Sobre
marxismo y anarquismo
| ...:::
TAL VEZ TE INTERESE ::::... |
| |
Francisco
Fernández Buey
Se nos pregunta si es posible renovar hoy en día lo que fue
el diálogo entre Marx y Bakunin. Voy a contestar brevemente
a esta pregunta para luego argumentar mi punto de vista. La respuesta
es: sí; no sólo es posible sino que además es
necesario. Y sería bueno, y razonable, que este diálogo
enlazara con el momento en que Marx y Bakunin aún colaboraban,
es decir, con aquel momento anterior a la creación de la Primera
Internacional en que Marx defendía el socialismo como "conquista
de la democracia" y Bakunin traducía al ruso al Manifiesto
comunista Dicho eso querría añadir enseguida que los
motivos del desacuerdo que estuvieron en el origen del enfrentamiento
histórico entre marxismo y anarquismo durante la Primera Internacional
han caducado; que los motivos de fondo por los que chocaron Marx y
Bakunin en la década de los setenta del siglo pasado hace mucho
tiempo que quedaron superados; y también los motivos de fondo
que enfrentaron a marxistas y anarquistas durante la guerra civil
española. Quedarse en ellos, quedarse en aquellos motivos,
no tiene sentido. O para decirlo con más precisión:
poner esos motivos en primer plano sólo tiene sentido desde
el punto de vista historiográfico.
Concretaré un poco más está convicción
mía. Tanto si pensamos en el debate histórico sobre
la mejor forma de organización de los de abajo para su liberación
(o sea, sobre si ésta ha de ser predominantemente política
o predominantemente socio-sindical) como si pensamos en la controversia
sobre centralismo democrático o confederación, o en
el debate entre espontaneidad voluntarista y dirección consciente
(que llega desde fuera de las clases trabajadoras), o el debate acerca
de la extinción o abolición del Estado, o en la controversia
entre Marx y Bakunin sobre la forma de entender la historia y la naturaleza
humana (que es lo que está por debajo de la controversia sobre
acracia o dominación de clase), en todos los casos la conclusión
a la que me parece que hay que llegar es la misma: hace mucho tiempo
que las posiciones sobre estos temas se han hecho transversales y
no corresponden ya propiamente a posiciones exclusivas de organizaciones
marxistas y de organizaciones anarquistas.
Allí donde estos debates siguen estando en primer plano no
hay apenas realidad social con la que enlazar. Y allí donde
hay realidad social con una intención transformadora (en algunos
de los movimientos sociales críticos y alternativos del mundo
actual) lo que fue el ideario marxista y lo que fue el ideario anarquista
(o libertario) se han ido fundiendo o casi.
Por eso, en líneas generales, hace ya varias décadas
que ni los medios de comunicación ni lo que se suele llamar
"opinión pública" distinguen con claridad
entre ideas y actuaciones anarquistas e ideas y actuaciones marxistas.
Más bien las confunden, confunden constantemente marxismo y
anarquismo. Esto que digo era ya muy patente en los años setenta,
durante el ciclo en que concluyen las movilizaciones de 1968. Un ejemplo:
la tendencia generalizada de la prensa alemana a considerar "anarquistas"
a los principales componentes de la Fracción del Ejército
Rojo, el grupo Baader-Meinhof, cuando, obviamente, la formación
de los mismos era más bien de orientación marxista en
casi todo lo esencial. Otro ejemplo: la tendencia, existente también
por entonces, y no sólo en la prensa desinformada y manipuladora,
a considerar "anarquista" el bordiguismo, que toma su nombre
de Amadeo Bordiga, uno de los fundadores históricos del Partido
Comunista de Italia, enfrentado luego con Lenin, crítico de
la URSS e inspirador en las décadas siguientes de varios grupos
comunistas minoritarios, sobre todo en Italia y en Francia. Creo que
se puede decir que casi todas las cosas interesantes para un punto
de vista revolucionario que tomaron cuerpo en torno a 1968, tanto
en Europa como en los EE UU de Norteamérica, son el resultado
de la integración de ideas marxistas y anarquistas; esta integración
o complementación se produjo a partir de la reconsideración
crítica entonces en curso de las ortodoxias tradicionales correspondientes.
