UTOPISTAS
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No debemos
calificarse de utópico
aquello en que todavía no hemos
puesto a prueba nuestras fuerzas
Martín Buber
Así
como hay palabras que se usan para elogiar, no importa si el calificativo
corresponde, como cuando escuchamos al más furibundo dictador
hablar de libertad o al más autoritario gobernante de democracia,
hay otras que sirven para denostar y descalificar. Utopistas, como
anarquista, son de estas últimas.
El carácter negativo de la palabra utopía proviene de
Marx y Engels en su lucha política por hacerse del control
de la Liga de los Justos, que luego fue La Liga Comunista, que además
de ideológica no dejaba de tener su carácter nacionalista,
pues pretendía desalojar la influencia de los franceses (Saint-Simon,
Proudhon, Fourier) y de los ingleses (Owen) a favor de la alemana
encarnada por ellos. En un primer momento, con el calificativo utopista
se referían a aquellos sistemas que, según Marx, habían
precedido al desarrollo industrial, con la subsiguiente aparición
del proletariado y la lucha de clases, por lo que no tenían
en cuenta estos factores que hacían obsoletas sus propuestas.
El descalificativo tiene, en consecuencia, tanto valor como valor
tienen las categorías de proletariado y lucha de clases para
interpretar los fenómenos sociales. Posteriormente, lo extendieron
para calificar a toda propuesta que no fuera el comunismo estatal
marxista o socialismo científico por el que abogaban, pasó
a ser el arma más fuerte de la diatriba política, adoptada
también por el capitalismo, para descalificar al anarquismo.
Cuando esto sucedió, la argumentación quedó de
lado, la ciencia y la verdad pasaron a estar en un solo bando, sin
discusión, por principio y en exclusiva. Del otro lado quedaban
los utopistas, el engaño, la mentira, no estar a la altura
de la historia. De allí en más, utopista, socialismo
utópico, anarquista fueron términos que, marxistas y
no marxistas, se preocuparon de incorporarlo al insulto y la descalificación
política. Veamos si tienen razón.
La utopía es una fantasía, un cuadro de algo que no
existe. Pero esto no significa que sea una divagación, sino
que es una fantasía que se centra en un punto primordial, es
el deseo de algo que no es, pero que debería ser. Es una imagen
del deseo, pero no es una veleidad que, surgiendo de las profundidades
del inconsciente, busca su autosatisfacción ni tiene que ver
con el instinto. Es otro el afán, es un afán suprapersonal,
es el afán por la justicia, es el afán por el bienestar
colectivo, de realización plena de la vida personal que sólo
se puede alcanzar en el colectivo humano, es un afán que rescata
la religiosidad que anida en nuestras almas para ponerla al servicio
de lo más noble que podemos perseguir. Por eso, la utopía
no puede sino partir de una actitud intelectualmente crítica
del actual estado de cosas, de este orden absurdo, causa de sufrimiento
e insatisfacción, ahondando en la comprensión de lo
equivocado para configurar esa imagen del deseo.
Claro es que esta imagen del deseo no es escatológica, no es
la consumación de la creación, consumación que
proviene de un Hacedor en lo alto que determina el momento del tiempo
perfecto. Esta imagen señala la meta de la Voluntad humana
consciente, del hacer del hombre, de nuestros humanos esfuerzos por
alcanzar un espacio perfecto, (por eso es utopía), el espacio
de nuestra convivencia que, sin duda, se acompaña de la transformación
del espacio interior que cada uno de nosotros portamos, de nuestro
ethos, y por eso es ética. Esa luz, que es la utopía,
ilumina la crítica del presente y alumbra el camino a recorrer
para alcanzarla. En otras palabras, determina el propósito
y también el plan y por eso, la utopía filosóficamente
fundada, es realista.
Pero no es realista en el sentido que pretende el marxismo o el capitalismo,
que han caído bajo el influjo de la orientación pan-técnica
del espíritu y se han doblegado a sus categorías de
eficiencia, función, totalidad, dominio. Es realista en el
sentido, si lo quieren, mesiánico, de anunciar y proclamar,
de señalar cómo fundar una realidad conforme a la idea
de felicidad compartida. Por eso utópico se refiere a la Razón,
la Voluntad, la Justicia humanas que pretenden armonizar lo discorde,
poner en buen lugar a una sociedad desquiciada, sin limitarse a mostrar
lo que dialécticamente han desarrollado las condiciones de
producción, o las fuerzas del mercado, a las que inexorablemente
pareciera que deberíamos someternos.
