Setentaisiete años

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Osvaldo Bayer
Fue un viaje hacia la reparación. Setentisiete años después. Repito: setentisiete años después, uno por uno. Las balas de los fusiladores se iban entrando cada vez más en los cuerpos anónimos de los peones rurales patagónicos fusilados a medida que iban pasando los años del olvido. Setentisiete años que hablan de cinismo y crueldad. Hace setentisiete años se cometió un crimen de lesa humanidad allá "en el desierto" como calificó Roca a la Patagonia. Se les metió bala porque eran pobres gauchos y "chilotes", gallegos anarquistas, polacos, algún alemán, varios rusos. Total quién se iba a enterar. Por docenas, por centenares se los baleó concienzudamente como sólo sabe hacer nuestro ejército argentino que mostró toda su hombría de bien en fusilar las peonadas de estancias inglesas, en vez de terminar allí con la explotación. Setentisiete años en que todos se mandaron a guardar silencio. Todos los gobiernos: los conservadores, los radicales, los peronistas, las dictaduras ya de por sí, todos se callaron la boca. No valía la pena. Gauchaje, chilotaje, rusos, gallegos anarquistas. Yrigoyen se llamó el presidente; Varela se llamó el teniente coronel verdugo: "Vaya, teniente coronel y cumpla con su deber", fue la orden.
Y ahora, octubre de 1999, este viaje. Inaugurar allá sobre la planicie sureña, con los vientos de siglos y las nubes curiosas que no pueden mirar de tan rápido que pasan, inaugurar el monumento al gaucho José Font, llamado "Facón Grande" que tuvo el tupé de encabezar las columnas huelguistas y cayó en la celada que le tendió el teniente coronel Varela. Lo hizo venir y lo hizo detener y fusilar allí nomás cerca de Jaramillo. "Los soldados le hicieron escarnio", atestiguaron los paisanos del lugar. Murió mirando con desprecio a los máuseres del Ejército Argentino. "Así no se mata a un criollo", dijo al morir.
Y este viaje al Sur fue en busca del tiempo perdido para ser testigo de cómo la Historia reivindica al gaucho entre los gauchos. Fusilado por la gente y la política de Buenos Aires. Y la iniciativa del monumento --de cuatro metros, de cuerpo entero, que interroga a cada viajero que pasa por la ruta tres-- partió de la Unión de Trabajadores Rurales y Estibadores y de la Municipalidad de Jaramillo, el villorrio aferrado a la tierra patagónica, que eligió a Facón Grande como su héroe regional. Y a la fiesta del pueblo llegó ahora el Facón Grande redivivo, Federico Luppi, que le dio la estampa en el perseguido film La Patagonia rebelde. Y la gente fue a mirarlo para saber cómo había sido ese gaucho del cual se han encontrado --hasta ahora-- sólo las dos fotos que lo muestran prisionero de las tropas en Jaramillo, lejano, difícil de adivinarle el rostro.
Y después de descubrir el monumento las palabras y el locro popular trajeron la alegría de la reivindicación. Y la rabia ante tantos años de cobardía civil de los responsables que no dijeron esta boca es mía.
Las reivindicaciones no iban a quedar allí. Nos esperaba Cañadón León, población situada en el centro santacruceño, a quien se le quitó su nombre autóctono y popular y se la rebautizó mal como Gobernador Gregores. Se nos esperaba allí para hacer otro acto de justicia: la demarcación de la tumba masiva de obreros fusilados en la estancia Bella Vista. Fue un emocionante encuentro del pueblo con su historia. El cañadón de los muertos --como se lo llama hoy-- ofrecía un aspecto inusitado. Era una cita de honor. Tardó, pero se cumplió con los héroes del pueblo. El cañadón, sugestivo en su fiera belleza, fue manchado para siempre por los militares: buscaron bien el lugar para esconder el crimen. Llevaron allí a los huelguistas para que sólo el viento y los cerros fueran los testigos del crimen masivo. Los tiros sólo los deben haber oído los asesinos y sus víctimas. Los testimonios del estanciero Hospitaleche --propietario de la estancia Bella Vista-- y de los pobladores Islas y Moreno señalan que en esa estancia fueron "ajusticiados cincuenta peones rurales, en su mayoría, algunos españoles y tres o cuatro gringos, es decir, polacos o rusos". En 1972, el lugar de la tumba masiva me fue señalado por el estanciero Merelles, quien ahora, en las últimas semanas, trabajó en lo mismo con concejales y miembros de las dos bibliotecas públicas del lugar.
