¿Dónde están los manifestantes?
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Mike
Bygrave
Hace alrededor de un año, durante el Sitio de Génova, 250.000
manifestantes rodearon la reunión anual de los líderes políticos
del G8 y muchos se enfrentaron sin cesar con la policía italiana. Fue
la cima del movimiento antiglobalización. Parecía imparable, como
la agenda definidora del nuevo siglo y "la más amplia rebelión
desde los 60" ¿Dónde está ahora?¿Qué cambió
desde el 11 de septiembre? Hoy el movimiento casi ha desaparecido de las crónicas
y de los titulares ¿Ha
sido arrojado al basurero de la historia? La globalización todavía
está entre nosotros después de todo. Desde la situación
de África al abastecimiento de alimentos en el mundo, de los conflictos
comerciales a los refugiados, de la privatización al medio ambiente,
la globalización avanza imparable. Pero ¿qué ha ocurrido
con los antiglobalizadores?
El escritor y activista George Monbiot se muestra sorprendentemente encantado
con el estado del movimiento: "En la misma medida que teníamos una dinámica
efectiva antes del 11 de septiembre, la hemos seguido teniendo. Esto no ha cambiado.
Lo que ha cambiado es que somos menos visibles en los medios y ello nos ha llevado
a que reflexionemos sobre nuestras tácticas y nuestra estrategia. La
escenificación de grandes protestas fue muy eficaz para atraer la atención
sobre las
cuestiones pero no es una buena forma de precipitar el cambio" Hubo un momento
en nuestra conversación en que titubeamos sobre las palabras y caímos
en un embarazoso silencio. El mismo momento se reproducía con cada entrevistado
y se refería al nombre que se debía utilizar al hablar de los
antiglobalizadores. "Movimiento antigloba-lización" resultaba ser un
nombre inventado por los periodistas que ha calado. Todos los activistas lo
rechazan, como mínimo porque da argumentos a los oponentes. Pero nadie
se pone de acuerdo en un sustituto.
Reflejo de la confusión sobre el nombre es la que muchos sienten sobre
la misma protesta. ¿Cuál es el núcleo que vincula al surtido
de causas de moda? La activista radicada en Ámsterdam, Susan George le
llama el Movimiento por una Justicia Global (decido mojarme y adoptar un nombre
mejor que el de antiglobalización) "un movimiento de educación
popular
dirigido hacia la acción" ¿Educación sobre qué?.
Bueno, pues sobre la globalización para empezar. En su sentido clásico
significa el proceso histórico mediante el cual el mundo se hace cada
vez más próximo.
Comenzó en el siglo XVI con los viajes de descubrimiento y se ha ido
acelerando desde entonces. Algunos estudiosos entienden que en su fase más
reciente, digamos desde principios de los años 70, la globalización
ha avanzado a tal velocidad y a tal escala que semejante salto cuantitativo
ha producido un mundo cualitativamente diferente, bien sea una aldea global
o un imperio global. No tiene sentido oponerse a la globalización en
este sentido como no lo tenía oponerse
a grandes tendencias históricas como el desarrollo del estado nación
o el crecimiento de la ciencia.
Los activistas no rechazan el proceso subyacente: atacan la forma actual que
tal proceso adopta. Como manifiesta el American Center for Economic and Policy
Research, esta forma "no es un resultado inevitable del cambio tecnológico
en las comunicaciones, el transporte y otras industrias" sino que se debe a
"decisiones deliberadas de los actores políticos" que "han conformado
el proceso de globalización de un determinado modo".
Este modo es la globalización económica dirigida por las empresas
multinacionales, coreando su mantra de libre comercio, libertad de inversión
y libre movimiento de capital. Todas estas "libertades" deberían hacernos
sospechar, dicen los anifestantes. Alguien tendrá que pagar. Mientras
las empresas se presentan como heraldos de un futuro resplandeciente para todos,
con una camiseta Nike en cada cuerpo, un capuchino Starbucks en cada mano y
un Nissan Sentra en cada garaje, para el movimiento son una moderna horda mongola.
Gengis Khans en trajes Armani asolando el mundo en general y el tercer mundo
en
particular en búsqueda de poder y beneficios. "Creo que la gran mayoría
de la gente que se ha unido a este movimiento comenzó con una vaga sensación
de que algo iba mal, sin ser necesariamente capaces de señalar con el
dedo qué" dice Monbiot. "Teniendo la sensación de que el poder
se les quitaba de las manos, gradualmente se volvieron mejor informados, a menudo
en áreas muy especializadas porque lo que encuentra en nuestra comunidad
de activismo es alguna gente muy preocupada por la agricultura, los que están
muy interesados en el medio ambiente o las regulaciones
laborales, o la privatización de los servicios públicos o la deuda
del tercer mundo. Estos intereses convergen y el punto en que todos se encuentran
es la cuestión del poder empresarial"
Para Susan George, el objetivo del capitalismo contemporáneo es "todo
el poder a los grandes negocios", una "agenda típicamente decimonónica,
un intento de atrasar el reloj cien años"·. "Cuando me preguntan
porque la gente se une a nuestro grupo" dijo en un reciente foro en la London
School of Economics "digo que es por el sentimiento de que los hijos de perra
han ido demasiado lejos".
