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Temas del Laicismo Chileno |
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Tiempo
de reconciliación RED VOLTAIRE Volteando
definitivamente la página de la guerra civil y la dictadura franquista,
la España de Zapatero quiere hacer más laicas sus instituciones. El
proyecto gubernamental prevé la abolición de los privilegios fiscales
de la Iglesia Católica y el final de la enseñanza del catecismo en los
programas escolares. En España, el proyecto laico tiene como objetivo
garantizar la libertad de conciencia frente a una confesión mayoritaria
y no, como se ha visto en Francia recientemente, luchar contra la
expresión de convicciones particulares. El gobierno de
José Luis Rodríguez Zapatero anunció el 23 de septiembre de 2004 que
deseaba elaborar una «Hoja de Ruta» para separar definitivamente a la
Iglesia del Estado español y terminar con los privilegios únicos de la
confesión católica en el país. Quizás se trate de una reacción ante
el fuerte retorno del Opus
Dei a la escena pública durante los ocho años de Aznar,
pero también seguramente a la preocupación por hacer aplicar,
veintiocho años más tarde, los principios de laicidad
afirmados por la Constitución de 1978. En un sentido más
amplio, los españoles quieren terminar con siglos de enfrentamiento
religioso que culminaron con la guerra civil y el franquismo y consagrar
a partir de ahora la libertad de conciencia [1]. En virtud del
acuerdo establecido con la Santa Sede en 1979, inmediatamente después
de la adopción de la Constitución, y cuyo objetivo era mantener el
estatus de excepción de la Iglesia Católica, existen aún crucifijos
visibles en las paredes de las escuelas públicas españolas y se
imparten cursos de religión católica en las mismas en detrimento de
las demás convicciones. Por otra parte, la Iglesia Católica disfruta aún
de un tratamiento fiscal favorable y de amplias subvenciones estatales. El contexto Si bien la
mayor parte de los españoles considera estos privilegios como
engorrosos espectros del franquismo que deben ser alejados a la mayor
rapidez, el gobierno de Aznar restableció las pruebas de religión católica
en el programa de bachillerato. Así, los únicos grupos que osan
indignarse abiertamente contra el proyecto de reforma de Zapatero se sitúan
en la franja más integrista de una iglesia que sólo los apoya con
palabras, limitándose a denunciar el «acoso laico» contra la religión
católica mayoritaria sin creer demasiado en ello, pues sabe muy bien
que el proyecto gubernamental no tiene como objetivo luchar contra una
religión, sino, por el contrario, garantizar la libertad de conciencia
para todos. Al reformar la
relación entre la Iglesia y el Estado y poniendo todas las convicciones
en plano de igualdad, el gobierno actúa conforme la Constitución de
1978 cuyo Artículo 16 estipula que ninguna religión será la del
Estado y que nadie está obligado a revelar su confesión. Asegura así
la libertad de culto para los individuos y las comunidades sin otras
limitaciones que las necesidades de orden público. El Artículo 27
afirma la libertad de crear establecimientos de enseñanza, el derecho a
la educación y el derecho a la formación religiosa y moral. La religión
católica ocupa un lugar preponderante en España, quizás más que en
todos los demás países de Europa. La identidad española se forjó
paralelamente a la Reconquista, que culminó en la época de los reyes
católicos, cuando Fernando de Aragón e Isabel de Castilla expulsaron a
los últimos árabes de Granada en 1492. De esta forma José María
Aznar no ha dejado de recordarles a los españoles esos momentos
particularmente sombríos de su historia para reavivar las viejas
querellas y promover el «choque de las civilizaciones» [2]. Sin embargo, la
separación de la Iglesia y el Estado ya fue instaurada por la
Constitución de la República en 1931 antes de que el Frente Popular se
enfrascara en un anticlericalismo extremo que suscitó como reacción la
alianza de la Iglesia y los franquistas en el seno de un régimen «nacional-católico»
hasta 1978. La Iglesia Católica española recibe cada año cerca de 140
millones de euros del gobierno para garantizar su funcionamiento y este
último paga a los profesores de religión de las escuelas públicas, a
los capellanes del ejército y las prisiones y se encarga de importantes
gastos periféricos del culto. Además, la
Iglesia está liberada del pago de la mayor parte de los impuestos y no
está sometida a ningún régimen de transparencia fiscal, pero no es
todo. Al adoptar el estatus de organización no gubernamental (ONG), las
congregaciones, fundaciones e instituciones católicas unen este
presupuesto a un segundo financiamiento estatal que se eleva a un total
de cerca de 100 millones de euros, a modo de «solidaridad» y de «ayuda
al desarrollo». Las reformas
previstas Las reformas
anunciadas figuraban en el programa del PSOE para las elecciones del 14
de marzo último. Sin embargo, el anuncio de la implementación de esta
«Hoja de Ruta» ha creado un efecto de sorpresa, pues los españoles se
habían habituado a esta contradicción entre una constitución que
afirma un Estado laico y una realidad muy indulgente con respecto a los
privilegios de la Iglesia. La
vicepresidenta del gobierno de Zapatero, María Teresa Fernández de la
Vega, tiene la tarea de coordinar, durante el año próximo, reformas
transversales relacionadas con los ministerios de Justicia, Economía y
Asuntos Sociales. Una vez redactado el estatus de laicidad, será
sometido al Ejecutivo para su aprobación para lo que tendrá el amplio
apoyo de las asociaciones educativas, feministas, pacifistas,
sindicales, de defensa de los derechos humanos, etc., tradicionalmente a
la vanguardia del combate. El secretario
de Estado para la Justicia, López Guerra, defiende el proyecto en estos
términos: «La confesión católica se encuentra en una situación
ventajosa sin igual, debido por una parte a la tradición, pero también,
en el aspecto formal, a los acuerdos de 1979 con la Santa Sede. A fin de
cuentas, la «Hoja de Ruta» debería conducir a un estatus efectivo de
no confesionalidad del Estado, lo que implica limitar el carácter
oficial de cualquier religión. Ninguna puede ser más oficial que las
demás, pues ninguna puede ser oficial.» El nuevo
estatus prevé, por lo tanto, instaurar la igualdad de tratamiento entre
las diversas religiones representadas en el país. Se estima que hay
actualmente en España más de un millón de musulmanes, 2,5 millones de
adeptos distribuidos entre las Iglesias Evangélicas y, según los últimos
estudios sociológicos, el 20% de la población se declara laica o atea,
un porcentaje equivalente al de los practicantes católicos [3].
