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Utopía (I) y (II) - Francisco Fernández Buey
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Autor: Francisco Fernández Buey
I)
Comparto el uso
positivo de la palabra utopía en contextos morales mientras que estoy
en contra de la utilización de la misma palabra, también en un
sentido positivo, en contextos políticos o de ética de la colectividad.
En contextos en los que se habla de moralidad individual es difícil negar
que la palabra utopía tiene y tendrá un sentido positivo. Se podría
decir que no ha habido ni habrá filosofía moral sin utopías,
o sea, sin la prefiguración de sociedades imaginarias más justas,
más igualitarias, más libres y más habitables de las que
hemos conocido y conocemos. La imaginación utópica ha sido, es
y será el estímulo positivo de todo pensamiento político-moral,
como la veracidad y la bondad son y serán el aguijón de la lucha
en favor de la emancipación humana por mucho que, como sabemos, el individuo
veraz o bondadoso se haya dado repetidas veces de bruces con la realidad existente.
El utópico, como el veraz y el bondadoso, está indicando siempre
a los otros, con su comportamiento, la direccción en la que convendría
moverse. Puede ocurrir, y de hecho ocurre en ocasiones, que el utópico,
como el veraz y el bondadoso, se equivoque de medio a medio en su estar en el
mundo, en este mundo; pero incluso cuando yerra sobre el presente, el utópico,
como el bondadoso y el veraz, obliga a torcer la mirada de los que le miran,
no sobre su rostro (porque el utópico no suele ser narcisista ni autista)
sino en la dirección más conveniente para la mayoría.
No digo más conveniente para "todos" porque eso, en el mundo
social dividido en clases, tiene que ser considerado como un imposible metafísico.
Si el mundo de las acciones político-morales fuera algo así como
una línea férrea, en la que el tren de la historia se desplazara
linealmente progresando desde la bondad y veracidad de los individuos concretos
hacia mejores formas de sociabilidad colectiva, entonces no habría nada
más que discutir acerca de la palabra utopía. La mayoría
aceptaríamos, por razonamiento, su saludable sentido positivo, como aceptamos,
por lo general, el sentido positivo de la bondad y de la veracidad. Pero el
mundo de las acciones político-morales no es una vía férrea
ni una autopista; es, más bien, una red de senderos de montaña
que se bifurca, se multiplica y se pierde en el bosque de las interrelaciones
de las pasiones individuales y colectivas; una red de caminos de bosque de la
que, para colmo, siempre existen varios planos concordantes pero distintos,
y cuyo sendero principal suele perderse, en la historia de la humanidad, por
falta de tránsito (o mejor: porque ni llevamos inscritos en los genes
el recuerdo de sus recovecos ni somos capaces de transmitir de generación
a generación las principales bifurcaciones y encrucijadas del mismo).
Por eso, porque el mundo de lo político-moral no es una vía férrea
ni una autopista, la utopía, que es una buena y sana palabra, indiscutible,
desde el punto de vista de la moralidad, resulta insuficiente y ambigua cuando
pasamos al plano histórico de las ideas políticas.
La mayoría de las personas veraces y bondadosas que hoy en día
se declaran partidarias de la utopía creen estar defendiendo de hecho
una sociedad más justa, más igualitaria, más habitable
y que, además --y esto es imporrante-- puede ser realmente realizable
algún día y en algún lugar, al menos de forma aproximativa,
como aproximación a un ideal. Si nos atenemos a la etimología
de la palabra utopía, estas personas no son propiamente utopistas, sino
gentes con convicciones morales profundas e ideales morales alternativos que
luchan por una sociedad mejor.
En cambio, la mayoría de las personas que se declaran contrarias a la
utopía suelen defender en nuestros medios de comunicación que
vivimos en el menos malo de los mundos existentes o en el mejor de los mundos
posibles, y que en política no hay que hacerse ilusiones inútiles.
