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la cuarta luna de j�piter
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     Al atardecer los pescadores regresaban con sus ca�as cansadas, sin pescado en sus cestas, las mejillas encendidas por el azote del salitre. Sin duda el nuevo Dique de Poniente era el lugar m�s h�medo y remoto del per�metro. Embutido en su abrigo negro, Gregorio levantaba t�midamente una ceja cada vez que se cruzaba en su camino con un hombre de mar. Una dosis tan peque�a de cortes�a le supon�a un esfuerzo sobrehumano. Ni que aquellas cejas prominentes pesaran un quintal. Un kil�metro m�s all� le aguardaba el fr�o del m�rmol, su particular trono desde el que deleitarse en la contemplaci�n de las estrellas, el apagado faro de la soledad. Alguna noche tuvo suerte y atisb� una Perseida extraviada en la b�veda, pero las l�grimas de San Lorenzo eran un espect�culo menos amargo que el de sus l�grimas. Cada noche Gregorio caminaba hasta el Morro para calmar la nostalgia que tanto le ard�a por dentro. Estaba convencido de que jam�s nadie le amar�a tanto como le am� Tatiana.

      Tatiana ten�a las nalgas fr�as y blancas como el m�rmol del Dique. En la izquierda portaba con orgullo el tatuaje de una fresa transg�nica. Cada madrugada Gregorio se transformaba en un perro fam�lico que rastreaba cada �ngulo de su cuerpo en busca del postre. Demasiadas veces quiso Gregorio comerse la fresa y sin embargo jam�s pudo hacerlo, tantas que su amante empez� a hartarse de la sangre, el dolor y las cicatrices que poblaban como un mapa sucio su nalga izquierda. Al alba finalizaba el apasionado ritual: Tatiana corr�a al cuarto de ba�o, agarraba el botiqu�n y vaciaba una botella de agua oxigenada y otra de mercurocromo sobre las �ltimas dentelladas. Una ma�ana se despert� una hora antes de lo habitual, avanz� por el pasillo de puntillas, sin hacer ruido, y por la puerta trasera desapareci� para siempre. Una hora m�s tarde Gregorio se percat� de que ten�a el pecho vac�o. Su amante le hab�a robado el coraz�n. Un �rgano vital del color y el tama�o de una fresa tatuada.

      La ciudad padec�a una ola de fr�o y la noche se hab�a posado en el Dique como un enorme cuervo. Nadie en sus cabales osar�a salir de su casa, pero ni la oscuridad ni el g�lido viento del norte eran un incoveniente para Gregorio. Todas las noches a la misma hora un sugerente aroma a fresas cocidas le atrapaba por la espalda. Entonces se daba la vuelta, contemplaba la penumbra de las casas y una secuencia de destellos le cegaba un instante. Sentado en el m�rmol, clavaba sus ojos en la b�veda con la esperanza de encontrar las cuatro lunas m�s grandes de J�piter: Europa, �o, Gan�medes y Calisto, descubiertas por Galileo y Marius en 1.610. Seg�n Gregorio, Calisto ten�a forma de fresa y no era un sat�lite, sino su propio coraz�n. Tatiana lo hab�a colgado en la noche y �l so�aba despierto. Cuando la Tecnolog�a progresara tanto como para que los ciudadanos m�s humildes pudieran viajar a otros planetas, Gregorio volar�a hasta los anillos de J�piter para recuperar su �rgano vital.

      Las primeras luces del d�a eran un chorro de leche tibia en el caf� de la noche. La oscuridad y el fr�o tocaron retirada y replegaron sus alas como una bandada de p�jaros cobardes. Entonces Gregorio se embuti� en su negro abrigo para tapar el agujero de su pecho. Con paso cansino se alej� del trono de m�rmol y del faro de la soledad. Cada vez que se cruz� en su camino con un pescador somnoliento iz� su t�mida ceja. A trav�s de una alambrada vio una tarta de fresa sobre la cornisa de una ventana. Comprendi� que la Ciencia tardar�a todav�a muchos a�os en enviarle a Calisto a recoger su coraz�n y salt� la verja. Cogi� la tarta y huy� despavorido. Por lo menos el sabor de la fruta cocida saciar�a parcialmente su melancol�a. Detr�s del cristal una anciana sobre una silla de ruedas esboz� una mueca de dolor. La memoria de la fresa de Tatiana y del coraz�n extirpado se extingui� en el cielo hasta la madrugada siguiente. Quiz� alguna Perseida se dignara entonces a cruzar la b�veda.
"Tatiana en la ducha". Ilustración de Pedro Alarcón.
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