LA JABAR DEL NÓMADA -

Boletín de la Hermandad de Veteranos de Tropas Nómadas del Sahara

Núm. 4 - Julio 2000

Volver a portada


EL MUSEO DEL EJÉRCITO

Por PILAR CABEZÓN PÉREZ

Licenciada en Historia del Arte (Museo del Ejército)


SU HISTORIA

La España de mediados del siglo XVIII, en la plenitud del regalismo hispano y el goce de un período de paz, invitó al monarca Fernando VI a engendrar el futuro Museo del Ejército. En 1756, por Real Orden, se establece que los arsenales y maestranzas de artillería deben remitir al central de Madrid las muestras y modelos de sus piezas.


En 1803, Godoy, ministro plenipotenciario de Carlos IV, con esta colección de modelos de artillería, el conjunto de maquetas de ingenieros, comprados a la viuda de Montalambert, y todos aquellos objetos históricos que con su valimiento pudo conseguir de la nobleza, inaugura el Real Museo de Artillería. Su primer director será el teniente coronel Navarro Sangrán y su ubicación el palacio de los condes de Monteleón. Nace el Museo con un carácter fuertemente didáctico, cuenta con buena biblioteca, y en la temprana fecha de 1805 se realiza el primer inventario de sus piezas. La Guerra de la Independencia, el 2 de mayo de 1808, marca uno de los hitos más desastrosos por los que tendrá que atravesar el Museo. El edificio quedó destruido, muchas piezas destrozadas y otras, muy valiosas, tuvieron buen cuidado de llevarse los franceses a su tierra. Finalizada la guerra, el Museo se traslada al palacio de Buena Vista, actual Cuartel General, que en esos momentos se encontraba en una penosa situación de abandono. Realizaron numerosas reformas con muy pocos medios, el traslado lo llevaron a cabo los mismos artilleros. Como curiosidad, cuenta el general Carrasco que se pidió permiso al Ayuntamiento para poder disparar a las palomas que anidaban en abundancia en los tejados. Se crean un centro litográfico, talleres y almacenes, también aumenta considerablemente la política de donaciones. Se organizó una Junta Superior Facultativa compuesta por artilleros e ingenieros que dio a luz en 1822 al primer reglamento del Museo. Reglamento que durará muy poco, pues en 1827 se separan los Museos, creándose el de Artillería por un lado, y el de Ingenieros por otro, aunque permanecen en el mismo edificio tendrán puertas diferentes y distinta dirección. Este motivo les obliga a redactar un nuevo reglamento cada uno.


El Museo del Ejército será el primer Museo que abre sus puertas al público. A la entrada se vendían diversas publicaciones relacionadas con el Museo y la historia militar. Sin embargo, cuando empezaba a reponerse, tanto a nivel colecciones como en ubicación, el Regente, general Espartero, en 1841, por capricho, da la orden de trasladar el Museo al Salón de Reinos, resto del palacio del Buen Retiro. El otro resto que queda es el Casón, actual depositario de la pintura del siglo XIX perteneciente al Prado. Este palacio fue mandado construir por el Conde Duque de Olivares para el rey Felipe IV, y se realizó en breve espacio de tiempo con materiales pobres, gran riqueza decorativa, y el desagrado del pueblo madrileño al que se cargó de impuestos para poder sufragar los gastos. Tras la Guerra de la Independencia, los franceses utilizaron sus aposentos como Cuartel General, para caballerizas, etc., quedó casi todo destruido y tan sólo se salvaron estas dos piezas arquitectónicas que quedaron en muy precarias condiciones.


