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Temas del Laicismo Chileno |
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Pensamiento ideológico versus pensamiento
libre Rogelio
Rodríguez
Muñoz El
título da cuenta de una distinción y, más aún, de una contraposición.
En efecto, contraponemos la ideología (o pensamiento ideológico)
con lo que llamamos pensamiento libre (o pensamiento crítico).
Por “ideología” entendemos un sistema de creencias ya
establecido, un conjunto de respuestas definitivas y a las que se
adhiere. Llamamos
“pensamiento libre” a un pensar en permanente búsqueda, un pensar
que indaga, que critica, y que no se siente conforme con el dogmatismo,
el adoctrinamiento y la estrechez de miras,
un modo de reflexionar cuya fisonomía iremos clarificando en las
líneas que siguen. Esta contraposición entre pensamiento ideológico y pensamiento libre – con distintas variantes y matices - puede rastrearse en los planteamientos de muchos intelectuales contemporáneos. Por ejemplo, se encuentra en las ideas del pensador Leszek Kolakovski , quien distingue entre “ideología” y “ciencia”. Escribe: “Por ideología entendemos la totalidad de las concepciones que sirven a un grupo social para organizar aquellos valores que son a la vez la conciencia mistificada de los intereses de ese grupo y el reflejo de su actividad (…) Dicho con otras palabras: la función social de la ideología consiste en mantener la fe en los valores necesarios para que el grupo pueda actuar eficazmente” (El hombre sin alternativa). La ciencia, a su juicio, sustenta los principios de la objetividad, el examen permanente la crítica sistemática y la confrontación continua de todos los posibles puntos de vista. La ideología, por el contrario, adquiere el carácter de lo infalible y apela no a la racionalidad sino a la emotividad. Kolakovski nos dice: “Las ideologías no influyen a través de motivos racionales, sino mediante estereotipos, invocando sentimientos, autoridades, tradiciones, imágenes, deseos, prejuicios, supersticiones, leyendas y resentimientos” (Ibid.). Las
ideologías - sostiene
Kolakovski - son sistemas de
creencias a los que la gente adhiere de manera colectiva, provocan fenómenos
de masiva adhesión. ¿Qué
necesidad satisface la ideología para que tal ocurra?
Señala que es crucial para el ser humano tener la sensación de
vivir “al resguardo”, no en el sentido de estar libre de amenazas físicas,
sino como sentimiento de participación en un orden transpersonal,
trascendente. La búsqueda
de seguridad es, así, parte sustancial de la condición humana.
Este anhelo de seguridad no es, por cierto, racional, sino que
hunde sus raíces en la esfera emocional de la naturaleza humana.
La adhesión ideológica, entonces, satisface este anhelo de
seguridad al ofrecerse la ideología como un conjunto establecido de
creencias que responden a nuestras interrogantes vitales sobre el
sentido de la vida, el puesto del hombre en el cosmos, el destino de la
humanidad en la historia, etcétera. 2 Ortega
y Gasset contrapone entre “ideas” y “creencias”.
Y nos propone una imagen para entender esta contraposición.
El hombre, nos dice, está inmerso en una circunstancia; muchas
veces ésta es problemática y el hombre siente que la base firme que
pisaba se resquebraja y se tambalea al borde del abismo.
En la angustia ante la pérdida de firmeza y confianza, en la
duda existencial, el hombre echa mano a su intelecto, se pone a pensar.
Las ideas, fruto de su reflexión, dan respuesta al hombre y le
permiten su arraigo en la realidad que va dejando de ser enigmática y
terrible. Sin embargo, el
hombre puede convencerse
de sus ideas, esto es, dejar de revisarlas continuamente, dejar de
examinarlas críticamente, no percibirlas ya como ideas sobre
la realidad sino como la
realidad misma. El
discernimiento y la crítica son, entonces,
reemplazados por el fervor y la fe.
Cuando esto ocurre, las ideas dejaron de ser ideas y se
consolidaron en creencias.
Nos indica este escritor español:
“Creer en una idea significa creer que es la realidad, por
tanto, dejar de verla como mera idea” (Ideas y creencias).
