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| Antonio M. Ruiz. Febrero 2003. |
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| Detesto profundamente la sensaci�n que en estos d�as experimento de ser un completo gilipollas. No s� si este sentimiento viene provocado por las innumerables informaciones cruzadas, datos, estad�sticas y an�lisis que se escupen a la cara, buscando culpables,� cadenas televisivas, prensa escrita, productoras, distribuidoras, academias, miembros pertenecientes a academias y otros que, dependiendo del a�o, pertenecen o no. Quiz� pueda deberse al titular generalizado de que el cine espa�ol est� en crisis. O tambi�n, qui�n sabe, por un oscuro remordimiento de culpa al no saber emplear mi dinero y destinar un mayor porcentaje a las producciones for�neas que a las patrias. Lo cierto es que, como dice alguien que conozco, no entiendo nada. Y ya que hace tiempo que perd� toda esperanza de que se me proporcionaran ciertas pistas para no perderme (no se me pasa por la cabeza el hecho de que me lo expliquen) en �sta, llamada oficial e institucionalmente problem�tica del cine espa�ol (expresi�n no exenta de un cierto grado de tragedia dantesca), tan s�lo ruego encarecidamente que no se me eche m�s mierda encima. Reconozco que el chiste tiene gracia: la problem�tica del cine espa�ol. El cine espa�ol no est� inmerso en ning�n problema; lo que le ocurre, pobre desgraciado, es que lleva bastantes a�os muri�ndose de la pena. Pero que no se alarme nadie, que s�lo hay que esperar a que uno de los grandes �estrene film y se produzca un taquillazo; entonces ser� cuando el maltrecho cine espa�ol reciba otra bocanadita de ox�geno que ayudar�, indudablemente, a hacer m�s ag�nica su destrucci�n. Porque, esa es otra; ahora todo el mundo se jacta de amar al cine que aqu� se hace: muchos de los que pertenecen a la "industria" est�n content�simos de la proyecci�n internacional del cine espa�ol, pero se apuntan a la primera oportunidad de crear pol�mica en cuanto se intenta dar cierto empuje a otros distintos de los de siempre, (v�ase, por ejemplo, el "tema-Oscar" de este a�o); luego est�n las televisiones, que, cuando financian, lo hacen sin ning�n tipo de regulaci�n, buscando ante todo y sobre todo el valor m�s seguro; otro cap�tulo es el integrado por las majors (s�, esas megasuperpotencias que te dicen "te vendemos el megasuper�xito del a�o con la condici�n de que tambi�n te podamos encasquetar estas otras tres, cuatro, cinco o diez megasupermierdas que tendr�s que, por supuesto, exhibir") y la casi nula protecci�n ante ellas; en otro plano se encuentra el escas�simo apoyo que se brinda institucionalmente (a duras penas se conceden subvenciones y se invierte en publicidad y promoci�n, no se incentivan� mecanismos alternativos que faciliten tanto la producci�n como la distribuci�n de obras con un menor coste); y, por �ltimo, los espectadores, que deben tener el pecho gravemente amoratado por la cantidad de golpes que se dan al proclamarse defensores a ultranza del cine espa�ol, pero que luego, esa actitud no se ve reflejada en la taquilla. Que aborrezca profundamente la situaci�n en que la industria cinematogr�fica espa�ola se encuentra no significa que me considere un defensor a ultranza del cine espa�ol. Y me explico. No soy qui�n para dar soluciones a la rid�cula cuota de pantalla que existe para el cine espa�ol, a la escasez de subvenciones, a la mala utilizaci�n de las existentes y a la inexistencia de programas de acci�n, ni a la paup�rrima protecci�n con la que cuentan las cada vez menos producciones espa�olas. Sin embargo, me creo con todo el derecho del mundo de exigir (incluso de forma insultante) que todo esto se solucione. Ya. Porque s�lo nos preocupa todo esto durante el par de meses que van desde el momento que se empiezan a presentar multitud de informes (cada uno reflejando descaradamente la perspectiva que lo realiza, por supuesto) hasta que se pasan los efectos de la entrega de los Goya. El a�o pr�ximo, m�s. Perdonen, pero no, que ya est� bien. Como comprender�n, no