Las estadísticas sobre la globalización son increíbles.
El comercio mundial creció el 50 % durante los últimos seis años
y ahora supone más de 17.000 millones de dólares diarios. De las
100 entidades económicas más grandes del mundo, 51 son empresas.
Mientras tanto, el precio de productos primarios distintos del petróleo
(alimentos básicos y materias primas producidos por el tercer mundo)
cayó en más del 50 % en términos reales durante los últimos
20 años. La deuda externa total de los países en desarrollo creció
de 90.000 millones de dólares en 1970 hasta casi dos billones de dólares
en 1998, de los 6.000 millones de habitantes del mundo, 2.800 millones viven
con menos de dos dólares al día y 1.200 millones con menos de
un dólar. Hasta
35.000 niños de menos de cinco años mueren cada día por
enfermedades evitables. La distancia del 20 % más rico del mundo respecto
al 20 % más pobre se ha duplicado en los últimos cuarenta años,
mientras que el patrimonio de las tres personas más ricas del mundo excede
al PIB de los 48 países más pobres (que suman una población
de 600 millones).
La interacción entre la globalización empresarial y la mayoría
de la población del mundo (la del tercer mundo) esta mediatizada por
tres instituciones internaciones: el Fondo Monetario Internacional (FMI),
el Banco Mundial y la Organización Mundial de Comercio (OMC). El FMI
y el Banco Mundial están dominados por los Estados Unidos, la OMC por
los Estados Unidos y el resto de los países del G8, principalmente
europeos más Japón
En los 80 estas organizaciones comenzaron a perseguir las tres "libertades"
(de comercio, de inversión y de movimiento de capitales) aunque no la
cuarta, libre circulación de trabajadores o de migración. Este
programa se conoce como el "consenso de Washington" o neoliberalismo en su forma
internacional. Como consecuencia de ello, dicen los críticos, cuando
las desventajas de la globalización comenzaron a hacerse visibles en
los 90, el primer lugar en que aparecieron fue en los países pobres del
tercer mundo, obligados a seguir las políticas del FM, el Banco Mundial
y la OMC.
En 1994, la OMC amplió enormemente su influencia a través de la
Ronda Uruguay de negociaciones comerciales, transformando la organización,
en palabras de Naomi Klein, "de una cámara de comercio internacional
en un gobierno cuasimundial". En 1999, los ministros de comercio se re unieron
en Seattle para intentar lanzar una nueva ronda negociadora. En su lugar, se
encontraron con las masivas protestas que lanzaron el Movimiento por la Justicia
Global a la escena mundial. La coalición incluye un importante componente
del tercer mundo o del "Sur" El drama del Sur es el corazón moral del
movimiento y el centro de mucha de su energía en las campañas.
Tony Juniper es el director de la rama británica de Amigos de la Tierra.
Antes de la aparición del Movimiento por la Justicia Global, los ecologistas
eran el mejor conocido y más ampliamente popular de sus componentes.
Juniper explica la evolución de sus planteamientos: "durante los últimos
diez años nos hemos colocado más en el gran debate económico
y menos en el del tipo "salvad las ballenas". Hablar de la selva tropical nos
llevó a hablar de la deuda del tercer mundo. Hablar del cambio climático
nos llevo a hablar de las empresas multinacionales.
Cuanto más hablas sobre estas cuestiones, más te das cuenta que
la cuestión ya no es el medio ambiente sino la economía y las
presiones sobre lospaíses para que hagan cosas que socavan cualquier
esfuerzo para afrontar las cuestiones medioambientales. En la época en
que llegamos a Seattle, estábamos todos en una campaña sobre la
misma tendencia básica que estaba minando los esfuerzos de todos para
alcanzar cualquier objetivo progresista. Esta tendencia es el libre mercado
y los privilegios de los ricos y las grandes empresas a expensas de todo lo
demás".
La presencia de los grandes grupos ecologistas y otras reputadas ONGs, como
Oxfam o Christian Aid, en las filas de los activistas hace imposible a los gobiernos
occidentales y a los líderes de negocios despreciar el movimiento como
un puñado de jóvenes desafectos y anarquistas rompedores de cristales.
Para la élite occidental, la globalización es buena para usted.
