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Temas del Laicismo Chileno |
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El
laicismo, principio indisociable de la democracia Presidente
honorario de Europa Laica. Agosto, 2002 El
presente artículo fue publicado en www.mcep.es
, y nos ha parecido de
interés para nuestros visitantes. No
me parece adecuado afirmar que el laicismo es simplemente una
"praxis de la igualdad", pero, que no es ni una filosofía, ni
una doctrina, ni una moral social, como escribe Michel Morineau en el
libro Laicidad 2000. Ciertamente, el sistema de ideas que define
el laicismo no puede asimilarse a una fe ni a una ideología -si con
este vocablo se significa, en sentido marxiano, la cobertura intelectual
de intereses particulares frente al interés general-, pero es mucho más
que una "práctica". Podría aceptarse que designa una
"praxis" si ésta se entiende como en si misma inclusiva de
dos dimensiones íntimamente asociadas, a saber: a) una concepción o
interpretación teórica de la realidad social; b) la plasmación fáctica
de esa vertiente teorética en la vida colectiva de un entorno
determinado. Sin esta segunda dimensión, toda práctica social resultaría
ciega, no-significativa. Si
admitimos, como luego se verá, que el laicismo es un principio
indisociable de un sistema político verdaderamente democrático,
resulta sorprendente que multitud de gentes, y a veces muy cultivadas,
ignoren realmente su esencia y sus consecuencias. Esta ignorancia, o
bien su ausencia en el sistema jurídico que debiera incorporarlo inequívocamente,
revela la regresión intelectual que sufren hoy los políticos y los
legisladores que a toda hora se llenan la boca -en este aspecto y en
otros no menos graves- con la palabra democracia. El
principio laicista postula, en cuanto señal y cifra de la modernidad
como hito histórico irreversible del autoconocimiento y la autoliberación
del ser humano, la protección de la conciencia libre del individuo y de
su privacidad, desalojando radicalmente de la res publica toda
pretensión de instaurar en ella un régimen normativo privilegiado en
favor de cualquier fe religiosa que aspire a
"institucionalizarse" en forma de ente público al servicio de
alguna supuesta revelación sagrada o mandato divino. El
laicismo, como sector relevante de un sistema de ideas, se fundamenta en
una ontología, en una filosofía y en una antropología específica,
que permiten desterrar esa confusa amalgama retórica de lexemas como
libertad, igualdad, equidad, etc., sin el menor rigor terminológico.
Resulta inexplicable que sea reiteradamente omitida o silenciada la
brillante contribución del filósofo suizo Alexandre Vinet para una sólida
fundamentación del pensamiento laicista que nos ofrece su Essai sur
la manifestation des convictions (1839). Sólo
encontré una brevísima referencia a él en la entrada dedicada al
francés Auguste Sabatier (1839-1901) en el Diccionario de Filosofía
de Ferrater Mora, en su cuarta edición. Y al leerla surge de nuevo
mi sorpresa al ver que no figura, entre las obras de Vinet que menciona,
su precioso Essai, sin duda la de mayor valor para la filosofía
política en general y el laicismo en particular. Debo mi conocimiento
de este ensayo a la lectura del importante libro del jesuita Joseph
Lecler, L'Éclise et la souveraineté de l'Etat (París, 1944),
que supo valorar la lógica implacable del helvético, aunque no
compartiera algunas de sus premisas. Vinet
nos brinda un riguroso asiento teórico del laicismo como elemento
necesario para la legitimación del sistema democrático de libertades.
Su esquema conceptual es tan lúcido como consistente, aun reducido a
este enjuto núcleo: la sociedad como tal no puede tener religión.