se puede estar esperanzado en que los cuatro o cinco directores consagrados (algunos m�s justamente que otros) o las denominadas sorpresas de la temporada (enti�ndase por �stas, por ejemplo, las entregas de los Torrentes y, m�s recientemente, los diversos lados de la cama) medio saquen del, cada vez m�s profundo, atolladero en que est� nuestro cine. Porque, por un lado, se est� llegando a una situaci�n en la que �nicamente van a poder estrenar unos pocos (y siempre los mismos), de forma que se hablar� de pel�culas, directores, productores y actores espa�oles, pero no de cine espa�ol como un todo (�de qu�?), como est� ocurriendo con el cine italiano. Por otro lado, porque a largo plazo una industria no se sustenta de un par de �xitos de taquilla al a�o, sino por un flujo m�s o menos continuo de ingresos y esto, se�ores, se consigue con un producto avalado por una cierta calidad, que cuente con historias s�lidas, no propiciadas, precisamente, por copiar f�rmulas mayoritariamente americanas. Que si queremos hablar del cine espa�ol con cierta propiedad, �ste debe tomar su fuente de inspiraci�n en este pa�s y no comportarse como un mero y pat�tico reflejo del que nos llega. Porque algo tengo claro, si quiero ver una americanada, voy a ver la producida en EE.UU., no la que se haga aqu�. En fin, esta es la perspectiva que desde la peque�a isla en Svenska se tiene del cine espa�ol actual, de sus pocas virtudes y sus muchas miserias. Ojal� esta crisis sea tomada de una vez por todas en serio y se a�nen esfuerzos por encontrar soluciones para salvar este nuestro cine. |
Cine que, por otro lado, alcanz�, en t�rminos generales, altos niveles de calidad en el per�odo que comienza, aproximadamente, en la segunda mitad de los setenta y que llega hasta finales de los ochenta del siglo pasado. A dicho segmento pertenecen dos obras reconocidas tanto nacional como internacionalmente: "Furtivos" (1975), de Jos� Luis Borau y "Los santos inocentes" (1984), de Mario Camus. Los dos filmes coinciden al reflejar la Espa�a profunda franquista, concretando la acci�n en el �mbito rural. Inevitablemente, el servilismo exacerbado queda patente en ambas obras, si bien alcanza cotas m�s dram�ticas en el caso de "Los santos inocentes" que en el de "Furtivos", algo que, posiblemente, no ser�a as� si esta �ltima se hubiese producido tambi�n en los a�os ochenta, m�s alejada de la dictadura. (Quiz� ser�a justo incluir, dentro de los filmes que utilizan la caza como met�fora cr�tica de la sociedad espa�ola en esta determinada �poca, otras dos obras fundamentales dentro de la cinematograf�a espa�ola: "La caza", de Carlos Saura y "La escopeta nacional", de Luis Garc�a Berlanga.) |
Con "Furtivos", Borau construye una trama dram�tica en torno a un tri�ngulo distinto al convencional amoroso: una madre dominante, un hijo subyugado a su progenitora y una descarriada encargada de violar la paz del hogar familiar. �ngel, al que da vida Ovidi Montllor, conoce en uno de sus viajes a la capital a Milagros, interpretada por Alicia S�nchez, pr�fuga de una especie de reformatorio para mujeres de vida pecaminosa. �sta, en gratitud hacia �l por acceder a comprarle un vestido, le regala un polvo en un callej�n, de forma que �ngel, a partir de ese momento, no es capaz de desprenderse de ella, convenci�ndola para que lo acompa�e a su casa, en el campo. Como cabr�a esperar, la llegada de la extra�a, sexual y morbosa, supone un duro golpe para Martina, interpretada contundentemente por Lola Gaos, madre de �ngel. Cuando se abre la veda de caza, los protagonistas reciben la visita del gobernador, interpretado por el mismo Borau, y dem�s colegas institucionales. Ni�o mal criado y tremendamente est�pido (s�mbolo de la autoridad existente en aquel tiempo), hace la vista gorda a las actuaciones furtivas que tanto Martina -su ama criadora- como �ngel llevan a cabo durante la prohibici�n de caza. Todo se complicar� cuando comience a rondar por la zona el antiguo novio de Milagros, delincuente perseguido por la guardia civil, cuya �nica obsesi�n es que