V. Boquerón

Al amanecer del 9 de septiembre de 1932, dos divisiones del ejército paraguayo, con un total de 5.000 combatientes, se lanzaron al asalto para recuperar el fortín Boquerón.

Los 500 ocupantes bolivianos, comandados por el Teniente Coronel Manuel Marzana, en los 40 días que estaban ya allí, cavaron trincheras, tendieron alambre con púas, abrieron campos de tiro, construyeron nidos de ametralladoras e hicieron otros aprestos defensivos. Contivieron el aslato paraguayo con una cortina de fuego que diezmó las filas enemigas y las hizo retroceder desmoralizadas, pues habían entrado en la refriega seguras de obtener una rápida y fácil victoria.

El jefe paraguayo, Tnte. Cnl. José Félix Estigarribia decidió cambiar de táctica, rendir a los defensores de Boquerón por el hambre y la sed, rodeando el fortín con sus tropas, para que no recibiesen recursos de ninguna clase, al mismo tiempo que se los sometía a un constante fuego de fusiles, ametralladoras y cañones.

El comando de todas las tropas bolivianas del Chaco, cuya sede estaba en el fortín Muños, ordenó que otras fuerzas operasen desde fuera para hacer llegar munición y víveres a los sitiados. Solamente lo pudieron hacer dos fracciones, que consiguieron abrir brechas en el despliegue contrario e ingresaron a Boquerón con un poco de munición y víveres. Comandó una de esas fracciones el capitán Víctor Ustáriz, famoso por sus hazañas de exploraciób en las vastas zonas del Chaco, burlando la vigilancia paraguaya, antes de la guerra. Una vez dentro de Boquerón, Ustáriz se ofreció al Teniente Coronel Marzana para hacer una salida y constatar cuanta fuerza tenían los paraguayos en determinado sector. Lo hizo acompañado de unos pocos soldados. Hasta un diario de Asunción comentó su valerosa acción, que le costó la vida:

  • "Encontrando cerrados todos los caminos que le eran tan familiares, no trepidó en atropellar. Personalmente manejaba una ametralladora liviana y murió en su ley, combatiendo cara a cara. Herido de muerte en el pecho y el vientre, cayó sobre su arma besándola como se besa una cruz".
  • El Tnte. Cnel. Estigarribia pidió refuerzos para terminar la batalla que, contrariamente a todos sus cálculos, duraba más de una semana. Sus fuerzas se incrementaron a 7.500 hombre, que incluían a los cadetes de la Escuela Militar de Asunción, 24 cañones, 8 morteros y 5 aviones. Ordenó que el 17 de septiembre se atacase Boquerón con asaltos por todos los costados.

    Nido de ametralladoras, trinchera boliviana

    Marzana y sus 500 bravos resistieron con admirable entereza la lluvia tonante de los proyectiles y rechazaron impertérritos a quienes se lanzaron a la conquista de sus trincheras, causando, otra vez, gran mortandad en los regimientos paraguayos. Pero la vida dentro del fortín entró en un período crítico. En un galpón, tendidos en el suelo, se apiñaban más de 60 heridos. Su número amuntaba día a día. Los dos médicos no podían hacer otra cosa que prestarles apoyo moral. Las drogas, las gasas, el algodón y los desinfectantes estaban agotados. La munición y los víveres volvían a escasear. Pilotos bolivianos trataban de aprovisionar a los sitiados desde el aire, pero con resultados insignificantes. Volvaban sus aviones a prudencial altura, a fin de evitar el fuego de los paraguayos y muchos de los paquetes que lanzaban caían fuera del perímetro ocupado por sus compatriotas encerrados.

    Uno a uno se mató a los mulos de la compañia de ametralladoras para alimentar a los 3 jefes, los oficiales y la tropa. En las noches, los soldados de Marzana se arrastraban hasta donde habían visto caer muertos a sus adversarios y los despojaban de su caramañola de agua y sus balas. Uno de los dos pozos que existían en el fortín lo destrozó una bomba. El otro estaba a la vista de los francotiradores paraguayos y los bolivianos sólo podían acercarse a él bajo el abrigo de la oscuridad nocturna. A su vera yacín varios cadáveres.

