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Temas del Laicismo Chileno |
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La Instrucción vaticana Dignitas
Personae. Carlos Leiva Villagrán El
12 de noviembre reciente, y previa aprobación de Benedicto XVI, la
Congregación para la Doctrina de la Fe del Vaticano ha hecho pública
la Instrucción “Dignitas Personae sobre algunas cuestiones de bioética”,
una versión actualizada de la Donum Vitae de 1987, que constituye una
revisión moral eclesiástica de los nuevos procedimientos que ha
desarrollado la bioética en los últimos 20 años. La
idea de que el ser humano es tal desde el momento de la concepción,
contenida en la primera frase de la Instrucción, no constituye novedad
en la perspectiva eclesiástica, y es el fundamento en la práctica para
la oposición de la Iglesia Católica al aborto, a la fertilización in
vitro y a la difusión de la denominada píldora del día después,
entre otros. Con la reciente Instrucción quedan actualizadas las
restricciones que la jerarquía católica establece para sus fieles. De
este modo, en el uso tanto reproductivo como terapéutico de la bioética,
quedan prohibidos el uso de medios de intercepción y contragestación,
así como todas las técnicas de fecundación artificial que sustituyen
al acto conyugal, la inyección intracitoplasmática de espermatozoides,
la criopreservación de embriones(aún para usos terapéuticos), la
crioconservación de óvulos, la reducción embrionaria, la terapia génica
germinal, la clonación humana, el uso de células troncales
embrionarias o células diferenciadas derivadas de ellas, y finalmente
el uso de óvulos de animales para la reprogramación de los núcleos de
células somáticas humanas. Como
se puede apreciar, la nómina de prohibiciones reduce significativamente
la posibilidad de los fieles católicos de valerse de las técnicas
terapéuticas más modernas para permitirse la procreación cuando el
hijo no llega, para aliviar sus enfermedades o para reducir el dolor.
Pero, reconozcamos, la fe es más fuerte y, en la medida que no se vea
afectado el derecho común, y en honor a la tolerancia en la sociedad
civil, para todos debe resultar inobjetable el derecho de la grey católica
a seguir las instrucciones de sus pastores. Con
todo, deseo referirme a dos puntos que hacen que esta Instrucción de la
Iglesia Católica, dirigida a sus fieles, no pueda ser indiferente para
los no católicos. Me refiero, por una parte, a su pretensión de
universalidad, y, por otra, al uso abusivo que la jerarquía efectúa
del concepto de dignidad. En
efecto, la Iglesia Católica no se conforma con instruir a sus fieles, y
aspira a que todo el mundo se someta a su particular visión. Dignitas
Personae señala expresamente que su afirmación de que la existencia
humana es tal desde la concepción debería "estar en los
fundamentos de todo orden jurídico". A continuación, da a
entender que el embrión humano requeriría tener el status jurídico de
una persona, y finalmente llama a los médicos a evitar la
"cooperación al mal y al escándalo" en esta materia, oponiéndose
a las leyes, a su juicio, "gravemente injustas". En estas
expresiones, no cabe duda que la más alta jerarquía de la Iglesia Católica
está instando a sus fieles a lograr que las instrucciones válidas para
ellos, basadas en sus particulares dogmas, sean vinculantes para todos.
Cualquier no católico, por cierto, tiene derecho a coincidir con la
Iglesia en cuanto a que el ser humano lo es desde la concepción, e
incluso la sociedad podría convenir en ello a través de un
procedimiento discursivo y democrático, pero de ninguna manera es
aceptable, desde la perspectiva laica, la pretensión eclesiástica de
imponer su particular visión del ser humano, sobre la base de su fe en
la revelación y el dogma. Por
otra parte, en apoyo a la pretensión de imponer a toda la comunidad la
"verdad" que ella establece para sus fieles, la Iglesia Católica
utiliza abusivamente el concepto de la dignidad humana, y sobre este
punto es conveniente hacer una reflexión que contribuya a clarificar el
uso del concepto. Podría
parecer curioso, a este respecto, que el título elegido por el Vaticano
para encabezar esta Instrucción sea prácticamente coincidente con el
de "Dignidad y Bioética",
con que se titula el informe elaborado a comienzos de este año por el
Consejo Presidencial sobre Bioética en Estados Unidos, organismo asesor
del Presidente George W. Bush. Sin embargo, la coincidencia lo que hace
es evidenciar el atractivo que el concepto de "dignidad" ha
adquirido en los círculos morales conservadores para levantar oposición
a la mayor parte de los procedimientos terapéuticos fundados en la bioética.