"Si la sociedad tiene una religión -escribe Vinet-, es
que tiene conciencia, ¿cómo prevalecerá la conciencia del individuo
contra la de la sociedad? Sólo con su conciencia se enfrenta el hombre
a la sociedad (...) Es imposible oponer soberanía a soberanía,
omnipotencia a omnipotencia, imposible suponer que de todas las
conciencias individuales y diversas resultaría una conciencia social
(...) No, si la sociedad tiene una conciencia, lo es a condición de que
el individuo no la tenga, y ya que la conciencia es la sede de la religión,
si la sociedad es religiosa, el individuo no lo es". Como
quiera que es incuestionable que solamente el ser humano como individuo
psicofísico, la persona física, posee el atributo óntico de la
conciencia y la autoconciencia, sólo él puede ser religioso o profesar
una fe. Este sencillo teorema laicista de Vinet está saturado de
consecuencias teóricas y prácticas. A
quienes hemos sido educados en la tradición católica, la argumentación
diáfana de Vinet nos confronta repentinamente con una evidencia tan
insoslayable como inesperada, porque en nuestro repertorio conceptual básico
figura, como algo incuestionable, la idea de una Iglesia como sociedad
sacramental de fieles a través del bautismo, sociedad que nos integra
en creencias recibidas de ella en cuanto sujeto pasivo de una revelación
sagrada que instituye un capital carismático (Anstaltsgnade) que
administra e interpreta con la nota de su infabilidad, que los creyentes
deben asumir como garantía de salvación. En
la proclamación prepascual, la ekklesía aún no era más que
una asamblea escatológica de individuos expectantes ante la inminencia
del Reino. En la proclamación postpascual, la asamblea es ya una
comunidad santificada, la ekklesía toñ Theoñ, el pueblo de
Dios, la "raza elegida" según 1 Pedro 2.9-10. Será Pablo de
Tarso quien construya el pueblo (laos) de Dios como soma tou
Xristou (1 Cor 12.12; Efes 1.22-23). El sentido de este corpus
mysticum cristiano, al margen de su espiritualidad o su referencia
metafísica, de hecho corporaliza y sociologiza la asamblea de fieles,
empujándola hacia formas cada vez más reificadas de conciencia, e
instalando en los creyentes la noción de la existencia de una
conciencia colectiva que los funde en las prácticas de un ritual común.
Pese a los esfuerzos teológicos para alegorizar y suavizar el crudo
organicismo y sociologismo que laten en la eclesiología católica, en
ésta se presiente la fenomenología religiosa de E. Durkheim y su
sistematización de las representaciones colectivas, y la psicología
del inconsciente colectivo de C. Jung. Frente
a la ominosa tradición católica y a los desarrollos organicistas de
los totalitarismos de nuestro tiempo, es urgente, en aras de la
libertad, afirmar con energía que sólo existe un ser dotado de
conciencia, y ese ser es el individuo humano. Al no existir ni mente
colectiva, ni conciencia societaria, sólo el portador singular y único
de una mente puede poseer conciencia y albergar en la intimidad de ese
fuero interno sentimientos y convicciones de orden religioso, es decir,
relaciones con supuestas instancias de carácter sobrenatural. Así, sólo
el individuo es, en último término, sujeto de derechos, y cualesquiera
otros titulares de derechos lo son en cuanto imputables a los
individuos. Es en el ámbito de la privacidad donde se configura la
personalidad moral y jurídica del ser humano. La
sociedad como tal no puede pensar, ni tener conciencia, ni poseer
derechos en virtud de su propio estatuto ontológico colectivo. Sólo
metafóricamente, y como reunión de individuos, es posible atribuir
personalidad jurídica a las asociaciones, empleando al efecto una fictio
mentis, y específicamente, en cuanto sujetos de derechos, una fictio
iuris. Son "personas" exclusivamente per analogiam,
pues los individuos que las constituyen son los únicos entes
"imputables" y protagonistas del sistema jurídico. Como las
sociedades no pueden tener religión alguna, tampoco pueden tener
institucionalización alguna como unidad funcionalmente religiosa en la
res publica. Perteneciendo ontológicamente la religiosidad al ámbito
de los privado, los poderes públicos en general, y a su cabeza el
Estado, o en su caso la comunidad internacional, carecen ex natura del
atributo de la religiosidad, así como de cualquier tipo de convicciones
que habiten el espacio de la conciencia. Es ésta la premisa fundadora
del laicismo. Escribe
Lecler -aunque a fin de combatirlo- "para el liberalismo, la religión
es un asunto privado, individual". Este axioma del laicismo tiene
su inmediato corolario en la pluma del mismo Lecler: "Una
Iglesia no es una institución pública, sino una simple asociación de
creyentes. No puede, pues, hacerse de ella una sociedad perfecta,
concurrente y rival de las potencias temporales (...) Simple agrupación
de conciencias religiosas, no depende en nada del poder civil; sólo le
pedirá que le deje vivir, solamente con las condiciones requeridas para
el mantenimiento del orden público". Como cualquier otra
asociación de individuos, de ciudadanos: desde una asociación de ateos
hasta una asociación literaria, científica, espiritista, deportiva...