la chica vuelva a su lado. Hervidero de odios, el bosque ser� testigo del desenlace fatal de los personajes, c�mplice de la maldad absolutamente desatada de Martina y de sus m�s horribles consecuencias. Terriblemente escandalosas debieron resultar escenas como en la que �ngel obliga a su madre a ceder su cama a �l y a Milagros, aquella en la que Milagros hace un streap-tease dedicado a �ngel en el bosque o aquella otra en la que Martina seca a su hijo empapado por la tormenta. Sin embargo, y gracias a su valent�a, el film fue premiado en el Festival de San Sebasti�n de 1975. Digno de mencionar tambi�n resulta el trabajo de Iv�n Zulueta (conocido tambi�n por ser art�fice de los carteles de los primeros trabajos de Almod�var, entre otros), que recoge el esp�ritu del film en la creaci�n de su obra, concediendo total protagonismo a una imagen fantasmag�rica de Martina, figura que todo lo controla y a la que nada se escapa, posada sobre los hombros de su hijo,� al acecho, como el peor de los depredadores. |
Por su parte, Mario Camus disecciona las humillantes relaciones entre los se�oritos de un cortijo y la servidumbre que habita en sus tierras a partir de la novela hom�nima de Miguel Delibes. Celebrada adaptaci�n literaria, es el duro retrato de una �poca en la que los que ostentaban el poder pose�an tambi�n todo tipo de derechos sobre aquellos otros desgraciados que se encontraban en el otro lado de la balanza. Premio de interpretaci�n, ex aequo, en el Festival de Cannes en 1984 para Landa y Rabal, el largometraje de Camus es una buena muestra (como "El perro del hortelano", de Pilar Mir� o la m�s reciente "El caballero don Quijote", de Manuel Guti�rrez Arag�n) del buen uso de la riqueza literaria espa�ola a la hora de buscar historias que contar o, dicho de otra forma, un magn�fico ejemplo de s�lido gui�n cinematogr�fico netamente espa�ol, de calidad y �xito internacionalmente reconocidos. El se�orito Iv�n (interpretado por Juan Diego), hijo de una marquesa (Mari Carrillo) pasa las temporadas de caza en el cortijo de su familia, para lo que requiere inapelablemente los servicios de su secretario Paco, hombre sumiso y leal, al que da vida un inspirado Alfredo Landa. Paco vive en un anexo al cortijo junto a su abnegada mujer, R�gula (interpretada por Terele P�vez), sus tres hijos (la m�s peque�a tiene una grave enfermedad) y su cu�ado deficiente Azar�as, (Francisco Rabal, en una de sus m�s celebradas interpretaciones), que ha sido despedido de una propiedad cercana. La historia, contada a modo de flash back, muestra c�mo la clase dominante abusa sin ning�n tipo de escr�pulos de los desfavorecidos campesinos, de forma que la �nica esperanza de supervivencia honrosa que queda a los segundos sea la desaparici�n de los primeros. No hay lugar para los sue�os de una educaci�n y condiciones de vida mejores, no tienen cabida las ilusiones de progreso, ni tan siquiera la de ser libres para pensar y actuar. Como se dice en el film en un par de ocasiones, s�lo les queda "ver, o�r y callar". Curiosamente, en los dos largometrajes tiene lugar un momento en el que se utiliza el t�rmino alima�a como referencia despectiva a una parte de la fauna de la naturaleza; parad�jicamente, en los dos casos, son de peor cala�a aquellas que tienen apariencia humana que las otras salvajes, que se esconden, temerosas de las primeras. |
Los santos inocentes, de Mario Camus Int�rpretes: Alfredo Landa, Francisco Rabal, Terele P�vez, Juan Diego, Maribel Mart�n, �gata Lys, Agust�n Gonz�lez, Jos� Guardiola, Mari Carrillo Gui�n: Antonio Larreta, Manuel Matji, Mario Camus M�sica: Ant�n Garc�a Abril Montaje: Jos� Mar�a Biurrun Fotograf�a: Hans Burmann Direcci�n de producci�n: C�sar Ben�tez, Andr�s Santana |
| Furtivos, de Jos� Luis Borau Int�rpretes: Lola Gaos, Ovidi Montllor, Alicia S�nchez, Jos� Luis Borau, Luis Merlo Gui�n: Manuel Guti�rrez, Jos� Luis Borau M�sica: Vainica Doble Montaje: Ana Romero-Marchent Fotograf�a: Luis Cuadrado Direcci�n de producci�n: Primitivo �lvaro |
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