También señala Ortega y Gasset que, al convertir sus ideas en
creencias, el hombre restituye su seguridad ante un mundo, una
circunstancia, que antes era problemática y que ahora, gracias a la
creencia, adquiere estructura y sentido. 3 Karl Popper ha distinguido entre “pensamiento dogmático” y “pensamiento crítico o científico”, acuñando además la famosa Regla de Falsabilidad para evaluar las teorías científicas. Este criterio de falsabilidad dice lo siguiente: una teoría que en principio no es refutable (es decir, que no podemos bajo ninguna instancia concebible refutar) no es una teoría científica. La gestión del sabio, según él, no debe consistir en demostrar lo fundamentado de una teoría, sino en tratar de destruirla, de multiplicar los experimentos encaminados a demostrar su falsedad. Sólo si la teoría resiste estas pruebas, puede ser considerada como científicamente verdadera… al menos hasta la próxima teoría que la reemplace en la sucesión de pruebas y búsqueda de errores. Así funciona la ciencia. Sólo tiene carácter científico aquello que puede ser refutado. Lo que bajo ninguna instancia concebible se puede refutar tiene que ver con la magia, con algún credo político cerrado o con dogmas religiosos, pero no es científico. Popper ejemplifica con Einstein los rasgos de la verdadera actitud científica. Este físico señalaba que consideraría su teoría como insostenible si no resistía ciertas pruebas, es decir, sometía su teoría a experimentos cruciales que tal vez la podían refutar. Por contraposición, teóricos como Marx y Freud daban por sentadas sus teorías y eludían someterlas a posibles refutaciones. Para Popper, si alguien propone una teoría científica debe responder, como Einstein, a la pregunta: ¿bajo qué condiciones admitiría que mi teoría es insostenible? O, en otras palabras, ¿qué hechos concebibles admitiría como refutaciones, o falsificaciones, de mi teoría? Los marxistas y los psicoanalistas --nos indica Popper-- son capaces de interpretar cualquier evento concebible como una verificación de sus teorías. Para él, sin embargo, “sólo las refutaciones intentadas que no tuviesen éxito qua refutaciones, deberían contarse como ‘verificaciones’ ” (Búsqueda sin término). Así
- para Popper -, sistemas cerrados de pensamiento como el
marxismo o el freudismo no serían genuinas teorías científicas, sino
manifestaciones de un “pensamiento dogmático” que considera
absolutamente verdaderas sus proposiciones y no admite la discusión crítica.
Una auténtica teoría científica, como la de Einstein, se basa
en el método crítico del ensayo y error, que consiste en proponer hipótesis
audaces y exponerlas a las más duras críticas, en orden a saber si están
(y dónde están) equivocadas.
Una teoría científica no debe rehuir la crítica, sino
buscarla, para conocer sus deficiencias.
Si los cuestionamientos no le hacen mella, si no la invalidan, la
teoría es una teoría científica verificada ...
hasta ese momento. Tiene
un grado de certeza, pero no puede considerarse absoluta y eternamente
verdadera. Las teorías
científicas son explicaciones provisionales.
Son soluciones para los problemas, pero no soluciones finales.
Cada observación favorable a una teoría la va confirmando
momentáneamente, pero nunca podrá ser una prueba cien por ciento
conclusiva que la establezca definitivamente; por el contrario, una sola
observación contraria a la teoría la echa por tierra inmediatamente. La
ciencia es, pues, según Popper, el pensar crítico por excelencia.
No existen las verdades absolutas, como quiere el pensar dogmático.
Lo que hay es búsqueda, ensayo y error, aproximaciones a la
verdad, soluciones provisionales. En
vez de tener una creencia
en la verdad de una teoría, lo que tenemos que tener es una preferencia
por una teoría sobre otra, lo que es absolutamente legítimo, sobre
todo si su grado de corroboración es mayor.
La lógica del conocimiento hunde sus raíces en la tensión
entre el saber y la ignorancia: entre
el saber en constante crecimiento y el hecho de que nuestra ignorancia
es inmensa y prácticamente ilimitada.