La ceremonia de inauguración de la cruz y del señalamiento de la tumba fue plena de emoción y recogimiento. Setentisiete años tardó en llegar por primera vez un sacerdote católico para bendecir la tumba. Luego habló el autor de estas líneas quien destacó que por primera vez miembros del Partido Radical habían sido autores de la iniciativa de levantar un monumento sobre la tumba de las víctimas. Lo califiqué de coraje civil el de ejercer la autocrítica, ya que había sido el gobierno radical de Yrigoyen el responsable de la masacre obrera. Los representantes locales de ese partido pusieron el rostro mientras los grandes dirigentes de Buenos Aires siempre se callaron la boca. Lo mismo que los miembros del Ejército Argentino --entre ellos el general Balza-- que han guardado silencio ante el crimen o aún lo defienden.
Pero lo más admirable --sin ninguna duda-- fue el trabajo de investigación que sobre las huelgas patagónicas hicieron los alumnos secundarios del colegio provincial nº 21 dirigidos por el profesor Daniel Soutullo y que fue premiado en un concurso nacional. Pues bien, ese colegio se llama hoy "José Font", por el voto de profesores y alumnos, que fue aprobado por las autoridades provinciales. (Había tres candidatos: el científico Bernardo Houssay, la artista Laura Vicuña y el gaucho José Font. Estos fueron los resultados finales: José Font, 62 votos; Bernardo Houssay, 20 votos y Laura Vicuña, 19 votos.) No sólo el colegio lleva su nombre sino también entidades gauchas de la región y una organización cultural juvenil de Comodoro Rivadavia.
La reivindicación histórica va llegando a todos los rincones de Santa Cruz donde se usó la bala criminal contra la dignidad de la gente. Basta que ahora San Julián siga el ejemplo y recuerde la figura de Albino Argüelles, hombre de Buenos Aires, que salió desde ese puerto hacia el interior del territorio, levantando las banderas de las reivindicaciones obreras y fue fusilado por orden del capitán Elbio Carlos Anaya. Y un poco más al sur, en Puerto Santa Cruz, hace falta la reivindicación del español Ramón Outerelo, asesinado por el teniente coronel Varela. Antonio Soto y sus compañeros de la zona sur de la provincia ya han sido reivindicados y un monolito recuerda en la estancia La Anita a los obreros caídos en ese lugar.
Toda una provincia va en busca de su historia para hacer justicia. Como vemos fueron los auténticos pobladores y los estudiantes y docentes quienes elaboraron la reivindicación basada en investigaciones irrebatibles, destruyendo uno a uno los mitos de la leyenda negra que se extendió en la Patagonia sobre esa matanza cruel e inicua.
Pero hoy la Patagonia tiene enormes dificultades para llevar adelante una sociedad con dignidad y justicia. En el acto de Jaramillo se hicieron presentes los desocupados de Comodoro Rivadavia. Vinieron a participar del homenaje al gaucho José Font pero también a dejar bien en claro cuál es el desamparo que sufren ellos y sus familias en una región difícil y que merecería la atención y el apoyo del resto del país argentino. Ojalá que la figura de Facón Grande nos sirva para recordar eso: la obligación de luchar contra la injusticia.
Recuerdo cuando en 1975 tuve que abandonar esta tierra por haber escrito La Patagonia rebelde. Al asistir a estos actos, ahora, sentí el regreso definitivo de la mano de esos héroes del pueblo, tan vejados, tan humillados, pero con el rostro limpio, acariciados por el eterno viento patagónico.

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