Es
particularmente lamentable el uso manipulador y perverso que estas
entidades están haciendo de un venerado concepto que, utilizado en
forma abstracta por una ideología moral conservadora, como la del
gobierno de Bush o la de la Iglesia Católica, se transforma en un
concepto oficial y externo a las personas. La autoridad estatal o eclesiástica
se erige en protectora de una "dignidad humana" cuyo contenido
es definido por la propia autoridad. La Iglesia Católica se ha valido
desde hace un tiempo de este concepto, como un "caballito de
Troya" que pretende ahogar en su propio concepto a quienes le
reclaman desde perspectivas anti conservadoras. Es así como en el
Catecismo Oficial de la Iglesia Católica de 1997 se verifica que la
palabra "dignidad" aparece más de 100 veces, y en esta
Instrucción "Dignitas
Humanae", además de ser usada en el título,
"dignidad" se menciona en 33 ocasiones. Quizás,
como hace notar el psicólogo evolucionista Steven Pinker, de la
Universidad de Harvard, en su artículo “La
Estupidez de la Dignidad” publicado en The
New Republic en mayo del presente año, el propio concepto de
"dignidad" es resbaladizo y ambiguo, admitiendo
interpretaciones equívocas. Por ejemplo, dice Pinker, se afirma que la
esclavitud es mala porque priva de la dignidad al esclavo; pero, por
otra parte, podemos señalar que nada, ni la esclavitud, puede quitarle
la dignidad a una persona. Las dos acepciones aparecen correctas desde
una misma mirada moral, pero el problema estaría en que, en abstracto,
el concepto permitiría un uso ambiguo. Por
ello, cabe indicar que el concepto de dignidad es moralmente
significativo cuando se especifica en forma precisa y concreta, y no
cuando se impone como un concepto etéreo, abstracto y metafísico por
la autoridad. La dignidad es moralmente significativa cuando es "mi
dignidad" que exijo sea respetada, no cuando la autoridad quiere
enseñarme cuál es mi dignidad. Sin
renunciar a la idea de que el concepto de dignidad es moralmente
significativo cuando se utiliza en forma concreta, comparto con la
bioeticista Ruht Macklin, referenciada por Pinker en el trabajo citado,
que para los efectos éticos, el concepto que es más útil que el de la
dignidad es el de la autonomía personal. Allí donde la Iglesia Católica
está tan interesada en referirse a la dignidad para imperar moralmente
en el nacimiento, en la reproducción y en la muerte de los seres
humanos, el planteamiento de la autonomía personal le dice que, estando
el ser humano en posesión de sus medios, NADIE tiene derecho a
inmiscuirse en su vida, en su cuerpo o en su libertad, y la misión ética
de la biología consiste en proporcionarle información relevante para
su compresión, y en operar conforme a su consentimiento. Si
de dignidad se trata, hagámosla concreta. La dignidad para el hombre
frente a los dilemas bioéticos está en reconocer que el ser humano
tiene, en general, la capacidad para resolver respecto de su vida, su
cuerpo y su libertad. Esa dignidad que emana de cada hombre, y no de una
facultad celestial, es el respeto a su autonomía personal. Esa es la
auténtica "dignitas personae". Lamentablemente,
las decisiones públicas acerca de la bioética están frecuentemente
inundadas de presiones eclesiásticas que se manifiestan en el poder político,
y no sería raro que millones de seres, aún no siendo católicos,
tengan que morir, no nacer, o sufrir enfermedad, porque las leyes le
habrán prohibido hacer uso de los adelantos científicos que les
permitirían vivir o aliviar su dolor. |
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