Para Popper, el conocimiento comienza con
problemas. Cuando
hay un problema se pone en tensión la inteligencia y empieza a
ejercitar el pensamiento crítico, que es el que nos hace ascender en
conocimiento. Y hay un
problema cuando hay una contradicción entre lo que creemos saber y los
hechos que nos enfrentan. El
pensar dogmático puede llegar al extremo de alterar los hechos para
adecuarlos a lo que se cree saber; el pensar crítico
--pensar que desarrolla nuestro conocimiento--
no teme la contradicción, sino que la usa como trampolín para
indagar en la realidad a través de nuevas hipótesis o conjeturas. 4 Traigamos a colación a otro gran pensador: Arthur Koestler, quien sostiene también que las ideologías satisfacen las irracionales necesidades humanas de seguridad y sentido, pero agrega que asimismo satisfacen otras demandas igualmente vitales como el deseo de integración y participación. Utiliza, para referirse a ellas, la expresión sistema cerrado. Nos dice: “Un sistema cerrado tiene tres peculiaridades. Primero, afirma representar una verdad de validez universal, capaz de explicar todos los fenómenos y poder curar todas las dolencias del hombre. En segundo lugar, es un sistema que no puede ser refutado mediante evidencias, ya que toda la información potencialmente dañina es automáticamente procesada y reinterpretada a fin de hacerla coincidir con el patrón adecuado. Este proceso se realiza a través de métodos sofisticados de casuística, basados en axiomas de gran poder emotivo que no tienen nada que ver con la lógica común (…) En tercer lugar, es un sistema que invalida toda crítica, atribuyendo los argumentos a la motivación subjetiva de la persona que lo critica y deduciendo su motivación de los axiomas del sistema mismo” (En busca de la utopía). Koestler considera a las ideologías como respuestas a las grandes interrogantes de la existencia, proporcionando consuelo y sentido, asegurando un mundo significativo para el ser humano. Es claro, asimismo, que ni la demanda de sentido ni las respuestas que la satisfacen pueden ser consideradas como algo basado en procedimientos intelectuales, sino en asociaciones sentimentales que se condensan y materializan en una fe determinada. El sistema cerrado pertenece a un plano mental alejado de la reflexión; tiene el semblante de un credo. La filosofía y la ciencia, por el contrario, ejercitan el pensar reflexivo o racional. 5 Hay ideologías políticas (como el marxismo, el nacional-socialismo, el neoliberalismo) e ideologías religiosas (como el cristianismo, el judaísmo, el islamismo). Formalmente, su estructura es la misma en ambos casos: poseen dogmas, esto es, verdades establecidas e incuestionables; se fundan en escrituras y figuras consideradas sacrosantas; responden a interrogantes vitales del ser humano; inducen participación y sentido de trascendencia, por lo que provocan fenómenos de adhesión masiva. Todo intento de examinar críticamente una ideología no puede sino aparecer como una amenaza a los lazos sentimentales que aglutinan a quienes la sustentan. No pueden ser flexibles las ideologías, no pueden ser permeables a otras visiones o a ideas diferentes. Cualquier desviación de sus creencias constituye herejía, un peligro para la ortodoxia, un riesgo para la Verdad revelada. El resultado natural de la ideología es la intolerancia y el rechazo frente a los pensamientos extraños o las doctrinas divergentes. Por
otra parte, el ejercicio del pensamiento libre parece ser tarea
solitaria y exige un temple adecuado, pues suscita más preguntas que
respuestas y corroe, en vez de afianzar, la red de seguridad
existencial. El pensamiento
crítico no trae tranquilidad, pues es lo contrario de la convicción:
en ésta nos quedamos detenidos y no seguimos buscando;
el pensamiento libre está en constante movimiento, en abierta
exploración, lo que implica sacudir permanentemente el espíritu y no
dar descanso al afán de saber. Que
el tipo de pensar que llamamos pensamiento libre sea tarea individual más
que manifestación de un fenómeno intelectual colectivo, no significa
que su ejercicio no pueda motivarse.
Al contrario, la incitación a cultivar un pensamiento libre y crítico
resulta, hoy, sumamente necesaria ante tantas tragedias causadas por los
furores de fanatismos de distintas layas.
El mundo marcharía mejor si cundiese entre las personas la enseñanza
del pensamiento libre, es decir, la enseñanza de un tipo de pensar que
exprese - entre otras que,
sin duda, pueden agregarse - las
siguientes disposiciones: *
Capacidad para analizar antes de juzgar *
Capacidad para diferenciar entre razones y
emociones *
Flexibilidad ante las nuevas experiencias y
los nuevos datos *
Revisión crítica de sus propios conceptos *
Suspensión de las conclusiones en ausencia de
suficiente evidencia (sea lo que quien reflexiona entienda por
evidencia) *
Capacidad para evaluar información
objetivamente *
Manejo simultáneo de ideas y enfoques
diferentes Son
disposiciones que -
siguiendo lo que hemos presentado en estas páginas -
un modo de pensar necesariamente tiene que exhibir para ser
pensamiento libre. De otro
modo, independientemente de aquello que se investigue o sobre lo que se
reflexione, se estará en el dogmatismo, en el sistema cerrado y
arbitrario de la convicción estéril, en el círculo irracional del
pensamiento ideológico. |
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