volver al index

  

   Ensayos

Temas del Laicismo Chileno

Liberalización valórica: ¿necesidad social o categoría de status?

 

María José Arriagada

Periodista.

 

Publicado en Revista "Occidente" en marzo 2006

La liberalización y el destape se asocian inevitablemente a una mayor libertad sexual. Esto dista mucho del libertinaje y desnudos por doquier: Trata de mentalidades más abiertas a distintas opciones sexuales, a una democratización entre géneros y sobre todo, a una limpieza de alma y mente en cuanto a prejuicios y trancas.

De este proceso habla el famoso Destape Español, que desató la caída del dictador Francisco Franco en 1975, tras casi 40 años de represión, y que convulsionó a la sociedad española de la época. Medios de comunicación, calles y hogares de este conservador país se tapizaron de cuerpos desnudos y sexualidad.

Una fiebre erótica que se ha apaciguado en los años, aunque los cambios que produjo al interior de los españoles se vislumbran hasta el día de hoy. El destape, que parece intrínsicamente asociado a los países en cuya historia ha existido una dictadura política, parece ser el paso natural de la inmensa mayoría de los países de Latinoamérica, subyugados desde sus inicios a distintos tipos de represiones.

Chile no se mantiene al margen de esta realidad. De eso hablan los numerosos estudios a la ciudadanía en que la gran mayoría asegura ser más liberal que antaño. O las políticas sociales que exigen democratización en todos los niveles, e incluso los medios de comunicación que ponen en portadas temas que antes nunca hubiesen tratado.  

Pero, es dentro de los hogares chilenos donde aún no se resuelve la principal dicotomía: ser liberales en discurso de la casa hacia fuera, y tremendamente conservadores en las decisiones que respectan a la vida privada de quienes conforman la familiar.

Entonces, ¿la liberalización es una necesidad social o una nueva categoría de status? Pareciera ser una duda que ni siquiera los propios chilenos son capaces de responder. Y aunque sea un proceso inconcluso, lleno de aristas por recorrer, la sociedad chilena sí parece estar dando pequeños pasos, en lo que a una liberalización respecta.

 

Destellos de luz

 

Situados en el Chile del siglo XXI, es fácil percatarse de grandes avances dignos de los países modernos, pero también de trancas que subyacen de una mentalidad conservadora.

Con una situación económica envidiable dentro de Sudamérica,  el país ha sabido ajustarse a nuevos avances tecnológicos, en conjunto a mejoras sociales para todos los ciudadanos. Del mismo modo, un mayor acceso a la educación, y un consecuente progreso de ésta, ha permitido que muchos chilenos gocen de niveles de cultura superiores a los de años anteriores.

Es en esta modalidad donde se entienden los cambios sociológicos de los ciudadanos, que por años han ostentado el título de ‘Jaguares de Latinoamérica’.  Este cargo, entregado por la propia comunidad, denota un interés de distanciarse de los países vecinos y de destacarse entre sus pares, en una acción propia de un mundo cada vez más globalizado.

En este contexto de mayor igualdad es donde nacen otros discursos y mentalidades. Con la proliferación de los medios de comunicación, que acercan en sólo instantes realidades muy alejadas por la geografía, Chile se ha nutrido de discursos e ideologías que hace años eran impensados.

En esta senda se integra la liberalización, como una necesidad social de pertenecer a movimientos modernos y de mayor comprensión del ser humano. Una forma de maduración, finalmente, donde los temas como la homosexualidad, las relaciones prematrimoniales y el respeto a la diversidad tienen un asidero real.

En Chile, con un poco de memoria y buena voluntad, es sencillo apreciar estos pequeños chispazos de luz en el camino a la liberalización. Y la característica de estas transformaciones es que no responden sólo a un grupo de personas o sectores sociales, sino más bien parece algo transversal a la sociedad chilena. Estamos ad portas de una liberalización del país.

Entre estos hitos se destaca, principalmente, ‘La casa de vidrio’. Apuesta artística que consistía en colocar una casa habitación con paredes de cristal en medio de la gris capital del país. La reacción social no se hizo esperar, desatando un acto que desfilaba entre el exhibicionismo, para unos, y el nacimiento de un voyerismo nunca antes admitido, para otros.

Poco tiempo después sería el tiempo propicio para el reinado de los homosexuales en los medios de comunicación. Incluso cuando los primeros atisbos nacen en la época de las “Yeguas del Apocalipsis”, cuando Pedro Lemebel y Francisco Casas representaron su condición en plena dictadura, no fue hasta la llegada del 2000 en que homosexuales pudieron presentar su condición con menos miedo que antes.

Por esto, no causa extrañeza que personas que libremente demuestran su condición sexual, están en pantalla día a día. Este podría ser un reflejo de una nueva realidad donde en todos los trabajos se permita el acceso a personas con distintas opciones. No sólo sexuales, sino también económicas, sociales y religiosas. O por lo menos debiera ser así.

