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Temas del Laicismo Chileno |
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VOLTAIRE, DEFENSOR DE LA TOLERANCIAEn 1791, en los albores del movimiento revolucionario francés y trece años después de su muerte, los restos de Voltaire fueron trasladados desde la abadía de Sellières al Panteón de París. En su catafalco iban inscritas dos frases. Una: “Poeta, historiador, filósofo. Amplió el espíritu humano y le enseñó a ser libre”. Y esta otra: “Inspiró la tolerancia”. En el año 1762 Francois-Marie Arouet - más conocido como Voltaire -, nacido en París el 21 de noviembre de 1694, tenía 68 años y residía en su castillo de Ferney, ubicado en territorio francés, a pocas leguas de la frontera con Suiza. Su inmenso talento había dado a luz múltiples obras ampliamente reconocidas: tragedias, poemas, relatos, libros de historia, textos filosóficos. Era también uno de los pensadores “enciclopedistas”, es decir, había colaborado con artículos en la Enciclopedia junto a Diderot, D’Alambert y Rousseau. Sin embargo, aunque lo deseaba fervientemente, no podía regresar a París, su ciudad natal, de donde lo tenía desterrado el rey Luis XV. Tal era el precio de oponerse, desde la Ilustración, a la religión de Estado, que contaba con el apoyo del poder absoluto del rey. Voltaire, desde hacía décadas, había estado enfrentando la filosofía a la intolerancia, sobre todo a la intolerancia religiosa. Su compromiso filosófico era inseparable de su combate antirreligioso. Había comentado y explicado la Biblia desde un punto de vista racionalista, lo que tenía indignado a los clérigos. Había exaltado la civilización inglesa, con su respeto ideológico, su desarrollo de las ciencias y el comercio, su confraternización de las distintas creencias religiosas, lo que le había valido la hostilidad de Versailles. Había combatido sin tregua por la libertad de pensamiento en contra de la autoridad despótica de los gobernantes y del poder oscurantista de la Iglesia. Había dado un giro a la reflexión filosófica, sacándola de los libros académicos y llevándola a la calle, convirtiéndola en ariete y en bandera de la militancia combativa por el pensamiento libre, contraponiéndola a los prejuicios y al fanatismo. II. En
ese año de 1762 Voltaire fue informado de un asunto judicial que había
emocionado al pueblo de Toulouse: Juan
Calas, comerciante protestante muy conocido en la ciudad, había sufrido
la pena capital acusado de asesinar a su hijo Marco Antonio al saber que
éste quería convertirse al catolicismo.
Al indagar más detalles, Voltaire supo que el joven era de un
humor sombrío y dado a la introspección, aficionado a leer el Hamlet
de Shakespeare y las páginas de Séneca sobre el suicidio, que había
fracasado en sus estudios y que no quería convertirse en mercader como
su padre. También se informó
que no había constancia ninguna de que pensara hacerse católico.
Una noche, mientras la familia Calas cenaba con un amigo, el
joven Marco Antonio se retiró antes de la mesa y luego fue encontrado
ahorcado. Todo indicaba
suicidio, pero el asunto cayó en manos de un juez fanático.
Aunque los testigos describieron la ternura del padre por todos
sus hijos, aunque otro hijo ya se había hecho católico por influencia
de una criada y tanto el joven como la sirvienta seguían viviendo con
la familia Calas en perfecta armonía, estos y otros detalles que hacían
absurda la acusación fueron pasados por alto por los jueces del
Parlamento de Toulouse, influidos por el griterío creciente de los
devotos, y condenaron a Juan Calas a morir en la rueda.
El verdugo le rompió los miembros del cuerpo y le hundió el
pecho a golpes con una barra de hierro. Luego lo amarró a la rueda para
que pereciera tras una larga agonía y, finalmente, quemó su cuerpo públicamente.
Durante todos los suplicios, el viejo mercader no perdió la
entereza ni dejó de proclamar su inocencia y la de su familia. El
caso impresionó a Voltaire. La
destrozada familia, a la cual nadie favorecía, se refugió en Ginebra y
el filósofo la invitó a Ferney, escuchando de sus labios el relato de
lo acontecido y convenciéndose de su inocencia.