Esta reconsideración crítica afectó no sólo
a la versión estalinista y postestalinista del comunismo marxista,
sino también a algunas de la ideas-fuerza del propio Marx (por
ejemplo, la noción de "fuerzas productivas") y de
Bakunin (por ejemplo, la idea de "acción directa").
Dos síntomas de lo que estaba cambiando por entonces tanto
en el universo marxista como en el universo anarquista son los siguientes:
1º el choque entre Federica Monseny y Cohn-Bendit, en uno de
los congresos anarquistas más sonados de la época, justo
después de los principales acontecimientos de mayo del 68 en
Francia; y 2º el choque de los principales representantes del
movimiento estudiantil italiano (que se consideraban marxistas en
su mayoría) con el PCUS y con el PCI. Pondré ahora algunos
ejemplos de la fusión, integración o complementación
de ideas marxistas y anarquistas:
1º La obra y la actividad de Guy Debord (el autor de La sociedad
del espectáculo y de las Consideraciones sobre la sociedad
del espectáculo) en los márgenes, por así decirlo,
de la Internacional Situacionista; una obra de la que algunos pensamos
que tuvo un carácter premonitorio de lo que iba a pasar en
el capitalismo tardío o globalizado;
2º La influencia de la obra de Karl Korsch en toda una serie
de grupos y organizaciones antiautoritarias de finales de los años
sesenta y comienzos de la década de los setenta, lo cual es
relevante para la idea que quiero defender si se tiene en cuenta Karl
Korsch había sido un marxista histórico que en algunos
aspectos derivó hacia el anarquismo ya durante los años
de la guerra civil española;
3º La orientación de la obra de Murray Bookchin, tal vez
el anarquista más influyente en el movimiento ecologista social,
sobre todo a partir de los ensayos recogidos con el título
de Por una sociedad ecológica, donde, después de criticar
duramente la idea y la práctica del socialismo, caracteriza
precisamente la sociedad ecológica alternativa como "anarco-comunista",
desarrollando la idea común (formulada por Marx y compartida
por Bakunin) de una sociedad en la que regiría el principio:
"de cada uno según sus posibilidades; a cada uno según
sus necesidades".
4º La evolución del movimiento de los autónomos
en Italia (y luego en otros países europeos), en el que se
integran muy pronto elementos de la tradición marxista y de
la tradición anarquista;
5º Lo que ocurrió aquí mismo, entre nosotros, con
el efímero Movimiento Ibérico de Liberación (MIL),
en el que se funden, también muy pronto, guevarismo marxista
y libertarismo.
Este constante intercambio de ideas marxistas y anarquistas, e incluso
la fusión o integración, más menos conscientemente
buscada entre ambas, se puede rastrear igualmente en algunas de las
revistas alternativas que se publicaron en España entre 1976
y 1981, por ejemplo, en Negaciones (donde el punto de vista "consejista"
hace de puente entre las dos tradiciones), o en El viejo topo (en
cuya primera etapa se especuló varias veces sobre la actualización
dialogada de marxismo y anarquismo), o, con otros matices, en Teoría
y práctica y en la revista vasca Askatasuna (donde la influencia
de las ideas de Debord, de un lado, y de Toni Negri, de otro, es muy
patente, al menos en mi recuerdo). Este proceso interactivo y transversal
ha sido, desde luego, por lo que hace a Cataluña y a España,
no sólo minoritario sino, como era de esperar, excéntrico
respecto de los dos polos tradicionales del marxismo y del anarquismo:
el PCE y la CNT. Por lo que yo sé, en esos ámbitos todos
los intentos de suscitar una reflexión y un diálogo
de estas características sobre anarquismo y marxismo han fracasado
hasta ahora. Hubo, sin embargo, a finales de la década de los
setenta algo así como una iniciativa para repensar en común
la nueva situación, sin ocultar las diferencias existentes
entre las tradiciones; una iniciativa que se puede considerar todavía
ahora como un antecedente interesante de lo que estamos haciendo hoy
aquí. Me refiero al intercambio epistolar entre Joan Martínez
Alier y Manuel Sacristán, hecho público en las páginas
del número 8 de la revista Materiales, y hace poco mencionado
en un libro sobre la tradición libertaria en Cataluña.