Escalera real

(Foto Ediciones Vistabella)

Por estas fechas, 1841, era director del Museo León Gil del Palacio; eficaz e inteligente, tuvo que realizar el traslado en tres días. Con este director se publicó un catálogo y se trató de añadir al carácter didáctico, científico y técnico, el histórico. Con él y con los siguientes directores, el Museo fue creciendo en sus colecciones, importancia y participación en exposiciones donde consiguió numerosas medallas. Su mayor problema lo constituía las condiciones físicas del edificio y su lamentable entorno; asimismo tenían que pagar un alquiler a Patrimonio y convivir con una serie de inquilinos que pululaban por buhardillas y zonas adyacentes. A partir de 1868 en vez de pagar el alquiler a Patrimonio se realizó al Ministerio de Hacienda, en 1869 pasa a ser propiedad del Ministerio de la Guerra y por fin el Presidente del Consejo de Ministros, en marzo de 1874, mandó terminantemente que los vecinos desalojaran las viviendas dejando el edificio para el Real Museo de Artillería. Es ahora cuando se intenta un plan de restauración del edificio, y nos encontramos con la presencia de una de las figuras que más han luchado por nuestro Museo, el coronel Adolfo Carrasco, que propone una serie de reformas tanto interior como exteriormente, inicia un nuevo sistema de exposición, realiza una Memoria Descriptiva y un catálogo, en cuatro tomos, de las piezas del Museo, que se llega a publicar entre 1908 y 1914.


Durante estas fechas ya se han iniciado las creaciones de los Museos de otras Armas, así el de Caballería en 1899, el de Infantería en 1908, del que destacamos la figura del teniente coronel Hilario González, que supo hacerse con un gran Museo en muy poco tiempo; el de Sanidad Militar en 1900 y el de Intendencia en 1885. El general Primo de Rivera pensó unificar todos en Toledo, pero pronto se dieron cuenta del error que suponía trasladar el Museo de Artillería con el número y la envergadura de sus piezas. Esta unificación se llevó a cabo con la República, pero ubicados todos los Museos en Madrid en vez de en Toledo. No habían terminado casi de ubicar las piezas cuando surge la Guerra Civil, el Cuerpo de Inválidos custodiaba el Museo. Finalizada la contienda se nombra director al general Millán Astray, que cede su lugar al general Bermúdez de Castro, otro de los grandes directores que ha tenido el Museo. Su primera labor fue la de ordenar las colecciones, reformar el edificio tanto exterior como interiormente, y realizar un catálogo general en cinco tomos que hoy por hoy todavía seguimos usando.


Desde entonces hasta ahora el Museo, con escasísimos recursos, se ha mantenido museológicamente al día, alimentado por donaciones, ha ido rellenando lagunas, participando en numerosas exposiciones, restaurando lo que buenamente ha podido y llevando con celo y rigor el sistema documental del Museo.



SUS COLECCIONES

Debido al volumen y peso de muchos de los objetos, sería imposible utilizar un sistema de exposición cronológico, desde armas y fondos prehistóricos hasta el siglo XX. Es este motivo el que obligó en su momento a dividir el Museo por Armas en sus respectivas plantas. Así en la planta baja la Artillería, en la primera planta la Infantería y Caballería y en la segunda Ingenieros y Hechos Históricos. A su vez las plantas tienen distintas salas dedicadas a diferentes colecciones. En la planta de Artillería poseemos la mejor colección del mundo de piezas de artillería primitiva, llamada "primera época de la artillería", siglos XIV, XV y principios del XVI, de hierro forjado, como bombardas, falconetes, ribadoquines, versos, culebrinas, etc. En la sala principal de esta planta continuamos con el resto de las etapas de la Artillería, la "segunda época", artillería de bronce, siglos XVI XVII, con piezas únicas y extraordinarias, la "tercera época", de Ordenanza, siglo XVIII y primera mitad del XIX, se sigue utilizando el bronce, y por último la "cuarta época", desde la segunda mitad del XIX al primer cuarto del XX, caracterizada por el empleo del acero.


A pesar de llamarse planta de Artillería posee salas dedicadas a la Guardia Civil, a la Sanidad militar, a la División Azul, modelos de artillería en las salas de Costa y Maquetas y otra dedicada a las Miniaturas (soldaditos de plomo, madera...).


