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  Ensayos

Temas del Laicismo Chileno

LAICISMO CHILENO. LA REALIDAD ACTUAL Y SUS DESAFÍOS.

Sebastián Jans

 

(Disertación efectuada en el Centro Cultural "Galileo Galilei" el 19 de abril de 2006)

1. A modo de introducción: la percepción externa de nuestra sociedad.

Para cualquier ciudadano medianamente informado, no pudo pasar por alto los comentarios de la prensa internacional, cuando la actual Presidente de la República, Michelle Bachelet, fue elegida para el cargo o cuando asumió sus funciones. Para los observadores internacionales llamó profundamente la atención, que una mujer, separada y agnóstica, hubiese sido elegida como Jefe de Estado y de gobierno, en uno de los países más conservadores de América Latina.

Los hombres de negocios, los turistas, los profesionales y académicos, los analistas, que visitan nuestro país, no dudan en comentar en sus países de radicación, los perfiles tradicionalistas y conservadores que predominan en los medios sociales chilenos. Resulta increíble que sea la misma impresión que tuvo hace 180 años, la inglesa Mary Graham cuando visitó nuestro país[1], y por los mismos motivos.

En el mismo orden de consideraciones, conversaba con un profesional australiano hace algunas semanas, al que le llamó profundamente la atención el rol preeminente que tienen las jerarquías católicas en los actos oficiales, y como el clero interviene tan abiertamente en las decisiones y debates públicos, para imponer cauciones sobre el actuar de las autoridades. 

Sin embargo, yo trataba de retrucar que, parece ser que Chile, es una sociedad de profundos contrastes, lo que no quiere decir necesariamente que sea una sociedad realmente pluralista. Y es una sociedad de contrastes, porque culturalmente conviven enormes latencias de un pasado conservador, junto a abruptas expresiones de un liberalismo audaz. El recato convive con la audacia, pugnando dentro de la espiritualidad individual y colectiva, al punto de neutralizarse el uno con el otro.

Como demostración de ello, le recordaba que siendo un país más bien pacato en muchos aspectos, el fotógrafo Spencer Tunick en ningún país ha tenido tantos miles de personas desnudas, para realizar una de sus performances fotográficas, como ocurrió en Chile. Una sociedad de contrastes porque los laicistas más radicales mandan a sus hijos a estudiar a colegios católicos, argumentando su mejor calidad educacional, aún cuando éstos no sobrepasen el mediocre estándar de la educación chilena.

Sin embargo, en conciencia, creo que efectivamente, aún en sus contrastes, que no son sino expresiones de lo irresoluto de varias problemáticas morales históricas, que inhiben las capacidades de libertad de las personas, en los hechos, sí, Chile es un país que no ha resuelto su pasado de un modo decidido, y la autocomplacencia frente a los contrastes no es más que el temor a abordar los conflictos espirituales, que devienen de una incapacidad ética de liberarse del sojuzgamiento que impone un concepto transicional válido para una fase de la democratización, pero, no para el empoderamiento democrático, y que se ha resumido en una especie de rígido sayo: “en la medida de lo posible”.  

2. Aspectos que perfilan el laicismo de hoy.

Una de la cuestiones que emerge como un lugar común, en quienes se acomodan en el empoderamiento democrático de nuestra República, y que no quieren entrar en conflicto con el poder confesional, y que les desacomoda toda crítica a la hegemonía que este ejerce sobre las instituciones del Estado, es la tendencia a señalar que el laicismo es una cosa del pasado, decimonónica y añeja, y que ya resulta trasnochado el debate con el clericalismo.