Esta visión escatológica, marxista o de los abogados
del fin de la historia, limita la actividad humana a descubrir lo
inevitable, y ser un mero instrumento de lo que está fijado
desde toda la eternidad, el triunfo del proletariado, o del mercado.
En este sentido, si cabría calificar al utopismo como una escatología,
sería una voluntarista y consciente, mientras que los no utópicos
estarían enrolados en una escatología necesarista. Bien
podríamos decirse que nadie vio como Marx en qué forma
tendría lugar el fin de la historia, más claro aún
que el Apocalipsis cristiano, ni nadie ha intentado concretarlo de
mejor manera que el nuevo orden del capitalismo triunfante. Salvo
que, tanto el marxismo como los neoliberales se olvidaron que, como
diría Paul Tillich, entre la realidad y la esperanza, está
el abismo y sólo los hombres en pos de una utopía puede
construir el puente. La extinción del Estado y el salto de
la sociedad del reino de la necesidad al de la libertad, como proclamaba
Marx, no se puede hacer apoyados solamente en la realidad científica
sino fundamentalmente en pos de una utopía, apoyados en la
Razón, la Voluntad y la Solidaridad de todos y cada uno.
Este convicción es lo que ha permitido que los socialistas
utópicos lleguen a la convicción de que los problemas
y sus soluciones no pueden reducirse a un denominador común
y que todo intento de simplificación, por inteligente y talentosa
que sea, es negativa tanto para el conocimiento como para la acción,
como bien lo decía Proudhon cuando fue invitado por Marx a
establecer una correspondencia de ideas. El gran francés respondió
que estaba de acuerdo, pero que de ninguna manera se prestaría
a ese ánimo tan alemán, que mostró Lutero, de
criticar y desplazar una teología para inmediatamente después
reemplazarla por otra, con tantos anatemas, dogmatismos y excomuniones
como la anterior. Para Proudhon, como para luego a Kropotkin, la persecución
de la utopía necesariamente encierra libertad y diversidad,
asociación libre y voluntaria en todos los aspectos, en todos
los grados posibles y para los fines más variados. Siempre
ha sido un misterio, imposible para mi entender, cómo el camino
de la uniformidad pude conducirnos a la diversidad y el de la coacción
a la libertad. Engels criticó una vez una fábrica capitalista
en la que había un cartel que decía Lasciati ogni autonomia
voi ch’entrate, pero luego el marxismo lo adoptó como
lema.
Si, por otro lado, atendemos a la sociedad capitalista, lo que observamos
es la pobreza de su estructura. Con esto quiero decir que no hay ninguna
riqueza en sus agrupaciones colectivas, comunales, sociales. La sociedad
capitalista carece de agrupaciones genuinas de habitación,
de tareas, de intereses culturales, o espirituales, que a su vez se
relacionen e interactúen con otras del mismo tipo en órdenes
cada vez de mayor envergadura, que se formen y reformen en su interior,
dinámicas, autónomas. La sociedad capitalista salta
del individuo a la masa, esa entidad tan amorfa e invertebrada como
la sociedad misma que la promueve como agrupamiento. Pero sucede que,
a pesar del acentuado hincapié en el individualismo, hay que
reconocer que el individuo no vive aislado y es menester que una sociedad
rica brinde a esos individuos múltiples y diversas maneras
de encontrarse y construir su vida colectiva.
Precisamente el socialismo utópico aspira a una reestructuración
de la sociedad, no en forma romántica, intentando revivir la
polis griega o los gremios medievales, sino estimulando procesos descentralizadores
que den cabida a la enorme riqueza de expresiones que surgen de la
vida social, para que las fuerzas del hombre se encaucen por canales
creadores y no se agoten en rebeliones y frustraciones generadoras
de dispersión y violencia. Contra lo que se piensa, el utopismo
no está divorciado de su época ni de su circunstancia,
sino que discute, prepara, propone, la futura estructura de la sociedad
a partir de lo que tenemos. Es la verdad de mañana, que se
dice hoy. Esa verdad es la de la convivencia, donde los seres humanos
experimenten, discutan y administren en común las cosas reales
de su vida, donde existan verdaderos núcleos de afinidades
y verdaderas asociaciones de intereses comunes. Eso no se logra retornando
al comunismo agrario primitivo, ni a las agrupaciones de los primeros
cristianos, sino con lo que tenemos aquí y ahora a la mano,
que nosotros mismos, a veces con enorme miseria y sacrificio, hemos
logrado construir.
La utopía piensa el mañana, para materializarlo hoy
y por eso es utopía, no anacronismo. Es utopía porque,
con palabras de Giordano Bruno, su imagen es la de una esfera sin
centro cuya circunferencia, no está en ninguna parte.
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