La planta de Infantería ocupa la parte noble del edificio, el Salón de Reinos, llamado así por tener pintados en su techo los 24 escudos de los reinos que componían la España del XVII. Allí se reunían en Cortes, se representaban obras de teatro, estuvo expuesto el cuerpo del rey Luis I, se derogó la famosa Ley Sálica, se juró a la Inmaculada patrona de España, etcétera. Tanto en este salón como en la saleta de la Reina se expone otra de las colecciones más importantes del Museo, la de las banderas blancas, borbónicas, anteriores a la bicolor institucionalizada por Isabel II en 1843, y las bicolor. En ambas salas encontramos objetos históricos, objetos relacionados con las Bellas Artes que ilustran iconográficamente los hechos, obras de buenos autores como pinturas de Sanz Cabot, Gutiérrez de la Vega, Castellanos, Vernet..., o esculturas de Piquer, González Pola, Benlliure... Piezas relacionadas con otras especialidades del Museo como son uniformes, condecoraciones, armas de fuego, armas blancas..., en unas ocasiones piezas únicas por sí mismas y en otras relevantes por pertenecer a personajes ilustres.


En esta misma planta se ubica la sala de Armas, considerada también como la mejor del mundo, con un sistema de exposición cronológico, desde las armas prehistóricas hasta la actualidad. Está presidida por la Tizona, espada del Cid Campeador, a la que recientemente se le ha realizado un estudio, por parte de la Universidad, para justificar científicamente su pertenencia al siglo XI. Las armas de fuego, magníficamente expuestas, nos muestran su evolución según los diferentes sistemas de ignición a través de los siglos.


Como curiosidad, éste es el único Museo Militar del mundo que dedica una sala a la mujer, la sala de Heroínas, con la representación de las más importantes en los diferentes hechos de armas de nuestra historia Agustina de Aragón, la Malasaña, la Condesa de Bureta, la Monja Alférez, etc.


La sala de Laureados recoge en álbumes, esculturas y retratos al óleo la imagen de los condecorados con la máxima distinción en España por hechos de guerra, la Laureada de San Fernando.


La tercera gran colección del Museo, catalogada como la mejor de armas defensivas de batalla, es la de Medinaceli. De las colecciones de armaduras que entraron en el Museo durante la Guerra Civil la única que quedó como legado fue ésta, ya que las de Ocaña e Infantado las retiraron una vez finalizado el conflicto. Reúne 39 armaduras completas, una de ellas con arnés de caballo y caballero, sencillas porque eran de batalla, no de parada como las que se conservan en la Real Armería de Madrid. Si estos caballeros iban armados de pies a cabeza, para contrarrestar la sala Arabe nos presenta la indumentaria del último rey de Granada, Boabdil, el Chico, una ligera pero bella marlopa de terciopelo rojo, su turbante, las babuchas y sus dos magníficas armas, un estoque y la espada jineta, que constituye una de las piezas más ricas y simbólicas de las que posee el Museo. Además en esta sala, decorada siguiendo los modelos de la Alhambra, encontramos otras armas blancas de gran valor como la espada de Aliatar, suegro de Boabdil, el alfanje de acero de damasco de Mohamed Alí; sillas de montar y livianas y decoradas espingardas.


La sala de la Guerra Civil, junto a la de la División Azul, son las que peor expuestas están y necesitan una pronta renovación, así como mejorar y aumentar sus colecciones con piezas de los diferentes bandos.


Por último cierra esta planta la sala dedicada a la Caballería, es una sala pequeña, recoleta pero jugosa que presenta una evolución del uniforme de Caballería a través de los tiempos, una colección de sables de diferentes países, estandartes y una magnífica colección de esculturas realizadas por el padre del naturalismo español y gran amante de nuestro Museo, el escultor Mariano Benlliure.