Hay que aclarar que Martínez Alier estaba entonces, entre 1977
y 1978, si la memoria no me falla, peleándose con la CNT en
una fase nueva de "Solidaridad obrera"; y Manuel Sacristán,
a su vez, estaba entonces peleándose con la dirección
del PSUC sobre el "eurocomunismo" precisamente desde la
revista en la que se produjo aquel diálogo y que fue el origen
de la actual mientras tanto.
Aunque breve, aquel fue un intento de hacer balance crítico
de lo que habían sido marxismo y anarquismo pensando hacia
el futuro. Había, además, en el caso de este intercambio
(que sería algo más que epistolar, puesto que Martínez
Alier pasó en seguida a colaborar durante algún tiempo
en la revista mientras tanto) un vínculo teórico y práctico
que permitía pensar en una aproximación: la convicción
de la importancia que tenía integrar la problemática
ecológica en la perspectiva tradicional (marxista y/o anarquista)
de transformación social. Pero justamente la confrontación
y el diálogo entre Martínez Alier y Sacristán,
que sin duda fueron productivos para la formación de otras
personas más jóvenes (yo mismo creo haber aprendido
unas cuantas cosas de aquella experiencia) refuerza lo que acabo de
decir sobre el carácter excéntrico de este tipo de circulación
de ideas marxistas y anarquistas: los dos, Martínez Alier y
Sacristán, quedaron fuera de lo que era la línea principal
de preocupaciones de las organizaciones respectivas, la CNT y el PCE-PSUC.
La ilusión "eurocomunista" que, como se sabe, pronto
acabaría en nada, minorizó a Sacristán; y Martínez
Alier, en el otro lado, se vio acusado de "marxista". Esto,
aunque no suele recordarse ya, también es parte de nuestra
particular "transición". Y, sin embargo, sin esas
influencias entrecruzadas apenas podría explicarse el origen
del movimiento antinuclear en Cataluña, que ha sido una de
las bases del posterior ecologismo social. Y no sólo aquí.
Querría añadir, de todas formas, que el fracaso de estos
pocos intentos de reflexionar en común sobre lo que estaba
ocurriendo en el plano ideológico y en las prácticas
sociales desde 1968 no se debió sólo a la fijación
de las direcciones de las dos principales organizaciones marxistas
y anarquistas, sino también a los prejuicios arraigados en
la mayoría de los intelectuales entonces comprometidos con
una y otra opción, es decir, a la tendencia (de la que también
yo tengo que autocriticarme) a mirar mucho más hacia atrás,
hacia el pasado, hacia los grandes debates de otros tiempos, que hacia
adelante, hacia los problemas a los que habría que hacer frente
en el inmediato futuro. Basta con repasar los documentos de las Primeras
Jornadas Libertarias celebradas en Barcelona (parcialmente recogidos
en Ajoblanco) y compararlos con lo que se estaba escribiendo por entonces
en algunas de las revistas teóricas marxistas no particularmente
vinculadas al PCE (como Zona abierta o El cárabo, por ejemplo)
para darse cuenta, de golpe, de hasta qué punto la fijación
respecto de los debates del pasado ha contado entre nosotros al hablar
del presente. Y basta con repasar lo que ha sido la evolución
política de muchos de los intelectuales que entonces llevaban
la voz cantante en esto de la confrontación entre anarquismo
y marxismo (Semprun Maura, Racionero, José Ribas, el Savater
del "Panfleto contra el todo", de un lado; Tamames, Solé
Tura, Claudín, Paramio o Escudero, de otro) para ilustrar a
los más jóvenes sobre la inanidad de aquella superposición
de discursos.
Ahora querría precisar que cuando digo que los motivos de fondo
del enfrentamiento histórico entre marxismo y anarquismo han
caducado no pretendo implicar en esta afirmación que haya que
olvidar o silenciar la historia de los conflictos, controversias,
desavenencias y enfrentamientos físicos. Creo que hay que volver
sobre esta historia porque es lo que ha dado cuerpo a tradiciones
diferenciadas, particularmente en el movimiento obrero. Pero también
me parece que es hora ya de reflexionar sobre esta historia en común,
y tal vez partiendo de aquellos casos más dolorosos que nos
obligan, precisamente por ello, a revisar tópicos y prejuicios.