    La resistencia de Marzana y sus destacamentos comenzó a cometarse en el exterior. Un diario de Buenos Aires dijo a sus lectores:

  • "En Boquerón están escribiendo unos pocos soldados bolivianos la más bella página del heroímo americano. Contados centenares de hombre luchan desde hace quince días con solamente contra enemigos mucho más numerosos, sino contra el hambre y la sed que les han impuesto los sitiadores. Antes de rendirse prefieren la muerte".
  • Los defensores de Boquerón disminuían jornada tras jornada y estaban en el límite de sus fuerzas, mientras tanto los atacantes aumentaban su número con refuerzos frescos y sobrepasaban la cifra de 10.000.

    La presión paraguaya siguió intensa. Estigarribia señaló el 26 de septiembre como fecha para un nuevo y decisivo ataque. El regimiento Itororó llegó a acupar unos metros de las zanjas bolivianas, más fuer rechazado con un contraataque. En él murieron los oficiales bolivianos Capitán Luis Rivero Sánchez y Teniente Luis Reynolds Eguía, más varios soldados.

    Estigarribia determinó que sus fuerzas se reorganizasen y volviesen al ataque el 28. Desde el comienzo de la batalla sus bajas psaban de 3.000 entre muertos y heridos. Pensó que si no reconquistaba el fortín de una vez, tendría que aceptar la derrota y retroceder con todo su ejército.

    Un avión dejó caer un mensaje para los defensores de Boquerón enviado por el Comando de Muñoz: "Diez días más y la victoria será nuestra". El Teniente Coronel Marzana convocó al agujero que le servía de refugio a los jefes y oficiales. Todos mostraban la huella dejada por 19 días y 19 noches de tensión nerviosa, vigilias, escasez de alimentos y de agua. La munición estaba agotada. Era imposible cumplir con el pedido de los superiores. Si se producían nuevos asaltos enemigos, no se podría contenerlos. Pero no cabía una rendición. Tantos sacrificios, tantos sufrimientos, tanto heroísmo de los combatientes no podía terminar de ese modo. La única alternativa sería una honrosa capitulación pedida al jefe enemigo y si él no la aceptaba, hacer frente a un nuevo ataque con la punta de las bayonetas, aunque, dada la inmensa superioridad numérica del adversario, ello significase la muerte de todos. Se resolvió que al despuntar el nuevo día, se pediría una momentánea tregua para que dos oficiales saliesen y fuesen hasta el comando de Estigarribia a pedirle recibiese al teniente coronel Marzana para negociar la capitulación. El jefe boliviano ofrecería abandonar Boquerón con su destacamento, pero a condición de que se les permitiese ir a reunirse con sus camaradas de la retaguardia, llevando a sus compañeros heridos y portando sus armas.

    Al amanecer del 29 de septiembre, en las trincheras bolivianas se mostraron algunos trapos blancos y se gritó que se queria tregua. Los paraguayos que, silenciosamente se habían aproximado durante la noche para su ataque decisivo, dieron otra interpretación a los lienzos blancos. Creyendo que eran señale de rendición. Lanzando gritos de júbilo se precipitaron en carrera sobre el fortín, rodearon a los sorprendidos bolivianos y los tomaron prisioneros. Un oficial paraguayo hizo esta descripción en un libro:

  • "La entrada triunfal de nuestras tropas en el histórico Boquerón fue empañada por la vista de la espantosa tragedia de sus defensores: 20 oficiales y 446 soldados (incluyendo heridos), en el último extremo de la misería humana. Por todas partes cadáveres y escombros. En un galpón oscuro, cubiertos con harapos, mugre, sangre, estiércol y gusanos, se revolcaban más de cien moribundos, sin curación, sin vendas y sin agua".
  • Cuando Marzana y su heroica hueste, trasladados a Asunción, ingresaron a pie en la capital, fueron observados con silenciosa admiración por una inmensa multitud. El presidente de la república, Eusebio Ayala, en un discurso en el que se refirio al triunfo paraguayo, tributó un noble homenaje a los vencidos. Dijo: "Los oficiales y soldados bolivianos que se batieron en Boqueron y son nuestros prisioneros, se comportaron con tal bravura y coraje, que merecen todo nuestro respeto".

    A su retorno a Bolivia, en 1936, un año después de concluida la guerra, el coronel Manuel Marzana, al ser requerido a hacer declaraciones por un organo periodístico, manifestó simplemente: "No hicimos sino cumplir nuestro deber".

    Se intentó, en repetidas ocasiones, el reaprovisionamiento de Boquerón por medio de aviones, se utilizaron paracaídas, pero muchas veces los paquetes se dañaban o caían en el campo contrario.

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