En el espacio público es preciso practicar, como regla usual, un
relativismo metodológico como premisa de la tolerancia de quien admite
que otro pueda tener razón, aunque en el fuero recóndito de su
conciencia tenga la convicción de estar en posesión de la verdad. Por
lo demás, el creyente tiene el pleno derecho a difundir su peculiar
verdad. Pero sin reclamar privilegio alguno para su actividad
proselitista en el plano convivencial de la privacidad. y sin invadir el
ámbito de lo público. El concepto de un Estado laico no admite ni la
práctica de persecuciones políticas o administrativas contra iglesia o
asociación civil alguna que se someta a las normas del Derecho civil
común, pero tampoco consiente la concesión de mercedes o privilegios.
Concluyendo su comentario al teorema laicista de Vinet, señala Lecler
enfáticamente que un estado auténticamente laico "no conoce a las
Iglesias más que para tutelarlas, lo mismo que a otras asociaciones
privadas, según las reglas del derecho común". Las religiones no
pueden ser entes de Derecho público. Lo
que la teología católica formula como un régimen de cooperación
armoniosa entre un poder público de orden espiritual (Iglesia) y un
poder público de orden temporal (Estado), mas con una cierta
preeminencia moral de La
vigorosa tradición romántica alemana -aún muy presente hoy en
diversas formas- ha privilegiado el término cultura, identidad
cultural, en cuanto indicativo del substrato espiritual y comunitario de
un pueblo (Volksgeist), tendencia que en el cesarista Oswald
Spengler alcanzó un momentum álgido en contraposición al término
civilización en cuanto abstracción universalista de la
vertiente racional, científica y tecnológica de la sociedad occidental
en progreso hacia metas fáusticas. La convivencia civilizada de
los ciudadanos encuentra su origen etimológico y semántico en la forma
política de la civitas con su entorno ecuménico, superadora de
los pueblos bárbaros, o arcaizantes y patriarcalistas, o simplemente
regresivos. El
laicismo entraña por su ideario una vocación universalista,
racionalista y civilizadora; y, por todo ello, postula el movimiento
comprometido con la profundización y expansión de los derechos humanos
en un contexto de un universalismo civilizatorio con los seres humanos
en tanto que individuos como principales protagonistas de la historia.
La igualdad y la libertad que reclama el laicismo es el desarrollo
integral y autónomo de la conciencia libre como valor supremo del
proceso de humanización y civilización de los ciudadanos. Estos
valores no sólo imponen una elaboración teórica, sino también una
estrategia. En
Los
pueblos marginados deben ser incorporados generosamente y sin pausas a
la civilización, pero con la mirada alerta contra los riesgos
que comportan para todos los ambiguos estereotipos de sociedades multiétnicas,
culturas autóctonas, etc., que pueden ser -y ya lo son en algunos
lugares- los vehículos de implantación de comunitarismos regresivos,
frecuentemente de raíz religiosa, que ya comienzan a erosionar los
principios laicistas de sociedades avanzadas, o bien a consolidar el
incesante trabajo de demolición de estos principios por parte de lo que
cabe calificar expresivamente como internacional de las religiones,
y en vanguardia los monoteísmos del Libro. Todos
los pueblos tiene derecho a fomentar su identidad en el plano de la
privacidad, como lo postula el laicismo, y también el derecho de
promover su independencia soberana frente a los coloniajes externos e
internos, y a lograrla por la confrontación en el espacio público.
Pero su último y primordial objetivo debe ser la emancipación y
autonomía del individuo en el marco del laicismo como sistema de
validez universal. Es este el momento de declarar mi rechazo de fórmulas
engañosas y manipuladoras, de las que representa un arquetipo la
bautizada como laicidad abierta, que equivale a otorgar un estatuto
privilegiado de pluralidad a todas las religiones. |
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