![]() |
![]() |
| tita navidad pedro alarc�n |
| strawberry passion company � |
| En estas fechas es cuando m�s me acuerdo de ella; el fr�o sostiene en el aire su perfume denso, el aroma que yo rebuscaba entre el punto de sus prendas de invierno. Las constelaciones ficticias, posadas en las fachadas de un gran centro comercial, hacen emerger de un hermoso abismo atemporal sus destellos de sonrisa y miradas sin sombra. L�vido y fr�o me siento ahora al recordar. La cargu� para siempre con ese nombre de cuento que la acompa�� para toda la vida; yo era un ni�o pedante, con un mundo propio y mucho inter�s por transformar de alguna manera el mundo de los dem�s. Yo, con el aparente simpoder de un p�rvulo y la sincera crueldad propia de la edad, la estigmatic� con un nombre que no era exactamente el suyo y que la invisti� de una felicidad que probablemente no conociese en el estado emocionante y �lgido que yo supon�a; yo la premi� con algo que no le pertenec�a, la coron� de luces deslumbrantes, de parpadeos multicrom�ticos; y siempre parec�a agradec�rmelo, llena de entusiasmo, enfoc�ndome con su rostro de armon�a imperturbable, casi cl�sica, que promet�a tanta paz de ultratumba, eterna como esfinge, all� en los rincones de aquella alma seg�n yo cre�a impoluta. |
| Ella lo hab�a provocado. Yo relacionaba el aspecto �ltimo de las personas, la apariencia externa como lenguaje cifrado en que los detalles son el c�digo de expresi�n. Y a ella, ultradecorada a conciencia con apasionamiento, paradigma del brillo permanente, se le escapaba un rastro final -como la cola de una novia que llega tarde- de diciembre goloso. No puedo rehacer su imagen en mi recuerdo sin percibir una constante de rojo: Con especial deleite vienen a mi pensamiento las rebecas de lana o franela color guinda y festoneadas, aderezadas con broches de bisuter�a; los pasadores y los manojos de pulseras -en un dorado exultante e ir�nico-. Hac�an inevitable el memorandum de villancicos enjugados del sonido de aquellas baratijas usadas como sonajas. |
| Estaba muy harto de escuchar c�mo la llamaban mediante esa invocaci�n ins�pida -Nati- que a m� no me suger�a nada: Nati no era una palabra que evocara una idea, quiz� tampoco sab�a muy bien lo que era un diminutivo. No entend�a yo que aquellas cuatro letras que todos olvidar�an eran la abreviatura de un nombre embarazoso, largo y ret�rico. Cuando mam� me advirti� que le dec�amos Nati a mi t�a por llamarse Natividad me incomod� que la vida hubiese sido injusta con ella castig�ndola de esa forma. Me alegraba de tener un nombre breve como el de mi madre. |
| Me rebel� contra aquello, imp�dica verg�enza coleante tras sus vestidos carm�n -como los sambenitos colgados con alfileres, como los mu�egotes de las inocentadas a la espalda, como lenguas de ni�os ignoradas por una v�ctima-. Parec�a que nadie se apiadaba de mi tita Nati al llamarla precisamente de esa forma, y yo puse una soluci�n tajante, un gran remedio para un gran mal. Una soluci�n inesperada, encontrada con j�bilo por todos los presentes -el abuelo lo aprob� con su risa detenida en tos y viento, animada por un diminuto volc�n interior que aventuraba un pasado de largas caladas de tabaco negro-. Era una ocurrencia de chiquillo sin mayor importancia, aunque acab� con grabar a fuego sobre su frente esas otras letras muy parecidas que terminaron por pesarle m�s casi que su alma. No tuve mejor idea que llamarla Navidad. Tita Navidad. Realmente no recuerdo haber dicho antes Feliz Navidad que Tita Navidad; lo uno y lo otro me parec�an igual. Y a la familia acab� por parec�rselo tambi�n, lo que Tita Navidad acog�a con resignaci�n de monja y una sonrisa de mal disimiulado fastidio, de mal rayo parta al ni�o bocazas, y a aguantar. Pero entonces no lo supe. Porque Tita Navidad, como acabaron por decirle todos sus restantes verdugos, hac�a muy bien su papel de esclava del Se�or -se guardaba para