Frente a ello, partiremos con una afirmación que hacía el español Juan Francisco González Burón, presidente del movimiento “Europa Laica”, en un artículo elaborado especialmente para la revista “Occidente” , a mediados del año pasado. Allí señalaba que “el laicismo sostiene un compromiso ineludible, allí donde se encuentra: posibilitar las condiciones políticas, jurídicas y sociales idóneas para el pleno ejercicio de la libertad de conciencia, carácter que lo enfrenta inevitablemente a toda configuración del Estado, del gobierno o de la sociedad civil, que anule o restrinja dicha libertad en cualquiera de sus manifestaciones”. Luego agregaba que el contenido irrenunciable del laicismo  se identifica “con los derechos humanos de reclamación individual, garantes de la integridad física y psicológica o moral de los seres humanos tomados de uno en uno, concebidos como conciencias libres y como voluntades autónomas. La libertad de conciencia no es, por lo tanto, para el movimiento laicista, uno más entre los derechos fundamentales, sino el eje vertebrador que da sentido a los mismos”.

Importa mucho tener claro los tres espacios que González Burón señala: el Estado, el gobierno y la sociedad civil, para diagnosticar que ocurre en Chile hoy con ellos, porque a poco andar en cualquier análisis sobre las tendencias que se advierten en el control del Estado, sobre lo que hacen sus instituciones en el plano de las libertades de conciencia, encontraremos hallazgos sorprendentes sobre como son vapuleadas, precisamente, por órganos del Estado, aún a contrapelo de lo que la propia Constitución establece.

En uno de los eventos organizados por el ILEC (Instituto Laico de Estudios Contemporáneos - www.laicismo.net), Philippe Grollet, presidente del Centro de Acción Laica de Bélgica, ponía el acento en que “no basta con establecer en la Constitución que la República es laica o que el Estado es neutro, para satisfacer efectivamente el deber de imparcialidad de los poderes públicos” y que “el Estado viola la regla de imparcialidad, olvidando principios fundamentales que debe respetar, cada vez que otorga dineros estatales sin que ello se ajuste al principio de equidad”. Como condición fundamental, insistía en que “todos somos ciudadanos de pleno derecho, aprovechamos los mismos beneficios y estamos sometidos a las mismas obligaciones[2].

 No puede escapar para cualquier observador lo que ocurre en Chile, donde tales enunciados, que se sustentan incluso en declaraciones que constituyen reglas para la comunidad internacional, han sido y son reiteradamente avasallados por el poder de un credo, que tiene profundas ramificaciones y que impone sus términos sobre el Estado, el gobierno y la sociedad civil, sin ningún remilgo, y que tiene sus raíces en el proyecto refundacional que dictatorialmente impusiera Pinochet. Un poder de naturaleza conservadora, autoritario, económicamente neo-liberal, dogmático y oligárquico.

3. Consideraciones en torno al clericalismo y al confesionalismo en Chile.

El conservadurismo que advertimos en nuestro país, se sustenta en dos variables de una misma visión de hegemonía espiritual – y en consecuencia, moral y cultural -, que tienen sus propias trayectorias, especialmente, con los procesos históricos vividos por el país, a través de su historia más reciente. Ellos son el clericalismo y el confesionalismo.

El clericalismo, en su concepción tradicional, dice relación con la influencia y predominio del clero sobre el poder político. El confesionalismo dice relación con la influencia y predominio, ya no solo de los clérigos, sino de un dogma religioso y de las estructuras de poder fáctico que éste genera en los distintos niveles de la sociedad. ¿Cuál es la diferencia y el matiz que separa al clericalismo y al confesionalismo? Simplemente el carácter protagónico de sus miembros. En uno, el protagonismo descansa en los clérigos y en la estructura jerárquica que los sostiene. En el otro, el protagonismo radica en los creyentes que tienen poder corporativo y que, a través de ese poder, pretenden imponer su visión dogmática a la sociedad.

El clericalismo ha tenido sus momentos históricos significativos, y en algunos momentos re-emerge con singular potencia. Pero, lo que viene a imperar más potentemente en las últimas décadas en nuestro país, es el confesionalismo, y no uno de carácter genérico, sino uno específico: católico, apostólico y romano.

