Arquímedes
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Mark Twain
"Dadme
un punto de apoyo", dijo Arquímedes, "y moveré
el mundo." La fanfarronada era muy segura, porque él sabía
muy bien que no había punto de apoyo, y nunca lo habría.
Pero suponga que él hubiese movido la Tierra; ¿Y qué?
¿En qué hubiese beneficiado eso a nadie? El trabajo
nunca habría cubierto gastos, mucho menos hubiese dejado dividendos,
así que, ¿De qué servía hablar de ello?
Por lo que los astrónomos nos cuentan, debo entender que la
tierra ya se mueve bastante rápidamente, y, si hubiese algunos
chiflados que estuviesen insatisfechos con su marcha, para lo que
a mí me importa, bien pueden empujarla ellos mismos; yo no
movería un dedo ni suscribiría un solo penique para
apoyar nada parecido.
Por qué un compañero como Arquímedes debería
ser considerado un genio, es algo que nunca he podido comprender.
Jamás he sabido que hiciese una fortuna, ni que hiciese algo
de lo que valiese la pena hablar. Respecto a ese último contrato
que emprendió, era la peor chapucería que yo haya conocido;
el asumió la tarea de mantener a los Romanos fuera de Siracusa;
Intentó una treta tras otra, pero ellos entraron de todos modos,
y cuando le tocó enfrentarlos limpiamente, también en
eso se quedó corto; un simple soldado, de una manera muy empresarial,
acabó con todas sus pretensiones.
Es evidente que era un hombre sobrevaluado. Tenía el hábito
de armar un gran escándalo por sus tornillos y palancas, pero
su conocimiento de la mecánica era realmente muy limitado.
Yo mismo no me considero un genio, pero conozco una fuerza mecánica
mas poderosa que cualquier cosa que hubiese soñado el jactancioso
ingeniero de Siracusa. Es la fuerza del monopolio de la tierra; Es
un tornillo y una palanca, todo en uno; desatornillará hasta
el último penique de los bolsillos de un hombre, y torcerá
todo sobre la tierra para servir a su propia voluntad despótica.
Dadme la propiedad privada de toda la tierra, y yo ¿moveré
la tierra? No; pero haré más que eso. Me encargaré
de hacer esclavos a todos los seres humanos sobre su faz. No esclavos
encadenados exactamente, pero esclavos de todos modos. Qué
idiota sería encadenarlos. Tendría que darles sales
y senas cuando se enfermasen, y darles latigazos para que trabajen
cuando haraganean.
No, no es suficiente. Con el sistema que propongo, los muy tontos
se imaginarían que son libres. Yo obtendría resultados
óptimos, y no tendría ninguna responsabilidad. Ellos
cultivarían el suelo; cavarían hacia las entrañas
de la tierra en busca de sus tesoros ocultos; construirían
ciudades, ferrocarriles y telégrafos; sus navíos surcarían
los océanos; trabajarían y trabajarían, inventarían
e idearían; sus almacenes estarían llenos, sus mercados
repletos, y:
Lo hermoso de todo el asunto sería
Que todo cuanto hiciesen me pertenecería.
Funcionaría de la siguiente manera, como verá: Siendo
yo el propietario de toda la tierra, ellos tendrían que pagarme
renta, por supuesto. No sería razonable que esperasen que yo
les permita utilizar la tierra por nada. No soy un hombre insensible,
y al fijar el valor de la renta sería muy liberal con ellos.
De hecho, les permitiría que ellos mismos lo fijasen. ¿Qué
podría ser más justo? He aquí un lote de tierra,
digamos, una granja o una zona residencial, o cualquier otra cosa
- si tan solo hubiese un hombre que la quisiese, pues claro que no
me va a ofrecer mucho, pero si el terreno realmente valiese algo,
no es probable que se produzca tal circunstancia. Por el contrario,
habría un número considerable de individuos que la querrían,
y que empezarían a pujar y pujar, uno contra el otro, con el
fin de obtenerla. Yo aceptaría la oferta más alta -
¿Qué podría ser más justo? Cada aumento
de población, cada extensión del comercio, cada avance
en las artes y las ciencias aumentaría el valor de la tierra,
como todos sabemos, y la competencia que naturalmente surgiría,
continuaría haciendo subir las rentas, tanto así, que
en muchos casos a los inquilinos les quedaría muy poco o nada
para sí mismos.
En este caso, cierto número de los que pasan tiempos difíciles
buscarían un préstamo, y a aquellos que no la pasan
tan mal, por supuesto, se les ocurriría que, si tan solo tuviesen
más capital, podrían extender sus operaciones, y así
hacer sus negocios más provechosos. Aquí entro yo de
nuevo. El hombre que todos necesitan; un benefactor habitual de mi
especie, siempre presto a ayudarles. Con la enorme renta que cobro,
puedo proveerles de fondos, hasta donde pueda yo obtener seguridad;
no podrían esperar que yo hiciese más que eso, y en
cuestión de intereses sería igualmente generoso.
Les permitiría fijar la tasa de interés exactamente
de la misma forma en que fijaron la renta. Los tendría agarrados
por el cuello, y si no llegasen a pagarme, sería la cosa mas
sencilla del mundo vender sus bienes para compensarme. Puede que se
lamenten de su suerte, pero los negocios son los negocios. Debieron
haber trabajado más duro y ser más productivos. Cualquier
inconveniencia que sufriesen, sería su problema, no el mío.