Esta nueva realidad para Chile no sorprende a sociedades más liberales que la nuestra. No es tema de conversación, y la homosexualidad pasa a un segundo plano al lado de desnudos por doquier y elocuentes aseveraciones sobre la libre sexualidad.

Ciertamente, la situación no es tan normal para muchos de los chilenos. Los estudios sociológicos nos acercan a un contexto donde el discurso y la práctica no van correlaciones la mayor parte de las ocasiones. De esto hablan los informes del PNUD donde la gran mayoría afirma ser más liberal, pero no aceptar que el vecino homosexual vaya a comer a su casa.

Conservadurismo, trancas o simple hostilidad, lo cierto es que los medios de comunicación parecen desear que termine esta dicotomía imperante. Sin ser los propulsores del cambio, sí han puesto en la mesa familiar temas que antes eran impensados. A veces raya peligrosamente con el límite de la sobre exposición, sin embargo, socialmente, se establecen cambios que aspiran a una maduración social: un nuevo statu quo donde la diversidad reina.

 

Tunick en Chile, o el país al desnudo

 

En nuestro país, poco y nada se conocía del estrafalario fotógrafo norteamericano Spencer Tunick, reconocido en Europa y Estados Unidos por desnudar a miles de personas en distintas ciudades del mundo. Su gran propósito era conseguir registros fotográficos de esta desnudez masiva, para más tarde presentar su trabajo en un conjunto que llamó “Nude Adrift” (Desnudos a la deriva).

En Chile las modas siempre llegan tarde, pero llegan. Por eso, cuando el Museo de Arte Contemporáneo (MAC) en el marco de la Bienal de Sao Paolo, realizó la comunicación con Tunick, esperaba que un número de chilenos asistiera a la cita. Pero nunca tantos.

Acaso ni siquiera la ciudadanía imaginaba el alto impacto y convocatoria del evento, y ni los medios de comunicación estaban preparados para tal avalancha de fotografías e imágenes de desnudos, que se repetirían más tarde entre análisis de todo tipo que hablaban de un nuevo país: “el Chile liberal”.

¿Era normal que, en un país decididamente conservador años atrás, se desnudaran más de cuatro mil personas?

Los desnudistas miraban sorprendidos a su alrededor, como si no entendieran porqué eran tantos los reunidos a las 5 de la mañana un día domingo, mientras se jugaba más encima, la final del mundial de fútbol. La Iglesia Católica decidió primero por el silencio, y más tarde por la consternación; un país que por años respetó la decisión eclesiástica de no permitir el divorcio ahora se desnudaba en pleno Parque Forestal. En otra esfera del mundo religioso, las iglesias evangélicas se reunieron a protestar contra lo que les parecía, una ofensa contra Dios, mas ni sus pancartas ni amenazas del infierno hicieron sucumbir a los desnudistas. El mundo político, dividido como siempre, encontró un punto común en esta libertad: era un discurso cómodo para reformas futuras, además de la evidente sobre valoración de la madurez de la sociedad chilena.

Los medios de comunicación se vieron obligados a duplicar sus esfuerzos para cubrir semejante noticia. No alcanzaron las portadas de la prensa escrita para dar abasto a los cuerpos desnudos, ni los programas especiales para pasar por televisión, una y otra vez, la revolución ciudadana.

De todos los pequeños destellos de luz, que mostraban al país en una senda hacia la liberalización, la fotografía de desnudos de Spencer Tunick, el 30 de junio de 2002, fue la más evidente.

Mujeres y hombres, jóvenes y ancianos, se dieron cita sin premeditación, acaso por un afán propio de libertad que se transformó en un movimiento multitudinario sin pretenderlo. La fracción de la sociedad más conservadora no pudo mantenerse al margen de tal catarsis colectiva, ya que ningún medio de comunicación se mantuvo ajeno. Con o sin consentimiento, la desnudez masiva repletó la retina de los otros miles de chilenos que no asistieron al evento fotográfico.

Sin importar sexo, religión o edad de los desnudistas, se daba paso a una nueva libertad que va cercanamente aferrada a la democracia, aquella que aspira a la igualdad y que en la memoria de muchos chilenos aún, tras la dictadura, sigue siendo un bien inasequible.

Los análisis vertidos en los días y semanas posteriores, por una multiplicidad de expertos en las áreas sociales, hablan del impacto general por el que atravesó la sociedad chilena a mediados del año 2002. Hasta el día de hoy, casi cuatro años después, la fotografía de Tunick y los más de cuatro mil desnudos siguen en la palestra, a la hora de opinar sobre un Chile más liberal.

Sociólogos, psicólogos, historiadores, antropólogos, políticos y eclesiásticos quisieron tomar la palabra. En la cotidianidad de los hogares tampoco el tema pasó sin ser analizado.

La gran pregunta que rondaba en los medios de comunicación y la sociedad en general, era comprender porqué cuatro mil personas, educadas en una sociedad tan conservadora como la chilena, habían estado dispuestas a despojarse de ropas –y con ello de tantas trancas- para posar frente a un lente que mostraría su debilidad ante todo el mundo.