Por supuesto, estas personas no suelen entrar a discutir qué ilusiones
son útiles y cuáles inútiles. Por lo general tienden a
creer que todas las ilusiones colectivas son inútiles.
Una complicación adicional reciente de la controversia histórica
sobre la palabra utopía es ésta, a saber: que la mayoría
de las personas que hoy defienden que vivimos en el menos malo de los mundos
existentes, o en el mejor de los mundos posibles, consideran, además,
que no está mal que haya utopías y hasta fomentan la existencia
de utopistas siempre y cuando éstos, en su decir y, sobre todo, en su
hacer, acepten atenerse al significado etimológico de la palabra utopía
(no-lugar). Desde este punto de vista, que es hoy en día el punto de
vista dominante, ser utópico está relativamente bien visto a condición
de que uno confiese al mismo tiempo que su sociedad alternativa (más
justa, más igualitaria, más habitable) no es de este mundo sino
una sociedad tan imaginaria como, por ejemplo, la ciudad de Babia, el país
de Jauja o la región del Limbo en el Día del San Jamás.
Todo utopista que acepte este significado de la palabra utopía y simultáneamente
dé señales de haberse reconciliado con la realidad existente o
de estar en vías de reconciliarse con ella recibirá, a su vez,
de todos, o casi todos, los poderosos defensores del status quo efusivas, y
hasta cariñosas, palmaditas en el hombro derecho (que es el hombro del
otro preferido por los políticos de profesión para todo ejercicio
de cinismo compasivo).
El hecho de que un utópico, declarado o nombrado tal por otros, reciba
de los políticos "realistas" (y conservadores de la desigualdad
que hay) palmaditas afectivas en el hombro derecho, siempre y cuando dicho utópico
acepte que su ideal, el ideal que propugna, es realmente una utopía (algo
que no tendrá lugar nunca) da qué pensar. Pues prueba indirectamente,
como se puede probar en estas cosas, que el uso literal de la palabra "utopía"
en el lenguaje político se ha hecho problemático o irrelevante.
Con la utopía pasa en nuestras sociedades, en última instancia,
lo mismo que con el ateísmo, a saber: que como el significado de la palabra
lo establecen los que mandan (en el Estado, no necesariamente en la Academia
de la Lengua), uno no puede ser, ni proponiéndoselo, lo que quiere ser.
Efectivamente, de la misma manera que el ateo sólo puede ser agnóstico
(pues, por definición de los que mandan en esto, el sin-dios es un imposible
metafísico dado que el sin-dios es siempre un buscador de dios, etc.
etc.), así también al utópico sólo le dejan ser
una de estas dos cosas: o un realista político a la fuerza, que simultáneamente
cree en las kalendas griegas, o un receptor de palmaditas en el hombro derecho
que afirma que la utopía no es de este mundo.
Muchos filósofos amigos míos han llegado últimamente a
la conclusión de que el tiempo de las utopías pasó. No
estoy de acuerdo. Y en las próximas entregas querría argumentarlo.
De momento puedo adelantar esto: ese tiempo no pasó para los que aún
tienen un mundo que ganar y una esperanza. El relación con esto, y en
polémica con los dadores de palmaditas en el hombro derecho del otro,
sugiero que hay al menos dos cosas que no se pueden dejar en manos de los de
arriba si uno, estando a favor de los pobres, desheredados, oprimidos y excluídos
de la tierra, mujeres y varones, quiere que sus actos concuerden con sus dichos
y pretende hacer, por tanto, algo serio y práctico en favor de un mundo
más justo, más igualitario y más habitable.
La primera de estas cosas que no hay que dejar en manos de los de arriba es
la definición de las palabras. No sólo en el País de las
Maravillas sino también aquí abajo la capacidad de nombrar, de
poner nombre a las cosas, es esencial para conocer y para cambiar el mundo.
La segunda cosa que no se puede dejar en manos de los de arriba es la ciencia.