Hasta antes de la dictadura de Pinochet, la opción del confesionalismo siempre se expresó relativizadamente, producto de una concepción del poder donde hubo una influencia laicista significativa. De hecho, podemos decir que, desde la República Liberal hasta 1973, siempre hubo factores de equilibrio que impidieron la consolidación de la visión confesional. Fue un siglo de condiciones de pluralización, que constituyó un patrimonio moral reconocible en toda América Latina. Con muchos problemas de otro tipo, pero, donde hubo espacios para reconocer el buen sentido de políticas de gobierno en la educación, en la salud, etc. donde primó en las distintas visiones políticas predominantes, cual más cual menos, un contexto ético centrado en el hombre.

De muestra, un botón. La píldora anticonceptiva entró a Chile en los años 1960, en pleno gobierno de un partido de denominación confesional, pero, nadie pensó en considerar que las políticas públicas que la masificaron no estaban bien encausadas, aún con las expresiones hostiles de la jerarquía religiosa. A contrapelo, podemos comparar lo recientemente ocurrido con la llamada “píldora del día después”.

Al sobrevenir la dictadura de Pinochet, comienza a expresarse un ascendente confesionalismo. La concepción portaliana que propone ideológicamente la dictadura, no es ajena a ese aspecto refundacional que tiene un inconfundible matiz confesionalista. Enfrentado Pinochet a una jerarquía clerical que tiene un manifiesto compromiso con el Concilio Vaticano II y con las encíclicas sociales, recurre a los creyentes con poder económico para afirmar su visión confesional como núcleo conceptual valórico de su ejercicio autoritario. En alguna oportunidad podríamos analizar ese aspecto con mayor profundidad, es decir, la lectura católica de Pinochet y su aporte refundacional al confesionalismo chileno.

Entonces, el confesionalismo se nutrió y creció a través de una apuesta de poder específica, generando un modelo de sociedad, un modelo de Estado, un proyecto de hegemonía, que se hizo independientemente de la jerarquía clerical, en un primer momento, del cual el núcleo de poder de la dictadura desconfiaba, por lo que, alternativamente, potenciaron al sector más tradicional del clero. Ese confesionalismo fue capaz de desarrollarse y mantenerse al margen de la rectoría institucional de la Iglesia, incluso, podemos decir al margen del clero predominante, por mucho tiempo. Esa situación marcaría la forma como el confesionalismo se desenvolverá con posterioridad

Ello lo hará muy independiente de las jerarquías diocesales y propenderá a crear instancias compartimentadas y autónomas, desligadas de la estructura eclesial regular. Es lo que ha favorecido los cultos cerrados en torno a determinados dogmas u organizaciones confesionales autónomas. Por ejemplo, movimientos, prelaturas, ordenes religiosas, grupos de estudio, adoraciones especiales, etc. Ello es lo que ha favorecido el crecimiento del Opus Dei y los Legionarios de Cristo, los distintos “Encuentros del Espíritu” (matrimoniales, juveniles, etc.), los cursillistas, los carismáticos, etc.

Esto ocurre hasta cuando se consolidó el papado de Juan Pablo II y los sectores tradicionalistas, que venían de vuelta del Concilio Vaticano II, comenzaron a ganar poder dentro de la Iglesia Católica chilena. La comunión entre el tradicionalismo y el poder económico se hará de un modo natural, porque en doctrina y política, aspiraban a lo mismo.

Ello redundará y fortalecerá el hecho que, el confesionalismo en Chile, no sea un fenómeno exclusivamente espiritual y ético, sino que tiene una naturaleza económica, cultural, política y social. Tal pues, que se encuentra predominando tras las estructuras del poder económico, en las finanzas, en las instituciones del Estado, en la opulencia. Cuando analizamos los desequilibrios en la distribución del ingreso, por ejemplo, lo que se advierte entre quienes hegemonizan la riqueza y la opulencia, es su sello confesionalista.