Dios, cre�a yo, porque no estaba casada ni ten�a desde luego intenci�n- y con ese papel disimulaba muchos pensamientos negligentes que nos habr�an resultado impertinentes por aquellos a�os. Desde luego, a Tita Navidad todos la quer�an. Y yo no era menos. A decir verdad, yo la adoraba. Empec� a sentir tal fascinaci�n por los destellos que emanaba en cuanto asimil� brillo y personalidad como una sola cosa; cre�a que en aquellas lucecitas intermitentes posadas sobre su cabello o en las solapas de sus chaquetas hab�a un rastro �ltimo de bondad; como que all� residiese parte de una identidad noble. Y lo mismo sent� tambi�n por los fulgores de las v�rgenes recompuestas de las capillas que siempre me llevaba a ver. No hab�a diferencia entre la sugerencia navide�a del fulgor de sus horquillas -probablemente de p�simo gusto- y la dee los joyeles de la amant�sima Madre del Se�or all�, entre retablos de hojarasca y purpurina. Miraba a la Virgen Sant�sima y me daban ocho que ochenta los chorreones de las mejillas, dispuestas sim�tricamente, y yo dibujaba felicitaciones de Nochebuena con portales de Bel�n -San Jos�, el Ni�o y la Virgen llorona con su inmensa corona gozosa de rayos flameantes y estrellados-. Tita Navidad me hablaba como yo cre�a que me hablar�a alg�n d�a la Virgen, a la que am� entonces con una pasi�n encendida impropia de un ni�o. Me echaba al suelo para pedirle que me llevara a aquellos lugares umbr�os donde pod�a encender velones y pedir favores y recolectar estampas milagrosas o donde tambi�n escuchar�a inveros�miles historias de devociones antiguas. No por ello dej�bamos de visitar a menudo los grandes almacenes que permanec�an encendidos y abiertos hasta bien entrada la noche -en aquellos inviernos las seis y media, noche cerrada, era trasnochar para m�-. Y teniendo en cuenta el largo plazo en que esos almacenes se revest�an de deslumbrante artificio, es f�cil adivinar mi predilecci�n por excursi�n tan sabrosa. En ella siempre consegu�a extraer algo -un dulce, o una merienda completa, o un tebeo, o un jerseicito de rombos, o unos calcetines de dibujos...-. |
| Tita Navidad me complac�a siempre, en iglesias y tiendas, rezando o soltando guita, encendiendo cirios o pasando la visa, llen�ndome los bolsillos de almanaques de santos y de bombones de trufa que yo adoraba (ambas cosas, quiero decir). Consegu�a todo aquello que se me pasara por la frente, pidiendo mucho o muy poco, sutilmente, con el yugo de mis ojos que tan bien esclavizaban la voluntad de mi t�a. Yo era dulce hasta el hast�o, como dec�an ante unos t�mpanos demasiado hechos al regalo de o�do, malcriados con el tiempo. Tanto se esforzaba en tenerme contento que, cuando no lo hac�a -en muy contadas ocasiones-, la fustigaba con indiferente displicencia. Y la zaher�a en lo m�s hondo a sabiendas, en el anverso de su coraz�n de color guinda, cuando mis ojillos rajados que me hac�an parecer adormilado se le antojaban navajitas muy punzantes. Simplemente no hac�a nada. |
| Llegado a cierto punto, no supe separar mi veneraci�n por su figura de la que ten�a por las v�rgenes, que no eran una sola para m� entonces. Y tanto la quise poseer, en mi edad catequizada, que la tom� en secreto por esposa. Hoy, no tantos a�os despu�s, se me anega el pensamiento de aquella certeza cuando contemplo los desposorios m�sticos de Santa Catalina. Consegu� que aceptara el anillo dorado que me agenci� en un huevo-sorpresa de dos duros, y que no lo despojara jam�s de su dedo anular cuando me recog�a en casa para el tradicional paseo de invierno que sol�a repetirse de octubre a marzo con intensidad y frecuencia. Pronunci� interiormente aquellas palabras de asentimiento que la hac�an esposa m�a, hechizo que ella desconoc�a, y asum� las responsabilidades pertinentes -interrogarla tras periodos de falta de atenci�n, ya que me crispaba su actitud infiel y lib�rrima-. |
