LA JABAR DEL NÓMADA -

Boletín de la Hermandad de Veteranos de Tropas Nómadas del Sahara

Núm. 4 - Julio 2000

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NOSTALGIA DE ARENA

Por MÓNICA FERNÁNDEZ-ACEYTUNO

LA primera voz que recuerdo haber escuchado en mi vida es la voz de mi padre: «¡Niños, taparos, que llega el siroco!». Un segundo después, mis hermanos y yo éramos tres ovillos en el asiento trasero de un jeep, la cabeza entre las rodillas, esperando un ruido que todavía no he olvidado: el golpear de la arena contra la lona que nos tapaba, el sonido del siroco: esa mezcla de viento y de arena que despertó mi oído.


Y mi vista: puedo ver, casi como si lo viera ahora, el naranja y el verde de un albornoz a rayas. Y el primer azul: el de un cubo lleno de agua de mar y de almejas vivas, con los sifones fuera, dándose un banquete de plancton secuestrado mientras una langosta paseaba por la mesa de la cocina.


Las olas de la playa de la Sarga y mi abuela Mary pescando bailas – lubinas – tan sólo como una niña es lo último que recuerdo del Sahara.


Todo lo demás vive en la memoria de mi madre, y estuvo en la de Mary cuando recordaba los días del año treinta y tres enlos que descansaron en su casa Charles Lindbergh y su mujer, Anne, durante ese viaje que emprendieron alrededor del Atlántico para distraerse después de la desaparición de su hijo. Recorrieron la costa africana con su hidroavión Tigmissartoq, cuyo significado en lengua esquimal es: «el que vuela como un pájaro».

Dunas en Laadein. Foto: Goas.

No son mis recuerdos: son los de mi padre en sus novelas y sus libros sobre el Sahara, donde compara el siroco con una de esas plagas de langosta gregaria que es la peor calamidad para los nómadas del desierto porque engulle, en cuestión de segundos, todo el alimento vegetal de su ganado. El siroco, como los enjambres de langosta, forma remolinos que, en espiral, suben hasta los cielos y bajan a ras de tierra al atardecer; es entonces cuando pierde violencia, y se distiende el siroco en nubes de finísimo grano; y la langosta, en plaga que se calma con el ocaso. Los nómadas, antes de viajar hacia cualquier lugar que los aleje de las zonas castigadas, persiguen, cazan y se apoderan a esa hora de todas las langostas que pueden, y se las comen después de asarlas sobre unas brasas.


No soy yo la que habla de la «habara» – la avutarda – de las tierras cubiertas con gramíneas. Ni del avestruz, o de las tórtolas, tan abundantes que, a las horas de calor sofocante se arraciman bajo la sombra de una «talha», un árbol que crece en el Sahara inclinado por la acción del viento dominante norte-sur. Con su madera los saharauis hacen enseres y aperos de labranza, y también la utilizan para leña, y para la sombra y el descanso que comparten con las tórtolas.


No he visto en mi vida esa gran colonia de foca monje que vive en la costa atlántica del desierto, a pocos kilómetros de La Agüera, en la zona de las cuevecillas, donde nacen a oscuras las crías negras con un medallón blanco en el vientre. Desde el cantil se contempla un paisaje impresionante de desierto y de playa, de focas que toman el sol todo el día, o se bañan en el mar, o pescan.


Y no he vuelto al Sahara, ni creo que vuelva nunca; ya sólo me quedan las palabras de mi padre y una nostalgia que aparece cada vez que oigo de noche la lluvia golpeando el pasto. Como si fuera arena.

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