4. El diagnóstico de la hegemonía confesional.

Uno de los aspectos que habitualmente reclama o reivindica el poder confesional, es el origen católico de nuestro país. Frente a ello es necesario tener presente que Chile no surgió como República bajo el alero de la Iglesia Católica. Más bien fue a contrapelo de ella, tanto por lo que decían y hacían las jerarquías locales, como en la propia posición papal sobre el proceso emancipacionista de América. Ella recién logra imponerse con la república pelucona, y la política restauradora de Portales, y experimentará un profundo retroceso con la república liberal. Luego, con la república parlamentaria, recuperará su influencia.

La formulación constitucional de 1925, pretenderá superar la continuidad histórica de la influencia y vinculación del clero católico, apostólico y romano con el Estado, pero, en los hechos, pasados 80 años, lejos de aminorar, se aprecia una marcada presión del confesionalismo católico que tiene arraigada su influencia en instituciones que, por ser teóricamente de todos los chilenos, debieran responder a una conducta limpiamente imparcial frente a cuestiones de orden religioso.

Empero, el confesionalismo de inicios del siglo XXI no busca, en lo fundamental, el control del Estado. El concepto del poder se ha diferenciado respecto de lo que ocurría hace 100 años. Por cierto, la complejidad de la sociedad contemporánea muestra una versatilización de las formas de poder, que lo ha llevado a asumir distintas variables en las conductas y los espacios de hegemonización. Hoy, el confesionalismo reconoce que el poder del Estado es menor, por lo que prefiere influir en las estructuras económicas y culturales (especialmente en la educación), las cuales son determinantes en la conformación social de nuestro tiempo.

Las finanzas, las corporaciones, los medios de comunicación, los colegios, las universidades, son espacios e instancias en que acendran fuertemente un proyecto de hegemonía, que termina por eliminar la libre concurrencia de las ideas y el derecho a la libertad de conciencia, eliminando toda visión de sociedad multiconfesional o plural.

Resulta sorprendente por lo mismo, que, iniciándose la campaña presidencial, en el año 2005, el Comité Permanente del Episcopado chileno, haya hecho un diagnóstico acusativo sobre la pobreza y el problema de la distribución de la riqueza en el país, que apuntaba al vacío, cuando la opulencia desmedida y los protagonistas del poder económico, que  burlan las leyes sociales, que crean empresas de contratación externalizada para burlar las leyes laborales, los que crean cotidianamente condiciones de desigualdad, son los que hacen día a día el proyecto de hegemonía confesional.

Pero, no por ello el confesionalismo abandona la influencia que ejerce sobre instancias del Estado que considera su feudo particular. Verbigracia, las FF.AA., teniendo en el Ejército y en la Armada a verdaderos enclaves de determinismo confesional. Es un hecho que, para acceder a la condición de Oficial General – Generales y Almirantes -, las juntas calificadoras de esas ramas tienen como condición no escrita que sean ascendidos solo oficiales con un fuerte compromiso católico. ¿Con que derecho, si son instituciones que pertenecen a todos los chilenos y a la diversidad que compone la chilenidad? ¿Con que derecho en las naves de la Armada hay imágenes y altares que responden a una sola visión religiosa y hace sinonímica la condición de oficial con la de creyente católico? ¿Con que derecho actúo el general Cheyre durante la tragedia de Antuco, haciendo gala de su opción religiosa, por sobre los hombres a su mando, que en su gran mayoría no respondían a ese credo?

Para entender la determinante presencia actual del poder confesional sobre el Estado, no solo debemos considerar que deviene de lo que fue la acción de la dictadura y su modelo económico-social, y de quienes han controlado la economía chilena, sino también del proceso de transición a la democracia. Es un hecho que, así como hubo una parte de la Iglesia Católica que validó la dictadura, también hubo otra parte que se le opuso – aquella más vinculada al Concilio Vaticano II -, liderada por la enorme figura moral del Cardenal Silva Henríquez, la que consolidó lazos con las fuerzas que realizaron la democratización.

