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Temas del Laicismo Chileno |
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LA
REPÚBLICA NO ES CATÓLICA. Sebastián
Jans Hace
83 años, luego de los debates y controversias que marcaron la agenda
política chilena del siglo XIX, se produjo la separación de la Iglesia
Católica y el Estado. Culminaba así un esfuerzo que comenzaron los
propios Padres de la Patria por reducir el poder y la influencia de los
clérigos sobre la cosa pública. Sabemos
que ese paso, como todas las decisiones políticas, no rompió con el
pasado de un modo determinante, y el confesionalismo se las ha arreglado
para seguir siendo un factor omnipresente en las decisiones políticas
del Estado chileno. A veces con menos éxito, en otras con una capacidad
extraordinaria para convocar en torno a sus objetivos a sectores del más
variado espectro político, ideológico y social. Demás está decir que
los sectores que se relacionan con el poder económico, tradicionalmente
han estado comprometidos con los intereses políticos del
confesionalismo - por tradición familiar, por vínculos del más rancio
origen -, siendo un factor determinante en la recurrencia
confesionalista y clericalista dentro de la sociedad chilena.
El
maridaje tradicional entre las familias que controlan el poder económico
en Chile - las antiguas familias patricias de origen colonial, el
conservadurismo político-social, y los nuevos ricos prohijados por la
economía neo-liberal -, con una visión
tradicional de la religión y convencidos de su determinismo
autoritario sobre la sociedad, encontraron terreno abonado en el
proyecto refundacional de Chile impulsado por Pinochet. La
influencia de ideólogos del conservadurismo católico como Jaime Guzmán,
fue decisiva para potenciar una idea de república bajo la égida
confesionalista, como solo se había realizado bajo la restauración
pelucona a partir de 1830. Pinochet, enfrentado al sector de la Iglesia
que tenía un mayor compromiso secular, bajo el impulso del Concilio
Vaticano II, desde el primer momento esbozó que su base de sustentación
estaba en aquel clero que se vinculaba con el poder económico y con una
visión más funcional al patriciado confesional, que había sido
despojado del poder político por la mesocracia de manera progresiva
desde 1938 en adelante. El
beneficio del tiempo histórico de la Iglesia Católica, bajo el Papado
de Juan Pablo II, que significó un retroceso significativo de los
sectores más seculares o conciliares, impulsando un fuerte viraje hacia
el conservadurismo religioso, fue extraordinariamente favorable al
proyecto pinochetista, que encontró un respaldo conceptual a su visión
del poder político y de la sociedad. Como
modo de asegurar su proyecto, luego de su derrota en el plebiscito de
1988, se promulgó un conjunto de leyes, en aquellas áreas más
sensibles, que aseguraran el poder confesional conservador y su
influencia sobre la institucionalidad. De este modo, hay una malla de
amarres institucionales, legales y constitucionales, que tienen a
nuestra sociedad en punto muerto. Así, tenemos una de las sociedades más
conservadoras y con mayor influencia confesional, no solo de América
Latina, sino de todo el Hemisferio Occidental. La
idea de Guzmán y Pinochet fue fundar una república católica, como lo
ha pretendido siempre el conservadurismo chileno, desde la época pelucona,
y donde el patriciado tenga en sus manos todos los hilos del poder y la
regimentación de lo social, bajo el sello católico. Ese sector ha
logrado que institucionalmente toda la Iglesia jerárquicamente se vea
involucrada en la defensa de las prebendas que el sistema genera, y que
una visión unilateral, la del poder confesional, sea la que predomine
incluso entre los clérigos que no la comparten y que les gustaría una
Iglesia menos comprometida con el poder económico y su relación con el
pinochetismo. Así
como los sectores del clero se incomodan ante la realidad de comulgar
con las ruedas de carreta del conservadurismo confesional, cuya agenda
valórica está recargada de resabios decimonónicos, resulta paradójico
que quienes políticamente representaron una alternativa al pinochetismo
y plantearon la agenda de la modernidad, estén en su mayoría anclados
en el proyecto fundacional de la dictadura, y asuman la conducta
patricia como una lógica consustancial de lo fundante de nuestra república.
