Anarquismo
y Poesía
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Herbert Read (1893-1968),
poeta,
ensayista y critico de arte ingles.
Texto tomado de la recopilación de ensayos: AL DIABLO CON LA
CULTURA
Aunque
ello pueda parecer fuera de razón a quienes estén ajenos
al quehacer poético, el poeta exige un tipo de sociedad en
el que el recogimiento, el retiro, sea un derecho natural. Exige la
posibilidad de meterse entre la muchedumbre y salir de ella con la
misma facilidad con que entra y sale de su casa. Acusa al mundo moderno
de haber invadido su rincón de soledad, de haberlo llenado
de preocupaciones y de rumores, de haber introducido en él
la política y las guerras totalitarias. En consecuencia, el
poeta se ve obligado a exigir, -por razones poéticas-, que
se transforme el mundo. Y no cabe afirmar que tal exigencia sea desmedida:
constituye la condición primera de su existencia en cuanto
poeta.
Los cambios prometidos por los partidos políticos existentes
no ejercen atracción alguna sobre él, pues no le garantizan
la ansiada y necesaria soledad. Tales cambios suponen la aplicación
de un contrato social mas exigente y la entrega de la libertad individual:
capitulación ante las opiniones y las normas de la masa. Para
que la poesía vuelva a ser algo mas que "expresión
del yo", la vida social deberá encauzarse por rumbo contrario;
es decir, que el poder político deberá distribuirse
y fraccionarse en unidades tangibles, en escala humana. La responsabilidad
concerniente a la dirección de la economía abr de recaer
en los trabajadores; el poder financiero divorciado de la producción
deberá ser excluido de la sociedad; se reconocerá en
el trabajo productivo la realidad fundamental y como tal se le ha
de honrar.
Shelley decía de ellos - eligiendo con mucho acierto el calificativo
- que son los legisladores _ignorados_ del mundo. El elemento catalizador
permanece incambiado, no se deja absorber; por lo tanto, no se reconoce
su actividad. Resulta muy difícil para el artista aceptar en
el seno de la sociedad esta tarea, que no le comporta agradecimiento
alguno: mantenerse aparte y, sin embargo, actuar como intermediario;
comunicar a la sociedad algo que le es tan esencial como el pan y
el agua y, sin embargo, poder hacerlo solo desde una posición
de aislamiento y desapego. La sociedad nunca llegara a comprender
y amar al artista, porque nunca llegara a estimar su indiferencia,
su así llamada objetividad. Mas el artista debe aprender a
amar y comprender a la sociedad que lo rechaza. Debe aceptar tan dura
experiencia y apurar, como Sócrates, la copa mortal.
Por todas estas razones, el poeta debe ser anarquista: no le queda
otro recurso. Podrá contemporizar con el liberalismo, con la
socialdemocracia, con el socialismo estatal; en las épocas
de paz es posible persuadir a estos sistemas políticos de que
patrocinen la cultura, e incluso la poesía. Pero no son capaces
de garantizar la actividad creadora del poeta. No pueden admitir que
sus ciudadanos se den al retiro, a la sociedad, pues ello equivale
a apartarse del contrato social, a negar el principio del colectivismo.
Es la dura lección que han debido aprender los poetas que pusieron
su fe en profetas no poéticos, como Marx, Lenin, Stalin. Los
poetas no deben abandonar sus filas en pos de una línea de
acción partidaria, pues en la poesía tienen la política
que les es propia.
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