Para los antiglobalizadores es el malo de la película. ¿Hay alguna
posibilidad de juzgar entre estas dos posiciones? Una vía es fijarse
en una cuestión ligeramente diferente: ¿crece la desigualdad global?
o ¿el avance de la globalización ha reducido la desigualdad global
en los últimos veinte años, tal y como propugnan sus defensores?
Pequeños ejércitos de economistas estudian estas cuestiones. En
búsqueda de respuestas, acudí a una conferencia del profesor Robert
Wade en la London School of Economics. Comenzó con las habituales cifras
deprimentes: el 80 % de los ingresos mundiales va al 20% de los más ricos
mientras el 60 % de la población mundial tiene que arreglárselas
con el 6 % de los ingresos. Entonces se centro en "el meollo de la cuestión":
si la situación ha mejorado o empeorado en los últimos veinte
años. Su respuesta fue doble: no lo sabemos con seguridad pero
un análisis equilibrado de las pruebas indica que se
va a peor y que la desigualdad está creciendo. Resulta que las estadísticas
en que confían los proglobalización, encabezados por el Banco
Mundial son sospechosas. Hay diferentes métodos para determinar la pobreza
y la desigualdad globales y las
respuestas que se obtienen dependen de las técnicas que se usen. El Banco
Mundial, sugirió Wade, puede haber elegido las que apoyan su propia agenda
neoliberal. "El Banco es una institución muy política" declaró.
Wade trató de un modo igualmente enérgico con la otra parte del
problema, yendo de la pobreza y la desigualdad a si la globalización
económica es la mejor vía para afrontarlas. La cuestión,
aquí es cuándo y en qué términos, los países
pobres deberían abrir sus mercados. Las actuales estrellas del Banco
Mundial son India y China, lo que supone que los países globalizantes,
es decir, con regímenes liberalizados de comercio, se ha hecho más
ricos mientras que los no
globalizantes han quedado atrás. Pero "la secuencia causal en India y
China ha sido la contraria"dice Wade "estos países comenzaron su fuerte
crecimiento antes de liberalizarse. Y todavía tiene regímenes
comerciales muy proteccionistas igual que Taiwan y Corea del Sur hicieron antes
que ellos. La liberalización comercial no es el motor del crecimiento".
La mayoría de los activistas irían más allá que
Wade. Aducen que el "libre comercio" y la deuda del tercer mundo son una estafa.
Presentada como el producto de benignas leyes económicas naturales que
finalmente sacaran a todos de la pobreza, en realidad son herramientas de un
sistema diseñado por el Norte para mantener a los países del Sur
en su lugar, como fuentes en las que adquirir materias primas y mano de obra
poco cualificada y barata y a las que pueden vender bienes manufacturados, productos
agrícolas subsidiados, créditos a alto interés y muy rentables
paquetes privatizadores. Los acuerdos comerciales obligan al Sur a abrir sus
mercados, eliminar sus aranceles y suprimir los subsidios internos. Pero los
países ricos
subsidian a gran escala su propia agricultura y mantienen barreras arancelarias
contra productos como los textiles. Cualquier país que amenace con resistirse
recibe un tirón en la correa. La correa es la deuda del tercer mundo
y el rechazo del Norte a "perdonarla". La deuda es el mecanismo para mantener
a los pobres en vereda. Un país en desarrollo tras otro se ha desplomado
bajo el impacto de la especulación creciente y/o las "políticas
de ajuste estructural" del FMI (acabar con el gasto público, recortar
y privatizar servicios públicos, atender el servicio de la deuda): México
en 1994-1995, el sudeste asiático en 1997-1998, Rusia en 1998-1999. Argentina,
receptora de no menos de nueve "estabilizaciones" del FMI, es la última.
Mientras el abismo entre pobres y ricos se ensancha, el espacio entre las crisis
se acorta. Lejos de ser un modelo permanente
de eficiencia económica, el orden económico mundial se ve por
los activistas como una forma de chantaje político.
Oyendo a Wade escuchaba a un moderado, una voz aceptada, lejos de las más
salvajes fronteras de la antiglobalización. El mismo FMI ha confesado
que "en décadas recientes casi un quinto de la población mundial
ha retrocedido, sin duda uno de los más grandes fracasos económicos
del siglo XX". Un economista del Banco Mundial, Branco Milanovic, recientemente
reflexionó sobre "durante cuánto tiempo tales desigualdades (de
ingresos) pueden persistir ane contactos cada vez más próximos...
finalmente puede que los ricos tengan que vivir en enclaves cerrados mientras
los pobres merodean en el mundo exterior".
Este tema fue parte de la respuesta liberal al 11 de septiembre, la conexión
entre pobreza y terrorismo y la necesidad de afrontarlos juntos. Pero había
también una respuesta conservadora, encabezada por los Estados Unidos,
cuyo representante de comercio Robert Zoellick habló de "arrancar la
mancha de Seattle" y del libre comercio como "promotor de los valores que son
el corazón de esta inesperadamente larga lucha", refiriéndose
a la guerra contra el terror. La agenda conservadora era: más neoliberalismo,
más globalización empresarial, más "ajuste estructural".