Renunciar a la ciencia para quedarse con la utopía puede ser moralmente
sanísimo (sobre todo en la época del reconocimiento generalizado
de las peligros de la tecnociencia), pero es contraproducente desde el punto
de vista de la ética colectiva.
II)
El Viejo Topo. España, abril del 2002. Edición
para Internet: La insignia.
El término utopía surge en la época moderna, con Thomas
More, en una acepción que yo llamaría irónico-positiva,
crítica de lo que hay, o sea, de lo que había en los comienzos
de la modernidad, muy característica, por lo demás, del espíritu
y del ambiente erasmista de la Europa culta de las primeras décadas del
siglo XVI (de antes de que se impusiera la barbarie que criticó Luis
Vives a propósito del asesinato legal de More en Inglaterra y de las
persecuciones contra los iluministas en España).
Se puede decir que el moderno concepto de utopía ha nacido de la combinación
de tres factores: 1º/ La crítica moral del capitalismo incipiente
(esto es, la crítica de la mercantilización y privatización,
en las enclosures, de lo que fue común, de las tierras comunales); 2º/
El propósito de dar nueva forma, una forma moderna alternativa, al comunitarismo
municipalista tradicional, a la reivindicación de la propiedad comunal;
3º/ Una vaga atracción por la forma de vida existente en el nuevo
mundo recien descubierto, donde se suponía que se mantiene la propiedad
comunitaria y las buenas costumbres anteriores a la mercantilización
y privatización de las tierras comunales y al que se atribuían
hábitos que el autor de Utopía y, en general, los erasmistas querrían
ver implantados también en las sociedades del viejo mundo (en Inglaterra,
en los Países Bajos, en la Península Ibérica, en las ciudades
de la Península itálica).
Hay, pues, ya en el nacimiento de la utopía moderna algunos rasgos que
se han conservado a lo largo de los siglos y que se encuentran también
en la teorización por Bloch del principio esperanza en los años
sesenta de este siglo: recuerdo (más o menos añorante o melancólico)
de la comunidad que hubo, crítica abierta a la injusticia y la desigualdad
que hay en el presente, atracción por la novedad que apunta en lo recién
descubierto o en lo recien inventado, precisamente en la medida en que este
apuntar de lo nuevo enlaza con el (casi siempre idealizado, todo hay que decirlo)
buen tiempo pasado.
Por grandes que sean las diferencias entre la utopía de More, la propuesta
falansteriana de Fourier, el proyecto socialista de Marx y, por ejemplo, las
"noticias de ninguna parte" de William Morris, para cubrir un arco
de tiempo que nos lleva hasta finales del siglo XIX, en todos estos casos encontramos
una misma idea de la dialéctica histórica según la cual
la crítica de lo existente hace enlazar el recuerdo del buen tiempo pasado
con la armonía, la justicia y la igualdad que se desea para el futuro.
La idea marxiana de la superación (eso sí, con resto) de lo que
hay incluye también la recuperación y elevación del comunitarismo
primitivo que hubo a un plano superior. Muy probablemente esta dialéctica
debe verse como la secularización, a través de Hegel, de una idea
ya popular, generalmente compartida por la cultura greco-romana y la cultura
cristiana.
El carácter irónico-crítico de la primera utopía
moderna quedaba de relieve en la última página de la obra de Thomas
More cuando, al terminar de hablar Rafael Hytlodeo, el narrador, al que le han
parecido absurdas muchas de las costumbres y principios que rigen en Utopía,
se lleva del bracete a cenar al antagonista "elogiando las instituciones
de los utópicos" y dejando para mejor ocasión la reflexión
en profundidad sobre el detalle de aquellos problemas. La distancia irónica
del narrador es también, en parte, la distancia del hombre moderno ante
las propias utopías:
"Mientras tanto, y aunque yo no pueda asentir a todo lo que expuso Rafael
Hytlodeo, aunque él sea hombre de una extraordinaria erudición,
y gran conocedor de la naturaleza humana, confesaré con sinceridad que
en la república de Utopía hay muchas cosas que deseo, más
que confío, ver en nuestras ciudades".