Así, el sello de los gobiernos de la Concertación ha estado marcado por la influencia de un sector del clero, que tiene profundas raíces con aquel sector de la clase política que llevó a cabo la transición, y que muchos han calificado como un “partido transversal”, donde están personeros de los distintos partidos concertacionistas. Ese núcleo dirigente ha sido ampliamente receptivo a las influencias clericales, antes que a los poderes fácticos del confesionalismo, pero, que, por la misma influencia de determinados clérigos, se convierte también en un posicionamiento del talante confesional.

Aún así, debemos reconocer la existencia de una parte importante de la clase política, que se define en términos valóricos como “humanista laico”. De hecho, en una entrevista a un periódico, durante la campaña presidencial de 2005, la ahora Presidente de la República, Michelle Bachelet, señalaría su referencia valórica en el humanismo laico.

Es importante reconocer y potenciar esas posiciones, sobre todo cuando se avecinan debates significativos en torno a la agenda valórica, que tienen que ver con los métodos anticonceptivos de emergencia, con la ley sobre el génoma humano y la clonación, con la discusión sobre la fertilización y la concepción, la criopreservación; los derechos de las minorías sexuales, etc. Un universo de temas que requieren de una posición valórica, donde el confesionalismo está dispuesto a mover todo su poder e influencia para imponer los rígidos parámetros de su particular opción de conciencia a toda la sociedad.

6. Palabras finales.

Por lo tanto, no debemos llamarnos a engaño. Nuestra responsabilidad es promover el laicismo, asentarlo como práctica social, deslindar el dogmatismo, contener las visiones hegemónicas unilaterales, pluralizar las miradas en un marco de auténtica tolerancia. Esto significa que no debemos convertir el laicismo en un producto intelectual de consumo interno, en un tema especulativo que favorezca cualquier calistenia anticlerical.

Lejos de ello, la tarea es asumir actividades significativas y evidentes, que favorezcan la laicización de nuestra sociedad, de todas las instituciones del Estado, de todos los espacios en que se hace sociedad, en que se recrea la condición de país, de comunidad nacional. Impedir que las políticas públicas se tiñan con determinados acentos confesionales es una tarea cotidiana, sobre todo con la actual agenda valórica que entra en discusión de un modo relevante, en un país que ha superado los traumas de su transición a la democracia.

Los grandes temas de la democracia, en los próximos años, estarán marcados por discusiones valóricas, de allí que movimientizar el laicismo es un requisito fundamental, para poner a raya las visiones hegemónicas que la dictadura y las limitaciones de la transición democrática tanto favorecieron. En ese esfuerzo, el laicismo debe constituir el afluente ético que riegue de ideas y de conductores, a quienes requieran de luz, frente a las controversias valóricas de este tiempo, producto de la oscuridad que impone el confesionalismo.

No es una controversia que tenga solo que ver con nuestra realidad nacional, sino que se expresa en gran parte de la realidad occidental. No nos olvidemos lo que ocurre, por ejemplo, en Estados Unidos, donde la clase política también ha estado hegemonizada por concepciones religiosas sectarias, que llevan a una visión hegemónica y excluyente, que busca denodadamente imponer su empoderamiento de un modo contrario a toda concepción pluralista y democrática.

La defensa y promoción del laicismo, tiene que ver, entonces, con una concepción de sociedad que es mucho más amplia que el sesgo coyuntural y particular que algunos pretenden darle, y que está demasiado presente en el debate postmoderno. Puede que su motivación sea de antigua data, pero, lo añejo que algunos pretenden imputarle, no oculta sino de desidia o la ignorancia frente a lo que realmente está en juego: la libertad espiritual del hombre.  


[1] Ver su “Diario de mi residencia en Chile en 1922”, recientemente re-editado.

[2] Philippe Grollet, presidente del Centro de Acción Laica de Bélgica. Primer Seminario Latinoamericano de Laicismo, octubre 2004. Edición ILEC.

 

 

 

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