La planta de Ingenieros, mal llamada de Ingenieros, pues de este Arma tan sólo hay una sala, la de Maquetas, con ejemplares diversos dedicados a fortificaciones como los castillos del Morro de La Habana, Puerto Rico, maquetas de puentes de la Guerra Civil, y en el centro la maqueta reina, de una ciudad fortificada realizada por el ingeniero francés Vauban y regalada por María Teresa de Austria al entonces Príncipe de Asturias Carlos IV, también hay una representación del uniforme de Ingenieros, retratos, y extraordinarias banderas de Ingenieros.
Los recuerdos históricos de las guerras carlistas, la colección de condecoraciones y piezas de singular interés como son las dedicadas al rey Carlos I, se exponen en la sala de su nombre. Entre ellas destacamos la tienda de campaña que el monarca llevó a su expedición a Túnez, que constituye una de las piezas emblemáticas del Museo, el pendón de la Santa Hermandad de Toledo, y buenos cuadros y esculturas que marcan la iconografía de los militares más insignes del siglo XIX.
Otra de las salas de esta planta es la dedicada a la Guerra de la Independencia (1808-1814), en la que una extraordinaria vitrina, que contiene diversas piezas de los personajes más destacados en esta contienda, y que posee la forma de la cruz de Borgoña, marca con sus brazos los hitos más influyentes de nuestra victoria contra los franceses: 2 de mayo en Madrid, Bailén, Gerona y Zaragoza. Uniformes, condecoraciones, banderas, pintura, escultura, documentos... ilustran este hecho histórico. Entre sus piezas curiosas posee la máscara funeraria de Napoleón, piezas relacionadas con los guerrilleros, etc.
Remata la planta la sala de Ultramar, donde cronológicamente, desde la conquista hasta las independencias de las colonias, los distintos objetos nos imbuyen en un mundo extrapeninsular, diferente, lejano, y al mismo tiempo evocador de algo que todavía sentimos cercano. Desde un trozo de la cruz del árbol de Colón, otro trozo de la camisa de Pizarro, monturas cubanas, armas filipinas, el castillo de Ulua, el cuadro con las minas de Potosí..., hasta los últimos de Baler y las, también, últimas banderas españolas que ondearon allende los mares, dejando en el recuerdo la cultura, la lengua y la sangre española como germen de las hoy nuevas naciones.
La parte de nuestra historia de España en relación con Africa durante los siglos XIX y XX se expone en el Alcázar de Toledo. Allí nos encontramos piezas como la tienda de campaña donde se firmó la paz de Tetuán, e innumerables objetos, de Abd-E1-Krim, uniformes, armas, banderas... pertenecientes a las diferentes acciones de España en Marruecos, Guinea, Ifni y Sahara, y una sala dedicada a la Legión.
El Museo, como vimos anteriormente, nace bajo unos postulados marcadamente románticos, el edificio que ocupa es habitable gracias al esfuerzo y celo de los buenos directores que ha tenido a través de los siglos, con poco dinero y mucho trabajo e imaginación han sabido estar siempre al día en aspectos para ellos desconocidos como son el museológico y museográfico. En la actualidad el sistema documental del Museo es uno de los mejores de España, informatizado su inventario, a punto de finalizarse las catalogaciones de las diferentes especialidades que conforman sus colecciones e incluida la imagen de muchas de sus piezas, teniendo en cuenta que entre las de Madrid, Toledo y las depositadas en otros Organismos militares y civiles pasan de las 20.000.
El aspecto en el que peca es el mismo que el de todos aquellos museos que nacen en el siglo pasado y continúan manteniendo su carácter decimonónico, tanto en exposición como en conservación. La falta de espacio y de medios económicos no han permitido ponernos al día en estos dos aspectos que urgen solventar. Sin embargo, en estos momentos el Museo se enfrenta a un grave reto que es el de un traslado caprichoso. El Museo del Prado tiene que ampliarse, pero no a costa de la Iglesia y del Ejército. A veces los seres humanos nos cegamos buscando complicaciones innecesarias, ni el edificio que ocupa nuestro Museo, ni el de nueva planta de los Jerónimos son soluciones acertadas, cuando el Prado necesita un gran espacio para sacar todos los cuadros que posee en sus salas de reserva y tiene los edificios de los Ministerios de Sanidad y Agricultura tan cerca y tan nobles. A pesar de ser demasiado tarde confiaremos en la cordura de nuestros políticos, y que al menos no tengan la desgraciada idea de almacenar el Museo sin esperar a tener construido el edificio que ha de albergar al mejor Museo del mundo en su especialidad y el único que poseemos de historia general de España.



Vuelve a la portada

Hosted by www.Geocities.ws

1