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Temas del Laicismo Chileno |
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TEMORES DEL CARDENAL
Editorial de "El Metropolitano" 04 abril 2002. Santiago, Chile
¿Es Chile un país católico? La quemante pregunta formulada por el padre Alberto Hurtado, a mediados del siglo pasado, conmovió a la conservadora sociedad chilena. Más allá de los sentimientos e ideas de católicos y agnósticos, todos sintieron que era una auténtica inquietud del pastor. Con intuición uno, con racionalidad otros, asumieron que el religioso demandaba una respuesta profunda y auténtica. Por eso el padre Hurtado marcó un antes y un después en la juventud católica chilena. Incluso atrajo a la Iglesia a muchos estudiantes y pobres que vieron nacer la fe al calor de su pasión. ¿Son del mismo tenor las dudas planteadas hoy por el Cardenal de la Iglesia Chilena? No parece. Desde luego, el padre Hurtado no aceptaba católicos a medias. Esperaba y exigía un compromiso real y sustantivo. Reclamaba abiertamente actitudes de vida consistentes con los valores y creencias de la fe católica. Nada de "a mi manera". El mismo dio un testimonio de vida impecable y por eso fue modelo de vida santa para esos miles de jóvenes chilenos que salieron a fundar un Chile nuevo. Muy distintas parecen las inquietudes que ha dejado traslucir el Cardenal Francisco Javier Errázuriz. Desde luego, su definición de católico baja demasiado la vara que en su tiempo puso el padre Hurtado. Ser católico, judío o musulmán no es una cuestión de estadísticas, sino de fe y consecuencia. Pero se trasluce cierta desconfianza del Cardenal en la solidez de las creencias del Chile Católico. ¿Tan débil se ha vuelto su fe, como para que unos cuantos e-mail puedan causar un daño irreversible a la Iglesia?. O estas palabras son exageradas, o el pastor presiente un desplome de la fe. Con sinceridad, más parece una sobrerreacción. Por cierto que los católicos chilenos no son los mismos de hace cincuenta años. Ni siquiera la situación del país es la misma de hace una década. Estudios realizados por la Universidad Alberto Hurtado muestran que los chilenos mantienen la fe, pero buscan mayor distancia de las jerarquías. Hasta se atreven a pensar distinto en muchas materias y no parecen dispuestos a aceptar presiones ni moralinas. Tampoco se debe ignorar lo que ocurría en el Chile de los ’90 y en el país de hoy. A deferencia de otras, la Iglesia Católica chilena se ganó la gratitud y el respeto de muchos chilenos no creyentes o que profesaban otras religiones. Quienes no vivieron esos días, es posible que el Censo refleje en sus resultados. Como sea, Chile sigue siendo un país de creyentes. Más preocupa, entonces, la poca fe del Pastor en su rebaño. Es imposible no preguntarse si las dudas del Cardenal asoman gatilladas por eventuales distorsiones que pudiera arrojar el Censo a efectuarse este mes, o desnudan temores más profundos sobre el grado de compromiso de los fieles. Es posible que las convicciones de los chilenos estén algo adormecidas. El debate valórico, en general, ha perdido sustancia, arrastrado por el cortoplacismo y ciertas actitudes oportunistas. Pero eso no es privativo de la fe religiosa. Ocurre lo mismo en política, en la vida social y hasta en el interior de la familia. ¿Por qué no apuntar, entonces, al fondo del problema?. Tampoco resulta digerible esa advertencia el estilo, de "o el Censo muestra un porcentaje determinado de creyentes o no lo aceptamos". Esa actitud pone en injusto entredicho a esos miles de profesionales y estudiantes que se aprestan a colaborar con una actividad esencial para elaborar las políticas públicas del país. Si de algo sirven, y mucho, los temores del Cardenal, es para abrir una reflexión profunda sobre las convicciones de los chilenos. Un pueblo sin creencias, valores y sin fe, es un pueblo sin identidad ni sentido. Grave y penoso sería comprobar que los chilenos no creen en nada ni en nadie. Pero no es en las estadísticas donde hay que buscar la reafirmación de la vocación y la confianza, sino en el trabajo con la gente, especialmente con la que más sufre. . |
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