Ello se refleja en la constante cautelación de los planteamientos de
una jerarquía eclesial que valóricamente es tremendamente sensible a
cuestiones formales, pero que no tiene el mismo espanto frente a los
nudos del autoritarismo que siguen vigentes de un modo determinante
respecto del carácter del sistema político y económico. Sin
embargo, la experiencia enseña, y una de las lecciones que aprendió el
propio peluconismo en el siglo XIX, fue que la república, como sistema de
organización política, es por esencia no confesional. Ellos
comprobaron que, ante una sociedad que era permeada por la modernidad,
el sistema político no podía estar determinado por una concepción
confesional hegemonizada por los clérigos. Las discrepancias con el
clero, que vivieron Montt y Varas, fueron la señal de que el sistema
político debía abrirse a una diversidad inevitable. Si
los despotismos de hace tres siglos eran coherentes con una
caracterización religiosa, obedecían a la lógica monárquica, no a
una lógica republicana. Es más, la lógica de un Estado confesional no
era posible sino en el fundamento de un autoritarismo que excluía el
aporte a la nación de otros valores, de otras interpretaciones de la
vida y de la fe. Arrastrado por la constatación de los tiempos, parte
del peluconismo terminó
aceptando la necesidad de abrirse a la multiconfesionalidad, aunque sin
llegar a institucionalizarla. 150
años después, el neopeluconismo
concebido por el proyecto pinochetista, tal vez en un giro de pretendida
modernidad, acepta la
multiconfesionalidad, pero tampoco asume su institucionalización. Ello
no debe extrañarnos. A la luz de los tiempos, la valla de la aceptación
de la diversidad valórica sigue siendo insalvable para el exclusivismo
de nuestros patricios, y la lógica que prima – que es básicamente
autoritaria – es que la república chilena es católica. Así lo
entiende la clase empresarial y parte significativa de la clase política,
es decir, quienes componen una oligarquía que tiene un concepto
patricio, una práctica patricia y una lógica patricia. Allí
se presenta su brutal choque con la modernidad en su contexto principal,
el espiritual. La modernidad no está en los recursos físicos, en las
disponibilidades del progreso material, sino en el ámbito de las ideas,
de las prácticas y de la inspiración de un modelo de sociedad y de
vida. La modernidad está indisolublemente ligada a las prácticas que
se liberan de los sojuzgamientos de conciencia y de la represión de las
ideas, sea por la vía que sea. De tal modo que, si la modernidad
recuperó desde el pasado griego la idea republicana, fue por su
naturaleza ciudadana, donde los componentes de la nación son iguales en
derechos y obligaciones, más allá de cual fuere su lugar de
nacimiento, de residencia, de casta, o de cuales sean sus valores, sus
ideas, sus creencias, etc. La república, verdaderamente, no es un sistema en el cual se ponga una bandera de reclamación en función de un interés particularizador. Si bien algunos han tomado su nombre para establecer dictaduras, en esencia, más allá del autoengaño o del pretendido engaño a la conciencia civil de la Humanidad, desde los griegos hasta ahora, una dictadura es una dictadura. Así lo han sido las eufemísticamente llamadas “repúblicas populares”, “repúblicas democráticas”, “repúblicas islámicas”, etc. Lo serían incluso una “república atea” o una “república agnóstica” o una “república cristiana”. La
naturaleza del sistema republicano, está en la diversidad que compone
el colectivo social o nacional, en el aseguramiento de los derechos
ciudadanos y de todos los derechos que permiten el ejercicio de la
libertad, en la concurrencia de la más amplia diversidad del pueblo a
las cuestiones que son de su interés particular. Está en el
reconocimiento de la autonomía de lo político y civil respecto a lo
religioso, está en la separación entre la esfera terrenal - normas y
garantías que todos debemos compartir - y las esferas íntimas de las
creencias de cada cual – que son obligaciones que debe asumir ante su
exclusiva conciencia -. Pasados casi 20 años, desde que el proceso de democratización superó la realidad de la dictadura, los resabios de ella siguen omnipresentes, impidiendo que la república sea una realidad plena. Institucionalmente sigue primando el concepto tutelar y la idea de la “democracia protegida”, que concibiera el autoritarismo. Los fundamentos constitucionales siguen descansando en bases que subordinan derechos que son propios de un ejercicio republicano, y la tuición patricia y la tuición religiosa siguen sojuzgando libertades que son esenciales y derechos que debieran haber alcanzado su madurez, pero que siguen siendo en muchos casos un esbozo. Nuestra democracia y nuestra república siguen siendo precarias en muchos aspectos, tal vez demasiados. Hoy
se está abriendo debate sobre la necesidad de generar de una buena vez
una nueva Constitución Política. Enhorabuena. Sin embargo, para
algunos, hay conceptos que tienen solo una variable. Se habla de exclusión
solo en términos de la participación política de determinado sector.
En realidad la exclusión es una constatación bastante más amplia y
que está en los genes de nuestro ordenamiento político, económico y
social. Es más: está en la práctica patricia de nuestras élites. La
exclusión es política, social, económica, cultural, valórica,
religiosa, ética. Entonces,
frente a un nuevo proceso electoral, que se juega con cartas marcadas, y
donde lo obvio es lo determinante, y donde se trata solo de dar
cumplimiento a los plazos legales contemplados en la Constitución –
elegir Presidente, diputados y parte del Senado -,
lo lógico es poner en debate aquellas cuestiones que son
relevantes para las personas. Si se trata de plantearse como objetivos
cierto nivel de cambio constitucional, que estos no estén planteados
solo en el ámbito del maquillaje que se funda en la componenda, sino
que abramos un debate realmente significativo sobre los temas que ponen
coto a las libertades y a la participación. Que sean las cuestiones valóricas,
en todo su más amplio espectro, las que marquen la agenda de este
proceso electoral. En ese contexto, abramos el debate sobre qué tipo de república queremos, sobre cuál es la democracia a que aspiramos. Saquemos la discusión de la esfera de las élites de nuestro país, de las castas patricias, y llevemos la discusión a la más amplia base social. Y quienes aspiren a representarnos o dirigirnos, que sean confrontados con los intereses y los valores más variados de nuestra realidad nacional, los que están mucho más allá de las creencias, convicciones y certezas de quienes se presentan una vez más como candidatos. En fin, de una buena vez, hagamos república y un ejercicio realmente democrático. Enero
2009. |
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