El Movimiento por la Justicia Global sufrió ataques de los dos lados.De
hecho, el Movimiento tiene demasiadas políticas, a menudo desarrolladas
por los diversos grupos de presión y ONGs. En lo que estaban de acuerdo
todos con los que hablé era que la época de las grandes protestas
en la calle se había terminada. Hasta unos 250.000 manifestantes se congregaron
en marzo en Barcelona para la cumbre de la Unión Europea. Tantos como
se habían concentrado en Génova el año anterior sólo
que esta vez la protesta (pacífica) fue casi totalmente
ignorada por los medios. El debate dentro del movimiento sobre las manis del
año pasado (¿qué debería hacerse con la violencia
asociada con ellas?) se ha convertido en un debate sobre qué "alternativas
positivas" al statu quo deberían plantearse. Muchos se dan cuenta que
un montón de políticas individualizadas no compensan la falta
de una
idea dominante.
Naomi Klein, autora del best-seller "No Logo" es una estrella del movimiento.
En un reciente artículo en su página web escribe: "nuestra tarea,
nunca tan acuciante, es resaltar que hay mas de dos mundos disponibles, exponer
todos los mundos invisibles entre el fundamentalismo económico del McMundo
y el fundamentalismo religioso de la yihad".
Si la cara oscura de la globalización se mostró por primera vez
en la situación del Sur, a finales de los 90 había destellos de
descontento en el Norte rico. Cultivos genéticamente modificados, cárceles
privadas, favores políticos para pagar contribuciones de campaña,
leyes urbanísticas destripadas por grandes promotores, privatización
de servicios públicos, inmigrantes económicos o refugiados, empresas
multinacionales abriendo y cerrando fábricas, creando y destruyendo
miles de empleos. Los manifestantes globales habían coreado: "el mundo
no está en venta". Ahora era el turno de que la gente en Europa y los
Estados Unidos sintiera que las ciudades en que vivían y todo lo que
había en ellas estaba en venta.
Mientras que nadie discute que la globalización económica es la
causa directa de todos estos fenómenos, también proporciona un
modo de entenderlos, una estructura que los vincula unos a otros y al drama
del tercer mundo y encuentra sus raíces en el arrogante poder de las
empresas.
Hasta este momento he descrito el Movimiento por la Justicia Global desde su
lado más moderado, pero también hay un lado radical, como cualquiera
que haya seguido Seattle y Génova sabe bien. La tensión central
en el movimiento reproduce la tensión tradicional en la política
de izquierdas entre reformistas y revolucionarios: ¿buscamos reformar
y regular el capitalismo o abolirlo y reemplazarlo? No obstante, sus seguidores
tienen razón en sostener que el movimiento es algo nuevo. La ausencia
de líderes u organización jerárquica, el énfasis
en las redes inspiradas en Internet, el interés en la democracia participativa
más que en el socialismo de Estado; incluso la voluntad de experimentar
puede que no sean ideas nuevas per se, pero en conjunto suponen una oferta genuinamente
nueva.
Al otro lado, entre los globalistas, los capitalistas o más simplemente
los americanos, siguiendo la fórmula Clinton de "comercio
y no ayuda" en el exterior y el programa republicano de recortes fiscales y
reducción del estado de bienestar en casa, los Estados Unidos parecen
haber desarrollado un sistema en el que parece que los gobiernos existen principalmente
para promover y recompensar los negocios. La gente demuestra su estatura moral
trabajando duro y haciéndose rica y los países la demuestran por
medio del crecimiento económico. Los que fracasan lo hacen porque son
perezosos o inmorales.
Este Nuevo Orden Americano erige al neoliberalismo económico como una
filosofía moral y política a modo de darwinismo social redivivo.
Aquí subyacen dos visiones del futuro radicalmente opuestas. Algunos
activistas dicen que el capitalismo necesita reformarse. Otros en el movimiento
sostienen que el capitalismo está más allá de cualquier
reforma. Los radicales tienen una voz fuerte y un buen argumento: históricamente,
los cambios siempre se han producido después de una gran crisis. ¿Está
destinada la globalización a terminar en una crisis global? Argentina
se ha ido. Japón parece tambalearse al igual que Brasil y el resto de
Latinoamérica. El África subsahariana ha sido descartada como
un todo. Las bolsas se hunden. El fundamentalismo islámico no desaparecerá
de un día para otro. Hay miedo a una guerra mayor. Agárrense fuerte,
el viaje va a ser accidentado.
GuardianWeekly del 1 al 7 de agosto de 2002. Tradujo y envió Angel Díaz
Méndez desde Oviedo (España)