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   Ensayos

Temas del Laicismo Chileno

Algunas Reflexiones sobre Laicismo y Sociedad.

Gonzalo Herrera G.

La necesaria difusión de nuestras concepciones sobre el laicismo debe mantenerse vigente en tanto persista la pretensión de algunas iglesias e instituciones religiosas de constituirse en faro valórico y moral de la sociedad, entregando pautas de comportamientos que todos los individuos deberían acatar, independientemente del hecho de su adscripción o no a tales instituciones.

Las sociedades actuales dejan en evidencia las contradicciones que se ocultan en su seno, en la medida que algunos sectores abogan por alcanzar mayores espacios de libertad y una mayor profundización de la democracia. Es lo que ocurre en España por estos días, a propósito del anunciado propósito del Ministerio de Educación de implantar la asignatura “Educación para la Ciudadanía y los Derechos Humanos”, que debería ser parte del currículo de enseñanza básica y media en todos los establecimientos educacionales de ese país.

Contenidos referidos al respeto por la opciones tanto laica como religiosa de los individuos, el pluralismo moral, la dimensión humana de la sexualidad frente a los prejuicios sexistas, la convivencia para mejor vivir en sociedad, son parte de este proyecto orientado a educar a los jóvenes en sus derechos y libertades fundamentales, teniendo como denominador común la tolerancia y la laicidad.

Todos estos temas que, al menos en el papel, se orientan hacia una concepción más avanzada de la sociedad y hacia la dignidad e igualdad de derechos entre hombres y mujeres, han sido, sin embargo, duramente impugnados por sectores identificados con la derecha política más conservadora y por organizaciones que aún encuentran su referente ideológico en el nacionalcatolicismo. Cabe recordar que así se denominó a la doctrina que asociaba a la iglesia católica con la dictadura franquista, y que en la práctica significaba el sometimiento de la jerarquía eclesiástica al régimen fáctico a cambio de que el credo moral católico se impusiera como norma única y obligada  para toda la sociedad española.

De la mano con las arraigadas “tradiciones españolas” y con la aún fuerte influencia de la iglesia católica, se vuelven a desempolvar viejos argumentos, como el de los “valores familiares”, para desprestigiar y distorsionar la ley. Se argumenta que el verdadero interés de los promotores de esta iniciativa es la manipulación ideológica, tendiente a entregar una visión moral a niños y jóvenes ajena a aquélla que legítimamente le quieran entregar sus padres en el seno del hogar, o a su formación en algún establecimiento con una orientación afín a sus concepciones.

Subsiste así una concepción de Estado confesional, ajena a toda visión pluralista en lo ideológico y en lo social. Pero se va más allá, defendiendo trincheras ideológico- culturales que entrañan rasgos de intolerancia, como la no aceptación de los homosexuales en determinadas actividades o que se interpele el derecho de un docente a ejercer por profesar una religión distinta a la católica o, simplemente, no tener ninguna.  Se exige libertad para los alumnos de determinados colegios católicos para no cursar determinadas materias, por la simple razón de que se alejan del dogma.

Sin entrar a defender las concepciones propias del gobierno español, lo que nosotros entendemos de esta ley no es otra cosa que la sana doctrina de separar al Estado – y a la sociedad, en cuanto sea posible - de cualquier iglesia o confesión religiosa, no sólo de la católica. Y como una manera de avanzar en el desarrollo político, social y cultural de la sociedad, erradicar de partida la intolerancia en todo orden, racista, religioso, sexista, etc. Para ello debe comenzarse por devolver el culto a los templos, lo que significa la aceptación de que la religión, por la diversidad de opciones, no es un asunto público sino que debe limitarse estrictamente al ámbito privado. Con ello se logra que, en cuanto no existan manifestaciones externas, nadie deberá dar cuenta de su fe.

De la misma manera que este reconocimiento no constituye atentado alguno a las legítimas creencias religiosas de las personas, tampoco la imposición de materias afines a la tolerancia, la libertad de pensamiento, la democracia y el respeto por los derechos humanos debe entenderse como una restricción al derecho de los padres de darle la educación a sus hijos con los principios valóricos que mejor les parezcan. Si a aquellos contenidos que se orientan a favor del progreso, se les quiere agregar en colegios privados, complementariamente, el adoctrinamiento religioso, no debería haber oposición, siempre que con este último no se pretenda reemplazar a los otros.

Este proyecto es apenas un paso más en una nación que, a pesar de estar inserta en una comunidad que busca decididamente el progreso cultural de sus habitantes, como es la europea,  no ha podido cortar sus lazos con el enorme poder que ha gozado el catolicismo hasta ahora. La propia Constitución de 1978 en su artículo 16, junto con declarar “la libertad ideológica, religiosa y de culto”, sella el privilegio y discrimina a favor de la Iglesia Católica , al ser la única que identifica por su nombre, garantizándole además relaciones de cooperación por parte de los poderes públicos. Eso significa que cada ciudadano español, independientemente de sus creencias en materia religiosa, debe contribuir, a través del pago de sus impuestos, a sostener las actividades de esa iglesia en particular.

Es por lo demás preocupante observar con cuánta beligerancia reacciona una jerarquía eclesiástica integrista, cuando siente que sus privilegios están amenazados. Lejos de considerar los valores que conlleva el laicismo, en cuanto a la formación de ciudadanos con mentalidad amplia y democrática, que garanticen una sana convivencia al interior de la sociedad, intentan hacerse fuertes a través de organizaciones de padres y apoderados para levantar la desobediencia y el incumplimiento de la norma legal, basados en el sofisma de ser depositarios de la moral divina. En vez de luchar por valores como la solidaridad, la austeridad y el crecimiento espiritual de las personas frente al materialismo, el consumismo y el hedonismo que caracteriza el modo de vida de muchos jóvenes de hoy, apelan a lo más reaccionario de la sociedad para desconocer la legitimidad democrática y, como en el pasado, promover divisiones de imprevisibles consecuencias.

 

 

 

 

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