| Me agarraba a ella con una fuerza furiosa que poco a poco le iba haciendo da�o, me as�a a su brazo cada vez m�s d�bil en posesi�n sin discusi�n, enganchaba toda mi atenci�n a su mirada, y reclamaba una dependencia bastante dif�cil de mantener en su sitio, en el sitio que yo hab�a dispuesto. Me hab�a convertido en un injusto marido bastante corto de cuerpo y de ideas que no atend�a a razones, y le amargaba la vida. El sobrinito de miel era ya de hiel para tita Navidad. Y aquella hiel ser�a m�s amarga al saber de la existencia de un usurpador; aquello me irrit� tanto que hube de emplear un tiempo precioso en planear su derrocamiento. �Hab�a un hombre! Nunca borr� aquella dedicatoria que hab�a tras la Virgen de los Dolores del bolso de mi t�a, que todav�a guardo con aquellas palabras semidifusas por el tacto, la pla�idera asaeteada de pu�ales en un acerico de coraz�n sin blindar. "Cuando me olvides no ser� ya hombre, y para cuando me vuelvas a recordar ya habr� desaparecido": Un par de renglones de dudoso gusto, afectados por la �poca y por un amor demasiado ciego, poes�a v�te a saber de d�nde; pero a aquel ni�o de catecismo le sent� como un hachazo en el cr�neo. Me cre�a uno de esos m�rtires de las capillas oscuras. Sent� en mis carnes la ausencia de su mirada. Not� c�mo dol�a en mi piel aquel vac�o de atenci�n que ten�a tan innoble causa. All� donde dejaba de mirarme por motivo de su nuevo amor -seg�n yo cre�a- se acaloraba el pellejo s�ntoma de la culebrina extra�a del desamor. "Cuando me olvides no ser� ya hombre". �Qu� poder ten�a su brillo carism�tico, qu� fragor, que al percibir la ausencia de esa luz me her�a de lleno? �Como pudo realizar en m� las palabras de otro? Me hab�a cre�do hecho ya hombre desde que me desposara, y dej� de serlo en un traspi�s repentino, porque se hab�a olvidado de m�. Aunque ahora recuerdo que tita Navidad sigui� trat�ndome igual. Tan s�lo fue el hallazgo de esa Virgen de los Dolores, atravesado su coraz�n como el m�o tragic�mico, lo que hizo que mis sienes ardieran en c�lera del Antiguo Testamento. "Y para cuando me vuelvas a recordar ya habr� desaparecido"; esa era mi leyenda sellada hasta el fin de los tiempos. Estamp� una invisible r�brica sobre aquella Virgen de los Dolores que guard� en el bolsillo de mi anorak rojo -regalo de tita Navidad-, tras la inamovible cl�usula de un f�rreo testamento, y desaparec� ante sus ojos; dejar de ser hombre para ella, olvidar el desposorio -por m�stico que fuese-, volver a la nii�ez que estaba perdiendo. Dej� de pensar en el espectro fijo de objeto de deseo en que se hab�a convertido; y jam�s habl� a nadie de la Virgen de los Dolores que llevaba en el manto, en el reverso, unas palabras grabadas a fuego como sentencia del �xodo, una dedicatoria sin firma con una letra inglesa muy torcida, casi arrastrada, que anul� todo mi amor sincero por la efigie de mi t�a. |
| Desde aquella toma nueva de las riendas y en aquel cambio de direcci�n y de rumbo, ella fue desdichada. Supongo que todo no se deb�a a eso. Pero mi conciencia de chiquito cruel la ve�a menguar, inclinar su espalda, arrugarse y desfigurarse bajo las cascarrias de su adorno, eterno y superpuesto a su imagen a perpetuidad. Y adem�s, estaba sola; tan sola como la Virgen de los Dolores en mi anorak rojo al que tom� tirria y dije me quedaba peque�o, con sus palabras en la espalda sin lector ni oyente ni boca que las pronunciasen de nuevo para recordar que, una vez, alguien quiso a mi tita Navidad. Imagin� que alguien hab�a dejado de ser hombre, y que al ser recordado se habr�a volatilizado para siempre. Siempre, que yo recuerde, mi tita Navidad estuvo sola; sola muri� y para nada sent� que pudieran consolarla, tantos a�os despu�s, unas flores de pascuero en su capilla ardiente. En su rictus a�n imagino la expresi�n angustiada de la Virgen de los Dolores. |
![]() |
| Deseo participar en lafresa Este relato me pareci�... |
| strawberry passion company � |