El injusto suplicio de Calas demostraba los estragos del
fanatismo. A partir de ahí,
y durante tres años, la rehabilitación de Calas y la denuncia pública
del procedimiento seguido contra él llegó a ser la gran tarea de su
vida. Interesó en la causa
al duque de Choiseul, al rey de Prusia, a Catalina de Rusia, a cuantos
podían utilizar su influencia para lograr la revisión del proceso.
Lanzó desde Ferney hasta veinte cartas diarias en todas
direcciones, movilizando todas las conciencias ilustradas de Europa.
A las cartas privadas añadió las memorias públicas.
Finalmente, se logró la revisión del proceso, a pesar de
algunos fanáticos que sostenían que valía más ajusticiar a un viejo
protestante inocente que exponer a ocho magistrados del Languedoc a
tener que declarar que se habían equivocado.
El Parlamento de París intervino finalmente y en 1765
la sentencia de Toulouse fue casada.
Aquél fue un día de fiesta para París, la gente se agolpó en
las plazas públicas y se vitoreó a los jueces.
El rey concedió a la desdichada viuda treinta y seis mil libras
como reparación por su sufrimiento.
Para conmemorar y refrendar este triunfo, Voltaire escribió su Tratado
de la tolerancia. Sobre
el resultado del caso Calas, escribió Voltaire: Luego de la solución del caso Calas, todo tipo de denuncias sobre abusos judiciales semejantes comenzaron a llegar a Ferney. Voltaire se interesó en todos ellos y movilizó sus energías en pos de justicia y tolerancia. En algunos - como el caso del ajusticiado caballero de La Barre - nada pudo hacer por la rehabilitación ni el reconocimiento del trato cruel de sus jueces. En otros - como el caso del ajusticiado conde de Lally-Tollendal - tuvo éxito en lograr limpiar su nombre. Sin embargo, el principal objetivo del filósofo fue evitar que se cometieran injusticias, más que el obligar a reconocer que se habían cometido. Así, en varias causas logró evitar la ejecución de los condenados. El “Patriarca de Ferney” se convirtió, entonces, en una especie de última instancia de apelación para los que se sentían atropellados por las instituciones o arbitrariamente silenciados. III. Voltaire fue siempre un convencido de que se puede ejercer la transformación del mundo por medio de la fuerza de las ideas. Inventó un nuevo tipo de hombre de letras: el intelectual moderno y le impuso la tarea de intervenir en la sociedad. Advirtió también que la fuerza del intelectual para regenerar racionalmente la estructura de la sociedad proviene del público. Cuando la mayoría de los ciudadanos estén convenientemente informados de los crímenes, estos dejarán de cometerse: transparencia social versus oscurantismo fanático. Voltaire fue un doctrinario, hoy lo llamaríamos un comunicador, pero no fue un hipnotizador de masas, como eran los embaucadores de la religión. No proclamó dogmas, sino que atacó los ya vigentes. Escribió contra los obstáculos a la verdad, confiando en que ésta sabría abrirse paso por sí misma partir de la razón y la ley natural que todos compartimos. Según
Voltaire, en el reino de las supersticiones y las pseudociencias, la
duda es una muestra de cordura cautelosa.
Nuestra aproximación a la verdad es una tarea infinita y es
preciso tener sensatez para reconocer que muchas de las preguntas que
nos hacemos escaparán siempre a una respuesta que las cancele
definitivamente. La razón
debe ser atrevida (para desligarse de tutelas y tradiciones acríticamente
aceptadas), pero también modesta para acatar sus límites.
Precisamente prometer saberes que hablan de lo Absoluto con
familiaridad inapelable es el truco predilecto de los hechiceros
religiosos o ideológicos. Contra
ellos lanzó Voltaire su dardo, claro y conciso.
Su objetivo fue hacer a las personas conscientes de su
independencia intelectual, de su autonomía de pensamiento.
Denunciando la impostura de los farsantes y defendiendo la
dignidad de la cordura, sus ideas salieron al paso de devotos, fanáticos
y supersticiosos. Escribió:
“Si contásemos los crímenes que el fanatismo ha cometido
desde las querellas de Atanasio y Arrio hasta nuestros días, veríamos
que esas querellas han servido mejor que los combates para despoblar la
tierra: pues en las batallas
no se destruye más que a los miembros de la especie masculina, que
siempre son más numerosos que los de la femenina, pero en las masacres
efectuadas por causa de la religión, se inmola a las mujeres tanto como
a los hombres”. “La única
arma que existe contra este monstruo (el fanatismo) es la razón.
