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  Opiniones

Temas del Laicismo Chileno

LAICIDAD Y LAICISMO, SIN DISTORSIONES.  

Sebastián Jans

De un tiempo a este parte, el Papa Ratzinger ha entrado a un confuso debate lingüístico, precisando una supuesta diferencia de propósitos y formas entre “laicismo” y “laicidad”. Así, verbigracia, en un discurso ante un grupo de juristas católicos, el pasado 09 de diciembre de 2006, expresó: “En el mundo de hoy, la laicidad se entiende de varias maneras: no existe una sola laicidad, sino diversas, o mejor dicho, existen múltiples maneras de entender y vivir la laicidad, maneras a veces opuestas e incluso contradictorias entre sí” (corazones.org).

Por cierto, la afirmación no puede ser más confusa, pero se explica en el contexto de una tendencia que la jerarquía católica trata de establecer entre laicismo y laicidad, entendiendo al primero como una hostilidad o una indiferencia tendenciosa contra la religión; y al segundo, como un respeto o un talante de aceptación validante entre el Estado y la Iglesia, fundamentado en una indefinida autonomía de cada parte.

Frente a lo expuesto en esa reunión con juristas católicos, hay algunos comentarios que hacer, ante lo que supongo no es un acto de mera disquisición lingüística del Papa Ratzinger, y que inducen a una confusión a su comunidad de creyentes y a quienes no han manifestado una madura reflexión  sobre la penetración de las confesiones en cuestiones del poder temporal.

Es bueno tener la cercana referencia de las consecuencias que son posibles de percibir en aquellos países, donde la vinculación clerical musulmana ha penetrado las instituciones políticas y sociales, produciendo una hegemonía sobre el Estado y la sociedad civil, que ha destruido las libertades y los derechos de las personas. La herencia de Ruhollah Khomeini y su impacto en la hegemonía política de los clérigos, es un tema que ha convulsionado a una buena parte de Asia y África, con consecuencias dolorosas para naciones y pueblos.

Mirando nuestra historia Occidental, no es tan lejana la  participación de los clérigos católicos, por más de un milenio, en una dolorosa historia que tuvo su epicentro en Europa, con no pocos efectos en América, que puede constatarse en un tránsito de guerras y persecuciones de distantes propósitos de fe, sin siquiera recurrir al extremo expediente de la Inquisición.

Si hubo una corrección en el mundo occidental, ante la pertinaz influencia del clero en las estructuras de poder de las sociedades y naciones, debe reconocerse que ello fue posible en la medida que se impuso en la conciencia de la sociedad civil la necesidad de la laicización de las estructuras de poder, y por la acción de una sana doctrina que tuvo la virtud de hacerlo posible: el laicismo.

Si hay laicidad en las sociedades más libres y consolidadas institucionalmente, fue porque esa doctrina supo hacerse realidad en la voluntad de los hombres que protagonizaron la lucha por la emancipación respecto de la tuición clerical, lo que John A. Hall, evalúa como un complejo balance entre el consenso y el conflicto, construido de manera penosa a lo largo de los siglos XVII y XVIII en Europa, donde la sociedad civil vino a ser el resultado de la separación entre el poder ideológico y el poder político, producido por la separación entre la Iglesia y el Estado.

En fin, lo que Ernest Gellner llama la derrota de las pretensiones moral-imperialistas de la Iglesia Católica y el surgimiento de espacios de tolerancia religiosa, donde la crítica a la religión dominante creó la tradición cultural de la reflexividad y la valoración de la autonomía y la capacidad individual, en contraposición a la conformidad pasiva a las reglas político-religiosas.

El laicismo no es un ideología como pretende tipificarla el Papa Ratzinger, tal como lo hiciera su antecesor, quien planteara, luego de la caída del muro de Berlín, que derrumbado el comunismo ateo, la tarea era hacer lo propio con el laicismo.

El laicismo, seamos objetivos, es una doctrina sin la cual no habría laicidad. Esta última es una consecuencia, el hecho, el efecto, que se desprende de la aplicación de la doctrina. Por lo mismo, pretender que la laicidad sea solo expresable en el ámbito de relación Estado-Iglesia es una mirada extraordinariamente reduccionista, ya que una efectiva laicidad abarca también su correspondencia en la sociedad civil y en el mercado.

Una sociedad donde existe una efectiva laicidad, es aquella en que opera la libre concurrencia de las diversas opciones de conciencia, no solo aquellas relativas a las confesiones, y donde ninguna de ella tiene el privilegio para sobreponerse hegemónicamente, para desde allí imponer formas de exclusión.

En años recientes, por ejemplo, en Chile hemos tenido una pertinaz acción de la Iglesia Católica, que quiere imponer sus puntos de vista a toda la sociedad, a través de presiones y cuestionamientos a todo aquello que busque garantizar los derechos a la diversidad y a la libertad de conciencia. Recordemos, por ejemplo, las presiones e intervención clerical en torno a la discusión de la ley de divorcio o más recientemente, en torno al uso en políticas de salud públicas de la píldora del día después.

En un plano más global, ¿acaso no fue un planteamiento del Papa Ratzinger, hace unas pocas semanas, que planteaba un principio que irrumpe contra cualquier perspectiva de respeto confesional, al señalar que la Iglesia católica "es la única Iglesia de Cristo" y el Papa debe ser aceptado como autoridad suprema por todos los cristianos, agregando que las iglesias ortodoxas orientales y las "comunidades" protestantes no son siquiera iglesias y que permanecen apartadas de la verdad? ¿Eso es lo que explica formas distintas de vivir la laicidad o las distintas formas de entenderla?

  Desde luego, toda religión está en su derecho a proclamar su credo, cuestión que el laicismo reconoce como condición inalienable de la libertad de conciencia, y que la laicidad debe hacer tangible en el medio social.  La laicidad, como acción, como hecho, como materialización del laicismo, no niega el derecho de las confesiones a la interpelación moral, pero, valida la igualdad de derechos a todas y a cada una, pero, también garantiza el derecho de quienes no tienen la obligación de sentirse interpelados por confesión alguna.

Para ello, la institucionalidad del Estado y la práctica de convivencia de la sociedad civil, tienen que crear los medios y las formas que garanticen la igualdad de derechos y la libre exposición de las ideas, pero, especialmente, el resguardo de las opciones de conciencia. Eso es laicidad.

Corresponde a quienes sustentamos la doctrina del laicismo, promover y coadyuvar para que ello sea posible. Quien acuse al laicismo de otras perspectivas o intensiones que no sean estas, es querer poner en entredicho su evidencia concreta de tangibilización social e institucional, que se manifiesta en el vocablo “laicidad”.

 

 

 

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