Texto sobre el fascismo

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AHORA SI ... Texto sobre el fascismo

Cuando las masas dominadas no tienen medios ni teóricos ni prácticos de atacar al sistema de dominación como ilegítimo e insoportable, el recurso al poder personal puede aparecer como una salida deseable. Por el mero hecho de decir “yo quiero, yo decido, yo proclamo” el jefe libra al pueblo de caer en la impotencia. Frente a un sistema de huida ante la responsabilidad, de burocracias anónimas, de dominantes ejerciendo un poder sin ser asumido, y todo el año quejándose de que no hacen lo que quieren ni quieren lo que hacen, el jefe, el Fuhrer, es ante todo ese “gran individuo” que osa decir “yo”. El poder, todo el poder, es él. El lo asumirá personalmente. El será el recurso, la salvación de todos los que buscaban vanamente a los responsables de sus humillaciones. El señalará a esos responsables: son los pequeños burgueses “pusilánimes” y “embrutecidos”; los plutócratas y otros “cosmopolitas” que, entre pasillos, tejen su tela de araña de combinaciones, de especulaciones y de ententes ocultas por encima de las fronteras; son los políticos corrompidos e impotentes, vendidos a una clase dirigente indigna que antepone sus mezquinos intereses a los de la nación. Pueblo, despierta: en lugar de los fines miserables de la burguesía, el Fuhrer te anuncia sus objetivos grandiosos. El te libera de la opresión de los procesos que nadie ha querido, de los efectos de un sistema del que nadie quiere responder. El someterá la Historia a su voluntad, sustituirá las oscuras leyes de las cosas por su “fiat”. Desde este momento todo lo que se haga, será hecho por su voluntad. “Fuhrer”, manda, te obedecemos” y en la obediencia encontramos nuestra humanidad y nuestra grandeza.
Tal es el discurso del fascismo. Trasciende las fronteras de clase y moviliza las necesidades que ha engendrado, sin poderlas satisfacer, un sistema de dominación impersonal, basado en la impotencia de todas y cada una de las personas que bajo el mismo conviven. El desarrollo del fascismo tiene como condición indispensable la existencia de un jefe ligado a las masas, a la vez prestigioso y plebeyo, capaz de asumir al mismo tiempo la majestad del Estado y la individualidad del “hombre de la calle” llevada a su máxima expresión. A falta de este tipo de jefe carismático puede haber dictadura militar, monarquía republicana, o Estado policial, pero no fascismo.
La especificidad del fascismo estriba en la identificación del jefe todopoderoso y del pueblo. El poder de Fuhrer es el poder por representación de cualquiera y de todo el mundo. El Fuhrer es el hombre del pueblo que ha tenido la fuerza y el valor de expulsar a todos los aprovechados, explotadores, parásitos, burócratas y políticos que mantenían atrapado al pueblo en el sistema y que le impedían tener una voluntad. El fascismo abolió el poder funcional a todos los niveles para sustituirle en todas partes por el poder personal de los más fuertes y de los más capaces. Abolió el sistema. Desde ese momento, todo poder reflejará la capacidad superior del que lo detenta. La sociedad como el partido único, tendrá a su cabeza a “los mejores” y la jerarquía social, como la de las organizaciones de masas (Jóvenes, mujeres, trabajadores, corporaciones, etc.) estará basada en el valor de los individuos. Será imposible subir escalones gracias a “pisotones”, a relaciones, a argucias, o a tráficos de influencias. Lo que precisamente se reprocha a la fracmasonería, a la burguesía y a los judíos, es el haber monopolizado las posiciones de poder por medio de su sistema de protecciones. La antigua “élite decadente”, “degenerada”, “corrompida” estaba compuesta por estafadores que se asignaban los mejores puestos utilizando sus “amistades” e “influencias” sin, por supuesto, ser “los mejores” salvo en el despreciable arte de la intriga.
Toda esta podredumbre será sustituida por una élite plebeya, que velaría por que en todas las cosas coincidieran la jerarquía de las funciones y la de los hombres. El fascismo será una revolución cultural viril: liquidará los valores burgueses (propiedad, ahorro, cultura, familia, casa, vida privada, buenas maneras, caridad, tolerancia, etc.) para sustituirlos por valores vitales. Será una liberación bárbara y brutal, y la promoción de todos aquellos cuya fuerza ha sido hasta entonces mantenida a raya por las combinaciones de los aprovechados emboscados. En el lugar del antiguo Estado, aparato de dominación que nadie dominaba, máquina de poder en la que nadie tenía el poder, el nuevo Estado será una pirámide de poderes personales animados por una única y misma voluntad, la de “nuestro jefe adorado”.
El fascismo exige que el aparato de dominación sea reorganizado en el sentido de un reforzamiento de la centralización con el fin de que ningún poder personal pueda ejercerse excepto el del jefe supremo. La máquina de poder deberá por tanto estar calcada del modelo de la máquina militar, con sus escalones, sus sucesivos controles jerárquicos y sus reglas estrictas de obediencia y disciplina. Al margen del poder absoluto del Fuhrer sólo podrán existir los poderes delegados que los jefes subalternos ejercerán “por la voluntad del fuhrer” y en su nombre siendo revocables por él. En lugar de una promoción de los más capaces, la selección de los jefes subalternos se hará según criterios de lealtad y de fiabilidad: la demagogia en el conformismo y la adulación servil ante “el jefe adorado” y sus emisarios serán las cualidades principales que deberán mostrar el que quiera hacer carrera.
En resumen, el poder personal del Fuhrer será la coartada ideológica de una burocratización total de la vida pública. El estado fascista presentará, empeorándolos, todos los defectos y todas las perversiones del Estado del capitalismo burocratizado; pero estas perversiones ya no podrán ser nombradas ni designadas: la propaganda oficial demostrará incansablemente que han sido suprimidas. Su realidad es estructural: se deriva de la existencia de un aparato de dominación que confiere un poder funcional a los que ocupan los puestos, cualesquiera que sean, por otra parte, sus capacidades y su color político. En tanto que el aparato de dominación permanece intacto, es políticamente indiferente el saber quién ocupará los puestos de poder: es el aparato quien determinará la naturaleza del poder y el modo de gobierno, las relaciones entre sociedad civil y la sociedad política, y entre la sociedad política y el Estado. La necesidad de apoderarse del aparato de dominación con el fin de cambiarle a continuación es la ilusión constante de reformismo. No niego que éste haya efectuado reformas; pero no ha cambiado la naturaleza del poder ni el modo de gobierno, así como tampoco las relaciones entre la sociedad civil y el Estado. Sus reformas por el contrario, han servido para legitimar y reforzar el aparato de poder la dominación sobre las masas y su impotencia.
El proletariado es constitutivamente incapaz de devenir el sujeto del poder. Si sus representantes se apoderan del aparato de dominación instalado por el capital, reproducirán el tipo de dominación de éste y devendrán a su vez una burguesía de función . una clase no puede eliminar a otra tomando el sitio de ésta en el aparato de dominación. Haciendo eso no obtiene más que una permuta de los titulares de los puestos de poder, no una transferencia de éste.
El poder no puede ser tomado más que por una clase de hecho ya dominante. Tomar el poder es arrebatárselo a los que lo ejercen, no tomando su lugar sino colocando a éstos ante la imposibilidad duradera de hacer funcionar el aparato de su dominación. La revolución es ante todo la destrucción irreversible de este aparato , y supone una práctica colectiva que desplaza a este aparato , y supone una práctica colectiva que desplaza a éste aparato desarrollando una red de relaciones de nuevo tipo.

texto de www.laizkierda.tk3.net [email protected]

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