La única manera de impedir a los hombres ser absurdos y malvados
es ilustrarles. Para hacer
execrable el fanatismo no hay más que pintarlo.
Sólo los enemigos del género humano pueden decir: ‘Ilustráis
demasiado a los hombres, insistís demasiado en escribir la historia de
sus errores’. Pues, ¿cómo
pueden corregirse esos errores sino mostrándolos?”. En 1778, muerto ya Luis XV, Voltaire pudo por fin regresar a París. El anciano filósofo de 84 años llegó el 10 de febrero y fue aclamado como un ídolo por toda la ciudad. Recibió el 30 de marzo el homenaje de la Academia Francesa que le saludó como el más ilustre escritor vivo de Francia. Falleció el 30 de mayo de ese mismo año. El arzobispo de París prohibió que fuese enterrado en un lugar sagrado, amenazando con echar el cadáver en una fosa común. Se le llevó, entonces, fuera de París hasta la abadía de Sellières, donde era abate un sobrino del filósofo, enterrándolo allí. Años más tarde, sus restos fueron trasladados al Panteón de París. IV. No
hay duda de que la tolerancia es un asunto complejo, cuya complejidad
puede expresarse con una pregunta aparentemente paradójica: ¿Qué no se debe tolerar para defender la tolerancia?
Hagamos una pregunta previa:
¿En qué consistía la tolerancia propugnada por Voltaire y los
demás filósofos de la Ilustración?
En que los gobiernos no proscribieran ni prescribieran ninguna
religión concreta a sus súbditos, incluso que les permitieran no tener
ninguna, es decir, alcanzar el logro político consistente en un Estado
laico bajo cuya tutela imparcial cada ciudadano buscase la salvación de
su alma como mejor le pareciese. Voltaire
luchó incansablemente por suprimir la influencia eclesial sobre leyes y
autoridades. En
nuestra época, sin embargo y a pesar del desarrollo de la democracia,
se han conocido – además de la persistente intrusión de la Iglesia
Católica en asuntos políticos y sociales, a los que denomina engañosamente
“valóricos”- otros ejemplos ideológicos o religiosos de esta
pretensión de convertirse en referente unánime de sentido de la vida
social: el racismo nazi, el
totalitarismo comunista, el integrismo islámico.
Contra fanatismos de
esta especie también se impone la lucha por la tolerancia.
Voltaire nos enseñó que la tolerancia no es una actitud pasiva,
resignada o indiferente ante lo que nos rodea, sino que implica una
movilización de nuestras energías, una militancia
intelectual combativa, una puesta en ejercicio de la razón, las ideas,
los argumentos, las observaciones críticas.
Tolerar no significa que tengamos que adoptar el credo o la forma
de vida de otras personas que no compartimos, sino sólo el que debemos
respetarlos con igualdad de derechos.
Tolerar significa que debemos aceptar como algo legítimo la
expresión de este credo y esta forma de vida, significa incluso que
debemos defender su derecho a expresarse, pero
- por el hecho de que se manifiestan públicamente -
podemos discutirlos y criticarlos.
Y si este credo o esta forma de vida quiere imponerse como
un referente absoluto de pensamiento o conducta (como ocurre con los
fanatismos religiosos o ideológicos)
ser partidario de la tolerancia implica no
tolerar esta pretensión y salirle al paso con toda la fuerza de
nuestra razón. Porque este
credo o esta forma de vida, al tornarse dogmáticos,
no pueden reclamar ni respeto ni tolerancia porque atentan contra
el espacio mismo -
pluralista, laico, democrático - del
que nace el respeto y la tolerancia.
Voltaire, ese hombre - al decir de André Maurois -
maravillosamente vivo que
hizo vivir a la humanidad con un ritmo más rápido y fuerte,
ha enseñado esto y debe servir de ejemplo para defender y
extender las libertades y los logros sociales que consiguió con su
constante y valeroso esfuerzo. Mientras
perdure en la humanidad la defensa volteriana de la tolerancia y se
concrete en acciones en pos de la libertad y la justicia, no podrán
vivir impunes ni los fanáticos ni los tiranos. |
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