El propio Spencer Tunick no se lo esperaba. Del mismo MAC le habían advertido que más de 500 personas no asistirían, contando siempre con aquella parte de la población que es más abierta: jóvenes y personas comprometidas con el arte. Por eso, ante un público potente en número y ánimo, el fotógrafo quedó paralizado varios momentos, y se contentó con sacar un registro de aquello que más bien parecía revolución que obra de arte.

Los expertos en las áreas sociales se dividieron en variados discursos, que se planteaban desde una liberalización de los chilenos, agotados de tanto conservadurismo, hasta quienes promovieron la idea de un acto subversivo, latente tras tantas represiones, pero sin un significado real.

Cuatro años después de aquella fría mañana, en que el Parque Forestal de Santiago se entregó a cientos de cuerpos desnudos, no existe la certeza de qué hechos o sentimientos promovieron tal evento. ¿Respuesta a una convocatoria cultural, exhibicionismo o catarsis colectiva? ¿El paso final hacia la liberalización del país?

A nivel masivo, la respuesta parece entenderse como el comienzo de una nueva era, que de a poco en los últimos años, daba las primeras muestras. Podía ser el nacimiento de una nueva sociedad más moderna y madura, y por ende, mejor ajustada al mundo globalizado. Un grupo social hastiado de trancas y dobles discursos que pretendía al despojarse de ropas, liberarse de status sociales y económicos, diferencias de edades y sexos y por cierto, nutrirse de una libertad e igualdad representada en cientos de cuerpos, distintos, pero iguales en el fondo.

Para los más críticos, el evento no respondió a nada más que un afán de exhibicionismo, más masivo del que todos creían. En el movimiento multitudinario no vieron más signos que el de una rebelión sin nombre ni fundamento, sin asidero en un discurso real que podría teñirse de social o político. Sin embargo, sería el ámbito religioso el que se sentiría más atacado, en una suma de eventos que hablan de una necesidad de secularización de la sociedad, que justamente, va en contra de sus principios.

 

Iglesia v/s Modernidad

 

Pese a cuantiosos estudios que demuestren, día a día, que la Iglesia Católica ha perdido influencias dentro de la sociedad chilena, sigue representando un ente importante en la idiosincrasia del país.

Y en su espíritu se esgrimen numerosos valores que parecen coartados por la modernidad. Por ello ha decidido mantenerse alejada de todas estas transformaciones, pero también privando a sus fieles de la libertad para optar ante el inmenso abanico de oportunidades que ofrece estar insertos en una aldea global.

Es este escenario donde renace el debate contra el divorcio en una primera etapa, batalla que perdió ante un secularismo predominante en el país. Sin embargo, antes temas como ‘la píldora del día después’ y el embarazo juvenil mantiene su firme posición. ¿Logrará ajustarse algún día a los nuevos tiempos, o perecerá en los recuerdos de una sociedad tradicional?

La liberalización de un país es un proceso continuo que no divisa un final. Este interminable devenir habla de una búsqueda de maduración, pero también de una necesidad de progreso, presente en la mayoría de las sociedades más avanzadas en temas sociales y políticos.

En este esquema, la religión dejó de ser una obligación para integrar el gran paquete de necesidades elegidas en libertad, pasando a un ámbito más privado que el de la misma sexualidad incluso. Esto radica precisamente porque la liberalización apunta a una libertad sexual, que es un tema donde la iglesia no está dispuesta a perder poderío.

Lo que muchos olvidan es que este primer paso, que muchas veces pasa por derroteros falsos como el erotismo desatado o el libertinaje, apunta más adelante a una liberad aplicable a muchos más ámbitos sociales.

El llevar un asunto tan íntimo como la sexualidad y la vida en pareja, a terrenos ampliamente públicos como los medios de comunicación, deja abierta la puerta también para que muchos temas derivados de éste, puedan ser conversados sin tapujos por todos los componentes de la sociedad.

En esta esfera entrarán cientos de crímenes sexuales que son reiterados a diario al interior de muchos hogares chilenos, así como las disfunciones sexuales y la discriminación, aún existente, hacia los homosexuales. La diferencia estila en percibir este proceso como una promesa de maduración social, acompañado de la correspondiente educación a todo nivel.

Como proceso, está destinado a enfrentar diversas opiniones y encontrar muchas trancas en el camino. Así mismo, también posee la facilidad de cometer errores e impulsar a la población hacia los mismos, como un libertinaje que propicie un erotismo excesivo en la población infanto-juvenil, por ejemplo. Pero a la vez, contempla cambios y transformaciones  que podrían promover a la sociedad chilena a una mejor contemplación de la nueva realidad.

Aquella que hoy por hoy, está llena de diferencias de todo tipo y que necesita urgentemente de un ánimo de conciliación e igualdad. Una realidad, mejor ajustada a los tiempos modernos, donde la discriminación quede obsoleta y las nuevas libertades, esta vez mejor equipadas y educadas, tengan un espacio libre donde desarrollarse.

 

 

 

Hosted by www.Geocities.ws

1