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Temas del Laicismo Chileno |
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LAICIDAD Y LAICISMO, SIN DISTORSIONES (2) Sebastián Jans Hace algunos días, leía un mensaje de Agustín García-Gasco, arzobispo de Valencia, aparentemente dirigido a los files de su arquidiócesis en el año 2005, pero, que, dado su disponibilidad en Internet, le da una condición vigente, más aún con el planteamiento realizado por el Papa Ratzinger, hace solo un semestre ante un grupo de juristas. Por lo demás se trata de una distorsión que ha venido presentándose como estrategia, especialmente en España y Francia, frente a las políticas gubernamentales que pretenden corregir los problemas derivados del uso nocivo de la fe, para fines estrictamente políticos. ¿Qué dijo Agustín, arzobispo de Valencia, como gusta de firmar? “Laicidad si, laicismo no” (archivalencia.org). Como monseñor es español y un hombre culto, no cabe duda, que su afirmación es claramente política, al punto de querer burlar las reglas de nuestra lengua, para imponer una distorsión en la comprensión de las gentes, que sea ideológicamente utilizada por quienes se incomodan con la ola de sentido común, que insufla la profundización democrática de Europa. Por cierto, quienes usamos el lenguaje de Cervantes, sabemos que el sufijo “dad”, implica y está relacionada siempre con una cualidad, en los sustantivos abstractos que derivan de adjetivos. La regla se aplica en los casos de palabras con dos sílabas, con la forma “idad”. En el caso de “laicidad”, hablamos de un sustantivo abstracto, derivado del adjetivo “laico”, acepción que en nuestra lengua señala define a aquel o aquello que “es independiente del cualquier organización o confesión religiosa”. No se refiere a aquel o aquello que “no es religioso”, como gustan de decir los sacerdotes católicos, sino que a aquel o aquello que “es independiente” de lo religioso, e “independiente” en nuestra lengua es aquel o aquello que “no tiene dependencia, que no depende de otro”, que es “autónomo”, “que puede sostener sus derechos u opiniones sin intervención ajena”. El
verbo “laicizar” implica “hacer laico o independiente de toda
influencia religiosa”, por lo cual, cuando laicizo realizo una acción
para que algo o alguien sea independiente de toda influencia religiosa.
Quien realiza esa acción es un “laicista”, es decir, alguien que
sostiene fundamentos y propósitos basados en el “laicismo”,
concepto o “doctrina que defiende la independencia
del hombre o de la sociedad, y más particularmente del Estado, respecto
de cualquier organización o confesión religiosa”. Lo
que busca el laicismo es una sociedad laica o un Estado laico, es decir,
que impere de manera significativa la “laicidad”, calidad que
caracteriza a una institución o institucionalidad que se ha liberado de
la tuición confesional, para garantizar, desde esa condición, la libre
existencia de los credos, y la capacidad individual y colectiva de
actuar de acuerdo a lo que la libre exposición de ideas establece como
consenso social. Es
cierto que la acepción “laicidad” aún tiene una condición de
neologismo, puesto que aún no adquiere presencia oficial en el
diccionario de nuestra lengua, pero, ello no impide aplicar la regla de
la gramática normativa española Por lo demás, en Francia, el uso del
concepto “laïcité”
es de antiguo uso, que, para efectos prácticos, epistemológicamente
tiene amplia validez para el conocimiento contemporáneo. Entonces,
frente a las afirmaciones de Agustín, arzobispo de Valencia, y las de
los propugnadores católicos de una estrategia distorsionadora, que
apunta a confundir a las personas comunes y corrientes, usurpando a la
doctrina laicista el uso de sus conceptos para hacerlos ambiguos e
invalidantes, lo que corresponde es poner las palabras en sus justos términos.
Cuando
los sacerdotes llaman laicos a los seglares, están haciendo un uso mañoso
del concepto, porque un seglar efectivamente es alguien que no tiene
condición sacerdotal, en tanto, un laico es “independiente” de la
influencia religiosa. Un seglar es un hombre de fe que no es sacerdote,
en tanto, el laico además de no ser sacerdote, es independiente de la
influencia que ese sacerdote ejerce a partir de los postulados de su fe. Asimismo,
cuando los sacerdotes invocan una “sana laicidad” para el Estado,
están haciendo maña con las palabras, para separar al laicismo, en
tanto doctrina, de su consecuencia concreta, introduciendo la idea de
que hay antagonismo entre una y otra. El
uso tendencioso de las palabras, por cierto, es parte de una vieja
estrategia eclesial, desde los más antiguos tiempos, donde los
conceptos, los usos y las costumbres han sido deformados, para imponer
la hegemonía de la fe particular de un grupo de poder. En ello hay una
larga historia, que tiene en la jerarquía de la iglesia católica,
apostólica y romana a su mejor paradigma, por casi dos milenios, es
decir, desde Nicea en adelante, es decir, desde que se desprendió de
sus más nobles ancestros. |
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