No para ocultar o justificar nada, sino para explicar y superar situaciones.
Para no demorarme en esto pondré otro ejemplo: Tierra y libertad,
la excelente película de Loach, habría ganado en intensidad
dramática, y nos habría hecho pensar más a todos,
si en las secuencias dedicadas a la Barcelona de 1937 hubiera introducido
una reflexión sobre esta circunstancia: Camillo Berneri, anarquista
italiano, que acababa de criticar muy agudamente la táctica
de Federica Monseny, lee en Radio CNT-Barcelona el elogio fúnebre
de Antonio Gramsci, comunista marxista, también italiano, que
murió víctima del fascismo mussoliniano, y él
mismo muere asesinado unas semanas después suguramente víctima
de otros que luchaban contra el fascismo, admiraban a Gramsci y criticaban
a su vez el punto de vista anarquista sobre guerra y revolución.
Berneri y Gramsci estaban entonces, por así decirlo, en los
márgenes de las dos tradiciones. Pero hoy en día pensar
en sus destinos, comparar sus obras y ponerlos a dialogar idealmente
nos sitúa en el centro de la reflexión que hay que hacer.
Esa es una forma posible de enlazar con el pasado. Pero si lo que
se pretende es reanudar un diálogo que, por lo demás,
está en la calle, en algunos de los movimientos sociales existentes,
hay todavía otra forma, tal vez menos conflictiva, de orientarse:
pensar en una política cultural alternativa para el presente,
que es lo que algunos están haciendo ya al replantearse una
cultura ateneísta a la altura de los tiempos. Esta debería
tener una agenda propia, autónoma, no determinada por la imposición
de las modas culturales ni por el politicismo electoralista de los
partidos políticos.
Importa poco el que, al empezar, unos hablen de conquista de la hegemonía
cultural y otros de aspiración a la cultura libertaria omnicomprensiva.
Lo que de verdad importa es ponerse de acuerdo sobre qué puede
ser ahora una cultura alternativa de los que están socialmente
en peor situación, una cultura autónoma que dé
respuesta al modelo llamado "neoliberal" y a lo que se llama
habitualmente "pensamiento único". Por desgracia,
la tradición politicista de unos y la tradición activista
de otros no deja mucho tiempo todavía ni siquiera para pensar
en lo que debería ser la agenda de una cultura ateneísta
alternativa. Se dedica mucho más tiempo a la crítica,
por lo demás fácil, del consumismo y de los programas
televisivos más vistos. Habría que preguntarse, en cambio,
cómo se sale en nuestras sociedades del "malestar cultural"
y cómo se construye una nueva cultura de la solidaridad internacionalista,
qué redes de comunicación (más o menos subterráneas
o minoritarias) existen ya y qué redes habría que crear
para un uso alternativo de los medios de comunicación existentes.
Para eso seguramente se necesitan "grupos de afinidad" distintos
de los existentes. Éstos, en la mayoría de los casos
han sido inducidos por la cultura dominante: bien por razones técnicas
(cuando la afinidad queda reducida al uso de tales o cuales tecnologías
de la información y de la comunicacion en constante expansión),
bien por motivaciones estrechamente políticas (derivadas, además,
de la agenda electoral de los partidos políticos mayoritarios).
Los "grupos de afinidad" que más falta hacen ahora
tendrían que arrancar justamente de la experiencia libertaria,
la cual pone el acento no en lo político, ni el uso de tal
o cual técnica, ni en la limitación de las actividades
a un solo asunto, sino en lo social y en lo cultural (en un sentido
amplio); y que, de paso, entiende el pluralismo como pluralidad de
ideas, como método para facilitar la inventiva y garantizar
la descentralización desde abajo, no como permanente cristalización
de la superposición de corrientes.
::
PARA CONTINUAR ON-LINE VISITA NUESTROS PATROCINADORES :: |
|
|
texto
de www.laizkierda.tk3.netcapitanfru[email protected]