¡Qué gloriosos momentos pasaría! Renta e interés,
interés y renta, y sin ningún límite para ninguno,
excepto la capacidad de los trabajadores para pagar. Las rentas subirían
y subirían, y ellos continuarían empeñando e
hipotecando; y así irían cayendo, uno tras otro; sería
el deporte más entretenido jamás visto. Así,
con la sencilla palanca del monopolio de la tierra, no solo el mismísimo
globo terráqueo, sino todo cuanto hay sobre el mismo, acabaría
por pertenecerme. Sería rey y señor de todo, y el resto
de la humanidad serían mis más fieles esclavos.
No necesita decirse que sería inconsistente con mi dignidad
asociarme con el común denominador de la humanidad; no será
muy político de mi parte decirlo, pero, de hecho, no solo odio
el trabajo, sino que también odio a aquellos que trabajan,
y no desearía tener a sus apestosas humanidades cerca de mí
a ningún precio. Muy por encima de la despreciable horda, me
sentaría en mi trono, rodeado de un círculo de devotos
adoradores. Elegiría solo a quienes mi corazón deseara
para ser mis compañeros. Les condecoraría con medallas
y cachivaches para espolear su vanidad; considerarían un honor
besar mi guante, y le rendirían homenaje a la mismísima
silla en la que me siento. Los valientes morirían por mí,
los piadosos rezarían por mí, y las jóvenes más
hermosas se desvivirían por complacerme. Para la apropiada
administración de los asuntos públicos establecería
un parlamento, y para la preservación de la ley y el orden
tendría soldados y policías, todos los cuales habrán
jurado servirme fielmente; no recibirían mucha paga, pero su
elevado sentido del deber sería garantía suficiente
de que cumplirían los términos de su contrato.
Fuera del encantador círculo de mi sociedad, habría
otros, luchando por ganarse mis favores; y detrás de estos
habría otros distintos que estarían siempre luchando
por ascender a los rangos de aquellos enfrente de éstos;, y
así sucesivamente, cada vez más atrás y más
abajo, hasta llegar a los rangos inferiores de los trabajadores, eternamente
trabajando y eternamente luchando tan solo para vivir, con el infierno
de la pobreza eternamente amenazando con engullirlos. El infierno
de la pobreza, ese ámbito exterior de oscuridad donde solo
hay llanto y lamentos y el rechinar de dientes - la Gehena social,
donde el gusano nunca muere, y el fuego jamás se apaga - he
aquí un látigo mucho más efectivo que el más
certero flagelo del esclavista, acechándoles de día,
causándoles pesadillas de noche, absorbiendo la sangre de sus
venas, y persiguiéndoles con implacable constancia hasta sus
tumbas. Muchos, en la flor de su juventud, empezarían llenos
de esperanza y con altas expectativas; ¡pero, a medida que avanzan,
desilusión tras desilusión, la esperanza cedería
paso gradualmente a la desesperación, la copa prometida de
la alegría se tornaría amarga, y hasta el más
santo de los afectos se volvería una flecha envenenada clavada
en el corazón!
¡Qué hermoso arreglo - la ambición jalonándoles
por delante, la necesidad y el miedo empujándoles por detrás!
En los intereses conflictivos que estarían involucrados, en
la competencia despiadada que prevalecería, en la enemistad
que se engendraría entre los hombres, entre marido y mujer,
padre e hijo, yo, por supuesto, no tomaría partido. Habría
mentiras y trampas, maltratos de los patronos, deshonestidad de los
sirvientes, huelgas y protestas, asaltos e intimidación, riñas
familiares y disputas interminables; pero todo esto no sería
mi problema. En la serena atmósfera de mi paraíso terrenal,
estaría a salvo de todo mal. Me deleitaría con los más
deliciosos manjares, y paladearía vinos de la mejor cosecha;
mis jardines tendrían las terrazas más magníficas
y las más bellas arboledas. Caminaría entre el exhuberante
follaje de los árboles, las fragantes flores, el canto de las
aves, el chorrear de las fuentes, y el chapoteo de aguas tranquilas.
Mi palacio tendría muros de alabastro y cúpulas de cristal,
habría muebles de la más exquisita artesanía,
alfombras y cortinas de los más ricos tejidos y las más
finas texturas, pinturas y esculturas que fuesen milagros del arte,
jarrones de oro y plata, las gemas más puras brillando en sus
montajes, las voluptuosas notas de la música más dulce,
el perfume de las rosas, los sillones más suaves, una horda
de lacayos que vienen y van según mi capricho, y una perfecta
galaxia de belleza para estimular el deseo, y administrar a mi placer.
Así pasaría las horas felices, mientras a lo largo del
mundo se consideraría un signo de respetabilidad el imitar
mis virtudes, y en todas partes se cantarían himnos en mi honor.
Arquímedes nunca soñó nada como eso. Sin embargo,
con la tierra como mi punto de apoyo y su propiedad privada como mi
palanca, todo eso es posible. Si se dijese que la gente acabaría
por detectar el fraude, y que con rápida venganza nos arrojarían
a mí y a mis parásitos adoradores a la perdición,
yo les respondo, "Nada de eso, la gente es más buena que
el pan, y lo soportarían como si fuesen de ladrillo - y apelo
a los hechos de hoy para que sean mis testigos."
Nota para los lectores:
"Arquímedes" fué publicado por primera vez
en el diario Australiano Standard en 1887 bajo el nombre "Mark
Twain." Desde entonces se han suscitado algunas dudas sobre su
autenticidad. Sin embargo, la mayoría de los expertos concuerdan
en que es auténtico, no solo porque tiene todo el estilo de
Twain, sino también porque se anticipa a muchos otros de sus
escritos. Un imitador hubiese tenido que duplicar no solo el estilo
de Twain, sino anticipar sus futuras opiniones.
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