LA JABAR DEL NÓMADA -

Boletín de la Hermandad de Veteranos de Tropas Nómadas del Sahara

Núm. 4 - Julio 2000

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EL SECRETO DEL SAHARA

(Lucubraciones de un ausente)

Por FELICIANO RUIZ DEL PORTAL GARRIDO
 

Y un intento de alzar sólo una esquinita del velo, no todo. Sería demasiado pretencioso.
Los seres, concretos o abstractos, con que nos codeamos, codeo y trato que constituye nuestra vida, son imperfectos. Lo son menos, cuanto más cercanos a su respectiva IDEA de la que son malas copias. Cuanto más participan de su modelo, de ese ente puro y feliz, habitante, si no del Olimpo, de sus aledaños, más perfectos son. Hasta aquí, más o menos, Platón.
¿Qué nos impide disfrutar de la utópica compañía de esas IDEAS y, de paso, eludir nuestro cotidiano e incómodo trato con sus desvaídas y sucias imágenes? Nuestro propio ser, impuro y desvaído, y la mugre del ambiente que nos rodea. Ellas, las IDEAS, en el camino desde su edénica morada a la nuestra, no pueden menos que contaminarse con el roce.
Cuanto más inmersos en este ambiente y en nuestros propios handicaps, menos serán estos seres lo que debieran.
Atajemos tan bacheado camino, y vayamos directamente a su mundo para participar de su pureza y perfección. ¿Es posible?
¿¡Es posible!? ¡Pero bueno...! ¿Y qué tiene que ver esta milonga con el ínclito secreto del Sahara, que es de lo que queríamos hablar? Un poco de calma; que a lo mejor sí que tiene algo que ver. Al menos, bien pudiera ser así. Y a ello de nuevo, con perdón, que el boli es mío. (Y la nostalgia nuestra, amigo lector; si no, no hubieras llegado hasta aquí, leyendo esto.) ¿Quién que haya pisado el desierto no se pregunta el motivo de esa sensación tan gratificante, tan insólita, tan... – no hay adjetivo ad hoc – que hace blanco en uno, nada más llegar a él?
Y esa sensación nueva y feliz que te envuelve como rara y grata atmósfera se disfruta mientras allí permanezcamos; pasa a ser gozosa parte del aire que respiras.
Ahora, la, a mi modo de ver, posible relación entre ese singular transporte grato y gratuito de nuestro espíritu al solo contacto con el Sahara, con la suso cantada tonada popular del Río de la Plata; con la milonga inicial, vamos: El desierto ataja, en buena parte, la contaminada y contaminante vía hacia esa soñada familiaridad con las IDEAS. Es así, porque el medio ambiente impuro en que nos movíamos antes de conocerlo, el ambiente y la naturaleza, se simplifican, se reducen al llegar a él al mínimo. Tal reducción representa para nosotros una cirugía tajante y dejamos carne en ella, pero, ¡vaya purga de mugre también...!, resultado: un buen trecho del camino, gozosamente atajado. Se ha producido, entre esos seres etéreos y nosotros, un sustancioso acercamiento. Acercamiento no sólo en sí, sino por lo que tiene, además, de llamada hacia mayores progresos. Porque, si lo malo llama a lo malo, la bondad también tiene su gancho. La atmósfera, mejor, las atmósferas del desierto, la física y esa otra inefable que constituye su dulce secreto, es para el recién llegado un revulsivo para mejorar. Para limpiar y orear su
casa. Como ve limpio su nuevo barrio, se ve abocado a no desentonar. Y todo esto sucede de una forma natural y casi inadvertida. Hace falta querer oponerse, contra natura y muy a la fuerza, a este impulso generoso y gratuito hacia lo sano, para
no sanar. Se despejó el ambiente y nos lavamos la cara. Las escamas de los ojos caen, y con el cielo – y el corazón – purificados vemos claro. Vemos y amamos: – bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a Dios –. No digo que Le veamos a Él, que, hasta a veces, como que quiere mostrársenos; pero sí, más nítidamente que de costumbre, su huella.
El susodicho trato con cosas y con personas es tanto más entrañable, cuanto más verdadero y puro. La naturaleza muestra a cada paso, salvo a quien se empeña en no verla, la inefable huella del Creador.
En definitiva: poner un pie en el Sahara es, un poco, posarlo en el Edén.
Hasta aquí todo para el feliz mortal que lo disfruta.
Y qué pasa en nuestro caso. Qué se cocina en la entraña de los que hemos vivido allí y lo añoramos. Pasa eso. Que lo  recordamos con nostalgia.
Y acuciados por ella, hasta de vez en vez sacudimos la pereza y nos alejamos del “mundanal ruido, y seguimos la escondida senda por donde han ido los pocos sabios que en el mundo han sido”. Sí, sabiamente, nos perdemos en un pequeño pueblo, en el campo o la montaña, y volvemos, tenue y eventualmente, a experimentar algo de aquello. Otras veces, las masas, sólo recordamos.
... Y el recuerdo es otro filtro.
El recuerdo acaba la limpieza del ambiente que el desierto comenzó. Este filtro sólo deja pasar las vivencias depuradas.
En él se produce el encuentro, la lucha agridulce, entre la felicidad del revivir aquello, lo mejor de aquello, y su aguda añoranza.
 

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