EL CULTO POR LOS ASESINOS
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(Por Osvaldo Bayer) El culto de la Argentina oficial por los asesinos de rango es una constante. Al general Lavalle asesino de Dorrego -un m�rtir de la incipiente democracia- se lo premi� d�ndole su nombre a una de las principales calles c�ntricas y un monumento justo frente al Palacio de la Justicia (un s�mbolo de esta Argentina m�gico-realista) mientras que a la v�ctima se la mand� a los extramuros de Palermo de aquellos tiempos d�ndole su nombre a un callej�n de tierra. El general fusilador pas� a ser un personaje rom�ntico para la literatura, habl�ndose de su tristeza y la mala suerte de su destino. Sospechosamente muy poco tiempo despu�s de los fusilamientos de junio de 1956 bajo Aramburu recomenz� el culto por el fusilador de Dorrego. Hasta se hizo una balada con acompa�amiento de guitarra que cantaba al "rom�ntico" y triste fusilador.

Al general Aramburu, por ejemplo, se le ha erigido un monumento y todos los aniversarios de su asesinato concurren representantes oficiales del gobierno de turno a hacer el consabido minuto de silencio (en vez de gritar la verdad de los asesinos de junio) y calles importantes llevan su nombre en varias ciudades. En vez del nombre de las v�ctimas, para que nos sirva de advertencia en el futuro, premiamos a los victimarios.

Pero, tal vez, la actitud m�s perversa de ponerse de rodillas ante los tiranos fue la decisi�n de bautizar con el nombre del militar Jos� F�lix Uriburu al puente que cruza el Riachuelo. El fascista uniformado que aprovech� las armas para derrocar al presidente constitucional Hip�lito Yrigoyen, quebrando as� el orden constitucional nacido en 1916 tiene ah� su monumento. El d�spota barato y brutal orden� fusilamientos, c�rcel y fue el que oficializ� la tortura con la picana el�ctrica de Lugones hijo, padre leg�timo de los Patti y Bussi actuales.

Para verg�enza de todos nosotros, los miles que atraviesan d�a tras d�a el Riachuelo tienen que sufrir la ignominia de leer el nombre de quien ejerci� la fuerza bruta contra la dignidad y la libertad. En mis manos tengo un folleto, amarillento ya, desde cuya tapa me mira un muchacho sonriente, con cara de campesino espa�ol, Joaqu�n Penina, el primer fusilado "por la barbarie uriburista", como est� en la tapa de este cuadernillo editado por el Comit� Pro Presos y Deportados de Rosario, en julio de 1932.

�Qui�n era Joaqu�n Penina? Un alba�il de 26 a�os, que vend�a libros despu�s del trabajo. Libros libertarios. Pero dejemos hablar al folleto: "Penina ten�a alma de ap�stol. Fue un profundo rebelde. Vivi� de cerca la injusticia social, am� el alma proletaria m�s que la suya propia. Como quien se libra de un pesado lastre, desposey� su esp�ritu de todo ego�smo. La solidaridad fue en �l un hecho profundo y vivido. En cada violencia ajena templaba su car�cter. As� se hizo rebelde. Su rebeld�a sin ruidos, sin gestos vac�os, pero de gran firmeza, se asent� en el dolor de muchos a�os tristes y dentro de su cerebro inquieto s�lo vivi� un deseo continuo: sembrar ideas. La dictadura lo sorprendi� sembrando, para abrirle surcos de fuego en su carne y en su alma. Frente a la boca de sus pistolas, su rostro, sonriente siempre, enamorado de la vida a pesar de todas las injusticias, no pudo traducir rencor sino l�stima hacia los criminales de la patria".

