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Temas del Laicismo Chileno |
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LAICISMO,
SU DEFINICIÓN Y PRINCIPIOS FILOSÓFICOS.
Por
Héctor Soto Ampuero El
autor
es Ingeniero Aeronáutico y Magíster en Ciencias de la
Ingeniería,
Diplomado en Biología del Conocer y
de la Comunicación Humana en la Facultad de Ciencias de la Universidad
de Chile (2005), y Consultor Internacional en el área
de Gestión. Ha escrito una serie de artículos sobre cultura que
editará
en un libro que ha denominado “Explicación Esotérica del Concepto
Cultura”. INTRODUCCIÓNEn
primer lugar, quisiera agradecer la oportunidad que me han brindado, de
escribir unas pocas palabras sobre un tema tan interesante y tan actual
como es el Laicismo, y además, de exponerlo delante de esta querida
agrupación de mujeres de avanzada que, en cuanto practican el libre
examen, han llegado, quiéranlo o no, a pensar y actuar según esta
doctrina, el Laicismo, que paso a definir y comentar. DEFINICIÓN DE LAICISMOLaicismo,
según el Diccionario de la Real Academia Española, es la “Doctrina
que defiende la independencia del hombre o de la sociedad, y más
particularmente del Estado, de toda influencia eclesiástica o
religiosa” y, esto que parece tan simple en realidad no lo es,
particularmente, porque desde antes de la Historia, la religión
prevaleció sobre el ordenamiento civil, ya que ésta surge como la
permanente necesidad que tiene el humán (*) de explicarse los
fenómenos naturales cuyas causas y leyes desconoce y que, en su
ignorancia, atribuye a una voluntad superior al plano natural, es decir,
busca explicaciones en lo sobrenatural, que no es otra cosa que todo
aquello que no se explica con la razón. En
efecto, todas las religiones, en cuanto no tuvieron el auxilio de la
ciencia para descubrir las explicaciones de los fenómenos naturales: el
día y la noche, las estaciones, las lluvias y sus truenos y relámpagos,
inundaciones y terremotos y particularmente, los misterios de la vida y
la muerte, donde debemos incluir la salud y la enfermedad, inventaron
soluciones a sus interrogantes que, a propósito o no, administraron los
brujos y sacerdotes quienes, simplemente atribuyeron a la voluntad de
uno o varios seres desconocidos, la causa y efectos de tales fenómenos
inexplicables. De
aquí para adelante, denominemos a este misterio “la voluntad de
Dios”. Digamos también, de paso, que estos analistas de las causas y
las leyes de los fenómenos naturales, mil veces las descubrieron, pero
no encontraron oídos ni disposición de la gente para entenderlas,
probablemente porque tales explicaciones eran menos sencillas, menos cómodas
para el pueblo (laikos en griego antiguo) que, simplemente, ir más
allá de la genérica explicación: “la voluntad de Dios”. Surge así
el Esoterismo, el conocimiento oculto, el conocimiento interior, que
simplemente se mantenía oculto porque nadie se interesaba en él y
esto, hasta nuestros días. Digamos,
a propósito, que el conocimiento es y ha sido siempre la mayor fuente
de riqueza y poder. Los brujos y sacerdotes lo saben desde siempre y
bueno, si el pueblo no quiere escuchar ni comprender, es decir conocer,
¡allá él! ¿Por que no ganar autoridad administrando el conocimiento
esotérico y ponerla también a disposición de los lideres políticos
de aquella cultura o sociedad, si no eran ellos mismos tales líderes?,
¡Ah!, y si por casualidad, algún, no iniciado en las artes del
sacerdocio, se ponía demasiado curioso, podía ser fácilmente
descalificado como hereje y en consecuencia alejado de los misterios, lo
