de producción caracterizada
por los bajos salarios y la inestabilidad laboral, que se articula con un sector
de gran crecimiento económico como los servicios. Precisamente, una de estas
construcciones fuertes es la que coloca al empleo salarial formal como modelo
explicativo central del trabajo en la sociedad y de los objetivos de individuos
y grupos sociales en detrimento del trabajo no remunerado en dinero como el
trabajo doméstico y los servicios comunitarios.
Una vez más sostenemos que producción de productos y personas es indisociable. El concepto de producción tendría que abarcar tanto la producción de cosas como la producción de hombres y mujeres. Un análisis económico que sólo estudie el ámbito de la producción sin articular producción y reproducción se rebela como inadecuado.