La distancia irónica respecto de la utopía no es sólo conciencia
de la dificultad de su realización en ese topos concreto que es nuestra
sociedad sino también, probablemente, la sospecha racional de que a veces
lo mejor es enemigo de lo bueno. A diferencia de los otros, este rasgo de la
primera utopía renacentista, la ironía distanciada respecto de
sí misma, aquel "vamos a tomar algo mientras tanto que ya seguiremos
discutiendo la cosa en profundidad mañana", se fue perdiendo con
el tiempo para ser sustituido, salvo en casos muy excepcionales, por el espíritu
de la tragedia, por el pesimismo trágico. Conociendo la historia europea
que se extiende desde la muerte de More a través de las guerras de religión,
de las guerras entre clases y de las guerras coloniales, es comprensible que
esto haya sido así.
Tal vez lo más interesante de esta primera utopía moderna es que
habiendo nacido a partir de las vagas noticias que More y Erasmo tenían
de América a través de los relatos de Vespucci sólo tardaría
unas pocas décadas en convertirse, con Vasco de Quiroga, en un proyecto
social realizable precisamente en México.
Creo que ya esto es muy significativo de la naturaleza y del destino de las
utopías modernas: un autor inventa un no-lugar donde se vive como nos
gustaría que se viviese en nuestras sociedades, y lo hace partiendo de
una combinación entre invención y tratamiento ad hoc de vaporosas
noticias sobre un mundo aún casi desconocido; para ello sitúa
la acción en un no-lugar del que sugiere que es en realidad algún
lugar de América y logra calar en la sensibilidad de los contemporáneos
europeos. Tanto que un par de décadas después un partidario español
de la utopía de Moro puede proponerse realizarla tal cual en un lugar
real, Michoacán, que, en cierto modo, podría corresponder al no-lugar
imaginado por More, pero ya con un conocimiento detallado de lo que son los
hábitos y costumbres de aquellas gentes. La paradoja, notable, es que
el cuento moral de More, que había sido escrito para nosotros, los europeos,
imaginando lo bien que podría irnos si viviéramos como los supuestos
amerindios acaba aplicándose a los americanos, no imaginarios sino reales,
en nombre de los ideales de un europeo que quiere ayudar a los indios con la
utopía de More.
El destino de las grandes ideas utópicas (y en general alternativas)
de la humanidad, al menos en el marco de nuestra cultura, parece ser casi siempre
éste: hacerse templo, institución, realidad político-social
en el otro lugar, en un lugar frente al cual, o en relación polémica
con el cual, fueron pensadas. Ya en la antigüedad pasó algo así
con la utopía de Moisés y con la utopía de Jesús
de Nazaret: para cuajar tuvieron que atravesar el desierto o migrar al centro
del Imperio. Esto es lo que la utopía comparte con la profecía.
Y está por estudiar por qué también de las utopías
modernas, como de los profetas, puede decirse con verdad que no triunfan en
su tierra de nacimiento. Seguramente el estudio detallado de la emigración
triunfal de las utopías y de las grandes ideas alternativas en la historia
moderna sería una buena herramienta metodológica para hacernos
ahora una composición de lugar sobre las utopías en este final
de siglo. Pues si la utopía de Moro transmigró a Michoacán
mientras el propio Moro pagaba con su vida la audacia de su espíritu
crítico, la utopía ilustrada, que nació fijándose
en el parlamentarismo inglés, trasmigró a la Francia revolucionaria
y la utopía liberal-cartista, que nació en el hogar clásico
del capitalismo, transmigró a la Alemania prusiana de Bismarck donde
se establece por primera vez algo así como cierta seguridad social, mientras
que la utopía socialista revolucionaria, que nació para Inglaterra,
Alemania y Francia, transmigró a la atrasada Rusia para pasar desde ella
a Asia, a América Latina, a África donde apenas había todavía
obreros industriales
Francisco Fernández Buey
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