que de paso, los hacía más poderosos. LA MORAL, DE ORDENADOR SOCIAL A HERRAMIENTA DE OPRESIÓNUna
de las herramientas más potentes que los gobernantes necesitan para
gobernar, es la determinación del comportamiento del colectivo que
gobiernan, el cual está basado en la moral, es decir lo que se
considera lo bueno y lo malo, el bien y el mal, dentro del conglomerado
cultural. Así surge entre otros conceptos, el de moral natural,
determinada primero por el individuo, que recoge según su experiencia
lo que es para él bueno o malo, generalmente asociado a lo que le
produce placer o dolor y que, en su afán gregario, es compartido luego
por el grupo cultural al que este individuo pertenece. Pero
también surge la moral que el gobernante desea que prevalezca en el ámbito
de su dominio. Este concepto de moral, se extendió según dos
corrientes, la moral revelada, muy propia de los brujos y sacerdotes,
que se han erigidos en interpretes y administradores de la “voluntad
de Dios”, que es quien la revela, y la moral positiva, que es la
impuesta por la autoridad, teniendo como base la moral natural, más la
revelada que le conviene adoptar y agregándole aquellos preceptos
morales que le conviene imponer a sus súbditos. Esta moral, deriva
después de un largo proceso en lo que termina siendo la ley. Como
podrán apreciar, aplicando la Ética, que es la ciencia que estudia la
moral - sin ser en absoluto su sinónimo – el humán fue perdiendo su
libre albedrío, su capacidad de determinar en conciencia lo que era lo
bueno y lo malo y, en consecuencia, llegar a un consenso dentro de su
grupo cultural, para establecer las reglas morales, auto determinadas,
para regular el comportamiento armónico del grupo. Su libre albedrío
lo cambió por un plato de lentejas, acatará la ley moral del sacerdote
o del Señor. La
pérdida del libre albedrío fue total a fines de la Edad Media,
mientras la Iglesia Católica se adueñaba, en Occidente, de la
comunicación e interpretación de la “voluntad de Dios” y
determinaba a su arbitrio, no sólo lo que era lo bueno y lo que era
pecado, sino que se constituía en inquisidor, para encontrar a los
pecadores y castigarlos hasta con la muerte, si osaban usar el libre
albedrío, para establecer en conciencia, los preceptos morales propios
y de su grupo. Si no, que lo digan Giordano Bruno o Galileo Galilei. En
el Islam, tampoco lo han hecho mal. Dicen los ayatolas, emires y muftíes
que, como en la iglesia de Mahoma no hay sacerdotes, la “voluntad de
Dios”, no la transmiten ellos, la transmite El Corán, que solo lo
interpretan ellos, apoyados por sus teólogos. Y así, para qué seguir,
no hay religión en el mundo que no tenga asociada a su fe una verdad
revelada y a esta verdad, un código moral, con las reglas del
comportamiento que, tanto los fieles como los infieles, deben seguir
estrictamente, para lograr su salvación y, los pecadores, para pagar en
la tierra y en el respectivo infierno, su desrespeto a la regla revelada
y administrada por los brujos o sacerdotes. EL HUMANISMO, VUELVE EL LIBRE ALBEDRÍOBueno,
pero en la Iglesia Católica Apostólica y Romana, aparece un sacerdote
que se atreve a reivindicar el concepto de Ley Moral Natural, me refiero
a Tomás de Aquino, monje Dominicano, denominado por la Iglesia Dr. Angélico,
que se atrevió a decir, allá por idos del 1267, lo siguiente: “La
ley natural no es otra cosa que la luz de la inteligencia puesta en
nosotros por Dios; por ella conocemos lo que es preciso hacer y lo que
es preciso evitar. Esta luz o esta ley, Dios la ha dado a la creación”.