Joaqu�n Penina fue acusado de imprimir volantes contra Uriburu y de repartirlo. Lo que no hicieron los radicales que dejaron caer su gobierno ante un general que lleg� a la Rosada con una decena de cadetes militares, lo hizo un obrero libertario. Militares y polic�as asaltaron la humilde habitaci�n del alba�il, lo arrastraron a la comisar�a y a la noche lo fusilaron. Los autores del crimen tan vil fueron el teniente coronel Rodolfo Lebrero, el mayor Carlos Ricchieri (otro militar del mismo apellido, el general Ovidio Ricchieri ser�a uno de los m�s feroces representantes del sistema de desaparici�n de personas a partir de 1976); el capit�n Luis Sarmiento y los polic�as F�lix de la Fuente, Marcelino Calamb� y Angel Benav�dez. Los militares y polic�as que allanaron la pieza del obrero Penina se llevaron como bot�n 600 pesos, que �ste hab�a ahorrado para pagar el pasaje de sus padres desde Espa�a. La misma pr�ctica aberrante de los "muchachos" de Videla y Massera.

El jefe del pelot�n de fusilamientos fue el subteniente Jorge Rodr�guez, quien dos a�os despu�s del crimen denunciar� -como Scilingo sesenta a�os m�s tarde- los detalles del crimen y mostrar� su arrepentimiento p�blico haciendo la denuncia que recogieron los diarios. Se�al� el subteniente que a �l le toc� el fusilamiento por estar de oficial de guardia en la noche del 10 de setiembre de 1930. Se le aproxim� el capit�n Sarmiento para decirle que deb�a ejecutar "a un individuo". Al pedirle aclaraci�n de qui�n se trataba respondi� "es un anarquista que fue sorprendido mientras imprim�a panfletos incitando al pueblo y a la tropa contra las autoridades que rigen el pa�s".

El detenido fue llevado en un cami�n celular hasta las barrancas del Saladillo. El pelot�n estaba integrado por el subteniente Rodr�guez y tres soldados, no con armas reglamentarias, sino con pistolas Colt. El subteniente Rodr�guez describi� as� los �ltimos momento de Penina: "Fue bajado del cami�n y sinti� el ruido de las cargas de las pistolas. Entonces yo, que lo ten�a a un paso, lo vi abrir los ojos en mirada de asombro y r�pidamente comprender. Dio un medio paso atr�s y le vi morderse el labio inferior como si prefiriera sentir el dolor de su carne m�s no el temor. Yo iba detr�s. Desde que lo hab�a visto bajar, en mi frente y en mis ojos sent�a que se hab�a posado un velo de extra�eza y de irrealidad. No quise prolongar la valiente agon�a de ese hombre. Orden�: �Apunten! Entonces el reo gir� la cabeza hacia la izquierda y mirando con odio al grupo que presenciaba, grit�: "-�Viva la anarqu�a! -su voz era templada, yo no v� temor.

"�Fuego! -orden�, sin ver ya nada. Tres tiros"

Despu�s de describir c�mo le dio en la cabeza �l mismo con el tiro de gracia, agreg� el subteniente: "Todos nos acercamos hasta donde estaba el cad�ver y alguien dijo: 'Fue un valiente hasta el �ltimo momento'. Vest�a pobremente: zapatos de ca�a; pantal�n, no s� si de fantas�a o marr�n oscuro. Un saco tambi�n oscuro. Era rubio y de peque�a estatura. Representaba unos 25 o 26 a�os. De sus bolsillos se sacaron dos o tres galletas marineras muy duras y en parte comidas, y un giro de cinco pesetas para un hermano de Barcelona. El giro no lleg� a mis manos ni s� tampoco qui�n se lo llev�".

Zaherido, humillado, robado, fusilado. Somos todos asesinos. Los argentinos somos derechos y humanos. Votamos en forma directa y secreta por Bussi y Patti. Despu�s nos indignamos contra el estudiante Ahumada que pate� a su profesora. Cuando no es m�s que un aprendiz de Patti y Bussi y la sociedad que le damos nosotros.

Un grupo de amigos pedir� al Concejo Deliberante que cambie el nombre del tirano asesino por el de su primera v�ctima: el obrero Joaqu�n Penina en el puente que une la capital con Valent�n Alsina. Ser�a un principio para poder mirarnos en el espejo.

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