Así, el proyecto tratará de adaptar las instituciones a un paisaje
religioso radicalmente diferente al del inicio de la era post-franquista. La primera
decisión política tomada en esta óptica es la no prórroga de los
acuerdos entre la Iglesia y el Estado para el próximo año; estos serán
objeto de un examen por parte del ministerio de Justicia a partir de una
óptica constitucional. En cuanto al aspecto educativo, está previsto
que la enseñanza de la religión católica, como la de las demás
religiones, se imparta fuera del horario escolar y que los alumnos que
no deseen asistir no se vean obligados a escoger una asignatura
alternativa. Por otra parte, la enseñanza religiosa pasará a ser una
asignatura no evaluable. Las
reacciones desesperadas del Episcopado Su Exc. le
cardinal Julián Herranz, miembro del Opus Dei [4]
y presidente del Consejo Pontificio para los Textos Legislativos,
denunció desde Ciudad del Vaticano el «fundamentalismo laico» que
anima a los promotores de estas reformas, haciéndose eco de los
principales responsables de la Iglesia Católica española [5].
En su criterio, este «laicismo agresivo» tendrá repercusiones muy
negativas en algunos sectores y valores fundamentales de la sociedad
como el matrimonio, la familia y la educación de la juventud. Extrañamente,
el Episcopado ibérico, para criticar las reformas, recurre a argumentos
que la Iglesia francesa ha empleado poco para defender el uso del velo
en las escolares: «No es legítimo invocar la tolerancia para impedir a
los cristianos que actúen como tales en el espacio público», ha
declarado el arzobispo de Barcelona, Mons. Lluis Martínez Sistach [6]. En una óptica
más constructiva, Agustín Domingo Moratalla, profesor de Filosofía
del Derecho, de la Moral y de la Política de la universidad de
Valencia, insiste en la necesidad de la autonomía financiera para la
Iglesia, pero denuncia lo que ve como una «privatización laica del
Estado». Teme que el fin de la subvención pública de la Iglesia prive
a los ciudadanos de algunos servicios que esta brinda hoy, pero llama a
la «rentabilidad de la cooperación» que, según él, anima al Labor
británico con respecto a la Iglesia Anglicana, la de la
socialdemocracia alemana o la del nuevo socialismo italiano para
fustigar la actuación «laicista, anticlerical y sectaria» del Partido
Socialista Español [7]. En la misma
edición del diario centrista El Mundo, el periodista José Manuel Vidal
remite irónicamente al clérigo español a sus propias referencias par
defender el proyecto: en su espacio de opinión titulado «Pobre para
ser libre», cita varios pasajes de la Biblia en los que evoca
especialmente la elección de Jesús por el estatus de la esclavitud a
pesar de su condición divina y el consejo prodigado a sus discípulos
de no acumular las riquezas terrestres, para afirmar que la Iglesia española,
una vez libre de su dependencia financiera con respecto al Estado, sólo
podrá ser más libre y concluir: «Una iglesia dependiente de las
subvenciones del Estado es una iglesia domesticada y muda.» [1]
La «libertad de conciencia» garantiza a cada cual la posibilidad de
creer o no en una religión. Esta se aplica por lo tanto no sólo a los
creyentes, sino también a los ateos, agnósticos y librepensadores.
Debe ser distinguida de la «libertad religiosa» que excluye de sus
preocupaciones las convicciones no religiosas. Durante los dos últimos
siglos, la libertad de conciencia se ha impuesto progresivamente en el
derecho europeo, mientras que la libertad religiosa triunfaba en el
derecho estadounidense. Estas distinciones teóricas tienen importantes
consecuencias prácticas. Así, en Europa, un ex adepto puede volverse
contra una secta que hubiera abusado de su debilidad, mientras que en
los Estados Unidos el testimonio de un apóstata contra su Iglesia de
origen no es válido ante un tribunal. [2]
«La
guerra de civilizaciones», Voltaire, 7 de diciembre de 2004. [3]
«El gobierno prepara una "hoja de ruta" para acabar con las
"innegables ventajas" de la iglesia católica», por Manuel Sánchez,
El Mundo, 24 de septiembre de 2004. [4]
Ver nuestro archivo
sobre el Opus Dei. [5]
«El cardenal Herranz denuncia el "laicismo agresivo"», El
Mundo, 27 de septiembre de 2004. [6]
«Indignación en la Iglesia católica ante el "acoso" del
Gobierno socialista», por José Manuel Vidal, El Mundo, 25 de
septiembre de 2004. [7] «La rentabilidad de la cooperación», columna de Augustín Domingo Moratalia, El Mundo, 26 de septiembre de 2004
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