¿No les parece que es esta una declaración típica del Laicismo?. Que
un padre de la Iglesia reconozca que, la ley moral depende de la
inteligencia de cada uno de nosotros, en una palabra, de nuestra propia
conciencia, de la cual nos dotó Dios para establecer cual es la ley
moral, prescindiendo del magisterio de la Iglesia, es, sin duda,
una manifestación de laicismo. Pero poco le duró a Santo Tomás
de Aquino su prédica, ya que, por mandato de su propia conciencia,
dicen, estuvo a punto de quemar su obra, dentro de la cual, la Suma Teológica,
que es una defensa cerrada de la inteligencia y la dignidad del hombre,
para establecer lo bueno y lo malo. En efecto, a poco andar la Santa
Iglesia arregló esta herejía, puesto que, enseguida agregó: “Los
preceptos de la ley natural, no son percibidos por todos de una manera
clara e inmediata. En la situación actual, la gracia y la revelación
son necesarias al hombre pecador para que las VERDADES religiosas y
morales puedan ser conocidas de todos y sin dificultad, con una firme
certeza y sin mezcla de error” (Párrafo 1960 del Catecismo Católico,
basado en la Encíclica Humani Generis: DS 3876 de Pío XII). Entonces,
para los laicos, para el pueblo, no vale la ley moral natural, no es la
conciencia que Dios puso en nosotros, la cual es operada por la razón,
la que vale, vale la ley revelada e interpretada oficialmente por el
clero. Así lo justifica la siguiente advertencia, “el peligro de la
ley moral natural es que la razón podrá permitir
al hombre reconocer ampliamente el ideal al que apunta su
naturaleza, perdiendo así los fuertes motivos de obediencia de la ley
proporcionados por Dios y el conocimiento del tremendo castigo que se
deriva de su incumplimiento. Finalmente – agregan – sus actos,
aunque estén de acuerdo con la ley moral natural, si no son
obligatorios, no son buenos para la sociedad. Por último, la Iglesia
enseña que el Pecado Original, obscurece la visión que la razón tiene
de la ley moral y por culpa de esta tacha heredada, el hombre, a menos
que sea ayudado por Dios, no es capaz de observar la ley moral a lo
largo del tiempo. Supongo
que esto explica la leyenda del Pecado Original. Como podía el humán,
hacer uso del libre albedrío que Dios le dio para elegir entre el
conocimiento y la ignorancia, como podía arriesgarse a conocer el bien
y el mal, como podía arriesgarse a sentir el dolor a cambio del placer,
y todo esto por si propio, sin optar por seguir los dictados de los
interpretes de la Voluntad de Dios. Como pudo, un padre de la Iglesia
estimular tamaña independencia. Buen,
para acortar la historia recordemos que Pico de la Mirándola, allá por
los años 1490, fundamentó los principios del Humanismo, sobre la misma
base de Santo Tomás, en su obra “La Dignidad del Hombre” y acto
seguido, el libre albedrío, proclamado por éste, fue rápidamente
seguido por el Humanismo Cristiano que habla del libre albedrío de
quienes practican la religión y obedecen los preceptos de la Iglesia
que libera al hombre del error y el pecado. También surgió el
Humanismo Marxista, alcanzable solamente, después de la eliminación de
la Burguesía. CONCLUSIONESDigamos
que el Laicismo tiene por base el libre examen, es decir el derecho a
percibir, analizar, estudiar, conocer, sacar conclusiones, comunicar y
actuar, según los dictados de la razón, que la determinan nuestras
propias facultades. En otras palabras, Laicismo es equivalente a hablar
de la libertad de pensamiento, a la facultad de rechazar el dogma, la
“verdad revelada”, que es el grito de la conciencia que rechaza la
esclavitud de ideas pre-digeridas e impuestas, sean estas religiosas o
de otra índole, doctrinarias o políticas, que pretendan sojuzgarnos.
Digamos, sin embargo, que el Laicismo solo tiene sentido, cuando esta
libertad de conciencia se transmite a nuestro entorno social, es decir
cuando el libre examen forma parte de nuestra cultura, y cuando la
sociedad admite que cada uno puede pensar lo que su conciencia genera,
pero que no es admisible que la sociedad sea obligada a aceptar
creencias y valores de grupos, por mayoritarios que estos sean. Digamos
de paso que el Estado democrático, teóricamente garante de la
convivencia armónica de sus electores, tiene la obligación moral de
impedir que los dogmas de unos tengan que ser aceptados o
compartidos por los otros, como sucede en las Teocracias o las
Dictaduras. Entonces, el humán, puesto en el centro de la sociedad, imperfecto y perfectible, artesano de una obra eterna que tiende al mejoramiento de la especie humana, que siente vergüenza de la ignorancia, de la sinrazón, de las desigualdades, de la opresión de algunos sobre los otros, libera su conciencia, exige su libertad y la de su prójimo y respeta los derechos de los demás, a pensar como les plazca, pero inhabilitados para imponer tal pensamiento, ni por el dogma ni menos por la fuerza, aunque sea la fuerza de la ley, entonces y solo entonces estamos practicando el Laicismo en nuestras conciencias y en nuestra sociedad. Santiago,
Octubre de 2003. (*)
Humán.
Neologismo usado en la Biosociología para referirse en español, sin
mención de género, al ser humano.
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